EL ESPÍRITU DE TEMOR

Hace varios años, el autor de este estudio escribió un artículo en INSIGHT titulado “La Mano Satánica“, en el cual señalaba cómo Satanás utiliza seis “ministerios” para llevar y conformar a la gente a su imagen. También señalaba que esos ministerios son una réplica o simulación de los ministerios de apóstol, profeta, evangelista, pastor y maestro que el Señor utiliza para ayudar a su pueblo a alcanzar madurez espiritual y para conformarlo a la imagen y semejanza de Jesucristo.

En ese artículo se advertía que el evangelista satánico es el espíritu de temor y que si permitimos que el temor nos gobierne seremos susceptibles al ataque de cualquier otro espíritu que el enemigo quiera usar en contra de nosotros. En este estudio se tratará más ampliamente el tema del temor y se expondrán algunos de los principios y tácticas relacionadas con el temor.

En Isaías 59:2, leemos lo siguiente: “…vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír“. Tanto Satanás como nuestra carne están de continuo tratando de hacernos caer en el pecado a fin de mantenernos separados de Dios. El estar separados de Dios nos hace más vulnerables a los dictados de nuestra propia concupiscencia y a ser seducidos por espíritus de tentación; también impide que nuestras oraciones sean contestadas. En verdad, la única oración que el Señor promete oír cuando uno tiene un pecado no confesado es la oración de arrepentimiento. Si el Señor responde a otras oraciones es por pura benevolencia, la cual emana del amor que Él tiene hacia la humanidad. Entender esta verdad nos debería servir como un incentivo adicional para que nos mantengamos apartados del pecado y en una recta comunión con nuestro Dios.

El temor es el resultado directo de estar separados de Dios. De ahí que el temor y la vergüenza fueran los primeros sentimientos negativos que Adán y Eva tuvieran después de haber pecado en el Paraíso Terrenal: “Y oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día; y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto. Mas Jehová Dios llamó al hombre, y le dijo: ´¿Dónde estás tú?´. Y él respondió: ‘Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí’” (Génesis 3:8-10).

Adán y Eva habían estado desnudos desde el día que fueron creados, y nunca se habían avergonzado al venir delante de la presencia del Señor en tal condición. Entonces ¿por qué ahora tenían miedo de verle estando desnudos? Porque su pecado los había desnudado espiritualmente y se habían dado cuenta con gran dolor de que ya no tenían cubierta. Las hojas de la higuera no les era suficiente cubierta, porque hubieran sentido igual vergüenza y miedo aun cuando hubieren estado completamente vestidos.

Esto da lugar a una pregunta: si Dios es omnipresente, ¿dónde de entre los árboles del huerto se podía esconder Adán con la esperanza de que Dios no lo viese? ¿O realmente estaba tratando de encubrir su pecado de una conciencia afectada? En Job 31:33, encontramos la respuesta: “Si encubrí como hombre mis transgresiones, escondiendo en mi seno mi iniquidad“.

Adán trató de ocultar su pecado “guardándolo” internamente, creyendo que al hacerlo así, Dios no lo vería y no iba a enterarse de lo que había hecho. Sin embargo, su pecado lo había inmediatamente separado de su Creador. Y para que Adán se diese cuenta de esa separación, Dios le preguntó dónde estaba antes de preguntarle qué había hecho.

Nosotros tenemos una tendencia de hacer lo mismo con el pecado. Enterramos en nuestros corazones las ofensas menos obvias y más sutiles, con la esperanza de que nadie se dé cuenta de lo que estamos guardando. Sin embargo, no hay “cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta” (Hebreos 4:13). “Guardar” el pecado en lo profundo de nuestros corazones para tratar de esconderlo de Dios, ¡es similar a prepararnos vestidos de hojas de higuera con el propósito de cubrir nuestra desnudez!

El pecado oculto y secreto siempre va acompañado de vergüenza y de temor: vergüenza de haber cometido una ofensa y temor a ser descubiertos. Pero podemos vencer el poder que la vergüenza y el temor ejercen sobre nosotros por medio de la confesión y del arrepentimiento. Pero, así como Adán acusó a “la mujer que me diste por compañera…“, también nosotros tenemos la tendencia de echar la culpa a los demás por nuestros pensamientos secretos y pecados que cometemos, en vez de hacernos responsables de ellos.

El temor es pecado

Dios no puede relacionarse con el temor porque el temor es contrario a su naturaleza. Apocalipsis 21:8 nos habla de la manera en que Dios ve al temor: “Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda“.

Es casi seguro que nosotros no pondríamos al temor en la misma categoría que al homicidio o la idolatría. Sin embargo, Dios sí lo hace. Su palabra nos dice: “…el que duda sobre lo que come, es condenado… y todo lo que no proviene de fe, es pecado” (Romanos 14:23). Aunque esta palabra nos parezca dura, debemos ponernos de acuerdo con Dios en lo que él llama pecado.

¿Por qué Dios considera al temor como pecado? Porque si el temor gobierna alguna área de nuestra vida, Dios no está gobernando en esa área. De manera que, si permitimos que el temor o cualquier otra cosa que no sea de Dios nos gobierne, entonces estamos sirviendo a otro Dios. Esto significa que somos culpables de honrar a un dios falso, lo cual es idolatría y adulterio espiritual. Toda esa honra perversa tiene sus raíces en el ocultismo.

Supongo que cualquiera que lea este artículo no se considerará a sí mismo un idólatra. Pero si el temor, o cualquier otra cosa que Dios llama pecado, está ejerciendo dominio sobre nosotros es porque le estamos sirviendo. Si servimos a aquello que Dios llama pecado es porque le hemos dado autoridad sobre nosotros; y en ese sentido, el pecado es un Dios al cual servimos.

No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o sea de la obediencia para justicia” (Romanos 6:16).

El libro de Nehemías nos da un ejemplo muy claro de cómo cada vez que cedemos al temor cometemos pecado. Luego de su liberación de la cautividad, un remanente de Israel regresó a Jerusalén. Mientras ellos reedificaban los muros de la ciudad, encontraron gran resistencia a su tarea que cada trabajador “tenía su espada ceñida a sus lomos, y así edificaban…” (Nehemías 4:18).

Los líderes de la resistencia —Tobías y Sanbalat— enviaron a un hombre para que le dijera a Nehemías que le habían puesto precio a su cabeza, y que esa misma noche vendrían a matarlo. El mensajero le dijo que el único lugar en donde estaría a salvo sería en el santuario del templo. Nehemías percibió quién había enviado al mensajero y dijo: “¿Un hombre como yo ha de huir? ¿Y quién, que fuera como yo, entraría al templo para salvarse la vida? No entraré” (Nehemías 6:11).

Nehemías sabía que el mensajero había sido contratado para que le diese ese mensaje: “…para hacerme temer así, y que pecase, y les sirviera de mal nombre con que fuera yo infamado” (Nehemías 6:13).

Puesto que Nehemías no era sacerdote, entrar en el santuario le hubiera sido ilícito. Si el temor lo hubiese impulsado a hacerlo, habría pecado contra el orden de Dios y se habría expuesto al juicio divino así como al reproche del enemigo.

Esta situación hubiera sido similar a aquella en la que Balac quería que Balaam maldijese a Israel cuando se encontraban en el desierto. Aunque el renegado profeta descubrió que él no podía maldecir al pueblo que Dios había bendecido, cuando ellos desobedecieron a Dios mezclándose con los moabitas, el furor de Jehová se encendió contra ellos. El juicio de sus pecado fue igual de devastador como lo hubiera sido si los hubiesen maldecido (véase Números 22-25).

El temor exige cumplimiento

La definición de la palabra “temor” según el Diccionario de la Lengua Española[1], es la siguiente: “Pasión del ánimo, que hace huir o rehusar aquello que se considera dañoso, arriesgado o peligroso. Presunción o sospecha. Recelo de un daño futuro“.

El temor opera a través de la presunción o sospecha de que algo va a suceder. En ese sentido, el temor y la fe son semejantes en que ambas exigen el cumplimiento de algo. Fe es la certeza de aquello que se espera (Hebreos 11:1), y temor es la certeza de aquello que no se espera.

