Echa mano de la vida eterna

No mucho tiempo después de haberse establecido la iglesia de los primeros cristianos, hombres de mente corrompida empezaron a infiltrarse en ella y a enseñar doctrinas falsas. El apóstol Pablo usó un lenguaje duro y descriptivo para definir a aquellos individuos ¾sin importar su clase social¾ que mantenían una actitud equivocada hacia los hermanos de la iglesia y que enseñaban sobre la piedad con miras de obtener ganancia personal.

De un maestro como tal, Pablo dijo lo siguiente:

…está envanecido, nada sabe, y delira acerca de las cuestiones y contiendas de palabras, de las cuales nacen envidias, pleitos, blasfemias, malas sospechas.

Disputas necias de hombres corruptos de entendimiento y privados de la verdad, que toman la piedad como fuente de ganancia [negocio para hacer dinero, medio de sobrevivencia]; apártate de los tales.

[Y en verdad es una fuente de gran ganancia, pues] gran ganancia es la piedad acompañada de contentamiento [ese contentamiento que se refiere al sentimiento de satisfacción interna]. (1 Timoteo 6:4-6)

Porque los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo, y en muchas codicias necias [inútiles, impías] y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición; porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores. (Versículos 9 y 10)

Después le hizo unas recomendaciones a Timoteo sobre la conducta que debería seguir para hacer firme su llamado y elección:

Mas tú, oh hombre de Dios, huye de estas cosas, sigue la justicia [que es estar bien con Dios y tener verdadera bondad], la piedad[que es el devoto temor de Dios y el ser como Cristo], la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre.

Pelea la buena batalla de la fe, echa mano de la vida eterna, a la cual asimismo fuiste llamado, habiendo hecho la buena profesión delante de muchos testigos.

Te mando [solemnemente] delante de Dios, que da vida a todas las cosas, y de Jesucristo, que dio testimonio de la buena profesión delante de Poncio Pilato.

Que guardes el mandamiento sin mácula ni reprensión, hasta la aparición de nuestro Señor Jesucristo [el Ungido]. (1 Timoteo 6:11-14)

Estas recomendaciones revelan cinco advertencias espécificas que también nos conciernen a nosotros hoy en día. Estudiemos cada una de ellas en detalle y veamos cómo se aplican a nuestras vidas.

Huye de estas cosas

La primera advertencia que Pablo le hace a Timoteo es que huya de las opiniones y enseñanzas de los hombres que él le había mencionado. Al usar la palabra “huir”, Pablo se refiere a “escapar de algo”, “rechazar o evitar algo”, “buscar refugio por medio de la huida”. Pablo le advertía que no se asociara con hombres corruptos de entendimiento y que evitase aun la mera apariencia de una conducta impía.

Hay ciertas actitudes y costumbres que no son propias de quiene tiene una verdadera relación con el Señor. En efecto, a veces es necesario dejar un espacio entre nosotros y “toda especie de mal” (1 Tesalonicenses 5:22).

Algunos ejemplos bíblicos sobre la clase de conducta que debemos evitar, son las pasiones juveniles (2 Timoteo 2:22), todo tipo de inmoralidad sexual (1 Corintios 6:18), la idolatría (1 Corintios 10:14), las contiendas y la envidia (Romanos 13:13), la deshonestidad y la palabra corrompida (Efesios 4:28-29), así como todo aquello que se oponga a la sana doctrina (1 Timoteo 1:10). Desgraciadamente, hay hermanos en la iglesia que todavía adoptan las actitudes y la conducta que son características del hombre mundano.

Como regla general sobre la conducta que debemos rechazar, las Escrituras advierten lo siguiente: “Huid de en medio de Babilonia, y liberad cada uno su vida… dejadla, y vámonos cada uno a su tierra; porque ha llegado hasta el cielo su juicio, y se ha alzado hasta las nubes” (Jeremías 51:6, 9).

Babilonia representa la totalidad del plan mundano de la impiedad, así como de la confusión que ésta acarrea. Si en verdad queremos tener una relación con el Señor, tenemos que dejar nuestras tendencias impías y la idea que prevalece en la mayoría de la gente de hoy de que está bien hacer algo por el simple hecho de que “así lo hacen todos”.

No debemos vivir en la vanidad de nuestra mente como los otros gentiles (Efesios 4:17), sino que debemos comportarnos de una manera digna del evangelio de Cristo (Filipenses 1:27). Partiendo de esta base, si hay algo que goza de gran popularidad en el mundo, es casi seguro que se trata de algo que debemos evitar. Así mismo, el último furor de la iglesia organizada es algo de lo cual debemos sospechar. Para mayor claridad diremos que “lo que todo el mundo hace” no es por lo general lo que un creyente serio debe emular.

Sigue la justicia

La segunda advertencia de Pablo a Timoteo fue la de que imitase en su vida las cualidades piadosas de Jesús. Entre estas cualidades se incluyen la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia y la mansedumbre. Cada una de estas va en contraste directo con la conducta equivocada de los maestros que se mencionaron antes, los cuales sólo estaban interesados en obtener ganancia personal.

No nos ocuparemos aquí en citar versículos para cada uno de los atributos de la vida de Jesús que se le advirtió a timoteo (así como también a nosotros) que emulase. No obstante, hay dos versículos muy conocidos en Filipenses 3 que nos ofrecen un buen resumen de lo que ha de ser el enfoque de nuestro estudio.

En este pasaje Pablo les dice a los filipenses que lo que él antes consideraba una ganancia o ventaja natural ahora lo veía como una pérdida y, por lo tanto, lo abandonaba para ir en pos de lo espiritual. Y lo hacía con el fin de experimentar en su vida diaria el verdadero poder de la justicia de Cristo y de la resurección.

