LA MANO SATÁNICA

Dos grandes misterios espirituales han estado en obra desde los albores de nuestros tiempos: el principio de la piedad, por el cual Dios se manifiesta en un cuerpo de muchos miembros, y el principio de la iniquidad, por el cual Satanás también se manifiesta en el hombre.

El ministerio de una “mano” espiritual obra en la manifestación de cada uno de estos principios. Sobre el principio de la piedad obra la “mano” divina, la cual consiste en un ministerio formado por apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros (Efesios 4:11). Sobre el principio de la iniquidad obra la mano de Satanás, quien utiliza un duplicado de la “mano” divina en un esfuerzo por cumplir también con sus objetivos. Desgraciadamente, son pocas las personas que se dan cuenta de ello. Es hora, pues, de poner al descubierto la obra de la mano satánica.

De acuerdo a la definición del Diccionario Hispánico Universal,1 un misterio es“cualquier cosa que no se puede comprender o explicar”. El misterio de la piedad puede condensarse en unos cuantos versos de las Escrituras y podemos comprenderlo mejor a medida que conocemos más al Señor: “E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne, justificado en el Espíritu, visto de los ángeles, predicado a los gentiles, creído en el mundo, recibido arriba en gloria” (1 Timoteo 3:16).

¿Quién podría expresar, con plenitud, la posibilidad maravillosa de que Dios se manifestase en la humanidad? Lo más que podemos hacer es meditar sobre la vida de Jesús y rendirnos a la maravillosa obra de su Espíritu en nosotros. Jesús no solamente ha sido “justificado en el Espíritu”, sino que Él es quien “…justifica al que es de la fe de Jesús” (Romanos 3:26).

En Gálatas 1:15-16, se revela este misterio en un lenguaje sencillo: “Pero cuando agradó a Dios, que me apartó desde el vientre de mi madre, y me llamó por su gracia, revelar a su Hijo en mí, para que yo le predicase entre los gentiles, no consulté en seguida con carne y sangre”. (Subrayado por el autor.)

Lo subrayado en estos versículos nos ofrece una sinopsis del plan de Dios tras el misterio de la piedad. Según este misterio, Dios se complace en manifestar a su Hijo en nosotros. Pero, una vez que hemos recibido esa revelación, ya no debemos “consultar con carne y sangre” sobre la manera en que Dios ha elegido manifestar a su Hijo. El Señor permite que algunos de sus hijos caminen por senderos aparentemente más difíciles que los senderos de otros. Debemos regocijarnos en la bendición de ser unos de aquellos en quienes Dios se ha complacido para revelar a su Hijo, sin importar el camino por el cual nos ha de llevar. No tratemos de discutir con el Señor el camino en particular que Él ha indicado para nosotros; tampoco comparemos nuestro camino con el de otros que al parecer es más fácil que el nuestro.

El misterio de la iniquidad ha estado también en obra desde que Dios puso al Hombre en el Paraíso Terrenal. En 2 Tesalonicenses 2:7, leemos lo siguiente: “Porque ya está en acción el misterio de la iniquidad; sólo que hay quien al presente lo detiene, hasta que él a su vez sea quitado de en medio”. Las riendas que controlan a la iniquidad están perdiendo su fuerza, y en este mismo momento parece como si Dios estuviese paulatinamente retirando la protección que el Espíritu Santo ha mantenido contra la insidiosa marea. El fin de esta era está sobre nosotros y las aguas diluviales de una iniquidad desmandada siguen subiendo.

1 Diccionario Hispánico Universal, 2 vol. W. M. Jackson, Inc., Editores, México, 1965.

Marcas espirituales

En Gálatas 6:17, Pablo escribió lo siguiente: “De aquí en adelante nadie me cause molestias; porque yo traigo en mi cuerpo las marcas del Señor Jesús”. Las marcas a las que Pablo se refiere en este versículo quizá nos sugieran las cicatrices que Pablo llevaba en su cuerpo. Aunque obviamente él tenía muchas cicatrices y “marcas” debido a las palizas y malos tratos que recibió en su vida, el significado de este versículo es más profundo. Tanto a esclavos como a soldados se les marcaba frecuentemente con tatuajes o cortaduras para indicar quién era su dueño. También los miembros de ciertos cultos paganos se marcaban sus cuerpos como prueba de su devoción a dioses demoníacos.

En este pasaje, sin embargo, Pablo hace alusión a una dimensión diferente. Cada uno lleva ciertas “marcas” en su persona o aura espiritual. (Antes de que se descarte al autor, por pensar que es un fanático de la “Nueva Era”, veamos la definición del término “aura”: “Irradiación luminosa de carácter paranormal que algunos individuos dicen percibir alrededor de los cuerpos humanos, animales o vegetales”.2) El que tiene entendimiento de Dios puede ver estas marcas e identificarlas fácilmente.

Muchas veces, cuando vemos a un creyente por primera vez, “sabemos” que él es creyente aun antes de haberlo conocido. Hay un “algo” que percibimos en esa persona, y ese “algo” es su aura espiritual. Otras veces, al entrar una persona a una habitación, tenemos la fuerte sensación de que algo en el ambiente de esa habitación ha cambiado; es como si una cierta presencia haya entrado con la persona. Eso es el aura.

Otra ilustración sería el drogadicto que busca quien le venda su dosis de droga. Al caminar por la calle, tal vez pueda reconocer inmediatamente a un traficante de drogas, mientras que a otra persona tal traficante le pase desapercibido. ¿Cómo se establece esa relación? Algo se ha “visto” en el espíritu que identifica a uno con el otro.

De la misma manera, un traficante de drogas puede fácilmente reconocer a un consumidor de drogas –y posible cliente— sin nunca antes haberlo conocido. Un criminal puede identificar en la calle a un policía aun cuando éste no lleve su uniforme, y viceversa. ¿Cómo se hace esa asociación? Por medio del “aura” (a falta de un término mejor).

Todos nosotros, ya sea que hayamos sido renovados espiritualmente o no, tenemos marcas espirituales que son invisibles al ojo natural y que se relacionan con nuestra aura. La persona que con frecuencia se cataloga como discernidor de espíritus, puede dirigirse a un grupo de gente y “ver” fácilmente algunos de sus rasgos caracterísiticos; rasgos tales como las huellas del pecado, abusos diversos y pureza o mezcla de espíritu.

2 Diccionario de la Real Academia Española. 21a edición, Madrid, 1992, 1515 pp.

Las marcas oscuras o negativas en nuestra aura son como “banderas” que atraen a espíritus afines. Estas marcas abren las puertas al enemigo y son puntos débiles por donde éste puede tener acceso a nuestras vidas, manteniéndonos esclavos de las tentaciones y de los defectos en nuestro carácter. El enemigo obra con diligencia para que sus marcas permanezcan en nosotros y poder así cumplir con sus propósitos.