Son numerosas las escrituras que podríamos citar para establecer este principio, pero mencionaremos solamente dos de ellas. En Proverbios 10:24 encontramos que “lo que el impío teme, eso le vendrá…“, y en Job 3:25, dice: “Porque el temor que me espantaba me ha venido, y me ha acontecido lo que yo temía“.

Una buena ilustración de la ansiedad causada por el temor se encuentra en la narración donde Jacob huye de Labán de regreso a su tierra natal. En la expectativa de ver nuevamente a su hermano Esaú, a quien al parecer no había visto desde el día en que le había quitado la primogenitura y la bendición muchos años atrás, envió mensajeros para que de antemano anunciasen su llegada.

Al parecer, después de encontrarse con Esaú, los mensajeros regresaron a Jacob y le dijeron que su hermano venía a recibirlo y traía cuatrocientos hombres con él. Cuando Jacob oyó esas noticias “tuvo gran temor y se angustió” y pidió a Dios que lo librase de la mano de su hermano Esaú (Génesis 32:1-20).

El encuentro de los hermanos fue considerablemente diferente a lo que Jacob en su temor había anticipado. Sucedió que tan pronto como se vieron: “…Esaú corrió a su encuentro y le abrazó, y se echó sobre su cuello, y le besó; y lloraron” (Génesis 33:4). Fue una reunión cordial y, una vez que intercambiaron presentes, se separaron de nuevo sin mayor alarde: Esaú volvió a Seir y Jacob fue a Sucot.

El temor causa una inquietud en la mente y siempre espera lo peor. Si no lo tratamos a tiempo, los “juegos mentales” en que nos envuelve nos aislarán en un mundo de voces debilitantes, anticipaciones infundadas del mal, situaciones en las que nos sentimos inútiles y relegados; desconfianza irracional de los demás, y finalmente en un estado general de paranoia.

El temor reduce nuestra visión del mundo a una porción sofocante y claustrofóbica en la que no hay más espacio que para uno mismo. Un mundo en el cual mantenemos cautamente a la distancia a nuestros seres más queridos, y asociados nuestros son sospechados de tramar esquemas de daño en contra nuestra. Los amigos que tenemos son pocos y continuamente los probamos para ver si son dignos de nuestra confianza.

Cuando una persona se encuentra bajo la influencia de tal temor siempre está cuidándose de que ningún intruso se acerque a entrar en su territorio. Aunque, por lo general, tales intrusos son producto de la imaginación, para el temeroso son muy reales. Desafortunadamente, a Dios se le ve como al mayor intruso de todos, pues eso es exactamente lo que el espíritu de temor quiere que piense una persona que se encuentra bajo su influencia.

El poder del temor

…el temor lleva en sí castigo” (1 Juan 4:18). Algunas versiones de la Biblia en Inglés usan la palabra “castigo” en este versículo, mientras que otras utilizan la palabra “tormento”. De acuerdo al Vine’s Expository Dictionary of Biblical Words[2] (Diccionario Explicativo de Palabras Bíblicas de Vine), la palabra que aquí se traduce como “castigo” o “tormento” se refiere no sólo al resultado de algo sino a un proceso.

El temor ejerce su poder en nosotros cuando hay algo que podemos perder. Esa sensación que tenemos de pérdida inminente de algo es la que le da al temor la capacidad de atormentar y castigar. Por ejemplo, después que Adán pecó, él tenía un conocimiento innato que iba a perder algo cuando su Creador viniese a su encuentro. De manera que se escondió porque tuvo temor y vergüenza. Del mismo modo, Jacob tuvo miedo de perder sus bienes, familia, y quizá hasta su propia vida al ir a encontrarse con Esaú, por lo que tomó medidas que esperaba iban a apaciguar la ira de su hermano.

El temor más grande que tiene el hombre es el temor a la muerte. Desde un punto de vista natural, la muerte se puede definir como la pérdida de toda expresión personal. De acuerdo a esto, la muerte no sólo se limita a la pérdida de la vida física, sino que también es la pérdida de expresar preferencias, ambiciones y planes personales que tenemos mientras vivimos.

Jesús vino al mundo para librar a la humanidad de la esclavitud de tener temor a la muerte (Hebreos 2:15). Aunque, por lo general, esto se interpreta como que Jesús vino para librarnos del temor a la muerte física, en realidad Él vino para librarnos del temor a cualquier tipo de muerte.

Notemos que Hebreos 2:15 dice que Jesús vino a librarnos del temor a la muerte y no del temor a morir. Si estamos vivos espiritualmente, y si realmente creemos que el cielo es lo que decimos que es, ¿por qué, entonces, hemos de tener temor a morir e irnos al cielo?

La razón por la cual tenemos temor a morir es que sabemos bien que una vez muertos no tendremos ninguna expresión de nuestra propia vida. Tal manera de pensar nos mantiene vulnerables al espíritu de temor porque nos sugiere lo que podríamos perder. En consecuencia, tenemos miedo de decir o hacer cualquier cosa más allá de la rutina de costumbre por temor a que los demás nos vayan a rechazar, deshonrar, desaprobar o faltar al respeto. Todos estos temores tienen raíz en el deseo de preservar y expresar nuestra vida tal como nosotros la conocemos.

¿Qué dijo Jesús acerca de esos temores? Dijo lo siguiente: “Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará” (Mateo 16:25).

Nuestra vulnerabilidad al temor está en relación directa con nuestro deseo de aferrarnos a nuestra propia vida y de controlarla. Pero si permitimos que Jesús sea el Señor absoluto de nuestras vidas no tendremos nada de que temer porque no tendremos nada que perder.

En realidad, el enemigo de nuestra alma sólo puede influir en aquellos aspectos de nuestra vida en los cuales no hemos dejado que Jesús sea Señor. Pero donde Él es Señor, es donde hemos sido librados de todo afán de tratar de preservar nuestra propia vida. Por consiguiente, las cosas están establecidas en nuestras vidas, y nos encontramos libres de cualquier trampa en la que el enemigo intenta hacernos caer, inclusive del temor de la muerte en cualquier dimensión.

Las provisiones de Dios

En Santiago 1:17 el apóstol nos dice que “Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación“.

Una verdad que necesitamos establecer en nuestros corazones es que Dios se preocupa por nosotros y solo tiene en mente nuestro bienestar. El enemigo trata de convencernos de que cuanto más nos acercamos al Señor, nuestra vida es más restringida y limitada. Pero en realidad, sucede lo contrario: cuanto más nos acercamos al Señor, experimentamos mayor confianza y libertad espiritual.

El Señor nos ha puesto a disposición toda provisión necesaria para que nosotros podamos vencer en esta vida el pecado, la enfermedad y a Satanás, y para prepararnos para la eternidad. Nunca debemos temer nada que provenga de la mano de Dios, y tampoco el servirle nos llevará a ataduras legalistas y religiosas.

En Romanos 8:15, leemos lo siguiente: “Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!“. Esto nos muestra que el Señor desea que confiemos en Él de la misma manera en que un niño confía en su padre.

Si hay temor en nosotros, éste no viene de Dios: Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio” (2 Timoteo 1:7).

Dios no desea que seamos tímidos o temerosos. En verdad, este versículo dice que Él puso a nuestra disposición ¡todas las provisiones de la divinidad! Sus provisiones son el poder revitalizante del Espíritu, el amor del Padre en su máxima expresión, y la mente sana y disciplinada de Cristo. Con tales recursos a nuestra disposición, ¿qué temor, por más desafiante que sea, es posible que pueda asustarnos y atormentarnos?

El temor es una atadura que nos inmoviliza. No solamente nos hace temer el presente, sino que también nos provoca un terror angustiante de lo desconocido. Sin embargo, si hemos hecho que Jesús sea el Señor de nuestra vida, no habrá nada que temer ya sea del presente o del futuro.

Jesús mismo nos brindó un maravilloso ejemplo de cómo uno debe depositar su vida totalmente en las manos de Dios Padre. La noche previa a la crucificción, trató de preparar a sus discípulos para su muerte inminente y para su partida de entre ellos. Aunque Él sabía que en unas cuantas horas se sometería a una de las muertes más crueles conocidas por el hombre, les habló de esta manera: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe nuestro corazón, ni tenga miedo” (Juan 14:27).