Pablo admitió con sinceridad que todavía no había alcanzado todo aquello para lo cual Cristo lo había “asido”: “…pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús” (versículos 13, 14).

Al igual que a Pablo, no debe importarnos a nosotros cuál haya sido nuestro pasado: si fue bueno, malo o regular. Debemos abandonarlo y proseguir al llamado espiritual que está delante de nosotros. En otras palabras, debemos abandonar cualquier influencia negativa de nuestro pasado y concentrarnos totalmente en la meta que el Señor quiere que alcancemos. Para esto es necesario que tengamos una visión clara de cuál es esa meta y que nos ejercitemos en la disciplina de obedecer al Señor.

¿Cuál es precisamente esa meta que hemos de alcanzar y hacia la cual debemos proseguir? ¿Será la de ir al cielo cuando nos muramos? ¡Por supuesto que no! ¿Será la de estar listos para el rapto, que es la esperanza errónea y desviada de muchos hermanos de la iglesia? ¡No! ¡Tampoco! La meta es vivir diariamente la plenitud de la vida de Cristo y el poder de su resurrección.

Pablo dice que su firme propósito es conocer al Señor, es decir, acercarse cada vez más a Él en profundidad e intimidad, percibiendo, reconociendo y entendiendo con mayor fuerza y claridad lo maravilloso de su Persona:

…el poder de su resurrección, [la cual se impone sobre los creyentes], y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a Él [en espíritu] en su muerte [en esperanza].

Si en alguna manera llegase a la resurrección [espiritual y moral] [la cual me levanta] de entre los muertos [aun los muertos en vida]. (Filipenses 3:10-11)

Ir al cielo no es a lo que Pablo se refería al escribir estas palabras: él quería vivir el poder de la resurrección de Jesús en su vida diaria. Pablo quería evitar toda expresión de muerte para así poder vivir en la plenitud de su regeneración. Esta debe ser también la meta de todo aquel que implora el nombre de Jesús para ser salvo. Escatimar esta meta sería una afrenta a la gracia de Dios.

El premio o recompensa por haber llegado a la meta se expone brevemente en dos versículos del Apocalipsis: “Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi padre en mi trono” (Apocalipsis 3:21). “El que venciere heredará todas las cosas, y yo seré su Dios, y él será mi hijo” (Apocalipsis 21:7).

Poco antes de su muerte de mártir, habiendo evidentemente alcanzado Pablo su meta, escribió otra carta a Timoteo donde le dice:

Porque yo ya estoy para ser sacrificado, y el tiempo de mi partida está cercano. He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día… (2 Timoteo 4:6-8)

La batalla de la fe

La tercera advertencia de Pablo a Timoteo fue la de que peleara la buena batalla de la fe. La buena batalla de la fe, sin embargo, acarrea un conflicto espiritual inevitable cuando al mismo tiempo que intentamos alejarnos del pecado de nuestra carne tratamos de caminar hacia la meta de vivir diariamente en el poder de resurrección de Jesús.

Al nosotros tratar de obtener la calidad de vida que Dios proveyó para nosotros por medio de la muerte y resurrección de Jesús, estamos peleando la buena batalla de la fe. No es ésta, sin embargo, una batalla en la cual de nuestra propia voluntad luchamos por obtener algo de Dios. Es más bien un reto a proseguir hasta que podamos apropiarnos de lo que ya es nuestro en Cristo. Y para lograrlo tenemos que deshacernos de todo ese “equipaje” que traíamos con nosotros cuando aceptamos a Cristo.

La palabra que Pablo usó cuando le advirtió a Timoteo que peleara la buena batalla de la fe, es la misma que Jesús usó cuando le dijo a un curioso: “Esforzaos a entrar por la puerta angosta; porque os digo que muchos procurarán entrar, y no podrán” (Lucas 13:24). La palabra “esforzase” significa “luchar” o “agonizar”, “trabajar muy duro como para ganarse el premio en un concurso”, “usar todas nuestras fuerzas para alcanzar un fin”. Aunque muchos dicen que quieren entrar al reino de Dios, son pocos los que según Jesús están dispuestos a despojarse de todo lo que puedan para poder entrar por la puerta estrecha del reino.

Todo ese “equipaje” de viejos hábitos, pecados secretos, planes personales y demás es un obstáculo que nos impide vivir en la libertad de la vida espiritual que tenemos en Cristo. Para librarnos del firme control que esos obstáculos tienen de nuestras vidas, necesitamos enfocar nuestra visión totalmente en el Señor y estar dispuestos a hacer a un lado toda carga que constituya un estorbo. Se trata de la batalla diaria de la fe de permitir al Señor que nos separe de todo lo que nosotros creemos que es vida, para así poder experimentar la clase de vida que es vida en realidad.

El arduo y continuo conflicto contra tales obstáculos no es ese evangelismo fácil de creer que se predica a la mayoría de los cristianos del mundo occidental. Tampoco es un conflicto contra carne y sangre (otras personas) con armas carnales (“palos y piedras”). La lucha de vida o muerte que nosotros peleamos es contra “los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes” (Efesios 6:12), y contra nuestra propia naturaleza carnal que continuamente trata de responder a todas las seducciones impías que se nos presentan.