Las únicas “marcas” que como creyentes hemos de llevar en nuestro espíritu son las marcas del Señor Jesús. Debemos dejar que el Espíritu Santo nos limpie completamente hasta que todo pensamiento, todo deseo y todo llamado ilícito al pecado hayan sido quitados y se encuentren bajo la sangre redentora de Jesús. Demos gracias a Dios que, en respuesta a nuestra poderosa oración de arrepentimiento, su sangre nos limpia de toda marca negativa.

La mano divina

Como se mencionó antes, Dios dió a la iglesia un ministerio quíntuplo “…a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Efesios 4:12-13). La última frase puede interpretarse así: “Hasta que lleguemos al momento en nuestra vida en que estemos llenos de Cristo”. El ministerio de la mano divina tiene como fin el mantenernos bajo la “marca” del Señor hasta que lleguemos a ser la expresión total de la vida de Cristo. Cuando esto se cumpla, se habrá entonces revelado casi completamente el misterio de la divinidad.

A continuación se explicará brevemente la función que el ministerio de la mano divina tiene en la iglesia. El ministerio apostólico de una época dada es el fundamento sobre el cual se construye el cúmulo de verdades que Dios provee para esa generación. Dios ha ungido al ministerio apostólico para que revele los principios de verdad al resto del ministerio, de manera que éste pueda preparar a los santos en el cumplimiento de sus funciones. Las verdades que Dios revela al ministerio apostólico son la base de todo lo que Él está haciendo en la iglesia. (Aquí se utiliza la palabra “iglesia” porque es necesario saber que nuestros cimientos personales están en lo que Jesucristo hizo por nosotros.)

Los ministros apostólicos son padres espirituales, que, guiados por el Señor, pueden establecer nuevos grupos y ayudarlos a alcanzar madurez espiritual. Los ministros apostólicos tienen la autoridad inherente de imponer disciplina en la iglesia cada vez que sea necesario, así como la tiene un padre natural. Y, como padre, tiene el poder de moverse en cualquiera de los cinco ministerios según se presente la necesidad.

El ministerio profético es un ministerio de inspiración que obra conjuntamente con el ministerio apostólico. Sus desafíos fervientes y llenos de visión nos llegan al alma y nos inspiran más que ningún otro ministerio a tener fe y a ponerla por obra. El profeta desea con vehemencia inspirar en los creyentes el amor al Señor y confirmarles la palabra que Él les está dando en una situación particular. Tal confirmación la da tanto por medio de la palabra oral, como por sueños y visiones.

Los evangelistas son los portadores de las buenas nuevas de Jesucristo. Es posible que el Señor guíe a algunos de sus hijos a lugares distantes a cumplir con su llamado y ministerio, pero cada vez que alguien comparte con otra persona sobre su necesidad de ser salvo, está ejerciendo el ministerio de evangelista. Su misión es la de plantar la buena semilla en corazones dispuestos a recibirla y de prepararlos para las enseñanzas que posteriormente han de recibir del ministerio de pastores y maestros.

El ministerio pastoral está “casado” con el rebaño de un lugar particular y lo cuida como su pastor. El pastor cuida con compasión a sus ovejas y es responsable, junto con los ancianos, de gobernar a la iglesia local. (No todos los ancianos son pastores; sin embargo, todos los pastores son ancianos.) El pastor demuestra mucha preocupación por su rebaño y se ocupa en instruirlo diariamente a fin de que alcance la plenitud de Cristo.

El ministerio de maestro tiene la unción de “desmenuzar” la palabra de revelación presentada por los ministros apostólicos y de hacerla pertinente a situaciones de la vida diaria. Por lo general el maestro trabaja en estrecha relación con los pastores locales, pero también puede ejercer su ministerio hasta cierto punto en calidad de ministro viajante.

En este estudio, hemos descrito sólo superficialmente cada una de las funciones de los ministerios de que se compone la mano divina. No hay espacio aquí como para explicarlas en mayor detalle, ni tampoco es tal el propósito de este artículo. Estas características se han mencionado con la sola intención de establecer una base para examinar la mano satánica.

El gran gigante

En las Escrituras se hace mención de un gigante que personifica el ministerio de la “mano” satánica. El enemigo usa este gigante para establecer su marca negativa en nosotros y así poder llevar a cabo su plan. El texto aquí aludido se encuentra en dos libros diferentes: 2 Samuel 21:15-22, y 1 Crónicas 20:4-8. Para ahorrar espacio se citará sólo la segunda escritura.

“Después de esto aconteció que se levantó guerra en Gezer contra los filisteos; y Sibecai husatita mató a Sipai, de los descendientes de los gigantes; y fueron humillados. Volvió a levantarse guerra contra los filisteos; y Elhanán hijo de Jair mató a Lahmi, hermano de Goliat geteo, el asta de cuya lanza era como un rodillo de telar.

“Y volvió a haber guerra en Gat, donde había un hombre de grande estatura, el cual tenía seis dedos en pies y manos, veinticuatro por todos; y era descendiente de los gigantes. Este hombre injurió a Israel, pero lo mató Jonatán, hijo de Simea hermano de David.

“Estos eran descendientes de los gigantes en Gat, los cuales cayeron por mano de David y de sus siervos”.

El gigante que representa a la mano satánica es el que tiene seis dedos en pies y manos. Sus veinticuatro dedos –el número veinticuatro en las Escrituras equivale al sacerdocio— lo distinguen como aquel que manifiesta la plenitud del hombre y la plenitud del sacerdocio satánico. Este gigante representa todo lo que es anticristo y que se aparta del plan de Dios: es la culminación de la naturaleza perversa de sus hermanos.

Todavía podríamos decir más de lo que esta familia de gigantes representa, sobre todo lo que el significado de sus nombres nos revela. También se podría explicar en más detalle el significado de los nombres de aquellos hombres poderosos quienes los mataron. En este estudio, sin embargo, sólo se mencionará el hecho de que ellos representan a los “…principados, potestades, gobernadores de las tinieblas de este siglo y huestes espirituales de maldad en las regiones celestiales” (Efesios 6:12) contra quienes luchamos.

El móvil principal de estos gigantes se ve claramente expresado en el hermano de los seis dedos, cuando injurió a Israel (versículo 7). El vocablo “injuriar” significa “afrentar, ultrajar con obras o palabras”. Si nos remitimos al Salmo 42:10, podremos entender mejor la afrenta que el gigante trajo al pueblo de Israel: “Como quien hiere mis huesos, mis enemigos me afrentan, diciéndome cada día: ¿Dónde está tu Dios?”

Todo lo que Satanás utiliza contra nosotros los creyentes se puede resumir en esa pregunta desafiante que nos hace dudar si en verdad Dios nos ama y nos puede liberar. Con esa pregunta insinúa que Dios ha dejado que por nuestros propios medios nos forjemos un camino en la vida y más allá de esta vida. La manera en que Satanás nos hace dudar de Dios es por medio de tentaciones, adversidades, afrentas, malentendidos, persecusiones y circunstancias diversas (para mencionar sólo algunos de sus campos de acción).

Jonatán, cuyo nombre significa “Jehová ha dado”, ¡mató al gigante insolente! ¡Bendito sea Dios por ello! Aquí se nos brinda una imagen clara de Jehová, el Dios de pacto, que puso a todos los usurpadores en manos de aquellos que tuvieron la osadía de creer en Él y que se mantuvieron firmes en su nombre poderoso.

