El temor de Jehová

A medida que el Espíritu de Dios se mueve sobre su pueblo, haciéndoles estar consciente de su presencia, muchas personas se están dando cuenta de la necesidad que tienen de ser cambiadas.  En sus corazones está surgiendo el doloroso reconocimiento de que sin santidad, no verán al Se�or.  A raíz de ello, se está despertando en su espíritu una urgencia por aprender lo necesario para producir tan esenciales cambios.

El ingrediente básico para el cambio es darnos cuenta de que lo necesitamos.  Hasta que no veamos nuestra necesidad, no tendremos ningún deseo de ser cambiados, sino que estaremos satisfechos con nuestra condición actual, aun cuando ésta pone en peligro nuestra relación con Dios.

La medida de cambio que experimentamos está relacionada directamente con el temor (respeto reverente) que tenemos hacia el Se�or.  A pesar de que muchos cristianos se apresurarían a declarar su reverencia y respeto hacia él, la evidencia que la Escritura nos dice debe existir en los que verdaderamente le temen, a menudo — tristemente — no se encuentra en ellos.

Al hablar del temor de Dios, Salmos 19:9-10 nos dice:  “El temor de Jehová es limpio, que permanece para siempre; los juicios de Jehová son verdad, todos justos.  Deseables son más que el oro, y más que mucho oro afinado; y dulces más que miel, y que la destila del panal”.

¡Piénselo!  El temor de Jehová es limpio, ¡y durará para siempre!  ¡Sus juicios son más deseables que la mayor de las riquezas o que la golosina más dulce que pudiésemos imaginar!  ¿Acaso no deberíamos entonces ir fervientemente en pos del Se�or, en plena anticipación de todos los beneficios que acompa an a la verdadera reverencia a él?  Porque sabemos que  su “misericordia cubre a los que le temen“.

El impío no tiene esta misma ambición.  Basta con mirar a nuestro alrededor para observar como aumenta la maldad por doquier.  Toda carne ha corrompido su camino sobre la tierra y la tierra se llena de violencia.  “Los días de Noé” se repiten a medida que la iniquidad del hombre se extiende sobre la tierra.  Todo designio de los pensamientos del corazón del hombre es de continuo sólo el mal.

Es difícil para quienes conocemos a Jesucristo como nuestro Se�or y Salvador, imaginar cómo sería tener la mente tan llena de malos pensamientos que todo designio de nuestra imaginación fuera perverso.  Rechazamos el mal pensamiento que en ocasiones se filtra en nuestra mente; sin embargo, el impío ha cedido al pecado a tal grado que todos sus pensamientos son continuamente de maldad.

La condición lamentable del impío nos es revelada en Salmos 36:1-4.  Debido a que no hay temor de Dios en ellos, no ven la necesidad de cambio, sino que están tan complacidos con su condición que incluso se jactan de su mala conducta.  “La transgresión <como un oráculo>  habla al malvado en lo profundo de su corazón.  No hay temor o terror de Dios delante de sus ojos; pues se enga a a sí mismo pensando que su iniquidad no será descubierta ni aborrecida.  Las palabras de sus labios son malas y enga osas; ha cesado de ser sabio y de hacer el bien.  Fragua malas acciones en su cama; se conduce por camino que no es bueno; no rechaza ni aborrece el mal”  (traducción de versión amplificada).

Pero de cierto, “Dios oirá y los quebrantará, él que permanece desde la antigüedad.  Selah  <Aquí, haga una pausa y con calma, ¡piense en ésto!>  Por cuanto en ellos no ha habido un cambio <de corazón>, y no temen, reverencian, ni adoran a Dios”  (Salmos 55:19, versión amplificada).

La última parte de este versículo podría ser parafraseada así: “Los impíos no experimentan un cambio de corazón porque en ellos no hay temor o respeto hacia Dios”.  Se han enga ado a sí mismos, creyendo que no serán descubiertos, y que su iniquidad no será traída a juicio.  Por lo tanto, no ven la necesidad de cambiar.

¿Por qué es tan importante el temor de Jehová?
Nuestro respeto hacia Dios es lo que nos da el incentivo para tomar las decisiones correctas en la vida.  La Escritura tiene mucho que decir acerca de estas decisiones, así como de los beneficios que las acompa an.  Mientras que no sería posible incluir todas las citas bíblicas relacionadas con la toma de decisiones, sí es necesario que consideremos algunas.

El primer pasaje se encuentra en Éxodo 20.  Israel había llegado al monte Sinaí tras la jornada por el desierto durante tres meses.  Ahora, Dios se proponía darles su palabra para que pudieran hacer la transición espiritual que les llevaría de una perspectiva de esclavitud, a una de saber que ellos verdaderamente eran su pueblo.  Para lograrlo, necesitarían aprender los principios de Dios en cuanto a prioridad y adoración, para poder santificarse a lo largo de su jornada y no corromper la tierra de su heredad cuando se establecieran en ella.

Como preparación para escuchar su palabra, Dios le dijo a Moisés que reuniera a todo el pueblo al pie del monte, y que él se manifestaría en una espesa nube sobre éste mientras hablaba con ellos.

