La Prueba del Tiempo

La vida consiste en una serie de decisiones, de las cuales unas son capaces de transformar nuestras vidas mientras que otras son menos importantes. Pero, ya sean de índole natural o espiritual, todas nuestras decisiones determinan la calidad de vida y el ambiente de que disfrutamos.

Un aspecto importante que hay que considerar al hacer nuestras decisiones es la manera en que empleamos nuestro tiempo. Todos tenemos la misma cantidad de tiempo a nuestra disposición, pues, aunque algunas personas vivan más tiempo que otras, todos disponemos de veinticuatro horas al día que debemos aprovechar. Las Escrituras nos advierten que debemos hacer buen uso del tiempo porque “los días son malos” (Efesios 5:16) y porque “nada hay nuevo debajo del sol” (Ecclesiastés 1:9). Y, aunque no lo parezca, es posible que haya más iniquidad en estos tiempos que en generaciones pasadas.

El Señor usa el tiempo como un recurso para examinar tanto nuestro amor hacia Él como nuestra obediencia a su palabra. De todas las experiencias por las cuales Él nos hace pasar, la prueba del tiempo es quizás el reto más grande. Es también la prueba en la cual muchos creyentes comprometen su fe y caen de nuevo en la carnalidad y en el egoísmo de servirse a sí mismos.

La segunda epístola de Pedro nos muestra unas verdades que se relacionan con la prueba del tiempo y su manera de funcionar. En este estudio examinaremos esos principios en detalle para ver cómo se relacionan con nuestra fe en las promesas de Dios.

La justicia de Dios

“Simón Pedro, siervo y apóstol de Jesucristo, a los que habéis alcanzado, por la justicia de nuestro Dios y Salvador Jesucristo, una fe igualmente preciosa que la nuestra…”. (2 Pedro 1:1)

¿Creemos nosotros haber alcanzado una fe tan preciosa como la de Pedro? Ojalá que sí, pues la fe verdadera es algo muy valioso y difícil de encontrar. Debemos alimentarla, defenderla y cuidar de ella con gran diligencia. En la primera página de mi Biblia tengo escrito lo siguiente: “La única y verdadera calamidad en la vida es perder nuestra fe en Dios”. No importa con qué problemas nos encontremos en la vida, el perder la fe en Dios es la única calamidad que en realidad podemos padecer. Sin fe no podemos vivir más que en un plano natural y carnal, limitados a nuestras habilidades naturales.

Al dirigirse a sus lectores en esta epístola, Pedro reconoce que estos habían alcanzado una fe tan preciosa como la de aquellos que habían conocido a Jesús en persona. Y mencionó también que esta fe se alcanza por medio de la justicia divina.

Si alguien nos preguntara que si Dios es justo, tal vez le diríamos que sí. Pero qué tal si luego nos preguntase: ¿Y cómo saben ustedes que Él es justo? Si la fe viene por la justicia de Dios, tenemos que estar completamente convencidos de que Él es justo o de lo contrario no podremos tener fe en lo que Él dice. En el libro de Nehemías 9:8, hay un principio que nos ayudará a entender esto.

Con respecto a Abraham, Nehemías dijo estas palabras: “Y hallaste fiel su corazón delante de ti, e hiciste pacto con él para darle la tierra… para darla a su descendencia: y cumpliste tu palabra, porque eres justo”.

Sabemos que Dios es justo porque siempre cumple su palabra. Y cuando aceptamos y reconocemos que Él es justo porque cumple su palabra entonces podemos ejercer la fe en Dios. Si por puro capricho Dios cambiara repentinamente de parecer, no tendríamos nada en qué basar nuestra fe. Pero Dios no cambia; Él es absoluto. Podemos confiar en Él y estar seguros (en fe) de que cumplirá su palabra. Él dijo que su palabra no volvería a Él vacía, sino que siempre cumpliría el propósito por el cual fue enviada (ver Isaías 55:11).

El día en que nos acercamos al Señor y le entregamos nuestra vida fue un día muy especial para nosotros. Aunque no habíamos tenido previamente una experiencia con el Señor, Él nos hizo ver de alguna manera lo alejados que estábamos de Él y permitió que cobrara vida en nosotros ese don precioso que nos dio al nacer. Ese don, que es la semilla de fe mencionada en Romanos 12:3 —la medida de fe repartida a cada persona—. Y ésta no es UNA medida de fe, sino LA medida de fe.

Si decimos UNA medida insinuamos que algunas personas pudieron haber recibido más fe al principio que otras. De ser así, Dios hace acepción de personas. Pero el hecho de que Él haya dado a cada persona LA medida de fe significa que cada persona recibió una cantidad determinada de fe.

Esa cantidad determinada de fe nos ayudó a creer en Dios y a responder con gozo a la palabra que dice que Dios nos ama y ha hecho las preparaciones necesarias para nuestra redención. Esa capacidad de responder no la adquirimos gracias a nuestros propios esfuerzos, ni a que de antemano tuvimos algo en qué basar nuestra creencia de que Dios nos redimiría tal como lo prometió. Esa capacidad de creer fue un don de Dios; un don de fe que Él puso en nuestro corazón para que pudiésemos responderle cada vez que Él nos mostrase su amor.

En Romanos 10:17, dice lo siguiente: “Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios”. Esto no significa que la fe que recibimos en un principio fue por oír la palabra de Dios. Esta fe ya existía en nosotros como un don, el cual cobró vida cuando oímos la palabra. La fe es la capacidad sobrenatural que tenemos para responder al amor de Dios aún sin tener la experiencia de haber tratado con Él. La fe nos ayuda a creer en la promesa de que si nos arrepentimos y nos apartamos de la maldad Dios perdonará nuestras ofensas y nos limpiará para que podamos presentarnos ante Él como si nunca hubiésemos pecado.

