Gracia Sublime

Observando un desfile entre la multitud, se encontraba un padre con su hijo peque�o.� Al no poder ver lo que suced�a debido a su punto de vista limitado, el ni�o tir� de la pierna del pantal�n de su� padre y le pidi� que lo levantase para poder ver mejor.� Con mucha ternura, el padre se inclin� a levantar a su hijo para que estuviese al mismo nivel de perspectiva que el suyo.

Tal muestra de bondad de padre a hijo es una ilustraci�n de lo que significa la gracia.� Con frecuencia, la gracia ha sido definida como un ï¿½favor inmerecido� o como ï¿½las riquezas de Dios a costa de Cristo�.� Mas ninguna de estas definiciones nos conduce al verdadero significado de la gracia, seg�n es presentada en las Escrituras.

La palabra del Antiguo Testamento traducida como �gracia� es CHEN, que significa ï¿½tener piedad; ser misericordioso�.� ï¿½CHEN deriva de la ra�z hebrea CHANNON, que quiere decir ï¿½inclinarse (o humillarse) con bondad hacia un inferior�.� CHARIS es el vocablo griego que se traduce como� ï¿½gracia� en el Nuevo Testamento; significa ï¿½benignidad� y puede ser utilizada literal, figurativa o espiritualmente.� Cuando se le usa espiritualmente su significado es:� ï¿½la influencia divina en el coraz�n y su reflejo en la vida�.� Tomando en consideraci�n estas definiciones, logramos, finalmente, definir la palabra gracia como ï¿½ayuda divina�.

En Proverbios 3:34, Santiago 4:16 y I de Pedro 5:5, se nos habla de c�mo el Se�or resiste a los soberbios y da gracia a los humildes.� Estos versos describen la actitud que hemos de tener para poder aprovechar plenamente la asistencia divina que tenemos a nuestra disposici�n.

El don de la gracia

No� es el primer personaje �mencionado en las Escrituras� que recibi� gracia.� (Aunque obviamente hubo otros que la recibieron antes, este es el primer testimonio de c�mo afecta la gracia a quien la recibe.)� La maldad se hab�a extendido tanto en la tierra, que el Se�or estaba a punto de traer juicio.� ï¿½Y dijo Jehov�: � Raer� de sobre la faz de la tierra a los hombres que he creado, desde el hombre hasta la bestia, y hasta el reptil y las aves del cielo; pues me arrepiento de haberlos hecho�.� Pero No� hall� gracia ante los ojos de Jehov� (G�nesis 6:7-8) [1].

No� hall� gracia en medio de la maldad e iniquidad que lo rodeaban.� Aunque �l sab�a que no pod�a cambiar las circunstancias del mundo en que viv�a, cuando recibi� gracia del Se�or, No� encontr� en �l un apoyo y una fortaleza que nunca antes hab�a conocido.� Y el haber respondido a esta gracia le permiti� construir un arca y as� salvar a su familia del juicio que se avecinaba.

Las Escrituras documentan que muchos individuos �naciones inclusive�� hallaron gracia durante el per�odo del Antiguo Testamento.� A continuaci�n mencionaremos algunos:� Abraham hall� gracia y la promesa de Dios le fue asegurada (G�nesis 18:3-14); Lot hall� gracia y �sta le salv� la vida (G�nesis 19:19); Jacobo trat� de comprar gracia de su hermano Esa� (G�nesis 33:8-11).� Mientras se encontraba en la c�rcel, Jos� hall� gracia y fue prosperado en una situaci�n de la cual �l no ten�a control (G�nesis 39:21-23); el pueblo de Israel hall� gracia y los egipcios los hecharon de su tierra con recompensa por los a�os de esclavitud (�xodo 12:36); Mois�s hall� gracia en el desierto y el Se�or anduvo con �l (�xodo 33:12-17).� En el Nuevo Testamento, Mar�a hall� gracia y concibi� un hijo por obra del Esp�ritu Santo (Lucas 1:30-31).

En el Antiguo Testamento, puede transcurrir toda una generaci�n �o tal vez m�s� sin que hallemos testimonio de alguien que haya recibido gracia de Dios.� Pero cuando llegamos al Nuevo Testamento, esa limitaci�n cambia y se cumple la escritura que dice:� ï¿½Y� derramar� sobre la casa de David, y sobre los moradores de Jerusal�n, esp�ritu de gracia y de oraci�n…� (Zacar�as 12:10).

Nosotros tenemos el privilegio de vivir en una �poca en que el esp�ritu de gracia est� a la disposici�n de todos aquellos que se humillan para procurarla.� Como dice en Zacar�as 4:7:� ï¿½…�l sacar� la primera piedra del monte del Se�or con aclamaciones de: Gracia, gracia a ella�.

Gracia y verdad

�Y aquel Verbo fue hecho carne, y habit� entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unig�nito� del Padre), lleno de gracia y de verdad.� Juan dio testimonio de �l, y clam� diciendo:� Este es de quien yo dec�a:� El que viene despu�s de m�, es antes de m�; porque era primero que yo.� Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia.� Pues la ley por medio de Mois�s fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo�.� (Juan 1:14-17)

Aqu� hay que observar que tanto la gracia como la verdad vienen de Jesucristo.� La �nica forma en que podemos entender la gracia y ser beneficiados por ella es si la unimos a la verdad.� Si no unimos estas dos cualidades, nuestro entendimiento de la gracia tender� a deslizarse hacia el libertinaje.� Por otra parte, la verdad puede resultar dura y asoladora a quien la recibe sin la gracia.

Estos dos extremos pueden verse claramente entre los cristianos.� Algunos ven todo o blanco o negro y piensan que la verdad es un garrote para esgrimirse.�� Luchan con condenaci�n porque tienen un entendimiento muy limitado del equilibrio que provee la gracia.� Otros ven la gracia como un permiso para hacer lo que les plazca porque, despu�s de todo, �no est�n bajo la ley sino bajo la gracia�.� Piensan que la gracia cubre sus malas acciones y les da libertad para que sigan viviendo como antes de haberla recibido.� Ninguno de estos extremos es bueno.

En Tito 2:11-14, vemos que la gracia y la verdad van unidas.� Pablo habla sobre la verdad que la gracia nos revela una vez que la hemos recibido:� ï¿½Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvaci�n a todos los hombres, ense��ndonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestaci�n gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo, quien se dio a s� mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para s� un pueblo propio, celoso de buenas obras�.