Y todo el pueblo observaba el estruendo y los relámpagos, y el sonido de la bocina, y el monte que humeaba; y viéndolo el pueblo, temblaron y se pusieron de lejos.  Y dijeron a Moisés: Habla tú con nosotros y nosotros oiremos; pero no hable Dios con nosotros, para que no muramos.

Y Moisés respondió al pueblo: No temáis, porque para probaros vino Dios, y para que su temor esté delante de vosotros, para que no pequéis.  Entonces el pueblo estuvo a lo lejos, y Moisés se acercó a la oscuridad en la cual estaba Dios”  (Éxodo 20:18-21).

Cuando los israelitas vieron los relámpagos, el estremecimiento y la conmoción tan grande en el monte, ¡ya no quisieron escuchar lo que Dios quería decirles!  Pidieron a Moisés que, ¡él subiera a Dios, escuchara sus designios y entonces les trajera el mensaje!

No era la intención de Dios que Israel se acercara y escuchara su voz para que le tuvieran miedo;  su intención era que presenciaran  una manifestación imponente de su presencia para que tuvieran respeto por lo que él decía.  Su deseo era que Israel escuchara sus palabras, honrara lo que había dicho, y a través de la obediencia, aprendieran a no pecar.  Quería que aprendieran a obedecer su palabra para poder “a la postre, hacerles bien“.

Esto nos revela el porqué Dios quiere ense arnos a temerle.   Es “para que no pequéis“.   Él sabe que si le tenemos respeto (temor) atenderemos a sus palabras y no nos inmiscuiremos en el pecado, sino que nos limpiaremos “de toda contaminación de carne, y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios” (II de Corintios 7:1).

Religión o relación
De la misma manera que Israel se alejó del monte por temor, y quiso que fuera Moisés quien les trajera la palabra de Dios, así también hay quienes prefieren que sea otro quien les transmita lo que Dios está diciendo, en vez de pagar el precio necesario para oir de Dios por sí mismos.  (A menudo no quieren escuchar a Dios por sí mismos porque temen lo que les podría decir.)  Así, tal y como Israel criticó a Moisés y la palabra que él les refirió, estas personas buscan descubrir fallas tanto en el mensajero como en el mensaje que les es dado a través de él.

Mientras Moisés estuvo en el monte con Dios, entró en una relación con él, mucho más profunda de lo que jamás antes había conocido.  Fue tal la gloria que contempló ahí en la presencia de Dios, que cuando él volvió al campamento su rostro brillaba.  Estaba “vivo” con la revelación gloriosa de su voluntad y propósito para Israel.

Pero ¿acado recibió Israel la misma gloria cuando oyó a través de Moisés lo que Jehová había dicho en el monte?  ¡No!  Recibieron su ley y una lista de requisitos que jamás lograron entender.  Escucharon cuál era su voluntad para ellos; y sin embargo, para ellos la palabra vino a ser simplemente otro capataz que servir, en vez de una revelación de él mismo y de su amor por ellos.

En otras palabras, Moisés entró en relación con Dios en el monte, mientras que Israel recibió una religión al pie del monte.  Moisés conoció los caminos de Dios; pero Israel tan sólo vio sus obras (Salmos 105:7).  Lo mismo ocurre hoy.  Si deseamos una relación más profunda con Dios, si queremos conocer lo que él está haciendo, debemos “escalar el monte” y subir al lugar donde Dios habla.  Quizá parezca que el monte se estremece y tiembla, que relámpagos destellan y que humea por todos lados; quizás usted se pregunte: ¡si aún estará vivo cuando Dios termine!  Pero es en un lugar como éste donde lo encontraremos y adquiriremos un conocimiento más profundo de sus caminos.

Si permanecemos al pie de la monta a porque tenemos miedo, y esperamos que alguien más oiga su palabra por nosotros, no vamos a experimentar esa relación con Dios, que él desea tengamos.  Al contrario, sólo tendremos una forma de religión, lo cual el hombre siempre ha utilizado como sustituto a una verdadera relación con Dios.

A muchos de nosotros nos gustaría saber más acerca de los secretos de Dios y los misterios de su reino.  Nos gustaría saber todo lo que Dios se propone hacer.  Pero Dios no le confía esa clase de información a alguien que no ha probado ser digno de confianza, porque “la comunión <el secreto> íntima de Jehová es con los que le temen, y a ellos dará a conocer su pacto” (Salmos 25:14).

Todos anhelamos los privilegios que trae consigo el conocer al Se�or íntimamente; pero, no queremos las responsabilidades que siguen a esos privilegios.  Sin embargo, si deseamos conocer el secreto del Se�or y la operación interna de su pacto, es preciso aprender a temerle.  Y una vez que oímos la palabra que él nos da, hay que obedecerla por completo.

Por lo general desobedecemos la palabra que Dios nos da porque somos “sabios en nuestra propia opinión“.  Pero la escritura nos amonesta:  “No seas sabio en tu propia opinión; teme a Jehová y apártate del mal; porque será medicina a tu cuerpo, y refrigerio para tus huesos” (Proverbios 3:7-8).

