Permanecer en Cristo

En el evangelio seg�n San Juan, del cap�tulo trece al diecis�is, est�n grabadas las �ltimas instrucciones que Jes�s dio a sus disc�pulos antes de ser crucificado. Las verdades eternas que �l expuso durante esas horas memorables, acaban con la farsa religiosa de todos los tiempos y nos presentan la esencia misma de su misi�n en la tierra.

Jes�s empez� a darnos sus instrucciones finales con una lecci�n pr�ctica de lo que significa servir. Al lavarles los pies a sus disc�pulos, Jes�s les dijo que ellos deber�an seguir su ejemplo y lavarse los pies los unos a los otros (Juan 13:13-16). �Y pensar que podr�an escribirse tomos enteros con la sola intenci�n de explicar las verdades gloriosas que el Se�or nos present� en esa noche memorable!

Jes�s trat� de explicar a sus disc�pulos que la hora de su glorificaci�n hab�a llegado, y que pronto los dejar�a. Les dijo que a d�nde �l iba no lo pod�an seguir sino hasta despu�s. Sus disc�pulos se esforzaron por entender sus palabras, pero como hab�an andado con �l casi constantemente esos �ltimos tres a�os, les parec�a inconcebible vivir sin �l.

Jes�s, entendiendo la inquietud de sus disc�pulos, continu� con estas palabras: ï¿½No se turbe vuestro coraz�n; cre�is en Dios, creed tambi�n en m�. …voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendr� otra vez, y os tomar� a m� mismo, para que donde yo estoy, vosotros tambi�n est�is� (Juan 14:1-3)

Esas no fueron simples palabras de consuelo de Jes�s para sus disc�pulos, ni tampoco les proporcionaron un mejor entendimiento. Esas palabras revelaron el secreto de su propia eficiencia, as� como de la verdad primordial que �l les quer�a impartir antes de dejarlos. Hasta entonces, sus disc�pulos hab�an respondido a su llamado. Le hab�an seguido como sus alumnos, asistentes y observadores. Pero la hora hab�a llegado en que la magnitud de esa relaci�n con �l cambiar�a para siempre.

Jes�s nos prepara un lugar
Notemos aqu� lo que dijo Jes�s: ï¿½ï¿½para que donde yo estoy, vosotros tambi�n est�is�, y no dijo, ��para que a donde yo voy, vosotros tambi�n vay�is�.

De acuerdo a esta aseveraci�n, es obvio que Jes�s no se refer�a a ning�n lugar f�sico ya que sus disc�pulos estaban all� con �l. El se refer�a al v�nculo espiritual que ten�a con su Padre, el cual sus disc�pulos no podr�an alcanzar todav�a. Tendr�an que esperar hasta despu�s de su partida, seguirle en la regeneraci�n (Mateo 19:28) y recibir el Esp�ritu Santo.

Y Tom�s, hablando todav�a con su mente natural, dijo a Jes�s: ï¿½Se�or, no sabemos a d�nde vas; �c�mo, pues, podemos saber el camino?�

A lo cual Jes�s respondi�: ï¿½Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por m�. Si me conocieseis, tambi�n a mi Padre conocer�ais; y desde ahora le conoc�is, y le hab�is visto� (Juan 14:5-7).

La respuesta que Jes�s dio a Tom�s, indica que sus disc�pulos no hab�an entendido la uni�n que �l ten�a con su Padre, ni el que ellos tambi�n habr�an de alcanzar esa misma intimidad con �l. Continuando con instrucciones que llevan a reflexionar, el Se�or explic� esa uni�n �ntima que �l ten�a con su Padre, dici�ndoles que si ellos le hab�an visto a �l, as� tambi�n hab�an visto al Padre.

Jes�s revel� entonces el secreto de c�mo su vida y su ministerio produc�an fruto: ï¿½No crees que yo soy en el Padre, y el Padre en m�? Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en m�, �l hace las obras.

Creedme que yo soy en el Padre, y el Padre en m�; de otra manera creedme por las mismas obras� (Juan 14:10-11).