Nuestra experiencia en Cristo debe ser la de estar “firmes en un mismo espíritu, combatiendo unánimes por la fe del evangelio, y en nada intimidados por los que se oponen…” (Filipenses 1:27-28). Pablo dice que tal unidad en el espíritu es como sonar la trompeta en la dimensión espiritual a los enemigos de nuestra fe, para anunciarles que sus días están contados. Él dijo que “para ellos ciertamente es indicio de perdición”, pero para nosotros es prueba de que empezamos verdaderamente a experimentar “la salvación; y esto de Dios” (Filipenses 1:27, 28).

Nosotros podríamos tener una victoria continua en Cristo si en nuestra dedicación y enfoque para alcanzar la meta nos pareciésemos al menos un poquito al atleta que se entrena para ganar una medalla olímpica. El atleta se entrena dura y largamente para efectuar hazañas de excelencia humana por las cuales ha de alcanzar sólo un momento fugaz de gloria. Como dice en 1 Corintios 9:25: “…ellos, a la verdad, para recibir una corona corruptible, pero nosotros, una incorruptible”.

Que nuestra firme dedicación a pelear la buena batalla de la fe sea como la de Pablo cuando dijo:

Así que, yo de esta manera corro, no como a la ventura; de esta manera peleo, no como quien golpea el aire, sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado [como a alguien falso]. (1 Corintios 9:26, 27)

Echa mano de la vida eterna

La cuarta advertencia de Pablo a Timoteo fue que echara mano de la vida eterna. Este es el reto al cual dedicaré más tiempo en este artículo porque es esencial que entendamos su significado.

La frase “echar mano” significa “asir o agarrar, apoderarse de algo, alcanzar”. También significa “tomar o arrebatar algo con las manos”. Con este sentido se utilizó en el pasaje de Mateo 14 donde Pedro andaba sobre las aguas para ir a Jesús. Al ver las olas y darse cuenta de lo que estaba haciendo, Pedro “tuvo miedo; y comenzando a hundirse, dio voces, diciendo: ¡Señor, sálvame! Al momento Jesús, extendiendo la mano asió de él…” (versículos 30, 31).

Cuando Jesús sujetó a Pedro para que no se hundiese, obviamente se aseguró de que lo tenía asido fuertemente, de lo contrario se le hubiera zafado de las manos. Pablo utilizó esta palabra para mostrarnos la tenacidad con que Timoteo (así como nosotros) debería echar mano de la vida eterna. En este contexto, el significado (en toda su extensión) de la palabra “asir” se puede expresar así: “apropiarse prácticamente de todos los beneficios, privilegios y responsabilidades que implica el poseer la vida eterna”.

¿No es la vida eterna el resultado directo de haber nacido de nuevo? Si es así, ¿entonces por qué se le advirtió a Timoteo que echara mano de ella? ¿Es que aún no se había convertido? ¿Es que no siendo creyente necesitaba acercarse a Jesús?

La mayoría de la gente considera que la vida eterna es algo que se alcanza cuando uno muere y se va al cielo. Según este razonamiento, la vida eterna es el período de tiempo que ha de durar nuestra vida espiritual después de la resurrección. Sin embargo, tanto justos como pecadores tendrán una existencia eterna. Al referirse a la responsabilidad judicial otorgada al Hijo del Hombre, Jesús dijo:

…porque vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oíran su voz; y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación. (Juan 5:28-29; véase también Daniel 12:2)

La vida eterna es mucho más que una mera existencia. El misterio glorioso de la resurrección y de la vida eterna han sido revelados en las Escrituras desde que el Árbol de Vida fue colocado en el Huerto del Edén. En efecto, Jesús dijo una vez a unos judíos contenciosos lo que debían hacer para encontrarla: “Escrudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí” (Juan 5:39). Él no les habría dicho que escudriñaran las Escrituras si las verdades acerca de la vida eterna no se encontrasen allí ¾y todas esas escrituras nos señalan el camino hacia Él¾.

¿Qué debemos hacer para tener vida eterna?

En Mateo 19:16-22 quedó grabada la conversación de Jesús con un joven que le hizo la pregunta que se encuentra en el corazón de todo hombre: “Maestro bueno, qué bien haré para tener la vida eterna?”

Respondiendo a su pregunta con una propia, Jesús le preguntó que por qué le llamaba bueno cuando no había ninguno bueno sino Dios. Y como conocía las intenciones del joven, el Señor le dijo que si verdaderamente deseaba tener vida eterna debía guardar los mandamientos. En respuesta a esto, el hombre le dijo: “¿Cuáles?”

Refiriéndose al sexto, séptimo, octavo, noveno y quinto de los Diez Mandamientos, Jesús le dijo:

No matarás. No adulterarás. No hurtarás. No levantarás falso testimonio. Honra a tu padre y a tu madre; y, amarás a tu prójimo como a ti mismo.

El joven le dijo: Todo esto lo he guardado desde mi juventud. ¿Qué más me falta?

Jesús le dijo: Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven y sígueme.

Oyendo el joven esta palabra, se fue triste, porque tenía muchas posesiones. (Versículos 18-22)

Las tendencias de este joven eran semejantes a las de la gente más piadosa de Israel en esa época ¾y desgraciadamente, a las de muchos de los cristianos de hoy¾. Esto se puede sintetizar en Levítico 18:5: “Por tanto, guardaréis mis estatutos y mis ordenanzas, los cuales haciendo el hombre, vivirá en ellos. Yo Jehová”.

La dispensación de la ley exigía que se guardasen los mandamientos para poder recibir la bendición que estos prometían. La mayoría de la gente, sin embargo, caminaba en la ley y se afanaba en guardar los mandamientos literalmente, cuando que desde un principio lo que Dios quería era que observaran el espíritu de la ley. No era una muestra externa de obediencia lo que a Dios verdaderamente le interesaba, sino la intención del corazón “porque de él mana la vida” (Proverbios 4:23).