Cuando respondemos con fe a la palabra de Dios, sentimos de inmediato la paz de saber que Él ha cumplido su promesa; sentimos como si nos han quitado un peso de encima o una venda de los ojos. De pronto el cielo parece estar más azul que nunca, las flores más radiantes y el prado más verde.

Esa capacidad de creer en lo que Dios nos ha prometido es como un don que nos inicia en el camino hacia una fe más grande. Ya andando en el camino, aprendemos que Dios es verdaderamente justo y podemos confiar en su palabra.

A medida que aprendemos más del Señor y vemos que verdaderamente contesta nuestras oraciones, nuestra confianza en Él aumenta. Y, cuando nos enteramos de que hay otra experiencia en Cristo llamada bautismo del Espíritu Santo, nuestro deseo es avanzar otro paso en la fe y confiar en que Él nos dará también esa experiencia. Más adelante en el camino, el Señor nos envía desafíos todavía mayores para darnos la oportunidad de confiar cada vez más en Él.

¿Y qué se logra con toda esta serie de experiencias? Estas experiencias nos enseñan que podemos confiar en la palabra de Dios, pues nuestra confianza en la integridad de su naturaleza va aumentando. Es decir que cada vez estamos más convencidos de que no importa qué tantos desafíos encontremos en nuestro camino Dios es justo y cumple su palabra. Es con esta certeza en nuestro corazón que podemos caminar como caminó Abraham: “Plenamente convencido de que era también poderoso para hacer todo lo que había prometido” (Romanos 4:21).

Desafortunadamente, muchos creyentes recurren a la carne para cumplir las obras que solamente Dios puede hacer. Hay creyentes que, cuando son nuevos en la fe, confían en Dios totalmente para que los sane de sus enfermedades y los libre de toda clase de problemas. Pero después que han sido “cristianos maduros” por un tiempo, ya no vacilan en llamar al médico tan pronto como algo los aflige y en tomar sus medicinas.

No es que esté en contra de los médicos. Si alguien necesita un médico, está bien que lo consiga. Pero debemos entender que no vamos a alcanzar una madurez espiritual si dependemos de medicinas o del médico. Ésa es la prueba del tiempo. Dios quiere saber si en medio de la prueba seguiremos creyendo que Él es lo suficientemente justo para cumplir su palabra, que es la de perdonar todas nuestras iniquidades y sanar todas nuestras dolencias (Salmos 103:3).

Por favor no me malentiendan. No estoy tratando de condenar a nadie que esté bajo el cuidado de un médico o que padezca de una enfermedad de muerte. Se trata aquí de un principio espiritual. En Isaías 30:1-3, dice así: “¡Ay de los hijos que se apartan, dice Jehová, para tomar consejo, y no de mí; para cobijarse con cubierta, y no de mi espíritu, añadiendo pecado a pecado!

“Que se apartan para descender a Egipto, y no han preguntado de mi boca; para fortalecerse con la fuerza de Faraón, y poner su esperanza en la sombra de Egipto. Pero la fuerza de Faraón se os tornará en vergüenza, y el amparo en la sombra de Egipto en confusión”.

Cada vez que nos enfrentamos a una situación difícil, debemos confiar firmemente en la integridad de la naturaleza de Dios y estar totalmente convencidos de que Él cumplirá sus promesas, tanto las positivas como las negativas. Dios ha prometido bendecir nuestra obediencia a su palabra y maldecir nuestra desobediencia. Y porque Dios es íntegro en su naturaleza Él cumplirá todas sus promesas.

El conocimiento de Dios

El apóstol Pedro continúa su epístola con estas palabras: “Gracia y paz os sean muliplicadas, en el conocimiento de Dios y de nuestro Señor Jesús” (2 Pedro 1:2).

La gracia y la paz del Señor nos son multiplicadas a medida que le conocemos mejor. Conocerle mejor no significa simplemente tener un conocimiento acerca de Él o estar seguros de que la teología y las doctrinas a las cuales nos apegamos son correctas. Conocerle mejor quiere decir que verdaderamente conocemos tanto al Padre como a nuestro Señor Jesucristo, lo cual en sí nos trae una mayor paz. Hay quienes sólo quieren conocer a Jesús, sin saber que Jesús vino precisamente a revelar al Padre.

“Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia” (2 Pedro 1:3).

El Señor nos ha dado todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad. Esto quiere decir que todo lo que hemos de necesitar para nuestra vida natural y espiritual ya lo tenemos a nuestra disposición. Está en nuestro espíritu. Lo único que nos hace falta es creer que verdaderamente tenemos esa provisión y utilizarla para que así pase a formar parte de nuestra vida. Dicho de otro modo, nuestra salvación está tan completa como nosotros creamos que lo está.

Si todavía hubiese algo que añadir a lo que Jesús hizo en el Calvario significaría que la expiación no se consumó. Pero si la expiación no se hubiese consumado, entonces Él tampoco hubiera resucitado de entre los muertos. No hay nada que añadir a lo que el Señor ya realizó en el Calvario; sólo necesitamos creer y entender lo que Él ha hecho, y con nuestro espíritu así redimido, decir: “Señor, sea en mí conforme a tu palabra”.

Es por esto que en Filipenses 2:12 dice: “…ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor”. No dice que tenemos que producir nuestra salvación, pues la salvación ya está en nosotros. Ni tampoco que necesitamos más intervención del Espíritu Santo o más unción para completar nuestra redención nosotros mismos. Lo que necesitamos es confiar más en la Palabra de Dios, de manera que lo que ya está en nosotros pueda brotar y manifestarse en nuestras vidas.

Preciosas y grandísimas promesas

“Por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia”. (2 Pedro 1:4)

Dios nos ha dado grandes promesas. La palabra “promesas” aparece en el Nuevo Testamento sólo una vez más (2 Pedro 3:13). Al combinar los diversos matices del significado de la palabra en el original vemos que “promesas” significa “un compromiso declarado públicamente”. Esto quiere decir que Dios se ha comprometido públicamente a cumplir ciertas promesas. Estas promesas, ya sean de índole individual o general, tienen como fin ayudarnos a participar de la naturaleza divina; y mientras más participemos de esa naturaleza, más a salvo estaremos de la corrupción del mundo.