Los beneficios de temer a Jehová
El temer a Jehová no sólo nos capacita para apartarnos del mal, sino que también significa salud para nuestro cuerpo.  Si en lugar de proceder de acuerdo a nuestra propia arrogancia (o sea, sabios en nuestra propia opinión), dejamos que el temor de Dios sea nuestra sabiduría, y el apartarnos del mal nuestra inteligencia (Job 28:28), ello tendrá un efecto favorable sobre nuestra salud y retardará el proceso de envejecimiento (de marchitamiento) que opera en nosotros.  Proverbios 10:27 dice: “El temor de Jehová aumentará los días; mas los a os de los impíos serán acortados“.

La salud, al igual que la sanidad, es una provisión que va incluída en nuestro pacto con Dios.  La sanidad es la provisión de Dios cuando nos enfermamos, pero la salud es un beneficio que viene de nuestra obediencia, y es parte de la gracia de Dios que nos guarda.  A medida que aprendemos a vivir en el temor de Dios, podemos esperar salud tanto para nosotros como para nuestras familias.

La Escritura nos revela muchos otros beneficios que trae consigo el temer a Dios.  Nos dice que es “el principio de la sabiduría” y también “un manatial de vida“.  El temor de Jehová es nuestra “fuerte confianza“, y el medio para “apartarnos del mal“.  Estas referencias en Proverbios podrían resumirse en la siguiente máxima: “El temor de Jehová es aborrecer el mal”  (Proverbios 9:10; 14:27; 14:27; 16:6; y 8:13).

Proverbios 19:23 afirma claramente: “El temor de Jehová es para vida, y con él vivirá lleno de reposo el hombre; no será visitado del mal“.

¿Significa ésto que el justo que teme a Dios no enfrentará ninguna adversidad, dificultad o prueba?  No, por supuesto que no.  Significa que al enfrentar experiencias tan desagradables, si nos aliamos con su propósito, no las pensaremos adversas o malas en ellas mismas.  Podremos reconocer que Dios usa estas adversidades para producir en nosotros “una cada vez más excelente y eterno peso de gloria” (II de Corintios  4:17).

Ya que nuestros caminos normalmente no son los caminos del Se�or, hay situaciones que en nuestra opinión parecen desafortunadas o malas.  Pero Dios no las ve así.  Él las utiliza como “pelda os” para refinarnos y ayudarnos a llegar a donde vamos; o por lo menos a donde él quiere llevarnos.  No nos sacó de la esclavitud al pecado para hacernos andar en círculos el resto de nuestra vida.  ¡Él quiere atraernos a él mismo y llenarnos con su gloria!

Tomar decisiones correctas
¿Acaso debemos padecer calamidad y adversidad extrema para desarrollar el temor de Dios?  ¡No!  Esa es sólo una manera de aprender a temerle, pero no es el propósito que Dios tiene para nosotros.  Él utiliza circunstancias para llamar nuestra atención cuando no la consigue hablándonos; pero ésa no es su primera opción.  Él desea que lo respetemos (le temamos) a medida que entendamos quién es él.

Inspirado, el salmista dijo: “Gustad y ved que es bueno Jehová; dichoso el hombre que confía en él.  Temed a Jehová, vosotros sus santos, pues nada falta a los que le temen.  Los leoncillos necesitan, y tienen hambre; pero los que buscan a Jehová no tendrán falta de ningún bien” (Salmos 34:8-10).

¡Considérelo!  David dijo que los que teman a Dios, ¡no tendrán falta de ningún bien!  ¡Vaya promesa!  Esto debería ser en sí mismo, ¡más que suficiente incentivo como para tener un intenso deseo de aprender a temerle!

Luego continúa diciendo: “Venid, hijos, oídme; el temor de Jehová os ense are“.  David sabía que el temor de Jehová podía aprenderse.  Estaba consciente de que era el deseo de Dios que nosotros decidiéramos temerle por razón de quién es él, y no por temor a las calamidades que él puede enviar a nuestra vida (versículo 11).

En los versos subsecuentes, David proporciona algunas instrucciones prácticas para todos aquellos que quieren aprender a temer a Dios.  Empieza con la pregunta: “¿Quién es el hombre que desea vida, que desea muchos días para ver el bien?”  (versículo 12).

Si nos encontramos entre esos que desean vida y largura de días, la instrucción es: “Guarda tu lengua del mal, y tus labios de hablar enga o“.  Lo siguiente es: “Apártate del mal y haz el bien; busca la paz y síguela“.  Es así, porque “Los ojos de Jehová están sobre los justos, y atentos sus oídos al clamor de ellos“.  Sin embargo, “La ira de Jehová <está> contra los que hacen mal, para cortar de la tierra la memoria de ellos” (Salmos 34:13-16).

Todas estas instrucciones de parte de David se basan en decisiones deliberadas que debemos tomar.  Dios quiere que decidamos tener temor y respeto reverente hacia él, y no por lo que está ocurriendo a nuestro alrededor.  Tampoco debemos tomar esta decisión a causa de las tinieblas y el mal que nos asedian por todas partes, ¡sino porque hemos probado de su bondad!  Hemos aprendido que el conocerle y el permanecer en comunión estrecha con él son mucho mejores que cualquier cosa que el mundo, la carne o el diablo nos pueden ofrecer.