Observemos los tres usos de la palabra gracia en estos vers�culos.� Primeramente se nos habla de poner la salvaci�n a disposici�n de todos, despu�s se nos muestra c�mo debemos de vivir en nuestro tiempo actual y, finalmente, se nos da una visi�n del prop�sito de la muerte del Se�or y su efecto en aquellos que le responden.

Aunque esa maravillosa gracia de Dios que obra redenci�n en nosotros va m�s all� de nuestros pobres esfuerzos por expresarla, no debemos concentrar en ello nuestra atenci�n.� M�s bien debemos empaparnos de la ayuda divina que Dios nos est� brindando ahora; de esa gracia que nos permite rechazar la impiedad y los deseos mundanos aunque no hayamos recibido la liberaci�n total, la cual �todav�a est� por venir!

La gracia en nuestro pasado

Para examinar la obra justificadora de la gracia, nos referiremos a unos vers�culos de la Biblia que son muy conocidos.� El primero est� en �fesos 2:4-9:� ï¿½Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos am�, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), y juntamente con �l nos resucit�, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jes�s, para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jes�s.� Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se glor�e�.

Estos versos ponen de manifiesto que, aunque nosotros no podemos cambiar nuestra condici�n innata de pecadores, Dios, por su amor hacia la humanidad, ha extendido su gracia y nos ha dado la oportunidad de ser rescatados de nuestra muerte espiritual.� Esto no se debe a que nosotros la hayamos merecido o que podamos alcanzarla por nuestros propios esfuerzos:� es simplemente un acto de su misericordia �un don de su amor redentor–.

Cuando ese don precioso toca nuestro coraz�n, cobra vida en nosotros otro don de Dios:� la medida de fe repartida a todos (Romanos 12:3).� En ese instante, el don de gracia despierta la fe en nosotros y nos permite creer en la palabra del Se�or.� Gracias al don de fe que est� DENTRO de nosotros podemos responder al don de gracia que es revelado A nosotros.� El resultado es: ï¿½que fuimos librados del juicio de la naturaleza de pecado que heredamos de Ad�n.

Cuando todo este proceso haya tomado lugar, tal vez pensemos que hemos cambiado totalmente y que nuestra naturaleza pecadora ya no existe.� Pero tal no es el caso �solamente nuestra relaci�n con Dios es la que cambia–.� Nuestro esp�ritu, el cual hab�a estado muerto hacia �l debido a nuestra naturaleza pecadora, ha sido revivido y capacitado para responder a Dios.� Ha sido colocado en lugares celestiales en Cristo para que ahora se pueda dirigir a Dios de la manera que �l lo hab�a planeado para nosotros.

Mientras no hayamos pasado de la mortalidad a la inmortalidad, nosotros seguiremos teniendo una naturaleza pecadora.� Sin embargo, la maravillosa provisi�n de gracia de Dios nos permite rechazar la impiedad y los deseos mundanos y nos ayuda a vivir una vida sobria, recta y llena de piedad en el mundo actual, sin servir a la naturaleza pecadora.� Nuestro lugar y aceptaci�n en Dios se basan s�lo en lo que �l declara que es nuestro lugar en Cristo:� no tienen nada que ver con nuestras propias obras �lo cual es as� para que nadie se glor�e–.

La segunda referencia que vamos a examinar, con respecto a la primera gracia que recibimos de Dios, la encontramos en Romanos 3:23-24.� Este texto �bastante conocido� dice:� ï¿½Por cuanto todos pecaron, y est�n destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redenci�n que es en Cristo Jes�s, a quien Dios puso como� propiciaci�n por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados�.

�Qu� provisi�n tan maravillosa para todos aquellos que recibieron la expiaci�n en Jesucristo!� A pesar de que nosotros heredamos la naturaleza pecadora de Ad�n y estamos bajo su castigo, Dios est� dispuesto a �tolerar� y a perdonar nuestro pecado cuando aceptamos su propiciaci�n.� Aunque todav�a tenemos una naturaleza pecadora, Dios sabe que el tener fe en su provisi�n nos permitir� vivir libres del poder que esa naturaleza tiene sobre nosotros.� Por consiguiente, �l est� dispuesto a declararnos justos y a ver aquello que no hemos experimentado todav�a como si ya lo hubi�semos experimentado.� Aunque nuestra naturaleza sea todav�a la misma, nuestra relaci�n con Dios habr� cambiado enormemente.

Justificados por la gracia

La justificaci�n por la gracia significa que hemos sido perdonados por nuestras obras pasadas y declarados libres de la culpa y responsabilidad que esas obras acarrean.� Dios nos declara justos y sin pecado, no para corroborar nuestra propia naturaleza de justicia, sino para validar la justicia de Jes�s, quien, al sacrificarse por nosotros, viene a ser nuestra expiaci�n.� La justificaci�n no implica un cambio en nuestra naturaleza, sino en nuestra relaci�n con Dios.

Es importante que entendamos esta diferencia.� Nuestra primera relaci�n con Dios no se establece gracias a un valor inherente en nosotros, sino que se basa meramente en el acuerdo mutuo, entre Dios y nosotros, de que la expiaci�n de Jes�s es suficiente para perdonarnos por el pecado del delito de Ad�n.

Aunque podr�amos pensar que nuestras propias obras son suficientes para ser salvos, Dios nunca ha estado de acuerdo con nuestro criterio de justicia.� Se necesita un acuerdo mutuo por parte de todos los interesados para que un contrato sea v�lido, y la �nica expiaci�n aceptable para Dios es la que se origin� en �l mismo.� Esto se debe a que �l es el �nico sustituto que ejercita la igualdad y la justicia.

La propiciaci�n que Dios eligi� para nosotros tiene validez solamente cuando aceptamos las condiciones de su pacto y estamos de acuerdo con ellas.� Por consiguiente, una vez que Dios nos declara ser justos, recibimos el don de justicia provisto en ese pacto.

El cap�tulo cuatro de Romanos habla sobre la justicia que se atribuy� a Abraham por haber cre�do en la palabra del Se�or.� Al final del cap�tulo dice que estas palabras no fueron escritas s�lo para �l:� ï¿½…sino tambi�n con respecto a nosotros a quienes ha de ser contada, esto es, a los que creemos en el que levant� de los muertos a Jes�s, Se�or nuestro, el cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificaci�n� (vers�culos 24-25).