El gigante insolente de seis dedos –y sin nombre— representa la plenitud de la naturaleza perversa de sus hermanos y es un tipo del ministerio de la mano de seis dedos que Satanás utiliza para introducir su imagen en la tierra. Con esa mano nos ha marcado para que seamos de él; pero demos gracias a Dios que, por nuestro arrepentimiento y nuestra fe en la sangre que Jesús derramó por nosotros, Él puede quitar esas marcas e incluso borrar toda huella que hayan dejado.

El apóstol satánico

El ministerio “apostólico” de Satanás es un ministerio basado en la mentira. Así como el ministerio apostólico de Dios establece los fundamentos de verdad para su pueblo, Satanás establece fundamentos de mentira. El Diccionario de la Real Academia Española3 define la mentira de esta manera: “Expresión o manifestación contraria a lo que se sabe, cree o piensa”.

Las Escrituras nos dicen que no debemos mentir, pues toda mentira va en contra de la naturaleza de Dios. A continuación veamos algunas de esas citas: “No hablarás contra tu prójimo falso testimonio” (Éxodo 20:16); “por lo cual, desechando la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo; porque somos miembros los unos de los otros” (Efesios 4:25); “Dios no es hombre, para que mienta, …él dijo, ¿y no hará? Habló, ¿y no lo ejecutará?” (Números 23:19); “…es imposible que Dios mienta…” (Hebreos 6:18).

3 Diccionario de la Real Academia Española. 21a edición, Madrid, 1992, 1515 p.p.

La mentira que Satanás utiliza para engañarnos es la de que podemos vivir como nos plazca, pues al final todo va a salir bien. Satanás nos hace creer que, aunque Dios indique lo contrario, el amor que Él tiene por nosotros aceptará a fin de cuentas que vivamos en desobediencia a su palabra. Este ha sido su ardid desde el día en que engañó a Eva diciéndole: “…no moriréis” (Génesis 3:4).

Del diablo, Jesús dijo lo siguiente: “…ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira” (Juan 8:44). Nosotros tenemos que reconocer que todo lo que el diablo dice es mentira y se basa en LA gran mentira. Cuando la Biblia dice que el diablo “habla mentira” se debe interpretar como que “habla la mentira”.

Al llamar al diablo el “padre de mentira”, Jesús se estaba refiriendo a que su “ministerio de padre” era, si no la mentira misma, al menos un espíritu de mentira. La mentira que con tanto éxito Satanás ha usado a través de los tiempos, ha sido aquella de que “no moriremos” a pesar de nuestra desobediencia a su palabra. Para “presentar” la mentira a las masas, Satanás se ha concentrado en dos principios básicos. Uno de estos principios es el de quitar o añadir algo a la palabra de Dios.

En Proverbios 30:5-6, se nos habla de este principio: Toda palabra de Dios es limpia… No añadas a sus palabras, para que no te reprenda, y seas hallado mentiroso”. En Apocalipsis 22:19, se nos advierte sobre las consecuencias de tan siquiera omitir cualquiera de las palabras escritas por Dios: “Y si alguno quitare de las palabras del libro de esta profecía, Dios quitará su parte del libro de la vida, y de la santa ciudad y de las cosas que están escritas en este libro”.

Una advertencia aún más fuerte sobre no adulterar la palabra de Dios se nos da en Deuteronomio 29:19-20: “…y suceda que al oír las palabras de esta maldición, él se bendiga en su corazón, diciendo: Tendré paz, aunque ande en la dureza de mi corazón… No querrá Jehová perdonarlo, sino que entonces humeará la ira de Jehová y su celo sobre el tal hombre, y se asentará sobre él toda maldición escrita en este libro, y Jehová honrará su nombre de debajo del cielo”.

Estas escrituras –como muchas otras— muestran que la razón principal por la cual Satanás quiere que aceptemos la palabra de Dios en forma adulterada, es para que así abdiquemos a nuestro derecho de recibir la bendición de Dios y su eterna recompensa. Él sabe muy bien que “…los hechiceros, los fornicarios, los homicidas, los idólatras, y todo aquel que ama y hace mentira” (Apocalipsis 22:15) no podrán entrar en la ciudad santa.

El otro principio que usa Satanás para presentar la mentira se revela en Ezequiel 13:22, donde el Señor repudió las sutiles palabras de los falsos profetas: “Por cuanto entristecisteis con mentiras el corazón del justo, al cual yo no entristecí, y fortalecisteis las manos del impío, para que no se apartase de su mal camino, infundiéndole ánimo”. A pesar de que Satanás mora en todo lo que es muerte, ¡a él le gusta prometer vida a sus víctimas! Esta es LA GRAN MENTIRA de que se nos habla en las Escrituras y que podemos confirmar en la experiencia humana.

Las Escrituras ilustran claramente lo que Dios piensa del mentiroso. En Salmos 58:3, Dios dice que los impíos se apartaron desde la matriz y hablaron mentira desde que nacieron. Y en Proverbios 10:18 y 12:22, nos dice que el mentiroso es necio y que los labios mentirosos son abominación a Jehová.

¿Qué hace que seamos mentirosos ante los ojos de Dios? En Salmos 78:36-37, se nos dice que los mentirosos lisonjean a Dios con su boca pero sus corazones no son rectos con Él. En 1 Juan 2:4, vemos que aquel que declara conocerle pero que no guarda su palabra, el tal es mentiroso y la verdad no está en él. Más adelante, Juan nos dice que si declaramos amar al Señor pero aborrecemos a nuestro hermano, también eso nos hace mentirosos (1 Juan 4:20).

Una de las reprensiones más fuertes de las Escrituras –y para algunos, quizá, la que les llega más al alma— se encuentra en 1 Juan 2:22: “¿Quién es el mentiroso, sino el que niega que Jesús es el Cristo? Éste es anticristo, el que niega al Padre y al Hijo”.

Uno diría: “Por supuesto que eso no se refiere a mí, pues yo nunca negaría que Jesús es el Cristo”. El Diccionario de la Real Academia Española nos da la siguiente definición de la palabra “negar”:4 “Decir que algo no existe, no es verdad, o no es como otro cree o afirma”. En lenguaje sencillo, esto significa que cada vez que no aceptamos que Cristo nos libere de la tentación (1 Corintios 10:13), le estamos negando y nos estamos volviendo anticristos. Esto no solamente nos hace mentirosos, sino que contradice el pacto que declaramos haber aceptado.

Aunque se podría decir más acerca del mentir y de la influencia que este ministerio apostólico de Satanás ejerce en nuestras vidas, baste decir, ahora, que ya se nos ha advertido sobre la proliferación de doctrinas de demonios en los últimos tiempos (1 Timoteo 4: 1-2). Las Escrituras nos advierten que, si no tenemos un amor ferviente por la verdad, Dios mismo nos enviará una falsa ilusión para que creamos la mentira de que no importa que nos gozemos en la iniquidad, pues al final todo va a terminar bien (2 Tesalonicenses 2:10-12).