Habiendo visto la importancia de tomar las decisiones correctas, y la relación que hay entre esas decisiones y el ser transformados de manera más completa a su semejanza, podríamos decir que el cambio, ¡es el resultado de tomar decisiones correctas de manera constante!  Comienza con una decisión determinada (“con el temor de Jehová los hombres se apartan del mal“) y, posteriormente, al continuar tomando decisiones correctas como respuesta a nuestro temor a Dios, se llevan a cabo cambios positivos en nosotros.

Esta es una de las verdades fundamentales de las que Dios hablará a su pueblo al cierre de esta edad.  Dado que él desea una “ofrenda voluntaria” de parte de todo el que le sirve, continuará convocándonos a venir a él por voluntad propia, deliberadamente, y entonces, de manera consciente, elegir servirle a medida que lo hacemos a él Se�or sobre toda área de nuestra vida.

Preceptos de hombre
En algunos círculos se predica una filosofía que afirma que “Dios es un Dios bueno”.   Es un Dios de amor y misericordia.  Lo único que usted tiene que hacer es acudir a un altar y ponerse bien con él alguna vez en su vida, y a partir de entonces, no tendrá nada que temer con respecto a Dios.  Todo marchará bien.  Dios mantendrá su distancia con usted y no lo someterá a mayor disciplina o juicio, pues después de todo, ahora está usted “cubierto con la sangre de Jesús”.

Esta clase de ideología es un “temor de Dios” inculcado por preceptos de hombre.  No está apoyada en la escritura ni fue ense ada por nuestro Se�or.

Debido a este concepto erróneo, muchas personas aún se encuentran en esclavitud a sus antiguos hábitos, patrones de conducta y prácticas.  Piensan que porque un día pasaron al frente durante alguna reunión, derramaron unas cuantas lágrimas “de cocodrilo” y le pidieron a Jesús que entrara a su corazón, su responsabilidad con Dios ha terminado.  Se les dice que ahora están “a salvo”, y se les orienta a creer que eso es todo lo que se necesita para establecer una relación justa con el Se�or.  Ahora lo único que hay que hacer es esperar a que Dios los lleve a casa.

Si usted pregunta a estas personas que si temen a Dios, responderían afirmativamente, sin titubeo alguno.  Están conformes y satisfechos consigo mismos, pensando que le están haciendo un servicio a Dios.  Sin embargo, éstos son los ciegos siendo guiados por ciegos.

Dice, pues, el Se�or: Porque este pueblo se acerca a mí con su boca, y con sus labios me honra, pero su corazón está lejos de mí, y su temor de mí no es más que un mandamiento de hombres que les ha sido ense ado; por tanto, he aquí que nuevamente excitaré yo la admiración de este pueblo con un prodigio grande y espantoso; porque perecerá la sabiduría de sus sabios, y se desvanecerá la inteligencia de sus entendidos”  (Isaías 29:13-14).

El corazón de Dios se duele a causa de las personas que han recibido tan desviada orientación.  Aún hoy, si escuchamos cuidadosamente la voz del Espíritu, podemos percibir su clamor anhelante en Deuteronomio 5:29: “Quién diera que tuviesen tal corazón, que me temiesen y guardasen todos los días todos mis mandamientos, para que a ellos y a sus hijos les fuese bien para siempre“!

Caminar reverentemente delante de Dios encierra mucho más que servirle de labios.  Es cuestión del corazón.  Si queremos mantener una relación correcta con él y “que nos vaya bien a nosotros y a nuestros hijos”, debemos guardar cuidadosamente nuestro corazón.  Debemos mantener nuestro corazón elevado hacia él, al mismo tiempo que cedemos nuestro ser constantemente a toda instrucción suya, siguiendo así la clara advertencia que nos da Proverbios 4:23, “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón, porque de él mana la vida“.

La imponente palabra de Dios
Eclesiastés 3:14 dice, “He entendido que todo lo que Dios hace será perpetuo; sobre aquello no se a adirá, ni de ello se disminuirá, y lo hace Dios, para que delante de él teman los hombres“.

En estos momentos Dios está haciendo muchas cosas en todo el mundo, cosas que deberían de atraer la atención de la humanidad.  Cuando sigue uno de cerca lo que ha estado ocurriendo en Europa occidental y otros países comunistas, y la aceleración de la inquietud y el deterioro políticos en Norteamérica, nos damos cuenta de que día con día se escriben nuevas páginas de la historia.  Eventos muy significativos están suciendo con tal rapidez que es casi imposible mantenernos al tanto de todos ellos.

La iniquidad aumenta a diestra y siniestra.  Controversias sociales y morales requieren de nuestra atención.  La frecuencia y magnitud de las catástrofes naturales y los fenómenos climatológicos van en aumento.  La iglesia que todos ven se encuentra minada por el escándolo y la vergüenza, y día con día pierde mayor credibilidad y fuerza.