Tenemos que entender que no somos simplemente unos pobres pecadores a quienes la gracia de Dios ha salvado. Es cierto que hemos sido pecadores, pero ahora que hemos recibido al Señor tenemos el llamado a ser partícipes de su naturaleza divina, así como la capacidad de llevar a cabo ese llamado. Esto no quiere decir que ahora Dios va a tolerar más nuestra antigua naturaleza, sino que nuestra mente se irá renovando a medida que aceptemos las promesas de Dios. Como resultado de esto, ya no vamos a caminar de acuerdo a nuestra perspectiva natural sino de acuerdo a la perspectiva divina. Nuestras reacciones serán más como las de Cristo y estarán en armonía con su naturaleza.

Dios no puede estar en unión con algo que no coincida totalmente con su naturaleza divina. Él puede crear algo que no coincida con su naturaleza, pero no puede unirse a ello. Por ejemplo, Dios, que es luz, creó las tinieblas, y aunque Él es bueno, también creó la adversidad y el mal (ver Isaías 45:7).

El que Dios pueda crear todo lo que a Él le plazca no significa que va a tener comunión con ello. Él solamente puede unirse e identificarse con algo que coincida perfectamente con su naturaleza divina e incorruptible. Él sabe que nosotros nos aferramos a nuestra propia mortalidad, de allí que obre en nosotros para que logremos tener su visión y nos podamos unir a Él.

La vida incorruptible de Dios sólo puede provenir de Él mismo. De manera que si deseamos tener la vida de Dios, tenemos que llegar a ser incorruptibles en su naturaleza divina. Esto se logra poco a poco, línea tras línea, precepto tras precepto, hasta que se llega a tener una perfecta unión con Él. Tan pronto como tengamos esa perfecta unión con el Señor, estaremos de acuerdo en que lo único de valor o trascendencia eterna es aquello que es divino e incorruptible.

Dios nos enseña esto a través de sus promesas. De hecho, todo lo que Dios le ha dado al hombre siempre se lo ha dado primero en forma de semillas de promesa. A medida que el hombre responde a las promesas de Dios, éstas obran de tal manera en él que llegan a cumplirse ya sea para obediencia o para desobediencia.

Todas las promesas que recibimos de Dios tienen que pasar por la prueba del tiempo o de lo contrario no serían promesas. La prueba del tiempo puede durar un período relativamente corto o puede durar semanas, meses o hasta años. No importa qué tanto tiempo dure la prueba. El tiempo es solamente para nuestro beneficio. Dios vive en la eternidad y para Él el tiempo no es de ningún provecho. De allí que un día del Señor sea como mil años y mil años sean como un día (2 Pedro 3:8).

Respuesta a las promesas

Hebreos 3:10-11 hace alusión a la generación de Israel cuando ésta no pudo pasar la prueba del tiempo. En referencia a la rebeldía de corazón que Israel mostró hacia Dios en el desierto, dice: “A causa de lo cual me disgusté [dice Dios] contra esa generación, y dije: Siempre andan vagando en su corazón, y no han conocido mis caminos. Por tanto juré en mi ira: No entrarán en mi reposo”.

Un pensamiento análogo, para los creyentes del Nuevo Testamento, lo encontramos en el versículo 14: “Porque somos hechos participantes de Cristo, con tal que retengamos firme hasta el fin nuestra confianza del principio”. El que Israel entrase en la tierra prometida equivale a nuestra participación plena de Cristo. Varios versículos más adelante se nos dice por qué la generación que salió de Egipto no pudo entrar en la Tierra Prometida: “¿Y a quiénes juró que no entrarían en su reposo, sino a aquellos que desobedecieron? Y vemos que no pudieron entrar a causa de incredulidad” (Hebreos 3:18-19).

Aquí hay algunos puntos básicos qué observar. Cuando Israel salió de Egipto, el tiempo era el correcto para poseer la tierra prometida; Israel era el pueblo correcto para poseerla y Dios estaba listo para dársela. Lo único que impidió que se cumpliera la promesa fue la obstinada incredulidad del pueblo. Y lo mismo sucede con nosotros hoy en día: nuestra incredulidad es lo único que impide que se cumplan las promesas que tenemos en Cristo.

Reflexionemos un poco sobre esto. Dios le había dicho a Israel: “Yo quiero darte la tierra que le prometí a Abraham. Los viñedos y los campos están listos para la cosecha, las ciudades ya están construidas. Ve, entra y poséela. Es tu herencia”. Pero cuando llegaron a los límites de la tierra prometida y descubrieron que había gigantes, dijeron: “No podemos entrar a poseerla”. Ese mismo temor e incredulidad que impidió que Israel recibiese su herencia prometida también impedirá que nosotros disfrutemos de lo que Dios nos ha prometido en Cristo.

Esa es la razón por la cual, en Hebreos 4:1-2, dice: “Temamos, pues, no sea que permaneciendo aún la promesa de entrar en su reposo, alguno de vosotros parezca no haberlo alcanzado. Porque también a nosotros se nos ha anunciado la buena nueva como a ellos; pero no les aprovechó el oír la palabra, por no ir acompañada de fe en los que la oyeron”.

Israel estaba en el lugar correcto y en el tiempo correcto para recibir la herencia y Dios estaba listo para dársela. Lo único que le faltaba a Israel era añadir fe a la palabra. Cuando nosotros recibimos una promesa de Dios, hay dos cosas que en esencia podemos hacer durante la prueba del tiempo: creer y recibir la promesa o dudar y quedarnos sin ella.