Tal vez podamos f�cilmente entender que Jes�s fue ofrecido por nuestros pecados, pero, �podremos tambi�n entender que �l fue resucitado para nuestra justificaci�n?

Expliquemos esto brevemente.� Jes�s, quien no conoci� pecado, fue hecho pecado por nosotros, es decir, nos reemplaz�.� Y como reemplazante ofreci� su propia vida para reconciliarnos con Dios.

Nuestra reconciliaci�n fue tan completa que sucedi� algo que ning�n otro sacrificio hab�a jam�s manifestado:� ï¿½la muerte no pudo retenerlo!� Dios estuvo tan complacido y satisfecho con la perfecta y completa reconciliaci�n provista por Jes�s, que �lo resucit� de los muertos!

El hecho de que Jes�s haya resucitado es como la propia firma de Dios en ese sacrificio sin mancha.� Si nuestra justificaci�n no hubiese sido completa, Jes�s no hubiese sido resucitado de entre los muertos.� Mas, Dios, al resucitarlo, nos declara que cualquiera que acepte las condiciones de la expiaci�n ser� justo.� Y habi�ndonos dado la provisi�n perfecta, la cual nos ha de hacer justos, ya no necesita proveer de ning�n otro sacrificio por nuestro pecado.

La gracia en el presente

En Romanos 5:17, dice lo siguiente:� ï¿½Pues si por la transgresi�n de uno solo rein� la muerte, mucho m�s reinar�n en vida por uno solo, Jesucristo, los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia�.

La gracia no s�lo nos libra de los pecados que cometimos en el pasado, sino que por medio de ella podemos tambi�n reinar sobre nuestra naturaleza de pecado.� Si despu�s de haber recibido el don de la gracia, no logramos reinar sobre el pecado, es porque lo hemos recibido en vano:� es vivir en violaci�n del pacto que hicimos con Dios para obtener su justicia.

En Romanos 5:1-2, dice as�:� ï¿½Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Se�or Jesucristo; por quien tambi�n tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios�.

Dios �que es un Dios de pacto� nos confirma que estamos en recta (justa) relaci�n con �l.� La prueba de esto es la paz que tenemos en �l.

Tener paz en el Se�or nos introduce a otra porci�n de gracia por medio de la cual podemos vivir en el poder de la vida de Cristo y vencer el pecado.� Esta es una obra adicional de gracia que nos lleva m�s all� de la justificaci�n que la primera porci�n de gracia nos brind�.

Una vez que hemos sido declarados justos, esa otra porci�n de gracia que Dios provee nos da la anhelada esperanza de disfrutar la gloria de Dios.� Cuando est�bamos en pecado nos encontr�bamos lejos de esa gloria (Romanos 3:23), pero ahora que el poder de la vida de Cristo est� a nuestra disposici�n, hemos sido introducidos a una dimensi�n de vida completamente nueva.� A una vida en la cual, viviendo libres de pecado, podemos glorificar a Dios.

Si creemos que podemos seguir viviendo en pecado aun despu�s de haber recibido la gracia misericordiosa de Dios, seremos como aquellos que convierten:� ï¿½…en libertinaje la gracia de nuestro Dios, y niegan a Dios el �nico soberano, y a nuestro Se�or Jesucristo� (Judas 4), lo cual ser�a como si la gracia de Dios no tuviese validez y violar�a nuestro pacto de expiaci�n en Cristo.

La gracia no disculpa el pecado.� La gracia es la Ayuda Divina que nos libra del pecado.� Al principio la gracia vino a ser una liberaci�n de la deuda de pecado que heredamos de Ad�n.� Pero, ahora que hemos sido absueltos de todo pecado, la gracia puede librarnos de la capacidad que tenemos todav�a de cometer pecado �el cual no nos permite recibir la gloria de Dios–.

Habiendo declarado que la gracia reinase por la justicia para vida eterna (Romanos 5:21), el ap�stol Pablo pregunt�:� ï¿½ï¿½Qu�, pues, diremos?� ï¿½Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde?�� Su respuesta fue un �no! rotundo (Romanos 6:12).

Gracia y obediencia

Las Escrituras muestran claramente que una vez que recibimos la gracia de Dios no debemos permitir que el pecado tenga dominio sobre nosotros.� A trav�s de la gracia tenemos la libertad de escoger a qui�n vamos a servir �al pecado o a la justicia–.� En ambos casos, necesitamos voluntariamente hacer nuestra elecci�n:� por un lado, podemos ceder a la injusticia y terminar en muerte;� por otro, podemos obedecer su palabra y llegar a ser justos.

��No sab�is que si os somet�is a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedec�is, sea del pecado para muerte, o sea de la obediencia para justicia?�.� (Romanos 6:16)

La justicia atribuida, es decir, la justicia que recibimos al ser vivificados y librados de nuestros pecados, es la que adquirimos al aceptar la expiaci�n de Cristo.� Pero esta no es la misma justicia que obtenemos por nuestra obediencia.

La justicia, a la cual nos referimos aqu�, es la naturaleza de justicia que adquirimos como resultado de nuestra obediencia a la palabra del Se�or.� Es la consecuencia de permitir que la gracia, ï¿½en la cual nos encontramos ahora�, termine su obra de transformaci�n.

Es necesario que entendamos la diferencia entre el don de justicia que recibimos de Dios al momento de nuestra conversi�n y la naturaleza de justicia que �l espera que nosotros poseamos cuando demos cuenta de nuestra vida.� El don de justicia lo recibimos por medio de la fe; la naturaleza de justicia, a trav�s de la obediencia.

La gracia de Dios nos ayuda a obtener esas dos medidas de justicia.� Cuando vinimos al Se�or por primera vez, su gracia nos perdon� por los pecados que cometimos en el pasado y nos declar� justos.� Ahora, sin embargo, disponemos de una gracia adicional que nos ayuda a vivir libres del pecado y produce en nosotros una naturaleza de justicia.� Si su gracia no nos ayudase en esos dos aspectos, todav�a estuvi�semos muertos en culpa y pecado sin la esperanza de jam�s llegar a conocer la gloria de Dios.

Hebreos 5:8-9 vierte m�s luz sobre esta importante verdad:� ï¿½Y aunque era hijo, por lo que padeci� aprendi� la obediencia; y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvaci�n para todos los que le obedecen�.