Una cosa es tener paz cuando no sabemos lo que está a punto de suceder; pero para que Jesús tuviese paz, cuando Él sabía lo que estaba próximo a suceder, Él tenía que haberse entregado totalmente al amor protector de su Padre. Y la única forma en que Él lo pudo lograr fue por medio de estar tan muerto a sus propios planes que el diablo no pudo encontrar nada en Él que pudiese ser tentado para preservar su vida.

En lo que respecta a Jesús, Él ya había muerto a todo que no fuera la voluntad y vida del Padre. Y como Él ya había muerto a su propia vida, la idea de morir físicamente no le causaba ningún temor.

El temor es un espíritu

2 Timoteo 1:7 dice lo siguiente: “Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía…” Este es un versículo que establece que el temor no sólo es una emoción, sino que también es un espíritu. Y en 1 Juan 4:18 también se afirma que “el perfecto amor echa fuera el temor“.

Si el temor puede ser echado fuera significa que es más que una mera emoción. La emoción es parte integral del alma humana y es un ingrediente indispensable de la conformación espiritual de la humanidad. El espíritu y alma humanos combinados es lo que en realidad somos como individuos, siendo nuestro cuerpo el lugar donde vivimos y donde mora nuestro ser. De acuerdo a esto, si la emoción puediera ser echada fuera de una persona, se fracturaría su esencia espiritual y ya no sería una persona completa.

Parte de la definición de la palabra traducida como “echar” en el versículo mencionado al inicio de esta sección significa: “Lanzar o hacer caer una cosa sin importar donde cae”. Aunque esta palabra aparece muchas veces en las Escrituras, citaremos sólo algunos ejemplos para ilustrar la manera en que se debe echar fuera el temor.

En Mateo 18:8-9, se menciona cuatro veces el término “echar” para ilustrar gráficamente la actitud radical que deberíamos tener contra miembros ofensivos de nuestro cuerpo que nos hacen caer en pecado. Esta palabra se menciona también varias veces en el libro de Apocalipsis para mostrar lo que le sucede a la bestia, al falso profeta, al diablo, a la muerte, al infierno y a todo aquel que “no se halló inscrito en el libro de la vida” cuando llega el juicio (véase Apocalipsis 19:20; 20:3,10, 14-15).

En el libro de Job encontramos la descripción más gráfica de lo que es un espíritu de temor. Elifaz, uno de los amigos de Job, describió de esta manera la visión que tuvo en un sueño: “Me sobrevino un espanto y un temblor, que estremeció todos mis huesos; y al pasar un espíritu por delante de mí, hizo que se erizara el pelo de mi cuerpo. Paróse delante de mis ojos un fantasma, cuyo rostro yo no conocí, y quedo, oí que decía…” (Job 4:14-16).

Es preciso entender que el temor es un espíritu al cual podemos echar fuera. De otra manera, si somos personas temerosas, creeríamos que el ser temerosos es parte de nuestra conformación psicológica. Tal conclusión implicaría que el temor es parte de lo que somos.

Pero esa no es la verdad. Aunque podríamos ser temerosos, eso no significa que nosotros somos el temor mismo. El espíritu de temor quisiera que creyésemos que somos temor para poder seguir ocultándose y atormentándonos por el resto de nuestras vidas.

Aunque es normal tener un cierto temor o aprensión de comportamiento peligroso dado por Dios, estos no son los temores que estamos tratando aquí. Los temores a los cuales aquí nos referimos son aquellas incesantes preocupaciones que nos debilitan e impiden que llevemos una vida normal. Nos estamos refiriendo a aquellos temores que nos atormentan y nos llenan de grave aprensión cada vez que consideramos hacer algo que otros hacen con facilidad.

Si tales temores nos asedian es porque estamos bajo la influencia de un espíritu de temor. Pero gracias a Dios que ese espíritu puede ser echado fuera, y podemos ser liberados de la indebida carga que pesa sobre nosotros.

El temor es la raíz de toda mentira

El temor es la raíz y causa principal de toda mentira o engaño. En Isaías 57:11 encontramos el siguiente principio bíblico: “¿Y de quién te asustaste y temiste, que has faltado a la fe, y no te has acordado de mí, ni te vino al pensamiento?“.

La razón que la gente dice mentiras y trata de engañar a otros es porque tiene miedo de perder algo si dice la verdad. Este principio de verdad es tan antiguo como la primera mentira que registra la Escritura cuando la serpiente mintió y engañó a Eva cuando le dijo: “No moriréis“, aun si ella desobedeciese lo que Dios había dicho (Génesis 3:4).

¿Por qué conspiró la serpiente contra Eva para engañarla? Porque la serpiente sabía que Dios le había dado a la humanidad dominio sobre toda la creación, inclusive sobre la serpiente misma. El Tentador sabía muy bien que él no podía cambiar la palabra del Creador, pero si podía lograr que el Hombre despreciara la palabra del Creador y pecara, las consecuencias serían que el Hombre perdería el dominio que Dios le había dado sobre la creación. Él sabía que mientras el Hombre tuviera dominio sobre la creación, su propia autoridad usurpada era nula y sin ningún valor.

Este principio todavía es válido. El Tentador no tiene mayor autoridad sobre nosotros que la que le damos al renunciar los mandatos que nos da el Creador. Jesús vino para restaurar lo que se había perdido en la transgresión de Adán, es decir, el dominio del hombre sobre todo lo que Dios creó. Por esto es que, cada vez que permitimos que algo o alguien aparte de Dios ejerza dominio sobre nosotros, estamos básicamente despreciando la liberación que Jesús pagó con su sangre.

Entonces, ¿por qué se afana tanto el Tentador en engañarnos con mentiras? Porque tiene miedo de que descubramos que Dios nos ha dado dominio sobre él. El Tentador sabe que mientras creamos sus mentiras, capitularemos nuestro mandato, y él podrá seguir acosándonos descaradamente en abierta falta de respeto a la provisión de Dios en Jesucristo.

Otros pasajes de las Escrituras que muestran al temor como la raíz de la mentira son los siguientes: cuando Caín negó haber matado a su hemano Abel por miedo a las consecuencias (Génesis 4:8-15); cuando Abram mintió diciendo que Sarai era su hermana porque temía por su vida (Génesis 12:12-13); cuando Isaac, siguiendo los pasos de su padre, mintió diciendo que Rebeca era su hermana porque, al igual que su padre, temía por su vida (Génesis 26:6-9).

Este principio se puede observar una y otra vez desde el Génesis hasta el Apocalipsis, donde la iglesia de Éfeso es alabada por haber discernido correctamente las mentiras de los que se decían ser apóstoles pero que no lo eran (Apocalipsis 2:2).

Ahora examinémonos a nosotros mismos. Si alguna vez hemos mentido: ¿por qué lo hicimos? ¿Qué era lo que teníamos temor de perder? Y, si actualmente estamos mintiendo, ¿qué aspectos de nuestra vida tenemos miedo de rendir o ceder?

Algunos efectos del temor

Por lo general, el temor se infunde en nosotros por medio de lo que vemos y oímos, sea esto real o imaginario. Un ejemplo de esto se encuentra en 1 Samuel 17:11 y 24, donde dice que cuando Saúl y el pueblo de Israel vieron a Goliat y oyeron sus amenazas, se turbaron y tuvieron “gran miedo”. La verdad aquí es que Dios quería que ellos destruyeran al gigante para que después tuvieran el valor de salir a pelear contra otros enemigos.

Otro medio importante del cual se vale el temor para atormentarnos es la manera en que percibimos a Dios. Porque nuestra percepción de algo es nuestra realidad, si conocemos a Dios como un Padre amoroso, no vacilaremos en acudir a Él para que vea por nuestras necesidades. En Gálatas 5:6 se habla de “la fe que obra por el amor“, lo cual significa que podemos tener fe en Dios porque sabemos que Él nos ama. Sin ese conocimiento, vacilaríamos —y con toda razón— en acercarnos a Él por temor a que no nos recibiese o a que nos castigase por molestarlo.