Mientras que todavía creamos la mentira o seamos propensos a mentir, tendremos la marca de la mano satánica. Si tal es nuestra situación, arrepintámonos y unámonos a David en esta su súplica: “Aparta de mí el camino de la mentira, y en tu misericordia concédeme tu ley. Escogí el camino de la verdad; he puesto tus juicios delante de mí” (Salmos 119:29-30).

El profeta satánico

El ministerio profético de Satanás se distingue por un espíritu de codicia. Este espíritu nos incita a desear lo que no tenemos, y para ello nos muestra todo aquello que podríamos poseer si tan sólo desobedeciéramos un poco la palabra de Dios.

La definición del término “codicia” de acuerdo al Diccionario de la Real Academia Española5 es la siguiente: “Afán excesivo de riquezas. Deseo vehemente de algunas cosas buenas”. La codicia es el resultado de un egoísmo avaricioso y de un desacato arrogante de la palabra del Señor.

4Diccionario de la Real Academia Española. 21a edición, Madrid, 1992, 1515 p.p. 5 Diccionario de la Real Academia Española. 21a edición, Madrid, 1992, 1515 p.p.

No hay nada malo en desear fervientemente lo que Dios ha provisto para nosotros (1 Corintios 12:31; 14:39; Filipenses 3:14, etc.). La codicia es perjudicial cuando nos impulsa a desear lo que Dios no nos ha dado. Desear de esa manera no es bueno porque sugiere que Dios nos ha mentido al decirnos que todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad ya nos han sido dadas (2 Pedro 1:3), y que todo lo que necesitamos para que revele a su Hijo en nosotros también nos ha sido dado. El apóstol Pablo dice que el haberse enfrentado seriamente a la codicia le dio la revelación de lo que verdaderamente era el pecado (Romanos 7:7).

Al principio, la codicia se concentra en incitar en nosotros un deseo por obtener lo que creemos que nos hace falta; después procura llevar a cabo el cumplimiento de ese deseo por su propia cuenta. Satanás usó satisfactoriamente este espíritu contra Eva cuando ingeniosamente le sugirió que Dios no le había dado toda la sabiduría que ella necesitaba. Una vez que Eva se dio cuenta de su deficiencia, el deseo se apoderó de ella, y ya sabemos el resto de la historia.

No hay mayor afrenta hacia Dios que la codicia, pues ésta declara abiertamente que Dios no nos ha provisto de todo lo que necesitamos en la vida, desafiando así la misma integridad de la naturaleza de Dios como Creador y Padre. Nos insinúa que Dios es un tirano egoísta que no le da a su pueblo sino lo más indispensable y a quien le preocupa más satisfacer su propia necesidad que las necesidades de su creación.

En los Diez Mandamientos (Éxodo 20:17) Dios condena la codicia. Aunque el malo bendice al codicioso, Dios lo desprecia (Salmos 10:3). Dios dice que todo aquel que sigue la avaricia es engañado, “…desde el más chico de ellos hasta el más grande… desde el profeta hasta el sacerdote” (Jeremías 6:13).

La codicia precipitó la caída del hombre, la ruina de Acán, la lepra de Giezi (Génesis 3:6; Josué 7:20-25; 2 Reyes 5:20-27); también dio lugar a que los enemigos del Señor blasfemasen (2 Samuel 12:14), siendo estos tan sólo algunos de los innumerables ejemplos que hay sobre el tema.

Jesús les decía a sus discípulos que la codicia –al igual que los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia y la insensatez—, sale del corazón del hombre y lo contamina (Marcos 7:20-23). También los reprendió con firmeza, diciendo: “Mirad, y guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee” (Lucas 12:15).

En 2 Timoteo 3:1-5, dice lo siguiente: “…que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos” porque “habrá hombres amadores de sí mismos” que serán “avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos… aborrecedores de lo bueno”. Y esto no sólo se refiere a las personas del mundo, pues se las puede encontrar también en la iglesia: con “apariencia de verdad, pero [que] negarán la eficacia de ella…”

El Nuevo Testamento toma una postura bastante fuerte sobre la manera en que la iglesia debe tratar a los hermanos codiciosos. Nos dice que no debemos “comer” con ellos porque viven en engaño y por tanto no heredarán el reino de Dios. Pablo le advirtió a la iglesia del siglo primero que no sólo evitase asociarse con tales hermanos, sino que incluso los echase de la iglesia con la esperanza de que recapacitaran y se arrepintiesen (1 Corintios 5:10-13; 6:9-10; Efesios 5:37). ¿Cuántas iglesias hoy en día continuarían siendo las iglesias “más prósperas” de su pueblo si practicasen en verdad esa disciplina tan necesaria?

¿Por qué esa postura tan fuerte en contra de la codicia? En Colosenses 3:5, encontramos la respuesta: “Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia, que es idolatría”. (Énfasis del autor.)

Reflexionemos sobre esto: ¡La codicia para Dios es idolatría! Si permitimos que la codicia reine en nuestros corazones es como si tallásemos una imagen y nos arrodillásemos ante ella llamándola ¡nuestro Dios! Para Dios esa blasfemia viene a ser lo mismo que la codicia. Por tanto no es de extrañar que el diablo maneje a las masas con los anhelos de la avaricia.

Si todavía vemos las marcas del ministerio satánico en nuestras vidas, apartémonos de él, arrepintámonos y acudamos a la sangre que derramó Jesús por nosotros para que nos limpie. Tengamos confianza en que “Cercano está Jehová a todos los que le invocan, a todos los que le invocan de veras. Cumplirá el deseo de los que le temen; oirá asimismo el clamor de ellos, y los salvará” (Salmos 145:18-19).

La conciencia de que algo nos hace falta

En Hebreos 13:5, se nos da el antídoto contra la codicia: “Sean vuestras costumbres sin avaricia, contentos con lo que tenéis ahora; porque él dijo: No te desampararé, ni te dejaré”.

Si el Señor nos prometió que nunca nos abandonaría quiere decir que ¡ya tenemos todo lo que habremos de necesitar en nuestra vida! No necesitamos desear nada más puesto que Él ya nos ha dado todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad (2 Pedro 1:3; 1 Corintios 3:21-22). Y porque en Él estamos completos (Colosonses 2:10) no tenemos ningún vacío que necesite ser llenado.

Hay un principio que puede cambiar nuestra perspectiva de la vida, si es que podemos entenderlo: La conciencia de que algo nos hace falta es la raíz de todos los males. Al principio tal vez no nos demos cuenta del impacto de esta aseveración y quizá hasta dudemos de su veracidad. Uno podría incluso argüir de esta manera: “¿Pero qué las Escrituras no nos dicen que la raíz de todos los males es el amor al dinero?” (1 Timoteo 6:10). Sí; pero no hay nada que nos haga amar más el dinero que nuestra propia conciencia de que lo necesitamos.