Obviamente, este texto se refiere a Jes�s, quien no estuvo exento de una obediencia completa por el� simple hecho de ser Hijo.� Jes�s perfeccion� de tal manera la obediencia en cada situaci�n de su vida, que vino a ser el modelo de obediencia para todos aquellos que hab�an de seguir sus pasos.

La salvaci�n eterna que se menciona aqu� significa redenci�n desde el punto de vista de Dios.� No es el mismo grado de salvaci�n que recibimos cuando �l nos declar� justos �esa liberaci�n la recibimos por medio de nuestra fe–.

La justificaci�n que recibimos de Dios al principio nos exoner� del castigo que acarrea la naturaleza pecadora con la cual nacimos.� M�s ahora que hemos nacido espiritualmente, podemos obtener la salvaci�n eterna si por medio de nuestra obediencia se produce en nosotros una naturaleza justa.

Esto no significa que la salvaci�n eterna es el producto de� nuestras propias obras –�no, no lo es!–.� Pero tampoco es el resultado de alguna forma de gracia err�neamente interpretada, la cual sostiene que Dios lo hizo todo por nosotros.

Una salvaci�n completa es la totalidad de la gracia de Dios obrando con poder en nosotros.� Una vez que la gracia nos haya librado del poder de la naturaleza de pecado con que nacimos, nos dar� la capacidad de obedecer a la palabra transformadora del Se�or.� Una obediencia de coraz�n A SU PALABRA produce en nosotros la naturaleza de justicia DE LA PALABRA DE DIOS.

Dicho de otra manera:� el primer don de gracia nos libr� de lo que �ramos en Ad�n, pero la gracia que ahora recibimos nos permite lograr nuestra salvaci�n para que podamos convertirnos en lo que fuimos llamados a ser en Cristo –�los hijos de Dios!– (Filipenses 2:12; Romanos 6:17).

El autor est� siendo repetitivo a prop�sito porque es esencial que entendamos la verdad acerca de la gracia.� Aunque quiz�s hayamos cre�do la falsedad de que despu�s de haber nacido de nuevo podremos vivir como lo deseemos, las Escrituras nos dicen:� ï¿½En esto se manifiestan los hijos de Dios, y los hijos del diablo:� todo aquel que no hace justicia, y que no ama a su hermano, no es de Dios� (1 Juan 3:10).

El creer que el don de gracia gratuito es responsable por s� solo de nuestra redenci�n eterna, sin ning�n esfuerzo de nuestra parte, es como si releg�semos a Dios a ser un Santa Claus que al final ha de salvar a toda la humanidad.� Si esto fuese as�, nosotros no tendr�amos que obedecerle y �l ser�a un Dios que hace acepci�n de personas, violando todav�a m�s su naturaleza de justicia.

La gracia en obra

Consideremos el intercambio parad�jico revelado en 2 Corintios 5:21: ï¿½Al que no conoci� pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fu�semos hechos justicia de Dios en �l�.

�Imag�nense ustedes! ï¿½Jes�s, quien no conoci� pecado, fue hecho pecado por nosotros, para que nosotros, que no conoc�amos m�s que pecado, fu�semos hechos justicia de Dios en �l.

El texto no dice que tuvi�semos la justicia de Dios en Cristo, sino que �FU�SEMOS HECHOS! la justicia de Dios en Cristo.

La justicia de Dios que recibimos al momento de nuestra regeneraci�n viene a ser la justicia de Cristo, la cual no nos perteneci� en ese entonces, no nos pertenece ahora, ni nunca nos pertenecer�.� Esta es la justicia (rectitud en Dios) que Cristo mantuvo a trav�s de su obediente caminar como el Hijo del Hombre en la tierra.� Dios nos declar� justos en �l (es decir que nos adjudic� su justicia) cuando aceptamos la �rectitud� de la expiaci�n de Cristo.

Esa adjudicaci�n es un don que recibimos a trav�s de la gracia de Dios.� Sin embargo, una vez que hemos aceptado ese don inexpresable y Dios ve que somos justos en Cristo, tenemos que seguir hacia adelante en obediencia de fe hasta que esa misma naturaleza de justicia se manifieste en nosotros.� Esto s�lo es posible gracias a la cubierta de gracia que en el presente tenemos en Cristo.� Como dice en Romanos 5:1-2: ï¿½Justificados, pues, por la fe… tenemos entrada por la fe a esta gracia�.

En 2 Corintios 6:1, que es un reflejo del texto anterior, dice lo siguiente: ï¿½As�, pues, nosotros, como colaboradores suyos, os exhortamos tambi�n a que no recib�is en vano la gracia de Dios�.� ï¿½En vano� aqu� significa no permitir que algo se cumpla con el prop�sito para lo cual fue dado.

El don de gracia que Dios nos ofrece al principio no lo podemos recibir �en vano�.� Si as� fuese significar�a que aquellos que viniesen al Se�or implorando por su misericordia y perd�n encontrar�an que su gracia es incapaz de perdonarlos y de declararlos justos.� Esto no es posible por dos razones:� primero, que el Se�or no hace acepci�n de personas (1 Pedro 1:17); segundo, que �l ya nos declar� que la expiaci�n de Cristo es perfecta y completa para todos los hombres.

El �nico aspecto de la gracia que podr�amos recibir en vano ser�a la cubierta de gracia bajo la cual estamos ahora �esa Ayuda Divina que nos permite proseguir hasta alcanzar nuestra justicia propia� y nuestra subsecuente salvaci�n eterna y completa–.� Nosotros mismos impedimos que la gracia tenga efecto al pensar que el haber sido declarados justos nos disculpar� de todo pecado o que, porque estamos bajo la cubierta de la gracia, Dios no nos har� responsables de nuestros actos.� Cualquiera de estos dos puntos de vista nos har� detener con injusticia la verdad (Romanos 1:18) de manera que no pueda �sta completar eficazmente la obra de nuestra salvaci�n.

Por tanto no nos extra�a que Pablo les haya implorado a los Corintios �y a nosotros– que no recibiesen la gracia de Dios en vano.� ï¿½l sab�a que ese misterio glorioso que por generaciones hab�a estado oculto, ahora, por la gracia de Dios, hab�a sido revelado a los santos.� Ese misterio, ï¿½ï¿½que es Cristo en vosotros, la esperanza de gloria…� (Colosenses 1:27), es el poder que tiene la gracia de mantenernos alejados del pecado, as� como de darnos la esperanza de participar de su herencia gloriosa.