Pero a medida que vemos que el caos se extiende sobre la tierra con mayor velocidad, también vemos la mano de Dios obrando con poder.  Él también está apresurando su obra en su pueblo, “despertando” en ellos un hambre e intenso deseo de conocerle en todo el potencial de su llamado sobres sus vidas.  Aún ahora estamos empezando a sentir una visitación nueva del Espíritu Santo al llegar a la hora de la cual se habló, en la que “el Se�or ejecutará su sentencia sobre la tierra en justicia y con prontitud” (Romanos 9:28).

Los acontecimientos alrededor del mundo deben alertarnos en cuanto a las “se ales de los tiempos” y se alarnos aún más el inicio de una visitación significativa de lo alto (ver Mateo 16:1-2 y Lucas 19:44).  Dios quiere nuestra atención completa para poder ense arnos a temerle como preparación para la venida de “el día grande y espantoso de Jehová” (ver Joel 2:28-32).

Nuestra situación actual es algo similar a la palabra que Moisés dio a Israel cuando llegaron a los límites de la tierra que se les había prometido.  Él les recordó con diligencia que cuidasen de guardar todo lo que el Se�or les había ordenado durante su jornada por el desierto.  Al recordarles sus ordenanzas para el séptimo a o de la remisión, les dijo: “Cuando viniere todo Israel a presentarse delante de Jehová tu Dios en el lugar que él escogiere, leerás esta ley delante de todo Israel a oídos de ellos.

Harás congregar al pueblo, varones y mujeres y ni os, y los extranjeros que estuvieren en tus ciudades, para que oigan y aprendan y teman a Jehová vuestro Dios, y cuiden de cumplir todas las palabras de esta ley, y los hijos de ellos que no supieron, oigan, y aprendan a temer a Jehová vuestro Dios todos los días que viviéreis sobre la tierra adonde vais, pasando el Jordán, para tomar posesión de ella”  (Deuteronomio 31:11-13).

Tome nota de la progresión significativa en estos versos: Primeramente, Israel debía reunirse en el lugar que el Se�or “escogiere”.  Ahí, en ese lugar escogido, se les leería la palabra y ellos la entenderían.

Esto revela la importancia de encontrarnos en el lugar en que el Se or ha dise ado que estemos, para que escuchemos su verdad presente.  No es nuestro el tratar de elegir un lugar determinado porque nos resulta más conveniente: Él escoge el tiempo y el lugar que a él le parecen apropiados.  Para Israel, era donde se erigiera el tabernáculo que contenía el arca del pacto.  Para nosotros, es donde se encuentre la santa presencia de Dios y donde la palabra ungida de Dios se predique libremente.  Si nos encontramos en cualquier otro lugar, no escucharemos ni entenderemos la palabra que el Espíritu está hablando a la iglesia actualmente.

Moisés continúa, y dice que habiendo oído su palabra, Israel debía cuidar de cumplir y poner por obra todo lo que Dios le había dicho.  Si lo hacían, sus hijos seguirían su ejemplo y también aprenderían a temerle.

En este pasaje Moisés relaciona la obediencia con el temor a Jehová.  He aquí el meollo del asunto.  Si tememos al Se�or, obedeceremos la palabra que él nos dé.  No es suficiente que escuchemos la palabra de manera física al ser ministrada.  Tambiém necesitamos decidir responder a ella positivamente.   Muchas personas están escuchando la palabra cuando es dada, pero no están haciendo nada con respecto a lo que han escuchado.

Como dijo el profeta Amós: “He aquí vienen días, dice Jehová el Se�or, en los cuales enviaré hambre a la tierra,  no hambre de pan,  ni sed de agua,  sino de oir la palabra de Jehová”  (Amós 8:11).  No dijo que sería necesariamente un hambre de proclamar la palabra, sino un hambre de oirla; es decir, de responder a ella.

Nuestra obediencia a la palabra que escuchamos se lleva a cabo en proporción directa a  nuestro temor de Dios quien da la palabra.  Si respetamos a aquél que habla, respetaremos también lo que dice.

Algunos de los momentos de mayor admiración y asombro que he experimentado, y que me sirven de recordatorio del poder y la certeza de la palabra de Dios, han sido al encontrarme a la orilla del mar observando el romper de las olas sobre la playa, sobre todo en lugares de la costa escarpada del norte de California y Oregón.

Al estar observando las enormes rocas a lo largo de esa hermosa playa, sentía la inmensa e incontenible fuerza de ese Pacífico imponente que brama y azota contra ellas, y recordé lo que dice en Salmos 33  y Jeremías 5:22, “Por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos, y todo el ejército de ellos por el aliento de su boca.  Él junta como montón las aguas del mar; él pone en depósitos los abismos.  Tema a Jehová toda la tierra; teman delante de él todos los habitantes del mundo.  Porque él dijo, y fue hecho; él mandó y existió”  (Salmos 33:6-9).

“¿A mí no temeréis?  dice Jehová.  ¿No os amedrentaréis ante mí, que puse arena por término al mar, por ordenación eterna la cual no quebrantará?  Se levantarán tempestades, mas no prevalecerán; bramarán sus ondas, mas no lo pasarán” (Jeremías 5:22).