Moisés le dio la ley de Dios a Israel, pero también le dijo lo que al Señor le agradaba ver en su pueblo y lo que realmente exigía de él:

Ahora, pues, Israel, ¿qué pide Jehová tu Dios, que andes en todos sus caminos, y que lo ames, y sirvas a Jehová tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma; que guardes los mandamientos de Jehová y sus estatutos, que yo te prescribo hoy, para que tengas prosperidad”. (Deuteronomio 10:12, 13)

En este versículo vemos que “amar y servir” al Señor va colocado antes de “guardar los mandamientos”, pues el simple hecho de guardarlos no produce vida. Si amamos y servimos a Dios con todo el corazón, tendremos esa vida de la cual hablan los mandamientos y por consiguiente guardaremos la intención de esos mandamientos.

Al continuar instruyendo a Israel sobre lo que necesitaba para poder amar y servir al Señor con todo su corazón, Moisés dijo: “Circuncidad, pues, el prepucio de vuestra cerviz” (Deuteronomio 10:16).

Esto era lo que Jesús quería mostrarle al joven. Lo estaba desafiando a ir más allá de la idea de que tenía que “hacer algo” para tener vida eterna y a que simplemente se convirtiese en discípulo. Necesitaba “vender” todo lo que tenía para obtener la aceptación de Dios y su segura bendición, dárselo a los pobres ¾es decir, a los que no sabían otra cosa¾ y seguir al Maestro.

Este reto escudriñador reveló lo que en realidad se encontraba en el corazón de este joven, pues lo hizo que se retirara con tristeza. Como a él le interesaba más lo material, no supo aprovechar la lección que Jesús quería que aprendiera. Por consiguiente, perdió la oportunidad de convertirse en discípulo verdadero y encontrar la calidad de vida que andaba buscando.

Ese mismo principio mantiene su validez hasta hoy. Muchos cristianos creen que por medio de sus “obras” alcanzarán la vida espiritual que desean, cuando que la única manera en que verdaderamente pueden tener vida es siguiendo al Señor. Como dice en Oseas 6:3: “…proseguimos en conocer a Jehová…” Por lo tanto, debemos abandonar toda “buena obra” que creamos que el Señor necesita de nosotros, para que sea su justicia la única justicia con la cual contemos. Y para esto necesitamos que nuestra fe se mantenga firme en la acción del poder de Dios (véase Colosenses 2:12).

¿Qué es vida eterna?

En 1 Juan 2:25, dice: “Y esta es la promesa que él nos hizo, la vida eterna”. Si Dios nos prometió la vida eterna es importante que sepamos lo que vida eterna significa.

El Diccionario de la Real Academia Española define la palabra “vida” de esta manera: “Estado de actividad de los seres orgánicos. Ser humano. Unión del alma y del cuerpo. Espacio de tiempo que transcurre desde el nacimiento de un animal o vegetal hasta su muerte”. Y la palabra “eterno” la define como algo que “no tiene principio ni fin”.

La vida eterna significa vida de Dios porque Dios es el único ser viviente que siempre ha existido fuera de la dimensión del tiempo. Dios no necesita nada fuera de sí mismo para perpetuar su existencia; Dios tiene vida en sí mismo. Las Escrituras corroboran esta verdad en el Salmo 36:9: “Porque contigo está el manantial de la vida…” La fuente de toda vida está dentro de Dios. (Esta es la razón por la cual Él puede ser el creador de todas las cosas.)

El apóstol Juan tomó esta verdad y la llevó más lejos, diciendo: “Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo” (Juan 5:26). Y anteriormente había escrito: “En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella” (Juan 1: 4,5).

Las tinieblas del mal y de la muerte jamás podrán apagar la luz de la vida de Dios porque la vida de Dios es eterna. Jesús sacó a luz esta vida; es decir, que reveló sus cualidades y atributos en una dimensión mayor a la que antes se había visto. Sin embargo, los hombres de su generación no la entendieron porque su incredulidad los mantenía en la oscuridad, es decir, en la ignorancia de ella.

Las Escrituras nos dicen que Dios por medio de su poder “nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos” (2 Timoteo 1:9). Por muchos siglos la gloria, razón y calidad de ese llamamiento santo fueron un misterio. Pero ahora la gracia de ese llamado “ha sido manifestada por la aparición de nuestro Salvador Jesucristo, el cual quitó la muerte y sacó a luz la vida y la inmortalidad por el evangelio” (2 Timoteo 1:10).

Jesús no abolió la muerte de la experiencia humana: la abolió en sí mismo para mostrarnos que eso era posible. ¿Y cómo lo hizo? En contra de lo que el hombre había hecho hasta entonces, se entregó a sí mismo y por completo al llamamiento santo de Dios. Y como solamente hizo lo que el Padre le pidió que hiciera, la vida que Él reveló no fue la suya propia, sino la del Padre.

La vida que Jesús vivió y manifestó en la tierra fue la vida eterna de Dios; la vida que no tiene ni principio ni fin. La única dimensión de tiempo relacionada con la vida eterna es el período de tiempo en que Dios la reveló a través de la presencia física de Jesús en la tierra. Por consiguiente, ningún hombre o demonio pudo quitarle a Jesús esa vida.

El Señor mismo confirmó esto, diciendo: “Nadie me la quita [su vida], sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar. Este mandamiento recibí de mi padre” (Juan 10:18).