El lugar en el cual se encontraba Jes�s, y para el cual estaba preparando a sus disc�pulos era �en el Padre�. Tal uni�n �ntima de identificaci�n con el Padre fue la base de lo fruct�fero que fueron su vida y su ministerio. El permaneci� siempre en dependencia mutua al despojarse a s� mismo de toda fama personal, humill�ndose a s� mismo y siendo obediente a todo mandato de su Padre (Filipenses 2:7-8).

Por revelaci�n, Juan Bautista habl� de la uni�n �ntima entre Jes�s y el Padre cuando dijo: ï¿½A Dios nadie le vio jam�s; el unig�nito Hijo, que est� en el seno del Padre, �l le ha dado a conocer� (Juan 1:18).

En una ocasi�n anterior, cuando Jes�s les dijo a los jud�os que �l y el Padre eran uno, se enfurecieron tanto que lo acusaron de blasfemia y procuraron matarlo (Juan 10:24-39). Es incomprensible a la mente natural y religiosa que alguien pueda tener tal intimidad con Dios. Sin embargo, esa clase de uni�n es justamente lo que el Se�or ha puesto a nuestro alcance.

Con el fin de preparar para sus disc�pulos tal lugar de uni�n con el Padre, Jes�s necesitaba primero demostrar que tal cosa s� era posible. Por esa raz�n les dijo que si no pod�an entender sus palabras, al menos deber�an de creerlas por las obras que �l hizo (Juan 10:38;14:11; etc.).

Habiendo demostrado a sus disc�pulos, e igualmente al mundo, la clase de uni�n que �l ten�a con su Padre, lleg� el d�a en que Jes�s necesit� pasar por una muerte vicaria y de reconciliaci�n, para luego manifestarse en vida de resurrecci�n. En otras palabras, era preciso ir a preparar un lugar para que se cumpliese lo que �l hab�a dicho: ï¿½ï¿½para que donde yo estoy, vosotros tambi�n est�is�.

Despu�s de esa gran victoria, �l ascender�a en glorificaci�n; y desde esa gloria sin rival, enviar�a al Esp�ritu Santo por medio del cu�l ser�an capacitados para gozar del mismo tipo de uni�n que �l ten�a con su Padre y para ejecutar las mismas obras que �l hac�a.

�El que en m� cree�, dijo Jes�s, �las obras que yo hago, �l las har� tambi�n; y aun mayores har�, porque yo voy al Padre� (Juan 14:12).

Puesto que ninguna de nuestras obras puede ser superior a las que hizo Jes�s, cuando �l habla de obras mayores no se refiere a la calidad de �stas, sino a la cantidad. Y esto lo corroboramos cuando Jes�s se compara �l mismo a una semilla: ï¿½ï¿½si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto� (Juan 12:24).

Ese ï¿½mucho fruto� se da en la vida de aqu�llos que han llegado al lugar preparado por Jes�s, y que gozan del mismo tipo de uni�n que �l demostr� tener con el Padre. A trav�s de esa uni�n con �l podr�n hacer las mismas obras que hizo Jes�s, pero �stas ser�n en mayor cantidad, porque ser� mayor el n�mero de personas que las hagan.

El consolador
Jes�s continu�, por un lado, ense�ando a sus disc�pulos acerca de c�mo producir mucho fruto y, por otro lado, prepar�ndolos para la venida del Esp�ritu Santo. ï¿½l les dijo: �… yo rogar� al Padre, y os dar� otro Consolador, para que est� con vosotros para siempre:

�el Esp�ritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conoc�is, porque mora con vosotros, y estar� en vosotros.

�No os dejar� hu�rfanos; vendr� a vosotros� (Juan 14:16-18).

Para los disc�pulos esto debi� haber sido bastante confuso. Primero les dijo que los dejar�a, y despu�s a�adi� que regresar�a a consolarlos con el Esp�ritu de Verdad, ï¿½al cual �el mundo no puede recibir!� (Juan 14:17). Y a�adi�: ï¿½En aquel d�a vosotros conocer�is que yo estoy en mi Padre, y vosotros en m�, y yo en vosotros� (Juan 14:20).

Si examinamos cuidadosamente este di�logo, podremos entender mejor que sus disc�pulos lo que el Se�or trataba de ense�arles. El tratar de entender la muerte del Se�or y la venida del Esp�ritu Santo iba m�s all� de lo que ellos pod�an concebir.