Fe y duda

Hebreos 6:11-12 habla de cómo debemos conducirnos durante la prueba del tiempo desde el momento en que recibimos la promesa hasta el momento en que ésta se cumple: “Pero deseamos que cada uno de vosotros muestre la misma solicitud hasta el fin, para plena certeza de la esperanza, a fin de que no os hagáis perezosos, sino imitadores de aquellos que por la fe y la paciencia heredan las promesas”.

Si hemos de ser partícipes de la naturaleza divina y de todo lo que esto significa, tenemos que esmerarnos en depositar nuestra fe personal en las promesas. Para participar de la naturaleza de Dios no nos va a ayudar el que nuestros padres o nuestros respetados ministros tengan una relación íntima con el Señor, ni el que seamos de cierta nacionalidad o credo religioso. Nosotros mismos debemos esforzarnos en mantener nuestra fe individual en esas promesas hasta que éstas se cumplan.

Otra posibilidad, con respecto a las promesas, se encuentra en Hebreos 2:1-3: “Por tanto, es necesario que con más diligencia atendamos a las cosas que hemos oído, no sea que nos deslicemos. Porque si la palabra dicha por medio de los ángeles fue firme, y toda transgresión y desobediencia recibió justa retribución, ¿cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande? La cual, habiendo sido anunciada primeramente por el Señor, nos fue confirmada por los que oyeron”.

La frase que dice “no sea que nos deslicemos” se refiere al resultado de descuidar las promesas. No importa si las descuidamos cuando apenas las hemos recibido o justo antes de que se cumplan: si no atendemos con diligencia a la promesas de Dios, el resultado final será siempre el mismo.

Si definimos los términos “fe” y “duda” podremos ver más claramente la manera en que respondemos a las promesas de Dios. Fe significa “tener una completa confianza en algo”. En nuestro caso, lo único en lo cual podemos tener fe es en Dios y en lo que Él nos ha prometido.

Dios es santo, pero además de ser santo es justo porque cumple sus promesas. Cada vez que pasamos por una situación difícil se pone a prueba nuestra fe: ¿seguiremos creyendo que Dios es justo o declararemos nuestra propia justicia? Si repudiamos lo que Dios dice es porque creemos que nuestra opinión vale más que su palabra. Es como si dijésemos: “Yo soy más justo que Dios porque no creo que Él cumple lo que promete”.

Fe es tener confianza en la palabra que se ha recibido de Dios y esperar en Él para que se cumpla. La única razón por la cual descuidamos la palabra de Dios es que dudamos de ella, es decir, no creemos que Dios la cumplirá en realidad. Si verdaderamente creyésemos en la palabra que hemos recibido de Él, entonces responderíamos a ella.

La razón por la cual no respondemos a lo que Dios dice es que ponemos en duda su validez. Dudamos de la seriedad de su palabra. La duda es en esencia un estado de incertidumbre. No vamos a descuidar algo en lo cual creemos. Por ejemplo, si creemos que los geranios que hemos plantado en nuestro jardín nos van a dar flores, no los vamos a descuidar. Si creemos que vamos a recibir un sueldo al final de la semana, iremos a trabajar el lunes. No descuidaremos lo que sabemos que va a suceder, pero sí descuidaremos aquello de lo cual dudamos.

Puesto que la duda es un estado de incertidumbre, no nos permite creer que Dios cumplirá lo que dijo. La duda nos hace creer que nosotros mismos debemos realizar lo que Dios prometió hacer. Pero como la duda sabe que no podemos lograrlo, hace que por medio del descuido perdamos la promesa, justificando al mismo tiempo nuestra incredulidad. Ciertamente no vamos a descuidar algo en lo cual creemos verdaderamente.

Esa es la razón por la cual algunos matrimonios fracasan. Un hombre y una mujer se comprometen en matrimonio y con el paso del tiempo cada uno da por supuesto al otro; los esposos empiezan a descuidar el compromiso de amarse, honrarse y apreciarse el uno al otro. De la misma manera, cuando Dios pide que nos comprometamos a su palabra, nos emocionamos y respondemos con fe, pero después de un tiempo nos olvidamos de ese compromiso y lo descuidamos porque empezamos a darle más importancia a nuestro propio ser que al Señor.

¿Qué significa estar comprometido? Estar comprometido significa que no vamos a contemplar alternativas. Quiere decir que no dejaremos ninguna salida por donde escaparnos si las cosas no salen como nos lo esperábamos. Dios está buscando un pueblo que tenga fe en sus promesas y que se entregue de lleno a Él de la misma manera en que Él se ha entregado a su pueblo.

Jesús murió por los pecados del mundo, pero no todo el mundo es salvo. ¿Por qué? Porque mucha gente no cree en lo que Jesús hizo por nosotros. La salvación es tan real como uno crea que lo es. Dios dijo que si confesamos nuestros pecados, nos arrepentimos y confiamos en la propiciación de Jesús, Él nos recibirá como si nunca hubiésemos pecado.

La liberación de nuestros pecados, tanto presentes como pasados, está en proporción directa a la fe que tengamos de que Dios los va a perdonar. Si nosotros no creemos que la sangre de Jesús nos libra de todo pecado, entonces nunca seremos librados de él.

Añadamos virtud a nuestra fe

Pedro dice que seremos libres de la corrupción del mundo cuando participemos de la naturaleza divina. Esto no quiere decir que sólo hasta que vayamos al cielo seremos libres de esa corrupción. El día de salvación ya está aquí. Si el Señor no pudiese guardarnos del pecado y de la corrupción ahora, no tendríamos nada en qué basar la creencia de que Él puede guardarnos eternamente. El Dios en el cual confiamos para que nos guarde eternamente es el mismo Dios que dice que el pecado no se enseñoreará de nosotros, sino que nosotros nos enseñorearemos de él (Romanos 6:12-14). Este es un don que debemos ejercitar.