La resurrección de Jesús demostró que la vida que Él vivió es eterna. A pesar de haberse sometido a sí mismo a la muerte, la muerte no pudo sujetarlo. La oscuridad de la muerte jamás podrá más que la vida eterna de Dios. Si se eliminase de la tierra a toda la humanidad, aquello que tiene semilla en sí mismo continuaría revelando para siempre la vida de su Creador (véase Romanos 1:20).

En su primera epístola a las iglesias, Juan trató de explicar lo que él personalmente había visto y oído del Señor durante el tiempo que físicamente pasaron juntos. Y para expresar que Jesús había sido el cumplimiento de la promesa de Dios de que la humanidad podría tener vida eterna, escribió lo siguiente:

Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos tocante al Verbo de Vida (porque la vida fue manifestada, y la hemos visto, y testificamos, y os anunciamos la vida eterna, la cual estaba con el Padre, y se nos manifestó). (1 Juan 1:1,2)

Aunque en persona física a Jesús sólo se le vio unos cuantos años, la vida que Él vivió antes y después de su resurrección es una revelación de la vida eterna. La vida eterna es la clase de vida que dura para siempre. Y esa vida está a la disposición de todos aquellos que han participado del llamamiento santo de Dios en Cristo Jesús:

Pero sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero; y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios, y la vida eterna”. (1 Juan 5:20)

(Breve nota aclaratoria con respecto a las preposiciones que aparecen en este a veces discutible versículo: Jesús vino a darnos entendimiento para conocer al verdadero Dios (al Padre) y no a los ídolos. Nosotros tenemos un lugar “en” el Padre ahora porque estamos “en” el Hijo. Por lo tanto es el Padre, y no Jesús, “el verdadero Dios y la vida eterna”. Para que nosotros estemos “en” el Padre necesitamos ser inmortales como Jesús. Esto no le quita nada a la deidad glorificada de Jesús. Él y el Padre son uno en la naturaleza divina del Altísimo, pero no son la misma persona.)

Vida eterna y resurrección

Dios nos confirmó que Jesús tenía vida eterna al resucitarlo de entre los muertos (véase Romanos 1:4). Debemos entender, sin embargo, que la vida que Jesús vivió después de la resurrección no fue el principio de su vida eterna sino su continuación. Si Jesús no hubiese experimentado las cualidades divinas de esa vida antes de su resurrección, lo que hubiera tenido habría sido una mera existencia eterna, es decir, que habría tenido una eterna condición de ser, mas no la vida eterna.

(Esto, por supuesto, es sólo una hipótesis. Si la vida de Jesús no hubiese sido la manifestación de la vida del Padre, Jesús no hubiera resucitado. Desde el punto de vista de la Escrituras sólo la vida de Dios es vida verdadera porque es eterna. Cualquier otra forma de vida es temporal y perecedera y por tanto una mera existencia. Esto se debe a que toda “vida” que está fuera de la vida de Dios tiene su origen en la muerte, es decir, en el estado de perdición.)

Al resucitar en gloria y triunfo, Jesús se convierte en el vehículo por el cual nosotros también podemos vivir esa clase de vida que es la vida verdadera:

Porque como el Padre levanta a los muertos, y les da vida, así también el Hijo a los que quiere da vida.

Porque el Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio dio al Hijo, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre que le envió.

De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida. (Juan 5:21-24)

Estos versículos son la clave para pasar del reino de la mera existencia (muerte espiritual) al de la vida verdadera. Primero porque al haber sido resucitado Jesús le fue otorgada la autoridad de dar vida a quien quisiere. Segundo porque para obtener esa vida debemos honrarlo como honramos al Padre. Y tercero porque para poder honrarlo debemos creer y responder a la palabra que Él nos da.

Este es el mismo principio por el cual Jesús se rigió en su vida. A unos judíos incrédulos les dijo una vez que Él no hacía nada por sí mismo, sino sólo lo que el Padre le pedía que hiciese: “Porque el que me envió, conmigo está; no me ha dejado solo el Padre, porque yo hago siempre lo que le agrada” (Juan 8:29). La razón por la cual el Padre nunca dejó solo a Jesús es que la vida que Él vivió fue la vida de su Padre; de ahí que fuesen inseparables.

Ya antes el Señor había dicho ¾al dirigirse a unos hombres que buscaban la vida verdadera¾ que la voluntad de su Padre era “que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero” (Juan 6:40).

Notemos las distinciones que Jesús hace en este versículo. Él dijo que antes que pudiésemos creer en Él, deberíamos verle y creer (compárese con Hebreos 11:6). Después dijo que los que creyesen en Él tendrían vida eterna y serían levantados en el día postrero. No dijo que serían levantados para vida eterna en el día postrero, sino que tendrían vida y serían resucitados. En otras palabras, la resurrección del justo es la continuación de la vida eterna que recibieron ¡por creer en Él!

Para apoyar más este principio, se podrían citar muchos versículos de las Escrituras. Por ejemplo, en Juan 3:15 y 16 dice que creer en Jesús es la entrada a la vida eterna. El versículo 36 del mismo capítulo va todavía más allá y pone en claro lo que significa creer en Él: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que no obedece al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él” (Biblia de las Américas). Jesús dijo que la obediencia es lo que demuestra que creemos en Él.

El capítulo 5 de 1 Juan representa un verdadero desafío para nosotros al hablar sobre lo que se espera de aquellos que proclaman creer en Jesús. Continuando con el tema de amar a Dios, Juan dijo: “Pues este es el amor de Dios, que guardemos sus mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos” (versículo 3).