�Que �l iba a estar todav�a en ellos? Pero �c�mo iba a ser eso posible? Con raz�n el Se�or a�adi� las palabras: ï¿½No se turbe vuestro coraz�n, ni tenga miedo� (Juan 14:27).

Todo aqu�l que no ha sido reengendrado no puede recibir el Esp�ritu Santo, porque el Esp�ritu, como todo lo que recibimos de Dios, s�lo lo adquirimos por medio de la fe. Y para poder adquirir cualquier cosa por medio de la fe, necesitamos primero tener la capacidad para �ver� con ojos espirituales y creer su palabra cuando nos dice que lo que hemos visto est� verdaderamente a nuestro alcance. (Juan 3:3).

Los que no han sido reengendrados no pueden ver m�s all� del reino natural y explicable. De all� que su fe est� limitada al conocimiento adquirido y a su habilidad de asimilarlo, ya que el ejercitar la fe en Dios no es parte de su vida cotidiana, por tanto, no pueden recibir el Esp�ritu Santo, ni tener ning�n conocimiento de �l.

Sin embargo, tanto para sus disc�pulos, como para nosotros, Jes�s estableci� la norma a seguir para alcanzar una uni�n eficaz y verdadera con el Se�or resucitado y con el Esp�ritu Santo. Y �sta es, que lo obedezcamos de coraz�n a �l, quien nos redimi�. El Se�or lo puso en t�rminos sencillos: ï¿½Si me am�is, guardad mis mandamientos� (Juan 14:15).

El amor de Dios en obra
Ahora, vuelvo a repetir, el Se�or no les pide a sus disc�pulos que hagan algo que �l mismo no haya demostrado antes. Antes de terminar esa noche memorable �l habr�a de mostrar a sus disc�pulos, y al mundo entero, que amaba a su Padre m�s que a su propia vida.

Cuando se dispon�a a dejar el aposento alto y dirigirse a Getseman�, Jes�s revel� aquello que lo motivaba a seguir adelante. Sabiendo lo que le esperaba, dijo a sus disc�pulos: ï¿½ï¿½porque viene el pr�ncipe de este mundo, y �l nada tiene en m�. Mas para que el mundo conozca que amo al Padre, y como el Padre me mand�, as� hago. Levantaos, vamos de aqu� (Juan 14:31). El amor que Jes�s ten�a por su Padre lo mov�a a obedecer sus mandamientos.

Jes�s se refiri�, siete veces, al amor que el Padre ten�a para �l (Juan 3:35; 5:20; 10:17; 15:9; 17:23, 24, 26), pero Juan 14:31 es la �nica cita en donde �l habl� directamente de amar a su Padre, lo cual relat� para explicar su obediencia de morir en la cruz. En otras ocasiones habl� de no hacer nada por s� mismo, sino s�lo aquello que ve�a hacer al Padre (Juan 5:19; 8:28). Tambi�n dijo que �nicamente hablaba seg�n el Padre le ense�aba (Juan 12:49). Estos son ejemplos que nos muestran amor y obediencia. En el momento en que se preparaba a s� mismo para ser crucificado, el Se�or revel� el �nico motivo de su vida y de su ministerio: El amaba al Padre y hac�a siempre lo que le agradaba a �l (Juan 8:29).

La eficacia de la vida de Jes�s y de su ministerio no se limitaba a la unci�n que estaba sobre �l, ni tampoco al amor que el Padre ten�a por �l. Era m�s bien la evidencia de su amor por el Padre. Esto no menosprecia de ninguna manera lo extraordinario de su calidad de hijo y de su llamado. Pero lo que en s� dio poder a su calidad de hijo fue el amor que �l ten�a por su Padre y el honor que �l siempre le brindaba.

Esta es la pauta que nosotros debemos seguir en nuestras vidas. Nuestra unci�n y nuestro llamado corresponden con nuestro lugar en el cuerpo de Cristo, pero la eficacia de �stos se determinar� por nuestro amor hacia el Padre. Ese amor, a su vez, se manifiestar� en la manera en que tratemos y sirvamos a nuestro pr�jimo.

Esa es la raz�n por la cual Jes�s dijo a sus disc�pulos que el mundo los conocer�a, no por sus haza�as, sino por su estilo de vida, por el amor que se mostrasen los unos a los otros (Juan 13:34-35; I Juan 4:19-21). Las haza�as se pueden falsificar, pero no la calidad de vida (Mateo 7:21-23; Tesalonicenses 2:9).