La primera generación de Israel en el desierto tuvo una percepción distinta de Dios, lo cual fue una de las razones que les privó de la fe necesaria para entrar a la Tierra Prometida. Los israelitas tenían la idea equivocada de que Dios los aborrecía y procuraba destruirlos, y que por eso los había traído al desierto. Y esto a pesar de la abundante provisión diaria de maná y de agua para toda la nación y para todos sus animales.

Esa mal fundada suposición les robó de la fe que necesitaban para entrar y poseer lo que Dios había provisto para ellos. De allí que Dios se enojara con ellos y jurase que ninguna persona de esa generación vería la Tierra Prometida (Deuteronomio 1:21-36), con la excepción de Josué y Caleb.

El temor debilita a aquellos que afecta. El temor hizo que el profeta Samuel dudara en ungir a David para que fuera rey (1 Samuel 16:1-2); destruyó la fe de los discípulos de Jesús cuando se vieron en peligro (Marcos 4:37-40); hizo que José de Arimatea fuese un discípulo secreto (Juan 19:38); dejó a Pedro sin habla en el monte de la transfiguración (Marcos 9:6) y más tarde le hizo negar categóricamente al Señor (Mateo 26:69-75).

El temor a perder su reino fue lo que hizo que Saúl tuviera miedo de la unción de David (1 Samuel 18:12,15,29). Este tipo de miedo puede hacer que algunos predicadores comprometan lo que enseñan (Filipenses 1:14) y dejen de utilizar los talentos que Dios les ha dado (Mateo 25:24-28). Por causa del temor, Pedro comprometió la revelación y la verdad que Dios le había dado directamente (Gálatas 2:11-13; Hechos 10:9-20), y arrastró a otros a seguir su hipocresía.

El temor es contagioso y puede contaminar a muchos si no se le controla. Un ejemplo de esto se encuentra en Deuteronomio 20, donde se le instruye a Israel sobre cómo debe conducirse durante la guerra. Entre otras cosas, Dios dijo: “Y volverán los oficiales a hablar al pueblo, y dirán: ¿Quién es hombre medroso y pusilánime? Vaya, y vuélvase a su casa, y no apoque el corazón de sus hermanos, como el corazón suyo” (versículo 8).

El Señor sabía que si el temor se aferraba de unos cuantos hombres, se difundiría rápidamente por todo el campamento, debilitando así a todo el ejército. Para evitar que ello sucediera, se tenía que retirar a los soldados temerosos del frente de batalla. Era preferible ir a la batalla con unos cuantos soldados valientes, que con muchos que fueran temerosos.

¿Puede ser que sea esa la razón por la cual los cobardes son separados de los vencedores en Apocalipsis 21:7-8?

El temor del hombre

La primera de las cuatro categorías básicas de temor que se tratarán en este estudio, es el temor del hombre. Este es el tipo de temor más común y probablemente afecta a más gente que cualquier otro. Limitaciones de espacio en este estudio no permiten elaborar más ampliamente sobre cada una de estas categorías, de manera que se presentarán solamente algunos de los principios básicos de estas categorías y confiamos en que el Señor proveerá los detalles específicos donde sea necesario.

Jesús dijo que no debíamos temer a los que sólo pueden matar el cuerpo, sino a aquel que tiene poder de echar en el infierno (Lucas 12:4-5). En Proverbios 29:25, dice así: “El temor del hombre pondrá lazo; mas el que confía en Jehová será exaltado“, y en Salmos 118:6, leemos lo siguiente: “Jehová está conmigo; no temeré lo que me pueda hacer el hombre“.

El temor del hombre es el temor que tenemos de otras personas por cualquier motivo. Estas personas pueden ser nuestros padres, miembros de nuestra familia, compañeros de trabajo o gente en general. Generalmente, si cuando nos encontramos o hablamos con una persona no somos capaces de mirarle a los ojos es porque tenemos temor del hombre.

En Deuteronomio 1:17 dice que el temor del hombre distorsiona el juicio. Porque dice: “No hagáis distinción de persona en el juicio; así al pequeño como al grande oiréis; no tendréis temor de ninguno, porque el juicio es de Dios“.

¿En qué forma puede el temor del hombre torcer nuestro juicio? Si le tenemos miedo a alguien, es muy posible que no seamos sinceros con esa persona. Trataremos de ocultar nuestros verdaderos pensamientos y comprometeremos nuestros valores para adaptarnos a lo que creemos que esa persona espera y quiere oír de nosotros.

En Deuteronomio 16:19 dice que el temor del hombre no sólo pervierte nuestro juicio, sino que es equivalente a aceptar un soborno: “No tuerzas el derecho; no hagas acepción de personas, ni tomes soborno; porque el soborno ciega los ojos de los sabios, y pervierte las palabras de los justos“.

¿En qué sentido es el temor del hombre equivalente a dejarse sobornar? En que ambos hacen que uno rechace la verdad para dar cabida a la conducta deshonesta o a alguna otra influencia en otra persona. En consecuencia, esa persona se ve favorecida por encima de la verdad.

El temor del hombre hizo que el Rey Saúl perdiese su reino. Cuando Israel fue a pelear contra los amalecitas, Dios le dijo que destruyera todo, tanto hombres como bestias (1 Samuel 15:3). Sin embargo, “Saúl y el pueblo perdonaron a Agag, y a lo mejor de las ovejas y del ganado mayor, de los animales engordados, de los carneros y de todo lo bueno, y no lo quisieron destruir; mas todo lo que era vil y despreciable destruyeron“. (1 Samuel 15:9).

Después, el Señor envió a Samuel para que pronunciara juicio contra Saúl por su desobediencia. Al oír Saúl que Dios lo había desechado para ser rey, aceptó renuentemente que había pecado, diciendo: “Yo he pecado; pues he quebrantado el mandamiento de Jehová y tus palabras, porque temí al pueblo y consentí a la voz de ellos…” (1 Samuel 15:24).

Puesto que Saúl se encontraba en un lugar de autoridad divinamente designado y delegado, él no tenía necesidad de responder a los caprichos del pueblo. En realidad, su respuesta fue un intento de cambiar la culpa de su propia desobediencia al pueblo, tal como lo hizo Adán en el Huerto.

¿Cuántos líderes espirituales han perdido sus efectividad por causa de su temor del hombre? El autor de este estudio conoce algunos líderes que han detenido la verdad por temor a perder su prestigio o la ayuda económica que recibían. Otros han ignorado las malas acciones de gente influyente en la sociedad por causa de la alta posición social que esas personas ostentan, y lo hacen a veces en contra y a costa de gente inocente. En situaciones como éstas, y en otras similares, se está honrando al espíritu de temor por encima del Dios de verdad.

En Proverbios 15:27, se declara lo siguiente: “…el que aborrece el soborno vivirá“. No nos dejemos ser sobornados de nuestro llamado y herencia en Cristo por el temor del hombre. Aunque las personas tienen diferentes condiciones sociales y económicas en la vida, para el Señor todos tenemos el mismo valor y le costó lo mismo redimir a cada uno de nosotros.

Temor de ser rechazado

El temor de ser rechazado está íntimamente relacionado con el temor del hombre. La diferencia principal radica en que el rechazo generalmente involucra a personas cercanas a nosotros, como son los miembros de nuestra familia o de la iglesia. Jesús, quien fue despreciado y rechazado por la gente de la comunidad en la cual había crecido, dijo: “No hay profeta sin honra sino en su propia tierra, y entre sus parientes, y en su casa” (Marcos 6:4).

La gente que no conocemos no nos va a rechazar. El rechazo viene de gente que nos conoce. Por eso es que el rechazo es tan duro de recibir. Si extraños nos rechazan, lo podemos soportar; pero cuando miembros de nuestra familia o amigos muy cercanos son los que nos rechazan, es como si recibiésemos una puñalada en el estómago.

El profeta Miqueas nos da buenos consejos respecto al rechazo: “No creáis en amigo, ni confiéis en príncipe; de la que duerme a tu lado cuídate, no abras tu boca. Porque el hijo deshonra al padre, la hija se levanta contra la madre, la nuera contra su suegra, y los enemigos del hombre son los de su casa. Mas yo a Jehová miraré, esperaré al Dios de mi salvación; el Dios mío me oirá” (Miqueas 7:5-7).