¿En qué nos podemos basar para creer en un bien futuro si no tenemos un goce anticipado de éste? Muchos han caído en doctrinas erróneas por no haber entendido el principio bíblico según el cual toda esperanza profética verdadera presupone la existencia de una realidad presente. Es precisamente ahora cuando debemos probar “…el don celestial…, la buena palabra de Dios y los poderes del siglo venidero…, que es las arras de nuestra herencia, hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria” (Hebreos 6:4-5; Efesios 1:14).

En 2 Pedro 1:5, dice: “Vosotros también, poniendo toda diligencia por esto mismo, añadid a vuestra fe virtud…”

Esto significa que hay que tener mucha fe y dejar que ésta aumente cada día. Si cuando Dios nos da una promesa ponemos en ella nuestra fe, la promesa y nuestra fe así unidas empezarán a producir un cambio en nuestro carácter. Traerán como resultado excelentes valores morales en nosotros que purificarán nuestras vidas y que a su vez nos darán un entendimiento más profundo de la palabra de Dios y de su propósito en nuestras vidas. Y a medida que esto suceda, nuestro corazón y nuestro espíritu estarán más abiertos a las cosas de Dios.

Pero si durante la prueba del tiempo —no importa qué tan larga sea la prueba— dudamos de la promesa que Dios nos dio, y decimos: “No estoy seguro de que en verdad Dios vaya a cumplir esa palabra en mí”, nuestra duda empezará a comprometer la verdad de esa promesa. Empezaremos a buscar pretextos de por qué la promesa no se va a cumplir y, como consecuencia de esto, también dudaremos de la integridad de Dios.

¿En qué se basan esos pretextos? En que como parece ser que Dios no va a cumplir su palabra, nosotros tenemos que ayudarle. Pero, al darnos cuenta de que en realidad no podemos ayudarle, creemos que es porque no entendimos bien lo que Él dijo o que tal vez no haya sido eso lo que Él quiso decir —al menos no a nosotros—.

¿Y cómo nos va a nosotros en nuestra prueba del tiempo? ¿Estamos firmes en la fe o ya empezamos a dudar? —dudar, por cierto, es ser arrogantes hacia el Señor—. ¿Estamos tratando de mejorar nuestra conducta para que sea más como la de Cristo o estamos tratando de explicar por qué las promesas de Dios tal vez no sean para nosotros? Si es como esto último es que estamos proclamando que nuestra “sabiduría” es superior a la palabra de Dios.

“Vosotros también, poniendo toda diligencia por esto mismo, añadid a vuestra fe virtud; a la virtud, conocimiento…”. (2 Pedro 1:5)

El conocimiento que deriva de la excelencia moral (un carácter purificado) no es solamente un asentir mental. Es el conocimiento de Dios que adquirimos cuando pasamos tiempo en oración y “a solas en el desierto”. A medida que la excelencia moral se manifiesta en nuestro espíritu y somos lavados del pecado, el verdadero conocimiento de Dios penetra en nuestro espíritu y en nuestra conciencia. Esto nos permite ver y entender dimensiones espirituales que nunca antes habíamos conocido.

Pero si dudamos que Dios cumpla su palabra y encontramos toda clase de pretextos de por qué no la cumplirá, caeremos en conjeturas. La conjetura es la suposición de que algo es verdad aunque no haya prueba de ello. Todos esos pretextos nos llevan a suponer que estamos exentos de la promesa de Dios. Y nuestras creencias así comprometidas nos harán suponer que también estamos exentos de los requisitos morales de la palabra del Señor. Ambas suposiciones son falsas y constituyen un ataque a la integridad de Dios.

Dominio propio o complacencia

“…al conocimiento, [añadid] dominio propio…”. (2 Pedro 1:6)

El dominio propio se desarolla en nosotros a medida que conocemos más al Señor. Para tener dominio propio necesitamos saber controlar nuestra manera de comportarnos y de expresarnos. Necesitamos someternos a la disciplina del Espíritu Santo en todos los aspectos de la vida. Dominio propio es saber que “todas las cosas me son lícitas, mas no todas convienen”, por lo tanto “…no me dejaré dominar de ninguna” (1 Corintios 6:12). No es sino hasta que hayamos recibido una revelación de la gloria de Dios que podremos tener dominio propio, pues sin esta revelación sólo buscaremos nuestra propia gloria y realización.

Si dudamos que Dios cumpla sus promesas y nos dejamos llevar por conjeturas, muy pronto caeremos en la complacencia. El espíritu de complacencia siempre busca su propia gratificación, y dice: “Yo me merezco esto, me lo he ganado, y es mío”. Al espíritu de complacencia no le importan ni el pasado ni el futuro, pues debido a su insaciable apetito lo único que a éste le interesa es satisfacer el deseo del momento.

Quejándose de que Dios no ha cumplido todavía su palabra, el espíritu de complacencia alega lo siguiente: “¿Dónde está la promesa de su advenimiento? Porque desde el día en que los padres durmieron, todas las cosas permanecen así como desde el principio de la creación” (2 Pedro 3:4). Más nos vale comer, beber y regocijarnos, nos dice el espíritu de complacencia, porque mañana moriremos (ver Lucas 12:19).

“Al dominio propio, [añadid] paciencia” [perseverancia] (2 Pedro 1:6).

¿Acaso no hemos visto que entre más nos sometemos a la disciplina del Espíritu de Dios, más paciencia tenemos? La paciencia se podría definir como “un perseverar en la esperanza”. En otras palabras, la paciencia es una esperanza que persevera hasta que aquello que esperábamos se cumple. Es la esperanza que persevera hasta el fin.

¿Y cuándo es ese fin? No importa cuándo sea —eso le corresponde a Dios decidir—. Las Escrituras dicen que una vez que hayamos recibido aquello que esperábamos ya no necesitamos la esperanza (ver Romanos 8:24-25). Perseverar en la esperanza (tener paciencia) es esperar con anticipación hasta recibir lo que se espera. No importa qué tanto tiempo tarde esto en realizarse, pues el tiempo es sólo para nuestro bien. El tiempo es irrelevante para Dios. Lo único que cuenta para Él es que mantengamos nuestra fe en la integridad de su palabra.