Sin embargo, ï¿½ï¿½ la obra de cada uno se har� manifiesta, porque el d�a (de Cristo) (la dar� a conocer y) la declarar�, pues por el fuego ser� revelada; y la obra de cada uno cu�l sea, el fuego la probar� (y con discernimiento evaluar� la integridad y valor de la obra de cada persona)� (I Corintios 3:13) [refleja la traducci�n amplificada en el ingl�s].

Jes�s corrobor� este principio diciendo a sus disc�pulos: ï¿½El que tiene mis mandamientos, y los guarda, �se es el que (verdaderamente) me ama; y el que me ama, ser� amado por mi Padre, y yo (tambi�n) le amar�, y me manifestar� (o revelar�) a �l� (Juan 14:21). Jes�s dec�a, entonces, que se manifestar�a abiertamente a su Padre y que le ser�a verdadero.

Al no entender los disc�pulos lo que Jes�s trataba de mostrarles aqu�, volvi� a decir: ï¿½El que me ama (verdaderamente), mi palabra guardar� (obedecer� mi ense�anza); y mi Padre le amar�, y vendremos a �l, y haremos morada (una habitaci�n especial) con �l� (vers�culo 23).

En estas dos breves declaraciones, Jes�s revel� la prueba de nuestro amor por �l (nuestra obediencia), el resultado de nuestro amor (que somos amados de Dios) y la evidencia de nuestro amor (que su presencia estar� con nosotros). Juntos, estos principios vienen a ser la base de una vida y de un ministerio eficaces y productivos en el Esp�ritu.

Esa misma noche Jes�s hizo otras declaraciones tanto profundas como sorprendentes. He aqu� una de ellas: ï¿½La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da� (Juan 14:27).

Una cosa es tener paz cuando, al suceder algo que no nos esper�bamos, logramos mantener la calma y no perder nuestra compostura. Pero, aqu�, aunque Jes�s conoc�a muy bien los acontecimientos que se desarrollar�an antes de que pasara esa noche, habl� de dejarles su paz a sus disc�pulos.

Cuando esta declaraci�n va aunada a: ï¿½ï¿½porque viene el pr�ncipe de este mundo, y �l nada tiene en m� (Juan 14:30), podemos vislumbrar qu� tan firme estaba Jes�s en el amor de su Padre, y qu� tan �ntima era su uni�n con �l. Tan completa era esta uni�n que el enemigo no pudo encontrar ning�n desv�o en las intenciones de Jes�s, ni indicaci�n alguna de que quer�a preservarse a s� mismo.

Jes�s se hab�a entregado totalmente al cumplimiento de esta empresa y estaba en paz con la idea de dejar su destino en las manos de su Padre. A pesar de la creciente tensi�n, no trat� de evadir lo que estaba delante de �l, sino que ï¿½ï¿½mediante el Esp�ritu eterno se ofreci� a s� mismo sin mancha a Dios� (Hebreos 9:14). El sab�a que todo lo que hab�a sido ordenado para �l ten�a como prop�sito el ayudarlo a alcanzar una mayor uni�n con el Padre y a preparar un lugar para nosotros.

La vid verdadera
Lleg� la hora en que el Se�or y sus disc�pulos tuvieron que salir del aposento alto y dirigirse a Getseman�. Al caminar por las calles sombr�as de Jerusalem, el Se�or continu� dando sus �ltimas instrucciones para que se mantuviesen fieles a �l. Con el fin de motivarlos y de revelarles la magnitud de la uni�n que �l ten�a con su Padre, Jes�s ilustr� su ense�anza con una lecci�n objetiva sobre la vid y sus p�mpanos.

La par�bola de la vid y de sus p�mpanos nos habla de uni�n y de identificaci�n. Revela los principios que hacen posible que la vida de Cristo sea experimentada por todos aquellos que se han unido a �l.

Un principio importante que se puede aplicar a la clase de vida espiritual que poseemos, es que aquella persona o cosa con la cual nos identifiquemos, va a determinar lo que lleguemos a ser. Como dice el refr�n: ï¿½Dime con quien andas y te dir� quien eres�, lo cual quiere decir que cada uno busca aquello con lo cual se puede indentificar.