Si en Cristo estamos completos, ya no necesitamos nada más. No es posible que nos falte algo cuando se supone que lo tenemos todo. Tenemos que admitir que somos ya sea lo que Dios dice que somos, o somos lo que nosotros juzgamos ser. Si en Él estamos completos, no necesitamos que se añada nada a lo que ya somos –¡o a lo que ya tenemos!

Este principio lo vemos ilustrado por primera vez en la tentación del Paraíso Terrenal. Satanás hizo que Eva codiciase la sabiduría insinuándole que el Señor simplemente no se la había otorgado. Si ella hubiese permanecido en comunión con su Creador, se habría percatado del libre acceso que ella tenía a toda la sabiduría del universo y de que no había nada más que se necesitase añadir a lo que Él ya le había dado. Mas cuando vio que el árbol de la ciencia del bien y del mal era bueno para comer, determinó que éste “…era codiciable para alcanzar la sabiduría” (Génesis 3:6) entonces tomó de su fruto y comió.

Nosotros tendemos a justificar nuestra reacción negativa hacia el prójimo en relación directa a lo que creemos que nos hace falta. Tal vez pensemos de esta manera: “Esas personas no me respetan como se debe; no debieron decir lo que dijeron; merezco algo mejor que lo que me dan”. Cuando llegamos a la conclusión de que no hemos recibido lo que debería ser nuestro, estamos justificando nuestros malos pensamientos, actitudes y obras hacia los demás.

Mas si estamos completos en Cristo y tenemos la perspectiva de que Él es todo lo que jamás necesitaremos, ¿qué más nos hace falta? Si nuestro prójimo nos hace un desaire, ese es problema suyo y no nuestro. Si confiamos en la integridad de Dios y recordamos que Él no quitará el bien a aquellos que le aman y que andan en integridad (Salmos 84:11), no habrá lugar en nuestro corazón para desear lo que no tenemos; no habrá nada que codiciar. Por tanto, la raíz de todos los males es la conciencia de que algo nos hace falta.

El evangelista satánico

El “evangelista satánico” se manifiesta en un espíritu de temor. Si este espíritu logra penetrar en nosotros, nos preparará para que recibamos las enseñanzas de sus “colegas en el ministerio”, de la misma manera en que un evangelista de Dios prepara nuestros corazones para que más tarde otros ministros, también de Dios, influyan espiritualmente en nosotros.

El temor, de acuerdo a la definición que nos da el Diccionario de la Real Academia Española6, es lo siguiente: “Pasión del ánimo, que hace huir o rehusar las cosas que se consideran dañosas, arriesgadas o peligrosas”. Aunque uno no esté bien informado de todo lo que pasa en el mundo de la actualidad, no es difícil darse cuenta de que el temor ha penetrado ya todos los aspectos de la sociedad de cada país. Ya no se siente uno seguro en las calles de ninguna ciudad, pues, sin lugar a dudas, la sociedad –cuyos cimientos se han ido deteriorando— se ha debilitado de tal manera, que no hay mucho en ella que se pueda considerar estable o digno de confianza. La falta de piedad y un implacable egoísmo han penetrado el aire mismo que respiramos, haciéndonos presentir nuestra vulnerabilidad.

Muchas personas están bastante familiarizadas con el sentimiento del temor, pues éste ha afectado la vida del hombre desde que Adán y Eva “…se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto” (Génesis 3: 8-10) por causa de su pecado. El temor es un sentimiento cruel y exasperante que les roba la paz a todos los que caen bajo su sombra. También tormenta la mente y el espíritu de sus víctimas y con frecuencia las inmoviliza llevándolas a una paranoia total. Pero demos gracias a Dios que “en el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor…” (1 Juan 4:18).

Satanás se vale de muchos ardides para lograr que la gente reciba en su corazón a este “evangelista”. Las películas de horror gráfico y la descarga constante de violencia en la televisión son algunos de sus ardides favoritos. Los noticieros diarios sobre actividades del terrorismo mundial, junto con comentarios tales como: “esto podría pasar en nuestra propia ciudad”, son otros de sus ardides. Robos residenciales, asaltos arbitrarios contra ancianos y otras víctimas inocentes y una actitud generalizada de que “la vida no vale nada” –alimentada con la demanda creciente de abortos y la creencia en un “morir con dignidad”—, contribuyen a hacernos sentir más vulnerables.

6 Diccionario de la Real Academia Española, 21a edición, Madrid, 1992, 1515 p.p.

Otro aspecto en el terreno del temor es el miedo a los hombres. Hay tanta gente que se encuentra incapacitada mental y espiritualmente –sobre todo en la iglesia— por el miedo a qué dirán de ella los demás o por el temor a ser juzgados de acuerdo a la directriz moral del grupo con el cual se reúnen. No se atreven a utilizar sus dones y a seguir su llamado espiritual por causa de un temor que no es de Dios y de una necesidad excesiva de ser aprobados por los demás. Hay tantas exhortaciones, profecías, visiones y otras funciones espirituales que nuncan llegan a desarrollarse debido a las restricciones martirizantes y amedrentadoras del temor. Las Escrituras nos dicen que “el temor del hombre pondrá lazo; mas el que confía en Jehová será exaltado” (Proverbios 29:25).

También se nos dice lo siguiente: “Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía [timidez], sino de poder, de amor y de dominio propio” (2 Timoteo 1:7). No hay más que estar de acuerdo con la escritura que dice: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4:13), y confiar en que Él es capaz de guardar lo que le hemos entregado (2 Timoteo 1:12). Jesús dijo que no deberíamos temer a los hombres, los cuales sólo “…matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar; temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno” (Mateo 10:28).

Tampoco debemos dejar que el enemigo nos intimide (Filipenses 1:28). A nosotros, como cristianos, se nos ha dado poder sobre espíritus demoníacos y sobre cualquiera de sus ardides contra nosotros. Debemos confiar en el Señor y armarnos de valor al leer el texto de Isaías 54:17, el cual nos dice: “Ninguna arma forjada contra ti prosperará, y condenarás toda lengua que se levante contra ti en juicio. Esta es la herencia de los siervos de Jehová, y su salvación de mí vendrá dijo Jehová”.

Podríamos citar varios ejemplos en las Escrituras que nos ayudarían a ver con más claridad el efecto que la fuerza amedrentadora y debilitante del temor tiene sobre los hombres. Bástenos decir ahora que, si aún se apoderan de nosotros los temores, ya sea física o espiritualmente, significa que todavía tenemos la marca del evangelista satánico. Este “ministerio” nunca obra solo o como un fin en sí mismo. Su objetivo es siempre el de exponernos a otras influencias espirituales que han de estancar nuestro caminar en Cristo y nuestro ministerio en el Espíritu Santo. El temor nos va a acorralar con una perspectiva errónea de Dios, con el desánimo (pérdida de valor) y con el pecado, a la vez que tratará de deshonrar nuestro testimonio de la gracia de Dios.