En contraposición a lo dicho anteriormente, entre más trate la gente de complacerse a sí misma, menos satisfacción encontrará en ello, cayendo así en la desesperación y en la desesperanza, pues de la complacencia a la desesperanza sólo hay un paso.

Cuando la paciencia (esperanza perdurable) mora en nuestro corazón, nuestra perspectiva del mundo se amplía y se hace más clara. Pero cuando la complacencia es la que reina en nuestro corazón, ese panorama disminuye y se vuelve confuso. Por tanto, en vez de tener una esperanza que perdure hasta que se cumpla la promesa, más bien perdemos la paciencia y caemos en la desesperanza. La desesperanza entonces nos arrastra hasta su cúspide, que es la amargura.

Cuando uno cae en la desesperanza, la semilla de amargura empieza a echar raíces. No es posible que en un corazón haya esperanza y amargura al mismo tiempo. La desesperanza prepara al corazón para que la amargura pueda morar en él. Y cuando la amargura se apodera del corazón, muchos son contaminados por ella al tratar ésta de eliminar la fuente de su dolor (ver Hebreos 12:15).

El perder la esperanza de que se resuelva una situación difícil o el cansarse de esperar que Dios cumpla lo que nos prometió es no pasar la prueba del tiempo. Dentro de nosotros decimos: “Señor, esta situación va para largo, ya no puedo esperar más”.

Perder uno la esperanza es como escribir su propio destino: un destino de pecado, de enfermedad, de desesperación y de incredulidad destructiva. Cuando perdamos la esperanza y veamos que nuestro corazón se empieza a endurecer, clamemos a Dios para que nos libre de toda duda y restaure en nosotros su esperanza. Dejemos de culpar a Dios o a cualquier cosa que juzguemos sea la causa de nuestro dolor y desesperanza. De ser posible, pidamos a otro creyente que haga oración con nosotros para que esa raíz de amargura sea expuesta y destruida.

Esta desesperanza es la causa de todo acto desmesurado de ira y de violencia en la sociedad tolerante de hoy. Tanto jóvenes como adultos han perdido toda esperanza de hallar satisfacción en la complacencia de sus deseos y, en tal estado de frustración, atacan lo que sea o a quien sea que se atraviese en su camino. El entregarse a una vida de placer los ha hecho inmunes a las consecuencias de sus actos depravados y lo único que esperan es poder encontrar satisfacción inmediata a sus deseos y alivio a sus frustraciones.

Piedad o carnalidad

“…a la paciencia, [añadid] piedad…”. (2 Pedro 1:6)

Algo muy significativo sucede en nuestra mente cuando la paciencia (esperanza perdurable) se asienta en nuestro corazón. Muchas veces, cuando nos distraemos un poco de lo que estamos haciendo en un determinado momento, nuestros pensamientos automáticamente se vuelven hacia Dios y hacia la esperanza que tenemos en Él. Esto demuestra que tenemos piedad, es decir, que nuestros pensamientos se vuelven continuamente hacia Dios, quien es el objeto de nuestro amor y devoción. La piedad en nosotros hace que nuestros pensamientos automáticamente se vuelvan hacia Dios de la misma manera en que la aguja de una brújula se dirige siempre hacia el norte.

Entonces nuestros pensamientos se dirigirán al Señor de esta manera: “Señor, dime cuál es tu voluntad; cuál es tu palabra para mí ahora. Dime cuándo vas a contestar mi oración. Te amo y confío en tus promesas”. Nuestros pensamientos se llenarán de amor por el Señor cuando tengamos esa seguridad de que Él nos ama y se interesa por nuestro bienestar.

¿Pero en verdad nos guiamos por ese amor o dejamos que por causa de nuestra desesperanza nuestros pensamientos caigan de continuo en la carnalidad? La carnalidad es básicamente una manera de sobrevivir. Para el cristiano esto significa que aunque hubo una vez en que él contempló la vida con ojos espirituales ahora ha vuelto a ver la vida desde su perspectiva natural. Es decir que nuevamente se deja llevar por los instintos naturales y no por su mente renovada y por la palabra de Dios. También significa que los sentidos y las emociones gobiernan su vida, lo cual es el resultado de atribuir justicia a sí mismo y no a Dios.

¿Cómo sabemos si en verdad estamos creciendo y madurando espiritualmente? Si lo que ayer pensábamos que era espiritual hoy lo vemos como normal y mañana como un tanto carnal, es porque estamos madurando en el Señor.

¿Y qué estamos haciendo con las promesas que Dios nos hizo? ¿Las estamos descuidando y dejando caer en el olvido, o estamos totalmente convencidos de que Él las cumplirá?

“…a la piedad, [añadid] afecto fraternal…”. (2 Pedro 1:7)

La palabra que en este versículo se traduce como “afecto fraternal” es la palabra griega FILADELFIA, la cual significa amor fraternal. Esta clase de amor es más bien un acto de bondad, y bondad simplemente significa “proveer de lo necesario”. Puede ser tan sencillo como hacer una llamada telefónica a alguien que está muy solo o pasando apuros. Puede también brindar una sonrisa alentadora a alguien o expresarle su cariño. Puede ser ayudar a un necesitado. En suma, la bondad es el amor de Dios puesto en obra para beneficio de los demás.

A medida que nuestro corazón se inclina más hacia Dios, aumenta el interés que tenemos por el bienestar de nuestro prójimo, en particular el de otros creyentes. La bondad reemplaza la dureza de nuestro corazón porque hemos depositado nuestra confianza en el Señor. Ya no nos sentiremos amenazados de que por compartir con los demás vamos a perder algo, lo cual nos dará la libertad de expresar nuestro amor en forma de bondad.