En el siguiente versículo nos dice que nuestro amor por el Señor y nuestra obediencia a su palabra harán que nuestra fe venza al mundo. Al vencer al mundo Dios mismo nos da testimonio de que estamos en el Hijo. En efecto, Juan dijo que aun otras personas podrían dar testimonio de que somos vencedores. Sin embargo, el testimonio que Dios nos da en nuestro corazón es mayor que el testimonio que pudiésemos recibir de otras personas.

Juan concluye así:

Y este es el testimonio: que Dios no ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida; y el que no tiene al Hijo no tiene la vida.

Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis la vida eterna… (1 Juan 5:11-13)

El razonamiento de Juan era que cualquiera que vive en la vida del Hijo tiene la vida, es decir, la vida eterna de Dios, y cualquiera que no vive en la vida del Hijo no tiene esa vida. En otras palabras, la vida vencedora de Jesús vivida en la vida diaria del creyente es la vida eterna.

Terminaremos esta sección con las palabras de Marta cuando Jesús le preguntó si creía que su hermano Lázaro, que acababa de morir, viviría otra vez. Respondiendo según la manera típica de pensar de la época, dijo que ella creía que su hermano resucitaría en el día postrero.

Para mostrarle que la vida verdadera (vida eterna) y la vida de resurrección son la misma clase de vida, Jesús le dijo: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?” (Juan 11:25, 26).

Casi podemos oír al Señor hacer esa misma pregunta hoy. El reto permanece: ¿creemos lo que Él dice acerca de la vida eterna?

Sujetando la vida eterna

Después de alimentar a la multitud de 5,000 hombres, Jesús se retiró solo al monte pues se dio cuenta de que querían hacerlo rey. Pero poco después de haberse reunido nuevamente con sus discípulos, la agitada multitud lo volvió a encontrar. Los hombres, todos asombrados, le preguntaron que cómo había llegado al otro lado del mar.

Respondió Jesús y les dijo: De cierto, de cierto os digo que me buscáis, no porque habéis visto las señales, sino porque comisteis el pan y os saciasteis.

Trabajad, no por la comida que perece, sino por la comida que a vida eterna permanece, la cual el Hijo del Hombre os dará; porque a este señaló Dios el Padre.

Entonces le dijeron: ¿Qué debemos hacer para poner en práctica las obras de Dios?

Respondió Jesús y les dijo: Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado. (Juan 6:26-29)

Es muy fácil que bajo las presiones de la sociedad moderna nos preocupemos demasiado en simplemente ganarnos la vida, que nos olvidemos de que nuestro llamado es concentrarnos en lo espiritual. Aunque es importante proveer por nuestra familia, nuestro verdadero “trabajo” es creer en Jesucristo. Tal vez pensemos que creemos porque ya le hemos dado nuestro corazón al Señor y no estamos cometiendo graves pecados de la carne. Sin embargo, eso no es todo. El verdadero “trabajo” de creer en Jesús toma lugar cuando somos tentados, cuando nos desanimanos y sentimos temor, o cuando cualquier otra cosa trata de forzarnos a ver la vida y responder a ella desde una perspectiva natural.

Creer en Jesús significa confiar en que la realidad de su vida nos mantendrá libres en la tentación. Creer en Jesús significa que aun cuando todo a nuestro alrededor se esté desmoronando y todo lo que toquemos se desvanezca o se desplome, podremos ir a nuestro espíritu y encontrar ánimo en el Señor. También quiere decir que si el temor toca a la puerta de nuestro corazón y nuestra fe le abre, no va a encontrar nada ahí más que la fe.

Para podernos concentrar de tal manera en el espíritu tenemos que disciplinarnos y “sembrar” sólo la buena semilla en “tierra buena”:

Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción; mas el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna. No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos. (Gálatas 6:8-9)

Aunque el contexto de estos versículos tiene que ver con apoyar al ministerio que enseña la palabra de verdad, el principio es el mismo. Si sembramos para nuestra naturaleza carnal, es decir, si nos dejamos llevar por sus bajos instintos, cosecharemos de esa naturaleza sólo lo que es placer temporal y momentáneo. Pero si cultivamos y desarrollamos nuestra naturaleza espiritual regenerada, de esa naturaleza cosecharemos el beneficio de la vida eterna.

(Desafortunadamente, en este versículo la palabra “espíritu” va con mayúscula, lo cual implica que se está refiriendo al Espírtu Santo. Lo que tenemos aquí, sin embargo, es un contraste entre la naturaleza caída de la carne y la naturaleza regenerada del espíritu. El Espíritu Santo no nos da la vida eterna. El Espíritu Santo viene a morar en nuestro espíritu regenerado cuando hemos nacido de nuevo. El Espíritu Santo nos ayuda a “sembrar” para esa vida, pero el incremento o cosecha viene en forma de vida eterna y Dios es revelado a través de nuestro espíritu redimido.)

Un versículo muy conocido que también habla de este principio es Romanos 6:23: “Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro”.

Hemos visto que para tener la vida eterna no necesitamos hacer obras, pues la vida eterna es un don de Dios. Pero, una vez que tenemos la vida eterna, debemos echar mano de este don, es decir, tenemos que apropiarnos de él completamente. El que no nos apropiemos de él es un insulto o muestra de desprecio por lo que le costó a Jesús el precio más alto ¾su vida¾.

Lo temporal contra lo eterno

En Juan 12:25 y 26 Jesús dijo lo siguiente: “El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará. Si alguno me sirve, sígame; y donde yo estuviere, allí también estará mi servidor. Si alguno me sirviere, mi Padre le honrará”.