Tomando en cuenta los principios anteriores, he aqu� una definici�n m�s completa de la gracia:� La� gracia es el esp�ritu que desciende de la Divinidad para llevarnos al arrepentimiento y de all� a la vida eterna.

La gracia que nos acompa�a

El cap�tulo 33 de �xodo nos muestra una conversaci�n entre Mois�s y Dios, en la cual se revela la obra progresiva de gracia seg�n se expone en el Antiguo Testamento.� Mientras Mois�s estaba en el monte recibiendo la ley y las instrucciones para el Tabern�culo, el pueblo de Israel se hab�a vuelto a la idolatr�a.� Se encendi� entonces la ira de Dios en contra de ellos e inmediatamente les envi� su severo juicio.

Mois�s se hab�a dirigido a Dios para recordarle que llevar a este pueblo a la Tierra Prometida hab�a sido �idea suya!� Mois�s se dirigi� al Se�or de esta manera:� ï¿½Ahora, pues, s� he hallado gracia en tus ojos, te ruego que me muestres ahora tu camino, para que te conozca, y halle gracia en tus ojos; y mira que esta gente es pueblo tuyo� (vers�culo 13).

Tratemos de parafrasear las palabras de Mois�s:� ï¿½Se�or, si verdaderamente he encontrado gracia en tus ojos, mu�strame tu obra; perm�teme conocerte para poder tener un entendimiento puro de tu gracia�.

Aunque Mois�s ya hab�a visto la gracia de Dios manifestarse en su propia vida, �l quer�a tener un conocimiento m�s profundo de Dios para as� poder encontrar una porci�n m�s grande de su gracia.

En el vers�culo 16, Mois�s responde a la promesa alentadora de Dios de que Su Presencia ir� con �l:� ï¿½ï¿½Y en qu� se� conocer� aqu� que he hallado gracia en tus ojos, yo y tu pueblo, sino en que t� andes con nosotros, y que yo y tu� pueblo seamos apartados de todos los pueblos que est�n sobre la faz de la tierra?�

Este verso es la clave para entender el privilegio que actualmente tenemos de estar bajo la gracia de Dios:� ï¿½Su Presencia est� con nosotros!� Y esta Presencia de Dios que est� nosotros nos separa (distingue) del imp�o y nos ayuda a vivir una vida muy diferente a la de �l.� Cuanto m�s profundos sean nuestro entendimiento y nuestra conciencia de Su Presencia, m�s profundos ser�n nuestro conocimiento y nuestra apreciaci�n de su gracia.

Es la gracia de Dios la que nos hace reconocer Su Presencia en nosotros.� Sin la ayuda de su gracia ser�amos como cualquier otra persona sobre la faz de la tierra, capaces de cometer los actos m�s viles que un hombre degenerado puede cometer.� No es nuestra propia habilidad ni el haber cambiado de naturaleza lo que nos mantiene alejados del pecado, sino la gracia de Dios, ï¿½en la cual permanecemos�.

Debemos examinarnos a nosotros mismos en luz de esta verdad.� Si no logramos triunfar sobre ese pecado que siempre nos acosa y sobre las calamidades de la vida, vamos a tener que verificar si realmente estamos aprovechando la gracia de Dios.� Si no reconocemos que la gracia de Dios nos acompa�a, entonces Su Presencia tampoco nos acompa�ar� y habremos recibido su gracia justificadora en vano.

Gracia y fe

Tan maravillosa como es la gracia que hemos recibido hasta ahora, hay otra medida de gracia que a�n est� por venir.� Y cuando esta gracia que est� por venir se cumpla en su totalidad, la gracia hasta ahora recibida nos parecer� en comparaci�n poca cosa.

En 1 Pedro 1:3-13, se nos habla de esta gracia que todav�a est� por venir: ï¿½Bendito el dios y Padre de nuestro Se�or Jesucristo, que seg�n su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrecci�n de Jesucristo de los muertos, para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros que sois guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvaci�n que est� preparada para ser manifestada en el tiempo postrero� (vers�culos 3-5).

La esperanza viva para la cual Dios nos hizo renacer fue hecha posible por medio de la resurrecci�n de Jesucristo.� Ya antes del sacrificio de Jes�s muchos sacrificios se hab�an ofrecido por el pecado, pero Jes�s fue el primero a quien �la muerte no lo pudo retener!� Algunos de los sacrificios anteriores a Cristo pudieron proveer el perd�n de los pecados, mas �solamente el sacrificio perfecto de Jes�s pudo quitar el pecado!

Ahora que el pecado puede ser quitado de nosotros, estamos en condici�n de recibir una herencia

celestial incorruptible la cual no puede se contaminada.� Esta herencia est� reservada para ï¿½nosotros que somos guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvaci�n…�, y no ser�revelada sino hasta �el tiempo postrero�.

Esta esperanza viva es de gran gozo para nosotros, aunque, mientras esperamos que sea revelada totalmente, seamos acosados por muchas tentaciones.� La raz�n por la cual somos afligidos por diversas tentaciones es: ï¿½ï¿½Para que sometida a prueba vuestra fe, mucho m�s preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba por fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo, a quien am�is sin haberle visto, en quien creyendo, aunque ahora no lo ve�is, os alegr�is con gozo inefable y glorioso� (vers�culos 7-8).

Es un consuelo saber que cada prueba por la cual pasamos tiene como fin validar nuestra fe en la provisi�n de Dios.� Esta sucesi�n de pruebas continuar� hasta que nuestra fe sea preciosa ante sus ojos y culminar� con la venida de Jesucristo.

Examinemos la palabra ï¿½manifestado� en este texto.� Es el vocablo griego APOKALKALUPSIS que quiere decir �quitar el velo; descubrir; revelar; o aparecer�.� Quiz�s lo primero que venga a nuestra mente ser� que �manifestado� se refiere a la �Segunda Venida�.� Y aunque puede aplicarse en este sentido, hay otro detalle aqu� que tambi�n tiene importancia.