Pero si hemos comprometido la verdad al punto de caer en la carnalidad, el siguiente paso en nuestra visión limitada del mundo es el amor propio, es decir, un desmedido amor por nosotros mismos. Las Escrituras nos advierten que en los postreros días habrá hombres amadores de sí mismos y amadores de los deleites más que de Dios (2 Timoteo 3:1-5).

¿Acaso no es eso lo que vemos en la generación narcisista de hoy? A dondequiera que volteamos vemos gente totalmente prendada de sí misma. Y, desafortunadamente, también la encontramos en la iglesia.

La visión que el amor egoísta tiene del mundo es tan limitada que no hay lugar en ella más que para una persona —uno mismo—. Cuando uno se siente el centro del universo, cree que la vida gira al rededor de uno y sus deseos. No hay lugar para nadie más, ni siquiera para Dios, a quien se le ve como si fuera un intruso en el supuesto dominio del hombre.

No podemos amar verdaderamente y tener bondad para nuestros hermanos hasta no ser liberados de esa maldición que es el instinto de conservación —el deseo del hombre de preservar y perpetuar su propia vida—. Cuando uno se ama demasiado a sí mismo no puede amar a los demás.

Las dos necesidades básicas del instinto de supervivencia son la comida y el sexo. Los alimentos sostienen y preservan la vida hoy; el sexo procreativo preserva la vida para el mañana y para la generación del futuro. Como estos dos apetitos son instintos básicos de supervivencia en todas las especies, el diablo ha tratado incansablemente de corromperlos y, desgraciadamente, lo ha logrado.

Nosotros somos prisioneros de nosotros mismos. Y mientras no permitamos que Dios nos libere de esta prisión y estemos convencidos de que sólo Él puede guardarnos y cumplir con su palabra, no podremos ser liberados. Y mientras no seamos liberados, las disputas, la agitación, los pleitos y las divisiones seguirán siendo nuestros fieles compañeros.

¿Y por qué es así? Porque nos hemos prendado de nosotros mismos. ¿Y por qué nos hemos prendado de nosotros mismos? Porque no hicimos caso de las promesas de Dios sino que las descuidamos; pensamos que es nuestro deber el abrirnos paso en la vida aun cuando nuestra capacidad sea limitada. Y como creemos que nosotros somos los que controlamos nuestra vida, vamos a procurar satisfacer nuestros más caros deseos.

Naturaleza divina u hostilidad

“…y al afecto fraternal —añadid— caridad”. (2 Pedro 1:7)

En el español antiguo la palabra “caridad” se utilizaba para expresar el amor de Dios: la clase de amor de quien ama simplemente porque su naturaleza es amar. El amor de Dios no necesita de nada que lo motive y tampoco se deja sobornar. Y como un amor de tal calidad es suficiente en sí mismo ¡no necesita que se le corresponda!

El amor divino nos inspira a amar tanto a una persona agradable como a una desagradable. Extiende su bendición tanto a justos como a injustos (ver Mateo 5:44-48) sin importar su raza, color o credo. El amor divino es la esencia misma de la naturaleza de Dios, así como la vocación cristiana personificada (1 Timoteo 1:5).

Si hemos dudado de la palabra de Dios y la hemos descuidado, yendo del compromiso a la suposición y de la suposición a la complacencia para luego caer en el amor propio, nos encontraremos sólo a un paso de la hostilidad. En un ambiente de hostilidad, todo aquello que interrumpa nuestro modo de vivir y nuestra visión limitada del mundo lo veremos como un reto indeseable y como una amenaza.

Dios puede mejor que nadie poner un alto y dar un estrujón a nuestra vida de egoísmo. Cuando somos egoístas, cada vez que Dios trata de darnos una palabra de esperanza le recibimos con hostilidad. Pensamos que después de todo Él está interfiriendo con el estilo de vida personal que a nosotros nos gusta vivir. De hecho, también nos volvemos hostiles hacia nuestros seres queridos: nuestros hermanos en Cristo, nuestra familia natural e incluso Dios; no queremos que invadan nuestra vida privada, pues creemos que ésta es sólo asunto nuestro.

¿Cómo respondemos nosotros a la prueba del tiempo? ¿Mantenemos nuestra fe en las promesas que Dios nos ha dado o las descuidamos para al final olvidarnos de ellas? Cada vez que respondemos positivamente y con fe a la palabra de Dios, avanzamos otro paso en el camino que nos llevará a participar de su naturaleza divina.

Esto no significa que nosotros podemos producir esa naturaleza en nosotros mismos sino que simplemente permitimos que la palabra de Dios se manifieste de acuerdo con su promesa. La prueba del tiempo decidirá al final si en verdad llegaremos a ser partícipes de su naturaleza.

Las siguientes escrituras nos muestran cuáles son las consecuencias de permitir o no permitir que la verdad de Dios obre con eficacia en nuestro espíritu. La primera está en Romanos 5:1-5 y dice así: “Justificados pues por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo: por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la goria de Dios.

“Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba [carácter probado]; y la prueba[carácter probado], esperanza; y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado”.

Aquí vemos que un carácter probado, el cual es el resultado de la paz que se tiene en Dios, produce una esperanza que no avergonzará o desilusionará al que ha sido probado. Una esperanza que no avergüenza es aquella por la cual seguimos creyendo en la integridad de Aquel que nos dio algo por qué esperar. Y la razón por la cual esta esperanza se mantiene firme en el que espera con fe, es porque el amor de Dios se ha manifestado en su corazón.

Parte de Romanos 1:20-28 nos muestra lo que sucede a los que dejan de caminar en la palabra que Dios ha revelado: “Porque las cosas invisibles de Él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas que son hechas, de modo que no tienen excusa”.

“Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido. Profesando ser sabios, se hicieron, necios.