La calidad de nuestra vida espiritual depender� de las opciones que tomemos y de los v�nculos personales que mantengamos. Si deseamos estar llenos de Cristo, debemos de identificarnos constantemente con �l. Si deseamos sentir la vida de Dios, debemos constantemente unirnos a �l.

No podemos manifestar luz si caminamos en tinieblas, porque la clase de vida que vivimos en secreto se dar� a conocer abiertamente. Por eso es importante que nos identifiquemos constantemente con el tipo de vida que queramos vivir.

Si esperamos vivir el tipo de vida que vivi� Jes�s, tenemos que saber c�mo es que �l vivi� y manifest� su vida. Quiz�s no haya otra porci�n en las Escrituras que nos pueda ilustrar m�s claramente esos principios que el cap�tulo quince de Juan. Jes�s empieza con una par�bola, diciendo: ï¿½Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador� (vers�culo 1).

Hay un gran n�mero de vides que se mencionan en las Escrituras. Por un lado, tenemos �la vid de Sodoma� (Deuteronomio 32:32), por otro, una �parra mont�s� (I Reyes 4:39) y la vi�a propia (II Reyes 18:31). Muchas veces, las Escrituras hacen referencia al pueblo de Israel como a la vid y lo llaman �la vi�a de Jehov� de los ej�rcitos� (Isa�as 5:7). Esta, m�s tarde se convirti� en �vid extra�a� (Jerem�as 2:21) y en �frondosa vi�a� (Oseas 10:1) porque dio fruto abundante para s� misma en vez de para el Se�or.

Todo esto nos ense�a que hay muchas �vides� de las cuales podemos sacar vida, pero Jes�s es la vid �verdadera�. Puesto que al final de cuentas todas las �vides� buscan su propia gloria, �l es el �nico para quien el Padre sigue siendo el labrador. De manera que, si nos unimos firmemente a la vid verdadera, llegaremos a alcanzar una uni�n adecuada con el verdadero labrador.

En el transcurso de la historia, el hombre, por lo general, ha tratado de sustituir la verdadera uni�n con Dios con alguna forma de religi�n. Se ha contentado con s�lo saber acerca de Dios, sin dedicar el tiempo y la aplicaci�n que se requieren para llegar a conocerlo verdaderamente. Se ha resignado a adoptar reglas externas y a aceptar el estado actual de las cosas sin aventurarse a escuchar directamente de �l, pensando que es as� como el Se�or desea tratar con �l.

Mas eso no es lo que Dios quiere de nosotros, sobre todo ahora que nos acercamos al fin de esta era y que �l prepara a su pueblo para la fiesta de los Tabern�culos y para la manifestaci�n de sus hijos. Las Escrituras presentan muchas analog�as que nos muestran c�mo es que el Se�or desea tratar con el hombre. Estas analog�as revelan su deseo de ayudarnos a alcanzar la clase de vida espiritual que s�lo se puede originar en �l. Dios desea que disfrutemos de la vida en un plano en el cual las circunstancias diarias no puedan interrumpir el flujo arom�tico de la vida que emana de la vid.

La poda de la vid y su fruto
�Todo p�mpano que en m� no lleva fruto, lo quitar�; y todo aquel que lleva fruto, lo limpiar�, para que lleve m�s fruto.

�Ya vosotros est�is limpios por la palabra que os he hablado� (Juan 15:2-3).

Hay varios puntos, en estos dos versos, que requieren de nuestra atenci�n. Primero, Dios usa su palabra para limpiarnos y para podarnos. Aunque la palabra que �l usa es una palabra espec�fica de verdad, tambi�n nos revela sus principios y es de gran importancia. Si esperamos recibir los beneficios de su palabra, debemos amarla y obedecerla. No podemos ï¿½detener con injusticia la verdad� (Romanos 1:18), y al mismo tiempo esperar obtener sus beneficios y fruto.

Una escritora describi� la Biblia como una revelaci�n de ï¿½la mente de Dios, de la condici�n humana y del camino de salvaci�n. Sus ense�anzas son sagradas, sus preceptos obligatorios, sus historias verdaderas y sus decretos inmutables�.