Cada vez que nos sintamos esclavizados por el temor, arrepintámonos de nuestros pecados y permitamos que el Espíritu Santo nos brinde la misma seguridad que le dio a David cuando dijo: “Jehová es mi luz y mi salvación; ¿de quién temeré? Jehová es la fortaleza de mi vida; ¿de quién he de atemorizarme? Cuando se juntaron contra mí los malignos, mis angustiadores y mis enemigos, para comer mis carnes, ellos tropezaron y cayeron.

“Aunque un ejército acampe contra mí, no temerá mi corazón; aunque contra mí se levante guerra, yo estaré confiado. Una cosa he demandado a Jehová, ésta buscaré; que esté yo en la casa de Jehová todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura de Jehová, y para inquirir en su templo.

“Porque él me esconderá en su tabernáculo en el día del mal; me ocultará en lo reservado de su morada; sobre un roca me pondrá en alto” (Salmos 27:1-5).

Dios nos librará de todo temor si hacemos como David, que, en medio de las vicisitudes que peligraban su vida, buscó a Dios: “Busqué a Jehová, y él me oyó, y me libró de todos mis temores” (Salmos 34:4).

El pastor satánico

El ministerio “pastoral” satánico se caracteriza por un espíritu de odio. Este espíritu cavila sobre las masas de la humanidad y trabaja constantemente para producir la imagen de Satanás en aquellos a quienes logra tocar. Aunque este espíritu aborrece todo lo que está relacionado con la piedad, con frecuencia se disfraza de ella para no descubrir el odio que lleva adentro.

La definición de “odio” de acuerdo al Diccionario de la Real Academia Española es la siguiente:7 “Antipatía y aversión hacia alguna cosa o persona cuyo mal se desea”. En las Escrituras, la palabra odio puede también significar “amar menos”. Jesús la utilizó en este sentido cuando les dijo a sus discípulos: “Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun su propia vida, no puede ser mi discípulo” (Lucas 14:26). Con esto no quiso decir que tanto ellos como nosotros deberíamos despreciar a nuestra familia para poder ser sus fervientes discípulos, sino que no deberíamos dar mayor prioridad al amor por nuestros parientes naturales que a nuestro amor por Él.

Es el odio, con frecuencia, el que se encarga de maquinar las envidias, las frustraciones, las hostilidades, la repugnancia, la ira y los actos violentos. El odio nos puede causar la muerte por no conducir a más alta velocidad en la autopista o por no responder inmediatamente al cambio de luz del semáforo. El odio nos puede hacer que guardemos rencores, que nos deterioremos espiritualmente por nuestra renuencia a perdonar, que levantemos falsos testimonios y que ocultamente deseemos la muerte de alguien.

Las Escrituras nos advierten que no debemos aborrecer a nuestros hermanos en nuestro corazón (Levítico 19:17). En 1 Juan 3:15, leemos lo siguiente: “Todo aquel que aborrece a su hermano es homicida; y sabéis que ningún homicida tiene vida eterna permanente en él”. Este versículo nos muestra las intenciones del ministerio pastoral satánico de impedir que recibamos nuestra herencia. Por tanto “…para que Satanás no gane ventaja alguna sobre nosotros”; no ignoremos “sus maquinaciones” (2 Corintios 2:11).

El odio es una pasión violenta (Salmos 25:19): despierta rencillas; devuelve mal por bien y odio por amor; pelea sin causa (Proverbios 10:12; Salmos 109:3-5). “El que odia disimula con sus labios; mas en su interior maquina engaño. Cuando hablare amigablemente, no le creas; porque siete abominaciones hay en su corazón. Aunque su odio se cubra con disimulo, su maldad será descubierta en la congregación” (Proverbios 26: 24-26).

7 Diccionario Hispánico Universal, 2 vol. W. M. Jackson, Inc., Editores, México, 1965.

El odio muchas veces se alimenta de la envidia. Una vez que su deseo ha sido satisfecho, y puesto que carece de escrúpulos, se deshace de las mismas personas en las cuales había concentrado su atención. El pasaje en Génesis 37, que habla de las obras de maldad cometidas contra José por sus propios hermanos, nos revela un odio que va aumentando poco a poco hasta “madurar” en un odio más malvado.

“Y viendo sus hermanos que su padre lo amaba más que a todos sus hermanos, le aborrecían” (Génesis 37:4). Y “llegaron a aborrecerle más todavía” cuando el Señor le dio a José dos sueños sobre el plan que Él tenía para su vida (versículo 5). Al darse cuenta sus hermanos de lo que esos sueños significaban, su odio se encendió de envidia (versículo 11).

Poco tiempo después “…conspiraron contra él para matarle”; pero luego, cambiando de parecer, decidieron venderlo a los mercaderes madianitas para así no tener que encubrir su muerte ¡y además recibir ganancia! (versículos 18-28). Más tarde trajeron la túnica de José a su padre y, tratando de encubrir su acto despiadado con una mentira, dijeron: “Esto hemos hallado; reconoce ahora si es la túnica de tu hijo, o no” (versículo 32).

Como podemos ver en este ejemplo, la envidia y los malentendidos no sólo son capaces de conducirnos hacia el odio, sino que además lo alimentan. Y a medida que el odio va aumentando nos lleva a cometer actos que son típicos de todo acto motivado por el odio. Éste es el resultado de la influencia de carácter progresivo del “pastor” satánico.

El odio proviene de la naturaleza carnal; es una emoción de la cual todos nosotros nos debemos guardar (Gálatas 5:19-21). Nadie está exento de caer bajo su influencia sutil, a menos que haya aprendido a andar en el Espíritu y a no satisfacer los deseos de la carne (Gálatas 5:16).

Si alguien es atormentado de continuo con pensamientos cargados de odio que lo mueven a actuar en contra de su prójimo, no se desanime. Sus marcas satánicas pueden ser quitadas “…por el lavamiento de la regeneración y por la renovación del Espíritu Santo, el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo nuestro Salvador” (Tito 3:3-7). Este lavamiento no se limita a nuestra regeneración inicial sino que sigue actuando en nosotros para renovar todos los aspectos de nuestra vida.

El maestro satánico

El “maestro” satánico se caracteriza por un espíritu de iniquidad y obra en conjunto con el espíritu “pastoral” de odio. Para entender más claramente cómo funciona este “ministerio” necesitamos ver nuevamente su definición. Iniquidad significa “desviarse de lo que es recto o justo” y puede manifestarse de diversas maneras. Una de ellas es la anarquía, que, por ser una afrenta a la ley de Dios, viene a ser también una de las formas de la iniquidad.

Las Escrituras nos dicen que en los postreros tiempos muchos tropezarán y se entregarán unos a otros y unos a otros se aborrecerán. Esto a su vez los expondrá al peligro de caer bajo la influencia de falsos profetas por medio de los cuales serán engañados. Y luego “…por habers multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará” (Mateo 24:10-12).

En 2 Timoteo 4:3-4, dice: “…vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias, y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas”.