Actualmente nos encontramos tanto bajo la cubierta de Cristo como bajo la gracia de Dios; nuestra vida est� escondida con Cristo en Dios (Colosenses 3:3).� Pero al postrer tiempo el Se�or levantar� su cubierta de sobre nosotros para examinar lo que ha estado sucediendo en nosotros durante el tiempo que hemos estado bajo la gracia.

La forma en que Dios trata con nosotros se puede comparar a la manera en que preparamos la comida.� De vez en cuando, al estarse cociendo la comida, levantamos la tapadera de la olla para ver c�mo va progresando el cocimiento.� Si es necesario, meneamos la comida un poco para asegurarnos de que se est� cociendo de acuerdo al modelo de excelencia que nos hemos propuesto a alcanzar.

Eso es exactamente lo que Dios hace con nosotros.� De vez en cuando agita las cosas para asegurarse de que todo lo que �l quiere que sea tratado en nosotros, reciba la atenci�n que ne-cesita.� Y, as�, en el tiempo se�alado, �l levantar� la cubierta y examinar� nuestro progreso en el Esp�ritu.

Dios sabr� que el proceso ha terminado al ver la vida de Cristo en nosotros (1 Juan 3:2).� Cuando se haya cumplido esa transformaci�n y seamos semejantes a �l, Jesucristo ser� manifestado y habremos recibido el fin (prop�sito) de nuestra fe, que es la salvaci�n de nuestras almas (1 Pedro 1:9).

La gracia todav�a por venir

A continuaci�n, Pedro nos dice que los profetas hab�an visto nuestra salvaci�n:� ï¿½…de la gracia destinada a vosotros…�� Aunque ellos no la entendieron, se dieron cuenta de que lo que hab�an visto no era para ellos, sino que hab�a de manifestarse en otro tiempo (1 Pedro 1:10-12).� La gracia que ellos vieron es la gracia de Jesucristo en esta era del Nuevo Testamento (Juan 1:17).

Reflexionando sobre esa maravillosa gracia que hemos recibido, Pedro continu� con una desafiante aseveraci�n: ï¿½Por tanto, ce�id los lomos de vuestro entendimiento, sed sobrios, y esperad por completo en la gracia que se os traer� cuando Jesucristo sea manifestado� (1 Pedro 1:13).

Debe estar muy claro que la gracia de la cual se habla aqu� no es la� misma que recibimos por justificaci�n:� Pedro dirigi� esta ep�stola a lectores que ya hab�an recibido este favor.� Tampoco se refiere a la gracia que actualmente es nuestra cubierta.� El que Pedro nos aconseje que esperemos esta gracia nos indica que todav�a hay una medida de gracia por venir.

Pedro dice que esperemos perfectamente en la gracia que ha de venir cuando Jesucristo sea manifestado.� Si esto ha de ser as�, �por qu�, entonces, nos aferramos a esperar totalmente en la gracia que recibimos en el principio?

Esto no significa que menospreciemos la maravillosa obra de gracia que recibimos en nuestra regeneraci�n, pues sin ella no tendr�amos esperanza.� Pero, si solamente enfocamos en la gracia que ya tenemos creyendo que esta es toda la gracia que existe, podemos caer en la holganza y permitir que la gracia sea una disculpa por nuestros pecados, en vez de verla como una provisi�n redentora.

Los siguientes vers�culos nos dicen c�mo debemos conducirnos mientras esperamos esa gracia que est� por venir:� ï¿½…ce�id los lomos de vuestro entendimiento…, como hijos obedientes, no os conform�is a los deseos que antes ten�ais estando en vuestra ignorancia; sino, como aqu�l que os llam� es santo, sed tambi�n vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito est�:� Sed santos, porque yo soy santo� (1 Pedro 1:13-16).

Si por el hecho de haber sido perdonados por nuestros pecados pasados nos volvi�semos autom�ticamente santos, �por qu�, entonces, somos exhortados a ï¿½ser santos�?� Si su primera porci�n de gracia lo cubre todo, �por qu� somos exhortados a no conformarnos a los deseos que antes ten�amos?

S�lo puede haber una respuesta:� que vivamos en santidad.� La santidad se alcanza cuando aprovechamos la gracia recibida, la cual nos ayuda a rechazar el pecado y a esperar la gracia que nos librar� totalmente el d�a de su venida. ï¿½Y todo aquel que tiene esta esperanza en �l, se purifica a s� mismo, as� como �l es puro� (1 Juan 3:3).

Gracia y salvaci�n

A continuaci�n se har� un resumen de las tres medidas de gracia y salvaci�n, as� como de la relaci�n que existe entre ellas.� Cada paso en nuestra salvaci�n es el resultado de una medida de gracia correspondiente:� la gracia que recibimos al principio, nos declar� justos; la gracia de la cual gozamos actualmente, nos libra del poder de la naturaleza pecadora; y la gracia que est� todav�a por revelarse, nos transformar� a su imagen gloriosa.

La primera medida de gracia que recibimos dio vida a nuestro esp�ritu y fue una demostraci�n del amor de Dios hacia nosotros (Efesios 2: 4-5); la medida de gracia que ahora poseemos puede salvar nuestra alma y pone a prueba nuestro amor y obediencia hacia el Se�or (1 Juan 5:3); la gracia que a�n est� por venir nos conducir� a nuestra adopci�n total, es decir, a la redenci�n de nuestro cuerpo por medio de la resurrecci�n (Romanos 8:23), la cual es una demostraci�n del amor de Dios hacia nosotros (Juan 5:29).

Las tres medidas de salvaci�n pueden compararse a las fiestas que se celebran en el a�o hebreo: la fiesta de Pascua nos libr� del pecado; la de Pentecost�s, nos permite vivir bajo el� poder del Esp�ritu y libres del pecado actual; la de Tabern�culos, nos librar� totalmente de nuestra esclavitud a la naturaleza de pecado.

Ninguno de nosotros se merece la gracia de Dios ��sta es un don gratuito–.� Pero, si hemos de recibir el beneficio de su gracia, debemos primeramente cumplir con los requisitos que nos ayudar�n a recibirlo.

Algunos piensan que la gracia es totalmente gratuita; que no necesitamos hacer nada para recibirla.� Pero, si eso fuese cierto, toda la humanidad tendr�a una relaci�n recta con Dios:� Si la gracia ha de beneficiar gratuitamente a algunos, debe tambi�n beneficiar gratuitamente a todos los dem�s.