Aun Jesús fue herido en casa de sus amigos (Zacarías 13:6). Y en Isaías 53:3 dice que Él fue “despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto; y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos“.

Todos pasamos por la experiencia del rechazo alguna vez en nuestra vida. Y el rechazo por lo general se debe a un malentendido o a la opinión equivocada que la gente tiene de nosotros respecto a algo en el pasado. Aunque el rechazo siempre nos parezca injusto y doloroso, es una realidad de la vida. Cuando seamos rechazados, no tratemos de compadecernos de nosotros mismos, sino recordemos que Jesús “fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado“. Y por tal razón, Él también puede “compadecerse de nuestras debilidades” (Hebreos 4:15).

No debemos permitir que los problemas de otras personas se conviertan en nuestros problemas. En otras palabras, si no le parecemos bien a alguien, ese es problema de tal persona; no hay que permitir que la opinión que otros tienen de nosotros se convierta en la opinión que tenemos de nosotros mismos. La única opinión sobre nosotros que realmente vale es la opinión de Dios.

Si tenemos una relación segura con el Señor, estaremos mucho menos preocupados de lo que otros piensan de nosotros. Con toda confianza podremos decir: “El Señor es mi ayudador; no temeré lo que me pueda hacer el hombre” (Hebreos 13:6). Jesús conoció el dolor de ser rechazado pero nunca dejó que esto lo atemorizara. De manera que, si nosotros sabemos quiénes somos en Cristo, podemos mantenernos firmes en Él con una paz inconmovible a pesar del rechazo que experimentemos.

Hablando por el Señor, Isaías dijo lo siguiente: “Oídme, los que conocéis justicia, pueblo en cuyo corazón está mi ley. No temáis afrenta de hombre, ni desmayéis por sus ultrajes.

Yo, yo soy vuestro consolador. ¿Quién eres tú para que tengas temor del hombre, que es mortal, y del hijo de hombre, que es como heno?

Y ya te has olvidado de Jehová tu Hacedor, que extendió los cielos y fundó la tierra; y todo el día temiste continuamente del furor del que aflige, cuando se disponía para destruir. ¿Pero en dónde está el furor del que aflige?”. (Isaías 51:7, 12-13)

El temor de ser rechazados nos puede debilitar tanto como el temor del hombre. Cada vez que tenemos temor de ser rechazados, tratamos de protegernos al no aventurarnos a salir de nuestros lugares cómodos que nosotros mismos nos hemos aparejado. El problema con esto es que, cuanto más se aferra de nuestras vidas el temor, los lugares cómodos que teníamos se vuelven cada vez más pequeños para dar espacio al temor.

Una de las formas en que el rechazo obra en nosotros es haciéndonos decir o hacer algo que ofenda a otras personas para que éstas nos rechacen. Luego, cuando llega el rechazo, estamos justificados en nuestras mentes por ser rechazados y creemos que esas personas tienen toda la razón de rechazarnos. Así continuamos hasta que nos sentimos rechazados por todas las personas con quienes nos relacionamos. Si no vencemos ese temor, el sentimiento de rechazo irá aumentando en nosotros hasta que lleguemos a rechazarnos y despreciarnos a nosotros mismos.

El rechazo es la obra del opresor. Si permitimos que la opresión nos controle, muy pronto caeremos en la depresión. Cuando caigamos más profundo en la desesperación de la depresión, nos parecerá que la vida ya no tiene ningún sentido, a tal punto que cuestionaremos si vale la pena vivir. Si permanecemos en ese estado de ánimo por algún tiempo, llegará el momento en que decidiremos que no tiene sentido continuar viviendo y el suicidio aparecerá como la única solución.

Nosotros somos vulnerables al temor de ser rechazados porque todavía no se ha establecido en nuestros corazones que ya hemos sido crucificados con Cristo. Todavía tenemos miedo de perder nuestra reputación, nuestro buen nombre o cualquier otra cosa. Pero, si hemos sido crucificados con el Señor y nos damos cuenta de que la vida que vivimos no es nuestra, no tenemos nada que perder. Y donde no hay nada que perder, no hay nada que temer —sobre todo el rechazo—.

Temor al fracaso

El tercer aspecto del temor que estudiaremos aquí es el temor al fracaso. En Proverbios 24:16, encontramos lo siguiente: “Porque siete veces cae el justo, y vuelve a levantarse…“. Y algo relacionado a esto en Salmos 37:24 dice: “Cuando el hombre cayere, no quedará postrado, porque Jehová sostiene su mano“.

No nos debe dar vergüenza el que algunas veces no podamos satisfacer nuestras expectativas naturales y espirituales, y que nos vayamos de bruces contra el suelo en humillación. Nos debería dar vergüenza el que no nos volviésemos a levantar. Viéndolo bien, la única forma en que uno se puede caer siete veces es ¡si al menos ya se ha levantado seis veces!

Los fracasos forman parte de nuestra vida: ¿por qué hemos de temerlos? Si uno se culpa por los los fracasos que ha tenido, también querrá recibir mérito por sus éxitos. Si sabemos que nuestros “éxitos” pertenecen al Señor, ¿por qué debemos culparnos por nuestros “fracasos”? En realidad, deberíamos eliminar ambos términos del vocabulario de los creyentes.

No se malentienda al autor. No se recomienda que una persona se resuelva a estar contenta con su fracaso, y deje de luchar o de esforzarse por tratar de vencer los obstáculos y retos que continuamente se presentan en la vida. Somos llamados a vivir en el espíritu de Cristo, en quien todo lo podemos (Filipenses 4:13).

El éxito y el fracaso no tienen nada que ver con la obediencia y con el crecimiento espiritual. Lo que para nosotros puede parecer un éxito, para Dios tal vez sea un miserable fracaso, y viceversa.

Consideremos a Jesús. Cuando Él fue crucificado el mundo lo vio como un miserable fracaso. Sin embargo, Él fue el Hombre ¡más exitoso que este planeta jamás ha visto! Gracias a Dios que Él no ve los éxitos como nosotros los vemos.

Dios “conoce nuestra condición; se acuerda que somos polvo” (Salmos 103:14), y sabe que habrá ocasiones en que no podremos vivir de acuerdo a la verdad que hemos aceptado (Romanos 7:7-25) En verdad, antes de que el hombre fuese creado, ¡Dios ya tenía hecha una provisión para el fracaso del hombre!

¿Cómo se explica esto? Desde antes de la fundación del mundo, el Creador proveyó de un Cordero para que fuese sacrificado por el pecado del hombre (1 Pedro 1:18-21). Aunque Él creó a la humanidad con una falla —una naturaleza que se rebelaría contra Él—, cuando Dios terminó su Creación como la conocemos, “vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera” (Génesis 1:31).

Esto nos plantea una pregunta interesante: Si Dios hizo provisión para el fracaso del hombre, ¿por qué no podemos nosotros hacer lo mismo? ¿Somos más exigentes con nosotros mismos de lo que Dios es? ¿Es la evaluación que tenemos de nuestra conformación física, emocional y espiritual, más exacta que la de nuestro Creador? Si es así, estamos estableciendo que nuestra propia sabiduría es superior a la sabiduría de Dios. Tal actitud insensata es la más grande demostración de una apostasía que se sirve a sí misma.

Si no hacemos espacio para algún fracaso de nuestra parte es porque estamos confíando que nuestras propias facultades son suficientes. Dicho de otra manera, la confianza que tenemos en nosotros mismos es mayor que nuestra confianza en Dios. Esto es vivir basado en el desempeño de nuestras obras, lo cual significa que, en nuestra estimación, el valor que tenemos como personas —para uno mismo, para otros y para Dios— se determina y depende del desempeño de nuestras obras.

No hay nada más contrario a la verdad. Dios determinó el valor del hombre antes que la humanidad fuera creada y antes de que el hombre hubiera hecho algo bueno o malo. En Romanos 5:8, dice así: “Mas Dios muestra su amor para nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros“. Si Dios envió a Jesús para que muriese por nosotros cuando todavía éramos pecadores, ¿qué desempeño de obras de nuestra parte puede valer más para Dios que el sacrificio supremo que Él ya había provisto?