Los que apartan su oído de la verdad y se vuelven a las fábulas manifiestan una desviación cada vez mayor de las reglas morales y una falta de respeto a todo tipo de ley, lo cual nos indica cuán efectiva es la obra del espíritu de iniquidad. Este espíritu se aprovecha de puntos que no son muy claros en los senderos de la verdad y de la responsabilidad, para distorsionarlos. Luego se los enseña a aquellos que están bajo su hechizo. La constante demanda de portavoces falsos por grupos que abogan por “derechos especiales” que los libren de toda responsabilidad, así como todo ese rollo conformista de los arquitectos ateos de la sociedad que toman posiciones neutras para no ofender a nadie, son clara evidencia de qué tan afianzada está la iniquidad en la sociedad actual. ¿Podrá una persona en su sano juicio dudar que ya estamos en los postreros tiempos?

Nuestro Dios es santo e inmutable: “Él es la Roca, cuya obra es perfecta, porque todos sus caminos son rectitud; Dios de verdad y sin ninguna iniquidad en él; es justo y recto” (Deuteronomio 32:4). En Habacuc 1:13, dice así: “Muy limpio eres de ojos para ver el mal, ni puedes ver el agravio…”

El espíritu de iniquidad sabe que Dios es santo y que se aparta completamente de cualquier forma del mal, por eso nos quiere mantener marcados con todo aquello que no es recto delante del Señor. Él sabe que si logra hacernos contemplar la iniquidad en nuestro corazón, el Señor no escuchará nuestras oraciones (Salmos 66:18), ya que Él aborrece a todos los que hacen iniquidad y no se complace en la maldad (Salmos 5: 4-5).

El enemigo conoce también el principio expresado en Isaías 59:2, que dice: “Pero vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y nuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír”. Sabiendo que Dios se complace en hacer el bien a sus hijos, la experiencia le ha enseñado al enemigo que “…vuestras iniquidades han estorbado estas cosas, y vuestros pecados apartaron de vosotros el bien” (Jeremías 5:25).

Un ejemplo muy claro sobre este principio se encuentra en Números, del capítulo veintidós al veinticinco, donde Balac contrató a Balaam para que maldijese al pueblo de Israel. Tres veces trató el renegado profeta de maldecir a Israel, y tres veces volvió Dios la maldición en bendición. Y para no desaprovechar la oportunidad de recibir una recompensa, Balaam aconsejó a los moabitas que tentasen a Israel para que éste fornicase con las rameras del templo. El consejo tuvo éxito y Dios, que anteriormente había convertido la maldición en bendición, envió una plaga que mató a veinticuatro mil israelitas.

¿Y por qué hizo Dios esto? Porque la iniquidad de los hijos de Israel había enfurecido al Señor de tal manera, que tuvo que retener su bendición. Les envió la plaga con la esperanza de que reconociesen lo equivocado de sus caminos y se arrepintiesen.

Definiciones de iniquidad

Las Escrituras proporcionan un gran número de definiciones y ejemplos sobre la iniquidad que nos permiten ver si llevamos todavía las marcas de ese “ministerio de maestro”. En Salmos 28:3, leemos lo siguiente: “No me arrebates juntamente con los malos, y con los que hacen iniquidad, los cuales hablan paz con sus prójimos, pero la maldad está en su corazón”.

Según este versículo, nosotros podemos manifestar iniquidad cuando decimos que vamos a hacer una cosa pero en realidad nos disponemos a hacer otra muy diferente. Cada vez que insinuamos que vamos a hacer algo, pero en secreto sabemos que no lo vamos a hacer, estamos obrando iniquidad.

En Isaías 53:6, se nos da el siguiente ejemplo: “Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jahová cargó en él el pecado de todos nosotros”. Aquí vemos que iniquidad significa apartarse del camino de Dios para seguir el suyo propio. Oseas dijo algo similar: “Habéis arado impiedad, y segasteis iniquidad; comeréis fruto de mentira, porque confiaste en tu camino y en la multitud de tus valientes” (Oseas 10:13). El confiar en nuestro propio camino es desviarnos continuamente de la “rectitud” de Dios prescrita para el hombre desde el principio, y es una manifestación de la iniquidad. Proverbios 20:24 lo resume muy bien: “De Jehová son los pasos del hombre; ¿cómo, pues, entenderá el hombre su camino?

Jesús nos dio un ejemplo extraordinario sobre las obras de iniquidad en Mateo 7:21-23. En estos versículos les dijo a sus discípulos que, no son las obras milagrosas que uno pueda hacer lo que al final va a demostrar si tenemos una verdadera relación con Él, sino la calidad de nuestra vida espiritual: “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos”.

Y añadió lo siguiente: “Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?” Desgraciadamente, Él dijo que a muchos les declararía “…nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad”.

Esas palabras de Jesús han causado mucha especulación sobre cuál era la condición de las personas a las que Él se estaba refiriendo. Seguramente que eran personas nacidas de nuevo, pues, en I Corintios 12:3, dice: “…nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo”. Podemos observar, también, que Jesús no puso en duda las obras del ministerio espiritual que ellos alegaban haber ejecutado, sino que simplemente los acusó de no haber mantenido una relación recta con Él al hacer tales obras.

El vocablo griego GINOSKO que se traduce como “conocí” en este texto, es la clave para entender el porqué se les llamó a estas personas hacedoras de iniquidad. Cuando consideramos los diferentes matices del significado de esta palabra, nos damos cuenta de que lo que Jesús estaba diciendo verdaderamente era: “Nunca [al estar ustedes haciendo sus obras] he tenido una relación aceptable con ustedes”.

Esto demuestra que las obras no fueron hechas para la gloria del Señor, sino para el reconocimiento y mérito de quienes las hicieron. Pero el Señor no dará su gloria a otro (Isaías 48:11). Tampoco honrará a aquellos que no declaren la justicia de Dios, es decir, su “rectitud”, al hacer las obras. Cuando las obras se hacen por interés propio son obras de iniquidad.

Del mismo modo, Jesús reprendió la mojigatería de los escribas y fariseos, diciéndoles: “Así también vosotros por fuera, a la verdad, os mostráis justos a los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía e iniquidad” (Mateo 23:28).

Todos hemos sido “formados en maldad y concebidos en pecado” (Salmos 51:5) y Dios bien lo sabe. Esa es la razón por la cual Él nos proveyó de redención a través de la sangre que derramó Jesús. El que nosotros permitamos que las huellas hereditarias del pecado y las marcas satánicas de la iniquidad permanezcan en nuestra “imagen” espiritual, es una afrenta a la santidad del carácter de Dios y a la bondad de su naturaleza. Y, aún peor, es el hecho de que continuemos en tal extravío después de haber sido limpiados de nuestra condición congénita.

El espíritu de perversión

El sexto “ministerio” de la mano satánica es el espíritu de perversión, el cual representa la plenitud de los otro cinco ministerios. Dios jamás tuvo la intención de crear un hombre que tuviese más de cinco dedos en cada mano y en cada pie; por lo tanto, el sexto dedo viene a ser una perversión del propósito creador de Dios.

La definición del término “pervertir” según el Diccionario Hispánico Universal 8 es la siguiente:

“Perturbar el orden o estado de las cosas. Viciar con malas doctrinas o ejemplos las costumbres, la fe, el gusto, etc.” Si ampliásemos la definición, sería: “Arruinar completamente el carácter o las cualidades de algo o de alguien”. La perversión es el resultado de algo que ha sido pervertido.