Si el Se�or habló a esos mares bravíos y dijo: “Podéis llegar hasta aquí y no más”, y vemos que su palabra hacia ellos es cierta e inmutable, ¿no deberíamos temerle?  Habiendo leído en la escritura un sinnúmero de ejemplos de su grandeza y de la inmutabilidad de su palabra, ¿cómo podemos siquiera cuestionar la validez de esa palabra cuando promete bendición para la obediencia y calamidad para la desobediencia a ella?  ¡La palabra es la misma y el Dios que la dio es el mismo!

No es que debamos tener miedo de entrar en su presencia. El Nuevo Testamento nos dice que debemos acercarnos confiadamente al trono de la gracia, esperando hallar ahí misericordia y gracia.  Pero sí necesitamos acercarnos a él con reverencia y respeto, pues estamos entrando en la presencia del Dios del universo.

Nunca deja de asombrarme el hecho de que el Se�or me hable.  Dios, que es lo suficientemente inmenso para llenar el universo; Dios, que habló la palabra creadora e hizo que fuese toda expresión natural de la creación; Dios, para quien todas las naciones del mundo son sólo polvo en la balanza:  ¡Ese mismo Dios!  se hace lo suficientemente peque o como para estar dispuesto a hablarle a alguien tan diminuto y finito como el hombre — ¡sí, aun como yo! — y aun está dispuesto, a fijar su residencia en nuestro corazón, ¡y luego revelarnos el plan que ha trazado para nuestra vida!

La ira de Dios contra la desobediencia
¿Qué es lo que opina Dios con respecto a su pueblo que no aprende a temerle, aun habiendo probado de su bondad y habiendo visto ejemplos de su fidelidad a través de su palabra?

El Se�or profirió palabras solemnes cuando dijo: “Si no cuidares de poner por obra todas las palabras de esta ley que están escritas en este libro, temiendo este nombre glorioso y temible; Jehová tu dios“, traerá plagas, enfermedades y males sobre su pueblo hasta que queden pocos en número.

Él dijo que así como se había gozado en hacer bien a su pueblo, así se regocijaría en hacerles mal y esparcirlos por todas las naciones del mundo, y que ahí, ellos servirían a dioses ajenos.  Dispersos y fragmentados, no tendrían reposo, únicamente corazones temerosos, desfallecimiento de ojos y tristeza de alma, al hallarse su vida suspendida ante ellos en un hilo de duda.

Como no aprendieron a temerle, temerán las calamidades naturales que les sobrevendrán por un lado y otro, hasta que “Por la ma ana dirás: ¡Quién diera que fuese la tarde! Y a la tarde dirás: Quién diera que fuese la ma ana! por el miedo de tu corazón con que estarás amedrentado, y por lo que verán tus ojos” (Deuteronomio 28:58-67).

Al estudiar la historia de Israel, vemos que esto es exactamente lo que ocurrió una vez que rompieron su pacto con Dios.  Y no sólo fueron llevados al cautiverio en la época del Antiguo Testamento, sino que el más reciente holocausto durante la Segunda Guerra Mundial culminó por completo el cumplimiento de dichas palabras proféticas.

Pero es que, ¿también serán aplicables estas solemnes palabras a nosotros, el “Israel espiritual” de los últimos días?

La escritura nos dice que en los postreros días los hombres se llenarán de temor a causa de los eventos que han de ocurrir en la tierra.  Aún hoy hay muchas personas que viven en constante temor a raíz del mal que está cubriendo la sociedad como un manto.  Viven en sosobra continua; de noche, temen a la oscuridad y ansían la luz del día; por la ma ana, el día y lo que en él vaya a suceder altera sus nervios de tal manera que imploran que llegue la noche.  No han aprendido a temer a Dios, y por eso de continuo les acompa a un temor enfermizo de todo lo que les rodea.

Si no aprendemos a temer a Dios, y si no tenemos algún ancla para nuestra alma al cierre de esta edad, los acontecimientos naturales nos agobiarán por todas partes, desatando un verdadero pánico en nuestro coraazón.  Nos encontraremos arrojando miradas nerviosas a nuestro alrededor, a adiendo más y más cerrojos a nuestras puertas y amedrentándonos cada vez que oímos hablar de una nueva enfermedad que se propaga.  Incluso, una llamada telefónica nos sobresaltará al imaginar las noticias que pueda traernos.

¿Por qué?  Porque si nos negamos a ser disciplinados por el Espíritu de Dios de tal manera que aprendamos a temer a un Dios que nos ama, Dios mismo permitirá que la tiranía del temor nos gobierne.  No es que él quiere ense arnos a temerle a causa de las calamidades.  Lo que quiere es que aprendamos a temerle por quien él es y a honrarlo a causa de su palabra.  Pero si endurecemos nuestro corazón y desatendemos el llamado que nos hace venir a él; aun así, él va a obtener nuestra atención   aunque tenga que utilizar la adversidad para lograrlo.  De una manera u otra, siempre tendremos temor de algo.