Para poder recibir la primera medida de gracia de Dios necesitamos primeramente reconocer que le necesitamos y, en arrepentimiento y humildad, hacer a un lado nuestra propia suficiencia (1 Pedro 5:5).� Para aprovechar la justicia atribuida que recibimos en Cristo, tenemos que deshacernos de cualquier �justicia� que creamos poseer; tenemos que procurar obtener, a trav�s de su gracia, nuestra salvaci�n (Filipenses 2:12) hasta que �sta se haga realidad.

Finalmente, cuando hayamos vencido al pecado a trav�s de la obra de su gracia en el presente, es decir, cuando la mortalidad se vista de inmortalidad �la obra �ltima de redenci�n por su gracia (Apocalipsis 21:7)–, recibiremos toda nuestra herencia.� Sin embargo, aunque hayamos cumplido con todo los que Dios exija de nosotros, debemos mantener la actitud de alguien que sabe que no es digno de su gracia y de que� lo que deb�amos hacer, hicimos� (Lucas 17:10).

Gracia victoriosa

En Hebreos 2:9, dice que Jes�s ï¿½por la gracia de Dios� gust� la muerte por todos.� Y aunque esta muerte se refiere principalmente a su muerte redentora en el Calvario, no se limita a ese acontecimiento.� Se refiere tambi�n al rechazo diario de sus deseos �la muerte de ser perfectamente obediente al Padre–.

(Al igual que nosotros, Jes�s tuvo deseos que ten�a que rechazar continuamente.� Las Escrituras nos dicen que �l ï¿½fue tentado en todo seg�n nuestra semejanza� (Hebreos 4:15), pero sin ceder a la tentaci�n y cometer pecado.� Recordemos que es imposible ser tentado por algo a lo cual no podemos ceder.� Si Jes�s fue tentado, �l pudo muy bien responder a tales tentaciones.)

La raz�n por la cual Jes�s se mantuvo libre de pecado no fue que el se lo hubiese propuesto o que hubiese sacado fuerza de un poder sobrenatural del cual nosotros no podemos disponer.� ï¿½l se mantuvo libre de pecado porque caminaba bajo la cubierta de gracia y porque�…mediante el Esp�ritu eterno se ofreci� a s� mismo sin mancha a Dios…� (Hebreos 9:14) todos los d�as.

Esa misma provisi�n de gracia victoriosa est� tambi�n al alcance de nosotros.� Puesto que tenemos un Pont�fice que ï¿½se compadeci� de nuestras flaquezas�, podemos llegar ï¿½ï¿½confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro� (Hebreos 4:16).

Cada vez que somos tentados o que nos enfrentamos a un dilema personal tenemos a nuestro alcance suficiente gracia para vencer.� Podemos suplicar a nuestro Pont�fice con la plena seguridad de que �l nos escuchar� y estar� dispuesto a ayudarnos.

Cuando escuchemos sus palabras de consuelo:� ï¿½B�state mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad�, digamos con toda confianza lo que dijo el ap�stol Pablo:� ï¿½Por tanto, de buena gana me gloriar� m�s bien en mis debilidades, para que repose sobre m� el poder de Cristo� (2 Corintios 12:9).

El hecho de que estemos sujetos a tentaciones y que por ello muchas veces nos sintamos frustrados, se debe a que Dios quiere que aprendamos que su gracia es suficiente para sostenernos en cualquier aflicci�n (Romanos 8:20).� Al nosotros vencer pruebas y tentaciones por el poder de su gracia nos identificamos con los padecimientos de Cristo y glorificamos al Dios de toda gracia (1 Pedro 4:1; Romanos 8:17).

Pero si no hacemos uso de la provisi�n que hemos recibido por medio de la sangre del nuevo pacto y ï¿½ï¿½si pec�remos voluntariamente despu�s de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda m�s sacrificio por los pecados, sino una horrenda expectaci�n de juicio, y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios� (Hebreos 10:26-27).

�sta es una advertencia muy seria �y recordemos que no es dada al imp�o, sino a los hermanos que han recibido el conocimiento de la verdad–.

Al reflexionar sobre el juicio de los que quebrantaron la ley de Mois�s y contrastarlos con la provisi�n de Dios bajo la gracia, el libro de Hebreos hace una pregunta tan profundamente aguda, que deja la respuesta a nuestra meditaci�n:� ï¿½ï¿½Cu�nto mayor castigo pens�is que merecer� el que pisoteare al Hijo de Dios, y tuviere por inmunda la sangre del pacto en la cual fue santificado, e hiciere afrenta al Esp�ritu de gracia?� (Vers�culo 29).

�Qu� significa hacer afrenta al Esp�ritu de gracia?� Significa no permitirle que nos libre de toda forma de servidumbre al pecado.� Cuando al ser tentados no hacemos uso de su provisi�n para poder vencer, es como si le volte�semos la cara a Dios y le dij�semos:� ï¿½Gracias, pero no la necesito; yo conf�o en la gracia� justificadora que recib� del Se�or para que me ayude.� Dios ya lo hizo todo por m�; �l conoce mis debilidades y las perdonar�.

El ap�stol Pablo dijo:� ï¿½No desecho la gracia de Dios� (G�latas 2:21).� ï¿½l sab�a que necesitaba continuamente extenderse a lo que estaba delante en el Esp�ritu ï¿½ï¿½a fin de conocerle, y el poder de su resurrecci�n, y la participaci�n de sus padecimientos, llegando a ser semejante a �l en su muerte� (Filipenses 3:10).

Pablo no quiso decir que �l estar�a obligado a llevar la cruz al Monte del G�lgota como lo hizo Jes�s.� ï¿½l sab�a que necesitaba proseguir en el Esp�ritu para llegar al mismo nivel de obediencia victoriosa que Jes�s mostr� cuando:� ï¿½por la gracia de Dios�, gust� la muerte por todos.

Y porque Pablo era firme en su entrega, tambi�n pod�a decir:� ï¿½ï¿½por la gracia de Dios soy lo que soy:� y su gracia no ha sido en vano para conmigo, antes he trabajado m�s que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo� (1 Corintios 15:10).

Ministros de gracia

As� como nosotros aprendemos a utilizar la gracia de Dios para obtener fuerza vencedora, tambi�n tenemos la responsabilidad de compartir ese conocimiento con el resto de los hermanos en Cristo.� En Hebreos 12:12, Pablo dice:� ï¿½…levantad las manos ca�das, y las rodillas paralizadas�, para luego a�adir: ï¿½Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna ra�z de amargura, os estorbe, y por ella muchos sean contaminados� (Hebreos 12:15).