Nosotros fuimos entregados a la perversión y a la iniquidad cuando nuestros antepasados en el Paraíso Terrenal se alejaron del propósito eterno de Dios. Tan sólo una generación después de esa gran traición, Caín fue capaz de matar a Abel en un arrebato de celos; y cinco generaciones después, el hombre se encontraba envuelto en la depravación.

El espíritu de perversión distorsiona todo lo que Dios llama recto y moral y paulatinamente va haciendo que su depravación sea aceptable a aquellos que se encuentran bajo su influencia. Al adulterar los valores divinos, este espíritu hace que uno pierda su dignidad, lo cual a su vez obliga a Dios a permitir que la perversión nos mantenga en esclavitud. Ejemplos de esto pueden ser: una obvia desviación moral (homosexualidad, sadomasoquismo, etc.) o algo tan sutil como los “…hombres impíos, que convierten en libertinaje la gracia de nuestro Dios, y niegan a Dios el único soberano, y a nuestro Señor Jesucristo” (Judas 1:4-6). Porque aunque les prometen libertad “…son ellos mismos esclavos de corrupción. Porque el que es vencido por alguno es hecho esclavo del que lo venció” (2 Pedro 2:19; ver también Romanos 1: 21-32).

En Proverbios 12:8, dice: “…el perverso de corazón será menospreciado”. Después, en Proverbios 14:2, se ofrece un contraste muy marcado entre el justo y el perverso: “El que camina en su rectitud teme a Jehová; mas el de caminos pervertidos lo menosprecia”. Esto nos muestra la verdadera naturaleza de la perversión, la cual desdeña al Señor y no le tiene en estima ni a Él ni a nada de lo que Él representa. No es de sorprender que este espíritu se deleite en la mentira, la codicia, el temor, el odio y la iniquidad.

8 Diccionario Hispánico Universal, 2 vol. W. M. Jackson, Inc., Editores, México, 1965.

En Lucas 16, Jesús nos hace una advertencia sobre aquello de lo cual debemos guardarnos en lo que concierne al espíritu de perversión. En el versículo quince, dice: “…porque lo que los hombres tienen por sublime, delante de Dios es abominación”. Aquí hemos de entender que cuando hay algo que goza de gran popularidad y que parece que “todo el mundo lo está haciendo”, ¡más vale que nos alejemos de ello! También debemos sospechar de aquello que la iglesia introduce con gran publicidad y que logra atraer fácilmente a multitudes de personas. De la misma manera en que la perversión moral ha penetrado todos los aspectos de la sociedad de nuestro tiempo, así también la adulteración de la verdad es un hecho palpable en la iglesia “tolerante” de hoy.

Es muy probable, que cuando Isaías miró en el corredor del tiempo y divisó nuestro día, haya enunciado estos lamentos: “¡Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz; que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo!

“¡Ay de los sabios en sus propios ojos, y de los que son prudentes delante de sí mismos! ¡Ay de los que son valientes para beber vino, y hombres fuertes para mezclar bebida; los que justifican al impío mediante cohecho, y al justo quitar su derecho!” (Isaías 5:20-23).

Todos esos políticos que han caído en la corrupción y sólo buscan la ganancia personal, hablan de más cuando hacen promesas vacías y sin veracidad con el propósito de ganar votos. Los legisladores faltos de discernimiento “cuelan el mosquito y tragan el camello” (Mateo 23:24) al debatir la validez social de los “matrimonios” del mismo sexo. Los jueces desleales devuelven criminales peligrosos a las calles después de que han cometido los actos más atroces. A los niños, cuya inocencia ha sido arrebatada, las escuelas les enseñan a leer con libros que son una aberración porque hablan explícitamente de “alternativas en los estilos de vida”. Ciertamente, el hombre “sabio” de hoy ha enloquecido bajo el hechizo de la perversión.

El espíritu de corrupción se ha infiltrado en los pensamientos, actitudes, diversiones, hogares y dormitorios de más gente de la que uno se pueda imaginar. Parece ser que Satanás se le está adelantando a Dios al lograr llegar a la plenitud de su imagen a través del misterio de la iniquidad. Hasta hoy su programa ha tenido éxito en todos los países y sociedades del mundo, así como en todas las actividades y ocupaciones del hombre. Pero, ¿acaso significa esto que él ha ganado la batalla?

Conclusión

Justo en el tiempo apropiado está Dios llevando a término el misterio de la divinidad. Incluso está formando un pueblo de creyentes que le han implorado que los limpie de toda marca o huella que la mano satánica les haya puesto. Estos creyentes confían en el conocimiento que tienen de Dios y en la certidumbre de que muy pronto las únicas marcas que llevarán en su “aura” espiritual serán las marcas que con el sacrificio de sangre compró nuestro Señor Jesucristo.

El ser liberados de las marcas de la mano satánica les permitirá hacer todo “sin murmuraciones y contiendas” para así ser “irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha en medio de una generación maligna y perversa…asidos de la palabra de vida” ante aquellos que todavía se encuentran atrapados en las redes de la mano satánica (Filipenses 2:14-15). El tiempo en que esa liberación se ha de llevar a cabo es precisamente ahora.

Si hay alguien que después de haber leído este artículo se haya dado cuenta de que todavía lleva algunas de las marcas satánicas, únase a David el salmista en aquella oración en la cual le suplica a Dios que lo limpie: “Aparta de mí el camino de la mentira, y en tu misericordia concédeme tu ley. Escogí el camino de la verdad; he puesto tus juicios delante de mí”.

“Purifícame con hisopo, y seré limpio; lávame, y seré más blanco que la nieve. Hazme oír gozo y alegría, y se recrearán los huesos que has abatido.

“Esconde tu rostro de mis pecados, y borra todas mis maldades. Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí.

“No me eches de delante de ti, y no quites de mí tu santo Espíritu. Vuélveme el gozo de tu salvación, y espíritu noble me sustente”. (Salmos 119:29-30; 51:7-12).

Dios responderá a toda súplica sincera de nuestra parte y en su gran bondad empezará el proceso de purificación en nosotros. Debemos insistirle hasta que nos limpie de toda marca satánica y nos restablezca en el gozo y libertad de nuestra gran salvación.

El Señor ha decidido manifestar a su Hijo en nosotros y permitirnos formar parte de la ciudad santa que Él está preparando. No obstante, debemos recordar que “no entrará en ella ninguna cosa inmunda, o que hace abominación y mentira, sino solamente los que están inscritos en el libro de la vida del Cordero” (Apocalipsis 21:27).

Para poder participar de ello, debemos procurar hacer firme nuestra vocación y elección (2 Pedro 1:10). “En esto se ha perfeccionado el amor en nosotros, para que tengamos confianza en el día del juicio; pues como él es, así somos nosotros en este mundo” (1 Juan 4:17).

Estudio escrito por
Eli Miller

Derechos Reservados 1998-2000 Traducción: Sara Weedman

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