El amor que Dios tiene para nosotros no se determina por nuestras obras. Nuestras obras pueden al final determinar la cantidad de beneficio y bendición recibida por medio de su amor, pero éstas no influyen en su amor. Si influyeran, entonces Dios estaría haciendo acepción de personas y por lo tanto dejaría de ser un Dios justo.

El amor de Dios por la humanidad fue determinado y establecido desde antes de la fundación del mundo. Nuestra respuesta a su amor determinará nuestra condición eterna, pero esa no es la base de su amor hacia nosotros. Su amor universal e interés por la creación le hace “salir su sol sobre malos y buenos, y hace llover sobre justos e injustos” (Mateo 5:45).

Una relación con Dios basada en el desempeño de nuestras obras es una de las posturas más hipócritas y perjudiciales que uno puede tomar. Ello requiere de una lista interminable de cosas para hacer y no hacer que cada vez crece y exige más de nosotros. Se concentra más en lo que uno exige de uno mismo que en lo que Dios ya ha hecho en y por nosotros. Tal modo de pensar sutilmente nos hace poner nuestra confianza en nuestras propias aptitudes, lo cual nos pone bajo maldición. Como dice en Jeremías 17:5: “Maldito el varón que confía en el hombre, y pone carne por su brazo…“, aun si es uno mismo el hombre en quien se confía.

El apóstol Pablo, cuando hablaba de su fidelidad como administrador de los misterios de Dios, hizo una clara declaración de cómo veía él su propio desempeño: “Yo en muy poco tengo el ser juzgado por vosotros, o por tribunal humano; y ni aun yo me juzgo a mí mismo. Porque aunque de nada tengo mala conciencia, no por eso soy justificado; pero el que me juzga es el Señor.

Así que, no juzguéis nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor, el cual aclarará también lo oculto de las tinieblas, y manifestará las intenciones de los corazones; y entonces cada uno recibirá su alabanza de Dios“. (1 Corintios 4:3-5)

Pablo no intentaba juzgar su propio desempeño antes de tiempo, sino hasta que viniera el Señor. Él simplemente trataba de mantener su conciencia clara y se entregaba al Señor, quien juzga de acuerdo a lo que hay en el corazón. Tal debería también ser nuestra actitud.

He aquí un principio importante: uno no puede fracasar siendo uno mismo. Solamente tendremos temor de fracasar cuando nos presentamos ante otros como algo que no somos, entonces fracasamos al no poder ser lo que pretendíamos ser. Tales pretensiones falsas son esfuerzos inconscientes de defendernos contra el temor, la ansiedad o la culpa.

Nosotros no necesitamos demostrar nada a nadie. Cualquier cosa que hagamos debemos hacerla lo mejor que podamos por la gracia de Dios, como para el Señor. Si en última instancia lo único que buscamos es su aprobación, ¿por qué hemos de preocuparnos de lo que piensan los demás acerca de nosotros cuando no satisfacemos sus expectativas? Nosotros no necesitamos la aprobación de otros para ser aceptables y valiosos para Dios.

Negar que algunas veces fracasamos es tener temor al fracaso. Los fracasos son instrumentos para nuestra perfección y santificación. Dios los utiliza para enseñarnos una mayor dependencia de Él, y para mostrarnos su amor cuando sabemos que no lo merecemos. Así que, no dejemos que el temor al fracaso nos domine. Sepamos aprovechar las oportunidades y retos que el Señor pone delante nuestro, y dejemos que Él determine su éxito o fracaso.

Temor a ser abandonados

El último aspecto del temor que trataremos en este estudio es el temor a ser abandonados. Este tipo de temor salta a la vista cada vez que se viola el orden dado por Dios para la seguridad y bienestar de la humanidad. En 1 Corintios 11:3 se habla de este orden: “Pero quiero que sepáis que Cristo es la cabeza de todo varón, y el varón es la cabeza de la mujer, y Dios la cabeza de Cristo“.

Por supuesto que el término “cabeza” que se usa en este versículo no se refiere a la cabeza literal de un hombre o de una mujer. Es más bien una metáfora que se usa para expresar un pensamiento lógico.

Por ejemplo, Jesucristo “es la cabeza del cuerpo que es la iglesia, él que es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia” (Colosenses 1:18). Esto significa que Jesús es el primero, el más importante, el que está sobre todo y a la cabeza de todo lo que se produjo después de Él.

El versículo mencionado arriba dice que Cristo es la cabeza de todo varón, no sólo de aquellos que han nacido espiritualmente. Esto expresa claramente la verdad acerca del orden del gobierno divino en la creación, el cual es muy específico para el bienestar emocional y la armonía espiritual. Aunque algunas “mentes modernas iluminadas” pueden llamar al orden de Dios chauvinista (por darle preeminencia al hombre), en unos versículos más adelante dice lo siguiente: “Porque el varón no procede de la mujer, sino la mujer del varón, y tampoco el varón fue creado por causa de la mujer, sino la mujer por causa del varón” (1 Corintios 11:8-9).

Desde el principio, cada dimensión adicional de la creación de Dios mejoraba a la que le antecedía. Por ejemplo, el primer día fue hecha la luz para revelarnos que la luz de Dios podía dispersar la oscuridad que entenebrecía a la tierra. Todo lo demás que se creó en los días siguientes sirvió para desarrollar todavía más el ambiente que sería propicio para la vida como nosotros la conocemos. Cuando terminó su obra, “vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera. Y fue la tarde y la mañana el día sexto” (Génesis 1:31).

Del mismo modo, Jesús fue creado en el pasado de la eternidad para revelar el plan que Dios tenía para relacionarse con la creación. Más tarde en el proceso del tiempo, Adán, el hijo de Dios (Lucas 3:38), fue creado para revelar visiblemente la relación que Jesús tenía con su Padre, es decir, el de una armonía reverencial. Y porque “no es bueno que el hombre esté solo…” (Génesis 2:18), Dios hizo a Eva de Adán para que le pudiese demostrar a ella —y a través de ella— el amor y el cuidado que el Creador tenía por su creación. La revelación del amor y cuidado de Dios por la creación habría de transmitirse a sus descendientes, de generación en generación, perpetuamente.

Cada fase en el orden divino es una reflección del nivel de vida que le es superior. Por esa razón, el hombre “es imagen y gloria [reflejada] de Dios [es decir, su función de gobierno refleja la majestad del Gobierno divino]; pero la mujer es [la expresión de] la gloria [majestad y preeminencia] del varón” (1 Corintios 11:7).

En el nivel más alto del orden divino, Dios nunca cambia, y es siempre el mismo. Él ha demostrado ampliamente la fidelidad de su compromiso con la humanidad, llegando a decir: “No te desampararé, ni te dejaré” (Hebreos 13:5). Y porque Dios es fiel, Jesús puede demostrar constantemente la vida y el amor del Padre para toda la humanidad —la cual en el orden divino se encuentra debajo de Jesús— y nosotros podemos disfrutar de una sensación de seguridad que emana de esa fidelidad.

Si Jesús no hubiese permanecido fiel en el lugar donde Dios lo puso, todo lo que está “debajo” de Él en el orden del gobierno divino hubiera sido afectado. Si esto hubiera sucedido, nosotros no tendríamos ningún medio para entrar en una relación con Dios, ni jamás se habría levantado la maldición que pesaba sobre la creación natural (véase Romanos 8:19-23).

Cuando se resquebraja y hay una ruptura en la armonía del orden del gobierno divino, todas las personas y todas las cosas más allá de esa ruptura se ven afectadas. Por ejemplo, cuando Adán desobedeció el mandamiento de Dios en el Huerto, todo lo que fue creado para él y después de él fue maldecido: Eva daría luz a los hijos con dolor, la tierra produciría cardos y espinos en vez del alimento que Dios había propuesto darles, y sus hijos necesitarían trabajar con el sudor de su frente para mantenerse.