“Intercambiando la gloria del Dios incorruptible por una mentira…, honrando y sirviendo a las criaturas antes que al Creador, el cual es bendito por los siglos. Por esto Dios los entregó a afectos vergonzosos…

“Y como a ellos ya no les pareció dar reconocimiento a Dios, él los entregó a una mente depravada, para hacer lo que no conviene”.

Estos versículos nos trasladan al Paraíso Terrenal y nos cuentan de nuevo la caída del hombre en el pecado y en la degradación. La caída nos se limitó a aquellos que nunca habían conocido a Dios, sino que también se manifestó en los que una vez le conocieron pero que dejaron de honrarle; aquellos que por su insensatez escogieron seguir su propio camino.

Aunque Dios trató de atraer la atención de estos hombres al final ellos llegaron a tal grado de degeneración que, en esencia, dijeron lo siguiente: “Señor, ya no queremos saber más de ti. Por favor déjamos en paz pues nuestro mundo ya está hecho: nos tenemos a nosotros mismos y no te necesitamos más. Como te has demorado tanto en cumplir las promesas que nos hiciste, creemos que es porque no las puedes cumplir. Nosotros nos forjaremos nuestro propio camino por la vida”. Cuando llegaron a tal grado de hostilidad, Dios los entregó a la depravación de sus propias pasiones.

¿A quién le gustaría que se le abandonase a los deseos de su carne? ¿Manifiestan esos deseos la naturaleza de Dios? El hombre redimido todavía tiene en él la naturaleza que lo puede llevar a cometer los actos más bajos, viles y repugnantes que cualquier malvado pueda concebir.

Hay personas que, aunque habían llegado a conocer las verdades de Dios y a aceptarlas en su corazón, llegó un día en que las descuidaron. Del compromiso pasaron a la suposición y de la suposición a la complacencia; permitieron que se les escabullera esta verdad al grado de no querer saber más de la Biblia o del Dios al que una vez sirvieron. Cuando una persona llega a ese estado de bajeza, Dios la entrega a sus propias pasiones con la esperanza de que un día se harte de su vanidad y vuelva a Él (ver Romanos 8:20). De no ser así, Dios permitirá, en última instancia, que se mantenga alejado de Él.

Esa es la ira de Dios: su amor obrando en contra del pecado. Si Dios no juzgase el pecado y lo purgase, el pecado acabaría por corromper al universo entero —a Dios inclusive—. Y si Dios permitiese esto, dejaría de ser Dios y toda su creación estaría totalmente perdida y condenada para siempre.

Conclusión

Después de mostrar cómo el Señor capacita a su pueblo para participar de la naturaleza divina, Pedro dice: “Porque si esas cosas están en vosotros, y abundan, no os dejarán estar ociosos, ni sin fruto en cuanto al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo. Pero, el que no tiene estas cosas, tiene la vista muy corta; es ciego, habiendo olvidado la purificación de sus antiguos pecados” (2 Pedro 1:8-9).

A medida que aumenta nuestra fe en las promesas de Dios, aumentan también los atributos de su naturaleza en nosotros. Estos atributos nos ayudan a ser útiles en la obra del Señor y nos permiten llegar a un mejor entendimiento de su naturaleza, de su voluntad y de su plan para nosotros. Y seguiremos teniendo estos atributos si durante la prueba del tiempo permanecemos firmes en la fe desde el momento en que recibimos la promesa de Dios hasta que se cumple.

Pero si no utilizamos y cultivamos estos atributos, nuestra fe y visión irán desapareciendo poco a poco hasta que nuevamente vivamos bajo el dictado de nuestra propia sabiduría y de acuerdo a nuestras aptitudes y previsiones. Ese será el juicio que mereceremos por habernos olvidado del día en que todos nuestros pecados fueron perdonados. Y no habrá nadie a quién culpar más que a nosotros mismos porque, como dijo el apóstol Pablo: “Porque si las cosas que destruí, las mismas vuelvo a edificar, transgresor me hago” (Gálatas 2:18).

“Por lo cual, hermanos, tanto más procurad hacer firme vuestra vocación y elección; porque haciendo estas cosas, no caeréis jamás. Porque de esta manera os será otorgada amplia y generosa entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo”. (2 Pedro 1:10-11)

Jamás descuidemos lo que Dios nos ha dado. Ejercitémoslo en nuestra mente y en nuestro corazón y enseñémoslo a nuestros hijos a medida que los instruimos en el camino del bien. Y a nuestros amigos y familiares, recordémosles que hay que tomar la gracia y las bendiciones de Dios en serio y no permitir que se vuelvan cosa común y se den por hechas. Procuremos hacer firme nuestra vocación y elección mientras esperamos en el Señor.

No desafiemos la justicia de Dios o de lo contrario seremos tentados a establecer la nuestra propia, que es precisamente lo que hacemos cuando le decimos: “Yo sé lo que dijiste, Señor, pero creo que a lo que en verdad te referías era…” recordemos este versículo: “Si Jehová no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican: Si Jehová no guardare la ciudad, en vano vela la guardia” (Salmos 127:1).

“Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos”. (2 Corintios 13:5)

Solamente Dios puede cumplir en nosotros su palabra. Nosotros no podemos hacerlo. Sin embargo, algo que sí podemos hacer es examinarnos a nosotros mismos y por medio de su gracia permanecer en la fe permitiéndole a Dios que termine su obra en nosotros.

¿Cuánto tiempo se tomará esto?

No importa cuánto tiempo se tome, ni siquiera viene al caso. Lo que importa es la actitud de nuestro corazón mientras esperamos que se cumpla la palabra de Dios. ¿Vamos a perseverar en la fe y a acercarnos a Él o estamos dispuestos a arriesgar todo lo que hemos recibido hasta ahora para venirnos cuesta abajo y caer en la hostilidad? Todo dependerá de la manera en que respondamos a nuestra prueba del tiempo.

Estudio escrito por
Eli Miller

Traducción: Elizabeth Santana
Revisión del texto: Sara Weedman.

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