Tenemos que entender la diferencia entre la vida temporal y la vida eterna. Dios no va a “eternizar” nuestra vida temporal sino que sólo va a limpiar la antigua naturaleza de Adán y decir que es aceptable. Necesitamos abandonar esa vida temporal y esa naturaleza caída al proseguir hacia una apropiación completa de la vida eterna. Todo lo que pertenece a la vida natural y temporal va en contra de la vida eterna. Todos nuestros talentos, habilidades, relaciones personales y cualquier otra cosa que consideremos de valor en lo natural debe ser desechado.

Tal vez nosotros creamos que sólo los pecados de la vida natural son incompatibles con Dios, pero no es así. Todo lo que está en el reino natural y temporal es incompatible con Dios. Aunque algunas de nuestras relaciones personales y actividades temporales sean lícitas y morales, todas ellas “perecen con el uso” y por tanto son contrarias a la vida eterna.

Esto no significa que tenemos que aislarnos de la sociedad y vivir en una cueva o en un convento. Tampoco significa que debemos abandonar a nuestra familia natural o dejar nuestros deberes y obligaciones personales para ser solamente “espirituales”. Esto quiere decir que entendemos que los asuntos de la vida diaria son temporales y que nos guardaremos de ser atrapados por ellos (véase 2 Timoteo 2:4).

Todo lo que pertenece al reino natural debe ser sometido a la dimensión espiritual y mantenido “a distancia” mientras seguimos a Jesús a donde Él está.

¿Y dónde está Jesús? Él le dijo a sus discípulos (en la noche de la traición) que Él estaba “en el Padre” y el Padre estaba en Él (véase Juan 14:10,11). Aunque participaba libremente en las actividades sociales de su época, Jesús se mantuvo en el Espíritu y en el amor de Dios y separado de los asuntos sociales que reclamaban su atención y participación.

Cuando oyeron la conversación de Jesús con el joven que quería saber qué era lo que necesitaba hacer para recibir la vida eterna, los discípulos de Jesús se empezaron a dar cuenta de lo que les iba a costar el seguirlo. Pedro le dijo: “He aquí, nosotros lo hemos dejado todo, y te hemos seguido; ¿qué, pues, tendremos?” (Mateo 19:27).

He aquí parte de la respuesta desafiante de Jesús: “Y cualquiera que haya dejado casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por mi nombre, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna” (Mateo 19:29).

Habrá ocasiones en que verdaderamente necesitemos dejar a nuestros seres queridos y todo aquello a lo que estamos acostumbrados para continuar en el camino del Señor y conocerle. Sin embargo, lo que esto significa principalmente es que mantengamos tales relaciones y compromisos en un plano secundario con respecto a nuestra relación con el Señor. Si lo hacemos, Él prometió que recibiríamos cien veces más en esta vida y que heredaríamos la vida eterna.

Una paradoja que el autor nunca ha podido entender, es que a pesar de que proclamamos amar al Señor con todo el corazón y esperamos con ansia irnos al cielo, cuando nos enfermamos gastamos todo nuestro dinero en médicos y medicinas, ¡lo cual de seguro impedirá que vayamos al cielo! Por un lado uno le da gracias a Dios por bendecirle con buena salud, pero por otro, no sabe uno cómo respondería si sufriera el azote de una enfermedad. Hay algo en ese panorama que no encaja muy bien.

No se malentienda al autor, ni le permitan que les ponga bajo condenación. Él no está en contra de los doctores y las medicinas; todos necesitamos esto alguna vez. El autor se refiere a principios que necesitan ser examinados a la luz de la verdad que proclamamos creer. El Señor utiliza todo tipo de situaciones para mostrarnos dónde se encuentran en verdad nuestro corazón y nuestra entrega. No vayamos en pos de lo temporal cuando lo eterno está al alcance de nuestra mano.

Glorificando al Señor

En el capítulo 17 del evangelio de Juan se encuentra grabada la gran oración que Jesús hizo en la noche en que fue traicionado. Jesús empezó su oración con determinación sumisa al Padre, diciendo:

Padre, la hora ha llegado; glorifica a tu Hijo, para que también tu Hijo te glorifique a ti; como le has dado potestad sobre toda carne para que dé vida eterna a todos los que le diste.

Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.

Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese.

Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese. (Versículos 1-5)

Estos versículos nos dan la clave para entender el corazón y la mente de Jesús y por qué Él se sometía al Padre. Aunque Él sabía de la muerte dolorosa que en unas cuantas horas habría de padecer, estaba totalmente entregado a la voluntad del Padre para que lo pasara por ella. Y al hacerlo, sabía que el plan predestinado de la salvación y el misterio glorioso de la vida eterna serían consumados.

En el versículo tres tenemos no tan sólo una definición de la vida eterna, sino la revelación de su propósito que es el de revelar la vida de Dios y a través de esa vida revelar tanto la vida del Padre como la del Hijo. Y cuando esa vida gloriosa sea contemplada, todos aquellos que la reconozcan glorificarán al Dios verdadero que es el único que la puede dar, y a Jesucristo, quien la reveló primero.

Jesús dijo que Él había glorificado a Dios en la tierra al consumar la obra para la cual había sido enviado. Eso es lo que se alude en los siguientes versículos: que todos aquellos que vengan a la vida eterna harán lo mismo; estarán unidos en perfecta armonía y de común acuerdo unos con otros, así como en perfecta armonía con Dios y con el plan que Él tiene para cada uno de ellos.

¿Cuál es el plan que Dios tiene para cada uno de nosotros?

La respuesta se encuentra en Efesios 2:19: “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas”.