Por cuanto llamé, y no quisisteis oír, extendí mi mano, y no hubo quien atendiese, sino que desechasteis todo consejo mío y mi reprensión no quisisteis, también yo me reiré en vuestra calamidad, y me burlaré cuando os viniere lo que teméis;

Cuando viniere como una destrucción lo que teméis, y vuestra calamidad llegare como un torbellino; cuando sobre vosotros viniere tribulación y angustia.  Entonces me llamarán, y no responderé; me buscarán de ma ana, y no me hallarán.  Por cuanto aborrecieron la sabiduría, y no escogieron el temor de Jehová,

Ni quisieron mi consejo, y menospreciaron toda reprensión mía, comerán del fruto de su camino, y serán hastiados de sus propios consejos”  (Proverbios 1:24-31).

Es hora de que la Iglesia despierte y aprenda que Dios no es un Santa Claus espiritual que siempre aceptará nuestras excusas para la desobediencia y rebelión en nuestra vida.  A medida que esta edad concluye y se acerca su glorioso advenimiento, todos lo que tienen la revelación de su propósito y que conocen su voluntad tienen la responsabilidad de caminar en la aurora de un nuevo día (Lucas 12:40-48).

De la escritura podrían citarse multitud de ejemplos de la manera en la que Dios juzgó la desobediencia de un pueblo que vivió durante el cierre de una edad y el albor de otra.  Para mi objetivo en este artículo, mencionaré tan sólo algunos.  Cuando Dios estableció su nuevo orden para el tabernáculo en el desierto, dio a los sacerdotes la cuidadosa instrucción de que el único fuego acepto para ser usado en el altar del incienso sería el fuego que él mismo había encendido.  Sin embargo, dos de los hijos de Aarón, Nadab y Abiú, ignoraron su palabra e insolentemente ofrecieron fuego extra o.  En consecuencia, cayeron muertos instantáneamente (ver Levítico 10).

Otro ejemplo es Moisés a quien, tras haber experimentado casi 120 a os de tratos de Dios en su vida, se le negó la oportunidad de entrar a la tierra prometida.  La negativa de entrar a la tierra se produjo cuando en un momento de frustración él dejó de santificar a Dios ante los ojos del pueblo.  Aunque muchas veces intentó persuadir a Dios de que cambiara de parecer, el Se�or le respondió: “Por cuanto no me honraste, ni me glorificaste ante los ojos del pueblo, puedes avistar la tierra, pero no entrarás en ella” (ver Números 20).

Al leer estas palabras usted podría estar pensando:  Pero eso ocurrió en el Antiguo Testamento; Dios no haría nada parecido bajo la gracia.  Pero el libro de los Hecho 4 y 5 contiene la relación del mover de Dios para establecer una nueva dispensación en la Iglesia.  Él estaba estableciendo una nueva dimensión en el Espíritu y poniendo en el corazón de su pueblo el darse sin reserva al llamado que tenía para ellos.  Sin embargo, Ananías y Safira trazaron un plan en el cual hablarían de un compromiso total con los labios, pero en el corazón y en la práctica, llevarían a cabo algo considerablemente diferente.  Por su intento de enga o, ambos murieron y fueron enterrados el mismo día.

Yo en lo personal sé de varios casos en a os recientes en los que, imprudentemente, algunos individuos se jactaron de la gracia de Dios y resistieron su palabra hacia ellos.  No quisieron someterse a la demanda insistente de Dios sobre su vida.  Hoy, ya no están entre nosotros.

Tal vez en estos momentos usted se esté preguntando si estoy tratando de atemorizarlo.  ¡Sí!  Es hora de que despertemos y tomemos en serio a Dios, dándole el respeto que merece.  David lo planteó así:  “Mi carne se ha estremecido por temor de ti, y de tus juicios tengo miedo”  (Salmos 119-120).

Ha habido ocasiones en las que he estado de pie ante un púlpito y, sabiendo la responsabilidad que conlleva el hablar la palabra de Dios sin esconder nada, me he encontrado temblando y con las rodillas golpeándose ante la imponente presencia de Dios.  A veces, en convenciones en las que después de unos cuantos días la unción se ha acumulado de manera tan fuerte que el púlpito prácticamente vibra con su presencia, ¡he tenido que tocar el púlpito con las manos para ver si en verdad se está moviendo!

Momentos tan intimidantes como ese van y vienen, pero al acercarnos al fin de esta edad, y mientras Dios continúa instándonos a prepararnos para éste, debemos aprender a vivir en una actitud constante de respeto y temor reverente hacia el Se�or.  ¡Oh que hagamos nuestro el compromiso de encontrar ese lugar!

Encontrando el temor de Jehová
¿Cómo podemos prepararnos para encontrar un verdadero temor de Dios?  ¿Existe algo que podamos hacer para colocarnos en el lugar adecuado para aprenderlo?  Escuchen lo que dice Proverbios 2:1-5:  “Hijo mío, si recibieres mis palabras, y mis mandamientos guardares dentro de ti, haciendo estar atento tu oído a la sabiduría; si inclinares tu corazón a la prudencia, si clamares a la inteligencia… si como a la plata la buscares, y la escudri ares como a tesoros, entonces entenderás el temor de Jehová, y hallarás el conocimiento de Dios“.