De acuerdo a este principio, el temor a ser abandonados puede aparecer cuando, por ejemplo, un esposo o un padre deja de proveer de esa sensación de seguridad que necesita su esposa o su familia. Esa seguridad viene por medio del inquebrantable amor que el padre siente por ellos mientras permanece en el lugar que Dios le ha dado como sacerdote y cubierta del hogar.

Ese mismo temor lo experimentan también los niños cuando la madre no honra y apoya a su esposo en el lugar que éste tiene en el orden divino. Cuando el amor y respeto mutuo entre los esposos se pierde, sus oraciones son estorbadas (véase 1 Pedro 3:1-7).

El descuido de los niños por sus padres es un tipo de abandono muy común, y dramáticamente afectará la armonía del hogar. Esto no necesariamente significa que un padre abandone físicamente a su familia. Pero, si los niños son continuamente ignorados y puestos a un lado porque los padres están muy ocupados o preocupados en otros asuntos, los niños perderán su sentido de autoestima, y para todo propósito práctico, ya han sido abandonados. Muy pronto esa sensación de abandono se manifestará en sus conducta, ya sea en la compañía de mucha gente o de una manera introvertida.

Los niños también pueden experimentar ese temor a ser abandonados cuando les es imposible satisfacer las expectativas irracionales de sus padres. Cuando se sienten forzados a actuar de una manera que es aceptable a sus padres para poder recibir de ellos la recompensa de amor y aprobación que anhelan. Pues cuando no reciben ese amor y aprobación de sus padres, tienden a buscarlos fuera del hogar, lo cual por lo general los lleva a caer en mayores trampas del espíritu de temor y sus secuaces.

Con frecuencia, el temor a ser abandonados es muy sutil. Por ejemplo, si nuestras oraciones no son contestadas dentro del tiempo y en la manera que esperábamos serían contestadas, podemos llegar a ser presa del pensamiento de que Dios nos ha abandonado.

Pero recordemos esto: el Señor ha prometido que nunca nos dejaría ni nos abandonaría. Depositemos nuestro destino en sus manos y permitamos que se establezca en nuestros corazones la verdad de que Él nos ama y solamente desea nuestro bien y no el mal.

Isaías tuvo una palabra muy alentadora de Dios para el pueblo de Israel, de la cual nosotros también podemos apropiarnos si nos sentimos abandonados: “No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia.

He aquí que todos los que se enojan contra ti serán avergonzados y confundidos; serán como nada y perecerán los que contienden contigo. Buscarás a los que tienen contienda contigo, y no los hallarás: serán como nada, y como cosa que no es, aquellos que te hacen la guerra“.

Porque yo Jehová soy tu Dios, quien te sostiene de tu mano derecha, y te dice: No temas, yo te ayudo” (Isaías 41:10-13).

En batalla contra el enemigo

Aunque podríamos ser personas temerosas, no somos el temor. Ser algo menos de lo que Dios nos hizo no representa lo que realmente somos. El temor puede haber sido nuestro compañero por tanto tiempo que ya no podemos recordar qué es la vida sin él. Pero hay ayuda y liberación para nosotros. Como se mencionó anteriormente, si el temor fuera sólo una emoción, no tendríamos más remedio que vivir con él. Pero, como el temor es un espíritu, podemos ser librados de él y de su poder sobre nosotros.

¿Y cómo podemos ser librados? El salmista David dijo así: “Busqué a Jehová, y él me oyó, y me libró de todos mis temores” (Salmos 34:4). Si Dios libró a David de todos sus temores, Él también puede librarnos de los nuestros. Pero para ser librados de los temores que nos acosan, necesitamos hacerle frente al enemigo y pelear contra él, sabiendo que el Señor está con nosotros en la batalla.

Para ello necesitamos apropiarnos de la palabra que Dios dio al pueblo de Israel respecto a los enemigos con quienes se enfrentó en la Tierra Prometida: “Cuando salgas a la guerra contra tus enemigos, si vieres caballos y carros, y un pueblo más grande que tú, no tengas temor de ellos, porque Jehová tu Dios está contigo, el cual te sacó de tierra de Egipto.

Y cuando os acerquéis para combatir, se pondrá en pie el sacerdote y hablará al pueblo, y les dirá: Oye, Israel, vosotros os juntáis hoy en batalla contra vuestros enemigos; no desmaye vuestro corazón, no temáis, ni os azoréis, ni tampoco os desalentéis delante de ellos; porque Jehová vuestro Dios va con vosotros, para pelear por vosotros contra vuestros enemigos, para salvaros“. (Deuteronomio 20:1-4)

Hay algunos principios que debemos observar en estos versículos. Primero, que el texto no dice: “si sales a la guerra contra tus enemigos”, sino “cuando salgas…” “Si” indica que podríamos tener batallas, pero “cuando” implica ¡que de seguro las vamos a tener! Si deseamos vivir en la herencia por la cual Jesucristo pagó con su muerte en el Calvario, tenemos que pelear contra esos enemigos que no quieren que disfrutemos de lo que justamente nos pertenece en Cristo.

Una segunda observación es que, aunque nuestros enemigos podrían ser muchos, Dios está con nosotros en la batalla, y peleará por nosotros. Si Dios está con nosotros en la batalla, ¿por qué hemos de temer enfrentarnos con nuestro enemigo, aun si ese enemigo es el temor mismo?

¿No podemos oír la voz de confianza y consuelo del Señor que nos dice que no tengamos temor? Él desea que disfrutemos la libertad de estar libres de toda influencia negativa en nuestras vidas. Aún ahora mismo, Él está esperando que tomemos su mano y entablemos combate con el enemigo.

Pasos para ser liberados del temor

El primer paso para liberarnos de nuestros temores es reconocer que tenemos un problema de temor. La liberación es imposible si continuamos negando y no enfrentamos nuestro problema. Como creyentes que somos, no debemos ignorar las tramas del enemigo, pues nuestra ignorancia le da ventaja sobre nosotros (2 Corintios 2:11).

El autor de este estudio desea haber contribuido con algo para que entendamos mejor cómo opera el temor. Si es así, ya no necesitamos ser parte del pueblo a quien Dios se refirió cuando dijo: “Por tanto, mi pueblo fue llevado cautivo, porque no tuvo conocimiento; y su gloria pereció de hambre, y su multitud se secó de sed” (Isaías 5:13).

Después, Dios habló aún más fuerte por medio de Oseas, diciendo: “Mi pueblo fue destruido, porque le faltó conocimiento. Por cuanto desechaste el conocimiento, yo te echaré del sacerdocio; y porque olvidaste la ley de tu Dios, también yo me olvidaré de tus hijos” (Oseas 4:6).

Ahora que esta verdad está siendo revelada a nosotros, demos el siguiente paso, y tomemos responsabilidad del pecado de ser temerosos.

Proverbios 28:13 dice lo siguiente: “El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia“. Es una necedad saber que hay pecado en nuestra vida y no tomar responsabilidad de ello. Sin embargo, echar la culpa de nuestro pecado a los demás, a nuestra vida pasada, y a nuestro ambiente es tan antiguo como la historia de la humanidad. Si no podemos admitir que tenemos pecado en nuestras vidas para luego tomar responsabilidad de ello, nunca podremos entregarlo al Señor para que nos libere del pecado.

Con respecto a esto, Job 33:27-28 dice lo siguiente: “…al que dijere: pequé, y pervertí lo recto, y no me ha aprovechado, Dios redimirá su alma para que no pase al sepulcro, y su vida se verá en luz“. El apóstol Juan lo dijo de esta manera: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9).

Después de hacernos responsables del pecado del temor, necesitamos arrepentirnos de ceder al temor. En Hechos 3:19, dice: “…arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio“.

¿Cuáles son esos tiempos de refrigerio que promete el Señor? Él dijo que si nos volvemos a su reprensión, Él derramará su Espíritu sobre nosotros y nos hará conocer su palabra (Proverbios 1:23). Cuando Él haga esto, el Espíritu y la verdad nos harán libres de cualquier atadura que actualmente nos tiene atrapados.