Las buenas obras que Dios quiere que hagamos fueron preparadas mucho antes de que viniésemos al mundo. Aunque algunas de esas obras se dan a la iglesia en general, a cada creyente se le ha preparado para cumplir una misión específica. Y cualquiera que sea esta misión, personal o general, revelará el misterio glorioso de la vida eterna a través de personas que se entregan a completar la obra encomendada. Es lo menos que pueden hacer en apreciación por el don de vida eterna que han recibido.

Advertencia final de Pablo

La quinta advertencia de Pablo a Timoteo según el texto que primordialmente estamos estudiando, fue la de que se entregase a sí mismo a guardar los mandamientos que se le habían dado. Se le instruyó que los guardase “sin mácula ni reprensión, hasta la aparición de nuestro Señor Jesucristo” (1 Timoteo 6:14).

La palabra “guardar” que Pablo usó en esta advertencia se puede interpretar de varias maneras. Según se utiliza en este texto significa “atender con esmero, observar y guardar”. Tal vez la mejor manera de entender su significado será si notamos que esta es la misma palabra que Jesús usó dos veces en Juan 15:10 para desafiar a sus discípulos en cómo permanecer en su amor: “Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor”.

¿De qué importancia era para Jesús atender con esmero a la palabra que su Padre le había dado? En Hebreos 5:7 se revela la intensidad de los sentimientos que Él vivió y su afán en guardar obediencia a su Padre: “Y Cristo, en los días de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte [prematura], fue oído a causa de su temor reverente”.

La muerte “prematura” que le inquietaba a Jesús no sólo tenía que ver con poder vivir para terminar la carrera que tenía delante de Él, sino también con no dejarse tocar de ninguna forma de muerte espiritual del mundo decadente en que vivía antes de que Dios lo hiciese llevar el pecado del hombre en la crucifixión. De otro modo no hubiese sido ofrenda aceptable y nosotros todavía estuviéramos en nuestro pecado.

Si algún día pudiésemos ver la gloria eterna que está dentro de nosotros y el horror absoluto que sería el perderla, haríamos todo esfuerzo posible por conservarla. Huiríamos de todo aquello que tuviera el poder de robárnosla. Al igual que Jesús, pondríamos gran esmero, “con ruegos y súplicas”, en asegurar nuestro llamado y elección.

Judas escribió algo por el estilo a sus lectores en la siguiente advertencia:

Pero vosotros, amados, edificándoos sobre vuestra santísima fe, orando en el Espíritu Santo, conservaos en el amor de Dios, esperando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para vida eterna. (Versículos 20,21)

La única forma en que podemos mantenernos en el amor de Dios es esperando la misericordia del Señor quien “es poderoso para guardaros sin caída, y presentaros sin mancha delante de su gloria con gran alegría” (versículo 24).

Al concluir con sus amonestaciones a Timoteo, Pablo le encargó que guardase lo que se le había encomendado “hasta la aparición de nuestro Señor Jesucristo”.

¿Y cuál era esa “aparición de nuestro Señor Jesucristo” que Pablo tenía en mente? ¿Acaso era lo que generalmente se asocia con la segunda venida del Señor? Si es así, ¿esperaba Pablo que Timoteo viviese hasta que se cumpliese el evento el cual aun en nuestro tiempo está todavía por suceder?

La palabra que se traduce como “aparición” en este texto, viene del vocablo griego, EPIPHANEIA, el cual en español equivale a la palabra “epifanía”. Su significado es “brillar”. El American Heritage Dictionary (Diccionario histórico americano) define la palabra “epifanía” como “una manifestación reveladora de un ser divino; una manifestación repentina de la esencia o significado de algo; una comprensión o percepción de la realidad de una manera intuitiva e inesperada”.

Pablo quería que Timoteo guardase con todo su corazón el mandamiento de echar mano de la vida eterna hasta que esa vida se manifestase plenamente en él y a través de él. Debía guardar esa encomienda hasta que la vida del Señor Jesucristo, quien trajo a la luz la vida eterna y la inmortalidad, fuese revelada y expresada a través de su vida. Si así lo hacía, podría “asir” plenamente de aquello para lo cual había sido “asido” y llamado por el Señor.

Las mismas amonestaciones y encomiendas que Pablo le hizo a Timoteo se aplican a nosotros. Si queremos que la vida de Jesús sea revelada a través de nosotros, hay ciertas metas a las que debemos aspirar y tratar de alcanzar y ciertas cosas que debemos rehuir. Al seguir hacia esa meta nos vamos encontrar con batallas espirituales por las cuales nunca antes habíamos pasado, y que se nos presentarán sólo para mostrarnos en qué naturaleza estamos verdaderamente viviendo: en nuestra antigua naturaleza o en la nueva vida que hemos recibido en Cristo.

No nos conformemos con simplemente tener una “buena profesión”, es decir, un testimonio de lo que proclamamos creer. ¡Vivamos lo que creemos! Pero para conseguirlo tenemos que echar mano de la vida eterna que está en nosotros y aplicarla a las experiencias de nuestra vida diaria.

El tiempo vendrá en que “el que es injusto, sea injusto todavía; y el que es inmundo, sea inmundo todavía; y el que es justo, practique la justicia todavía; y el que es santo, santifíquese todavía” (Apocalipsis 22:11).

La clase de vida que elijamos vivir hoy es la clase de vida que viviremos para siempre. Por tanto, no perdamos tiempo, hermanos, y dediquémonos con esmero a echar mano de la vida eterna.

Estudio escrito por
Eli Miller

Traducción: Sara Weedman
Revisión del texto: Elizabeth Rentería

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