Mientras estamos bajo la gracia de Dios, no podemos dar acogida a la amargura.� Sin embargo, cuando perdemos la certeza de que su gracia nos puede ayudar en cualquier situaci�n, perdemos tambi�n la esperanza de que mejore esa situaci�n.� Y cuando perdemos esa esperanza somos susceptibles a que broten ra�ces de amargura en nuestro coraz�n, lo cual no solamente nos contamina a nosotros, sino a muchos m�s.

Por esta raz�n, tenemos la responsabilidad de vigilar por nuestros hermanos en la fe.� Cuando vemos que alguien est� perdiendo la visi�n de mantenerse victorioso en su vida, tenemos que recordarle que la gracia de Dios es suficiente para ayudarlo en cualquier necesidad.� Debemos procurar que nadie pierda su oportunidad de ganar la batalla.

Pedro lo dijo de esta manera: ï¿½ï¿½Cada uno seg�n el don que ha recibido, min�strelo a los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios� (1 Pedro 4:10).

Y �c�mo es que vamos a ser ministros y buenos dispensadores de gracia?� Escuchemos las palabras de Jes�s:� ï¿½Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen; bendecid a los que os maldicen, y orad por los que os calumnian.� Al que te hiera en una mejilla, pres�ntale tambi�n la otra; y al que te quite la capa, ni aun la t�nica le niegues.� A cualquiera que te pida, dale; y al que tome lo que es tuyo, no pidas que te lo devuelva.� Y como quer�is que� hagan los hombres con vosotros, as� tambi�n haced vosotros con ellos� (Lucas 6:27-31).

Aunque este es un verdadero reto por parte del Maestro, en los vers�culos siguientes Jes�s va completamente al grano:� ï¿½Porque si am�is a los que os aman, �qu� m�rito ten�is?� Porque tambi�n los pecadores aman a los que los aman.� Y si hac�is bien a los que os hacen bien, �qu� m�rito ten�is?� Porque tambi�n los pecadores hacen lo mismo.� Y si prest�is a aquellos de quienes esper�is recibir, �qu� m�rito ten�is?� Porque tambien los pecadores prestan a los pecadores, para recibir otro tanto� (vers�culos 32-34).

Administrar gracia de acuerdo al modelo trazado por el Se�or en estos versos es ir m�s all� de lo que normalmente podemos hacer y nos puede llevar al borde de la desesperaci�n.� Sin embargo, debemos recordar que, si fuera posible para nosotros administrar gracia de nosotros mismos, �entonces no necesitar�amos su ayuda!

La gracia es la ayuda divina que nos permite hacer lo que de alguna otra manera ser�amos incapaces de hacer.� ï¿½l nos am� cuando no �ramos dignos de ser amados; nos da fortaleza cada vez que nos sentimos d�biles; y nos cambiar� cuando no podamos cambiarnos a nosostros mismos.� Si hemos de ser ï¿½hijos del Alt�simo� (vers�culo 35), debemos aprender a vivir por la gracia y permitir que ï¿½la divina influencia en nuestro coraz�n sea reflejada en nuestras vidas�.

Conclusi�n

Terminaremos este estudio con un pasaje de Mateo 25:14-30, que se refiere a la par�bola de los talentos.� Este texto es un ejemplo gr�fico de las tres medidas de gracia que Dios provee para nosotros; como es una par�bola muy conocida, simplemente la voy a parafrasear.

Un hombre acaudalado llam� a sus siervos antes de salir a una larga jornada y les reparti� bienes a cada uno conforme a sus habilidades.� Le entreg� cinco talentos a uno, dos talentos a otro y un talento a un tercero.� Y, sin m�s explicaci�n, emprendi� su jornada.

A su regreso, el se�or llam� a sus siervos para que le dieran cuenta de c�mo hab�an administrado los talentos.� El que hab�a recibido cinco talentos vino a su se�or y le dijo: ï¿½ï¿½Se�or, cinco talentos me entregaste; aqu� tienes, he ganado otros cinco talentos sobre ellos�.� Y ï¿½su se�or le dijo: �Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondr�:� entra en el gozo de tu se�or��.

Despu�s vino el siervo que hab�a recibido dos talentos, le dio cuenta a su se�or de cu�nto hab�a ganado y recibi� tambi�n el pago correspondiente.

Entonces vino el tercer siervo ï¿½cristiano t�pico del siglo XX� con el talento que hab�a recibido de su se�or.� Casi lo podemos o�r diciendo estas palabras:� ï¿½Se�or, aqu� est� el talento que me diste; no lo perd� ni abuse de �l, pero tampoco lo us�.� T� eres un hombre duro, que siegas donde no sembraste.� Dijiste que quer�as que yo fuese perfecto, pero t� bien conoces mi figura:� no soy m�s que polvo �soy humano–.� Es cierto que no te obedec� como me lo pediste �no tienes idea de qu� dura es la vida�–.

Pero esto no le hizo ninguna gracia a su se�or.� Orden� que le quitasen el talento y se lo diesen al que ten�a diez talentos.� Y adem�s orden� que ese siervo negligente e in�til fuese echado a las tinieblas.

Casi� podemos o�r sus pobres lloriqueos:� ï¿½ï¿½Se�or, �no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?�� (Mateo 7:22).

Este hombre hab�a recibido la primera medida de gracia ��l era siervo del se�or–.� Tambi�n se le hab�a dado la segunda medida, s�lo que no la us� para probar que era digno de administrar los bienes que se le hab�an confiado.� Y por causa de su negligencia no fue ascendido de puesto cuando su se�or regres� de la jornada.

�La gracia de Dios es verdaderamente asombrosa!� Nos justific� cuando est�bamos muertos en pecado; nos permite caminar en obediencia perfecta ahora; y nos prepara para la gloria que todav�a est� por venir.� Hagamos uso completo de ella, no sea que tambi�n nosotros la hayamos recibido en vano.

�La gracia de nuestro Se�or Jesucristo sea con todos vosotros�.� (Apocalipsis 22:21)

Estudio escrito por
Eli Miller

Traducción: Sara Weedman
Revisión del texto: Sara Weedman

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