Si nos enteramos de que hay un tesoro escondido en algún rincón de nuestro patio, haríamos todo el esfuerzo por encontrarlo.  ¡Compraríamos una pala, cambiaríamos nuestra rutina, interrumpiríamos nuestros ratos de esparcimiento, y daríamos toda diligencia a encontrarlo!  En unos cuantos días, probablemente ya no tendríamos patio.  Nuestro esfuerzo para hallar la fortuna enterrada operaría en proporción directa a nuestra convicción de que el tesoro de verdad se encontrara ahí.  Es de esta misma manera que necesitamos darnos a la búsqueda de conocer y temer a Dios.  Si queremos encontrar lo que buscamos, tendremos que sacudirnos el estupor de esta generación y dejar que “el celo de su casa” nos consuma.  Necesitamos clamar a Dios como nunca antes y pedirle una pasión por conocerlo a él.

Si encontramos que no tenemos el suficiente incentivo en nuestro espíritu para esforzarnos y continuar adelante en Dios con el fervor y la energía que ello requiere, no hay porqué preocuparse:  ¡Las catástrofes naturales,  los trastornos políticos y las presiones que agobiarán a la Iglesia del mundo occidental durante los próximos a os nos darán la motivación que necesitamos.

Quizá usted esté pensando:  No me agrada nada de esto del temor; háblame de amor.  En muchos aspectos, y desde el punto de vista bíblico, estas dos cualidades son sinónimas.  Para ilustrar lo anterior voy a comparar tres pasajes que se refieren al mismo principio: “Antes bien, como está escrito:  cosas que ojo no vio ni oído oyó, ni han subido en el corazón del hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman” (I de Corintios 2:9).

El siguiente versículo es una cita de Isaías 64:4: “Ni nunca oyeron, ni oídos percibieron, ni ojo ha visto a Dios fuera de ti, que hiciese por el que en él espera“.

Este tema también se toca en Salmos 31:19: “¡Cuán grande es tu bondad, que has guardado para los que te temen, que has mostrado a los que esperan en ti“.

Estos pasajes nos revelan que el amar a Dios y el esperar en él son lo mismo que temerle.  Dios ya nos demostró su amor por nosotros en el Calvario; ahora necesitamos nosotros demostrarle que lo amamos, temiéndole y obedeciendo su palabra.  La obediencia que resulta de nuestro amor por él es la verdadera forma de servirle; es decir, de esperar en él.  Estos tres aspectos operan simultáneamente para demostrar el grado de reverencia y respeto que tenemos hacia él.

Cercano está Jehová a todos los que le invocan, a todos lo que le invocan de veras.  Cumplirá el deseo de los que le temen; oirá asimismo el clamor de ellos, y los salvará. Jehová guarda a todos los que le aman, mas destruirá a todos los impíos” (Salmos 145:18-20).

En conclusión
Así que, “El fin de todo el discurso oído es este:  Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre.  Porque Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta, sea buena o sea mala”  (Eclesiastés 12:13-14).

Vemos al rey Salomón, un hombre que una vez hubo conocido al Dios de sus padres, pero que en sus últimos a os permitió que sus muchas mujeres inclinaran su corazón tras dioses ajenos.  ¡El hombre que había conocido la mayor gloria y sabiduría que cualquier mortal hubiera gozado!  Este hombre ahora hacía recuento de toda la obra de sus manos y veía la belleza y el esplendor de su reino deteriorarse; se daba cuenta de que todo lo que había hecho había sido en vano — un despliegue completo de futilidad.  Había perdido su oportunidad de servir a Dios, y ahora, al meditar sobre el vacío de su alma, concluía que todo el deber del hombre se podía resumir en lo siguiente: “Temer a Dios y guardar sus mandamientos“.

En realidad, Dios dise ó que fuera sencillo el servirle.  No necesitamos ser egresados de la universidad, ni tener una serie de postgrados en nuestro currículum; tampoco ser famosos, ni llevar a cabo hechos extraordinarios.  Lo único que necesitamos es aprender a temer a Dios y a guardar sus mandamientos.

Dios va a contar con una compa ía de personas que caminan constantemente en el temor de Jehová.  Tal pueblo hará la diferencia en su generación, y Dios lo exhibirá como su estandarte en la tierra.  Serán bienaventurados sin medida, al entregarse a él sin reserva y en completa obediencia.  Saben que sólo él es Dios, y digno de todo su respeto y lealtad.

Permitamos que Dios nos discipline de tal manera que en verdad aprendamos a temerle.  Esta es la verdadera intención del corazón de Dios hacia nosotros sobre todo en esta hora.  Él desea hacernos bien a la postre, de manera que no nos falte ningún bien.  Quiere que nos ocupemos de nuestra propia salvación a medida que cumplimos con el todo (deber total) del hombre.

¡Se�or, ensé anos a temerte!

Estudio escrito por
Eli Miller

Traducción: Leslie Cede�o
Revisión del texto: Sara Weedman

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