Una vez que nos hemos arrepentido de haber reverenciado al temor, necesitamos renunciar toda lealtad a él. Renunciar al temor significa que, de nuestra propia voluntad y formalmente, nos apartamos de él para que no influya más en nuestras vidas. Es la decisión consciente de no aceptar ninguna sugerencia que el espíritu de temor trate de darnos para tentarnos. En otras palabras, es declarar que ya no estamos de acuerdo en nada con el temor.

Dos escrituras que esclarecen este principio se encuentran en Romanos 13:12: “La noche está avanzada, y se acerca el día. Desechemos, pues, las obras de las tinieblas, y vistámonos las armas de la luz“; y en Romanos 6:1-2: “¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en pecado para que la gracia abunde? En ninguna manera. Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?“.

No podemos arrepentirnos de servir al temor o a cualquier otro pecado, y continuar en ello. Necesitamos llegar a aborrecer el pecado y luego comprometernos a guardar distancia entre nosotros y el pecado. Dicho de otra manera, tenemos que eliminar el temor de nosotros, y eliminar a nosotros del temor.

Una promesa maravillosa para todos aquellos que ponen a un lado su pecado e iniquidad se encuentra en Job 11:14-19: “Si alguna iniquidad hubiere en tu mano, y la echares de ti, y no consintieres que more en tu casa la injusticia, entonces levantarás tu rostro limpio de mancha, y serás fuerte, y nada temerás; y olvidarás tu miseria, o te acordarás de ella como de aguas que pasaron.

La vida te será más clara que el mediodía; aunque oscureciere, será como la mañana. Tendrás confianza, porque hay esperanza; mirarás alrededor, y dormirás seguro. Te acostarás, y no habrá quien te espante; y muchos suplicarán tu favor“.

Cuando el pecado y la iniquidad sean eliminados de nuestras vidas y logremos establecer nuevamente una relación íntima con Dios, la vergüenza y el temor que acompañaban al pecado también serán eliminados. Esto le quita al espíritu de temor su legítimo derecho a irritarnos y atormentarnos.

Muchas veces, un espíritu de temor necesita ser echado fuera de nosotros. Una vez que pierde su legítimo derecho a controlarnos, cualquier espíritu involucrado con el pecado del cual nos hemos arrepentido debe desalojar las “habitaciones” donde había morado. Nosotros mismos podemos orar por nuestra propia liberación o podemos pedir que otros oren por nosotros teniendo en cuenta que el perfecto amor echa fuera al temor.

Una vez que el pecado y el espíritu de temor han sido eliminados, necesitamos resistir los esfuerzos del diablo de hacernos caer nuevamente en el temor. En Santiago 4:7-8 se nos da la clave para resistir a la tentación del enemigo: “Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros. Acercaos a Dios, y el se acercará a vosotros. Pecadores, limpiad las manos; y vosotros los de doble ánimo, purificad vuestros corazones“.

Un espíritu a quien le gusta irritar no huye de nosotros simplemente porque lo resistimos: huirá de nosotros porque nos hemos acercado a Dios. Cuando nos acercamos a Dios, Él también se acerca a nosotros, y el enemigo huye de Él. El espíritu malo no solamente teme a Dios, sino que ¡lo último que él quiere es convertirse en un instrumento que nos acerque más a Dios!

En el siguiente versículo, Isaías ofrece palabras de ánimo a todos aquellos que luchan por resistir el temor: “Decid a los de corazón apocado: Esforzaos, no temáis; he aquí que vuestro Dios viene con retribución, con pago; Dios mismo vendrá, y os salvará” (Isaías 35:4).

A medida que aprendemos a resistir las tentaciones del enemigo nos encontramos en el proceso de renovación de nuestra mente. Para mantenernos libres de cualquier pecado del cual hemos sido liberados, Efesios 4:22-24 nos dice lo que debemos hacer: “En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos, y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad“.

Por medio del proceso de permitir que nuestra mente sea renovada se cumplirá lo que dice en Isaías 54:14: “Con justicia serás adornada; estarás lejos de opresión, porque no temerás, y de temor, porque no se acercará a ti“.

Y también: “…el que contra ti conspirare, delante de ti caerá“, porque “ninguna arma forjada contra ti prosperará, y condenarás toda lengua que se levante contra ti en juicio. Esta es la herencia de los siervos de Jehová, y su salvación de mí vendrá, dijo Jehová” (Isaías 54: 15b y 17).

Una vez que nuestra mente haya sido renovada y hayamos sido establecidos en la justicia de Dios, podremos regocijarnos en nuestra victoria. Nuestra alabanza será como la de David cuando se regocijó sobre sus enemigos: “Jehová es mi luz y mi salvación; ¿de quién temeré? Jehová es la fortaleza de mi vida; ¿de quién he de atemorizarme?

Cuando se juntaron contra mí los malignos, mis angustiadores y mis enemigos, para comer mis carnes, ellos tropezaron y cayeron.

Aunque un ejército acampe contra mí, no temerá mi corazón; aunque contra mí se levante guerra, yo estaré confiado” (Salmos 27:1-3).

Cuando podamos permanecer con nuestra confianza en el Señor, a pesar de las sugerencias de temor que nos haga el enemigo, entonces habremos sido liberados del temor y comenzaremos a disfrutar de la vida como Dios planeó que la vivamos.

Propongámonos vivir en la verdad que nos hizo libres: “Entonces andarás por tu camino confiadamente, y tu pie no tropezará. Cuando te acuestes, no tendrás temor, sino que te acostarás, y tu sueño será grato.

No tendrás temor de pavor repentino, ni de la ruina de los impíos cuando viniere, porque Jehová será tu confianza, y él preservará tu pie de quedar preso“. (Proverbios 3:23-26)

Para concluir este estudio, recordemos una vez más que el perfecto amor echa fuera el temor. Permitamos que el amor de Dios llene nuestros corazones tan perfectamente que, seamos movidos con compasión divina hacia aquellas personas temerosas y que sufren alrededor nuestro.

El Señor dijo que en los últimos tiempos reunirá a las ovejas de su pueblo, “Y pondrá sobre ellas pastores que las apacienten; y no temerán más, ni se amedrentarán, ni serán menoscabadas…” (Jeremías 23:4).

Si somos parte del liderazgo en la iglesia, dejemos que el Señor nos use como a uno de estos pastores. Proveamos de un ambiente donde el pueblo a nuestro cuidado se sienta libre de compartir las luchas de su corazón sin tener el más mínimo temor a ser juzgado o reprendido.

Que los esposos y padres provean de un ambiente seguro y lleno de amor para sus esposas e hijos para que así el espíritu de temor no tenga entrada en ellos. Que dediquen todo el tiempo que sea necesario a sus hijos para que se sientan seguros de su amor y aceptación, aun cuando las acciones de sus hijos o algún espíritu malo les diga que no se lo merecen.

Que las esposas y madres animen a sus esposos a llegar a ser todo lo que pueden ser en el Señor. Que honren a sus esposos en el lugar que Dios les asignó dentro del hogar para que sus hijos se sientan seguros y confiados, y para que sus oraciones no sean estorbadas. El espíritu de temor sabe que no es bienvenido donde moran el amor y la armonía.

El temor esclaviza a todos aquellos que caen bajo su mordaza, pero la verdad libera al alma cautiva. Que el Dios de verdad nos dé la fe que necesitamos para levantarnos y hacerle frente al enemigo; y con el poder de su potencia podamos despojarnos del yugo abrumador, y así podamos vivir en libertad.

Señor, permite que tu pueblo en todo lugar conozca la verdad liberadora de tu amor, y danos tu gracia divina para que podamos vivir en la herencia que tenemos en Cristo. Amén.

*Algunos de los principios tratados en este artículo fueron extraídos del ministerio de mi amigo, el pastor Henry Wright (Pleasant Valley Church, Thomaston, Georgia) y utilizados con su permiso.

Estudio escrito por
Eli Miller

Traducción: Sara Weedman
Revisión del texto: Víctor Carrera

[1] Diccionario de la Lengua Española, Real Academia, 2 vols., Editorial Espasa Calpe, S. A., Madrid, 2001.
[2] Vine, W. E. Vines Complete Expository Dictionary of Old and New Testament Words, Thomas Nelson, Publishers, Nashville, 1996.

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