�La Biblia provee de luz para guiarnos, de alimento para sustentarnos y de consuelo para alentarnos. Es el mapa del viajero, el bord�n del peregrino, la espada del soldado y la gu�a del cristiano. Nos revela el para�so recobrado, las moradas celestiales abiertas y las puertas del infierno cerradas�.

�Su grandioso objetivo es Cristo, su designio es nuestro bienestar y su prop�sito final es la gloria de Dios. La Biblia debe ocupar nuestra memoria, reinar en nuestro coraz�n y guiar nuestro caminar. Es una mina de riquezas, un para�so glorioso y un r�o de gozo�.

�La Biblia nos ha sido otorgada en vida, ser� abierta en el juicio y recordada para siempre. Implica el m�s alto nivel de responsabilidad, recompensar� las obras excelentes y condenar� tambi�n a todo aquel que utilice su sagrado contenido en vano�.

�Debemos escudri�arla para adquirir sabidur�a, creerla para ser salvos y ejercitarla para ser santos. Debe leerse detenidamente, con oraci�n y con frecuencia� (Priscilla Howe).

Otra verdad que se revela en los primeros vers�culos de esta par�bola de la vid es que cada p�mpano es inspeccionado �individualmente�. �sto implica un estudio detallado de cada p�mpano y no s�lo una evaluaci�n general de todos los p�mpanos. Cada uno es responsable de s� mismo y se espera que rinda la calidad de fruto que la vid es capaz de producir. Aqu�llos que producen fruto ser�n podados para que puedan producir a�n m�s fruto y aqu�llos que no lleven fruto ser�n quitados de la vid.

La fraseolog�a usada en esta par�bola sugiere que los p�mpanos fueron injertados en la vid pero que algunos �no prendieron� en ella. Aunque en apariencia parecen estar unidos adecuadamente, el injerto de algunos no prendi� lo suficiente como para producir fruto. Por consiguiente, su improductividad requiri� que fueran cortados.

�sto nos demuestra que lo que el labrador busca en la vid es fruto, no crecimiento. Tambi�n hay que ver que no le corresponde al p�mpano determinar la calidad del fruto que ha de producir sino que es �la vida� de la vid la que determina la calidad del fruto.

El fruto que el Padre busca es ï¿½ï¿½que tambi�n la vida de Jes�s se manifieste en nuestra carne mortal� (II Corintios 4:11). �l busca ese mismo ï¿½amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza� (G�latas 5:22-23), que caracterizan la vida de la Vid verdadera.

Por esta raz�n, no nos toca a nosotros determinar la calidad de vida que hemos de manifestar. Al igual que los p�mpanos, tenemos que rendirnos a la vida de Cristo para que la calidad de �sta brote en nosotros. Al final de cuentas, ese es el �nico fruto que Dios encontrar� grato y aceptable.

Tampoco debemos de tratar de �imitar a Cristo� sino permitir que la vida de �l brote en nosotros. No se trata de imitar la vida que �l vivi�. Dios no acepta imitaciones y �stas, inclusive, no son posibles porque en Cristo ï¿½no hay parecer …, ni hermosura� que debamos desear (Isa�as 53:2). Por tanto, no hay nada que podamos imitar. La religi�n fomenta la imitaci�n, mas la uni�n con Jes�s es la que produce vida en nosostros.

Muchos piensan que el grado de espiritualidad de una congregaci�n se refleja en el aumento en el n�mero de creyentes, ministerios y programas. Pero el Se�or no mide la espiritualidad de esa manera. Lo que cuenta para �l es la calidad de vida que brota en aqu�llos que han sido llamados por su nombre.

Un fruto de buena calidad s�lo se produce en p�mpanos cuyo �crecimiento del a�o anterior� ha sido podado. La vida de la vid del a�o pasado es la vida del p�mpano de este a�o. La expresi�n anterior de vida debe ser podada para hacer posible que el fruto nuevo de la vid sea de buena calidad.

En t�rminos m�s comunes, esto quiere decir que los m�todos, programas y todo aquello que ha sido ungido y bendecido en el pasado, no es necesariamente lo que el Esp�ritu ha de usar en el presente. Lo que �l usa en el presente es determinado por una uni�n completa con el Se�or por medio de la cual podemos o�r su voz.

Esto no quiere decir que Dios no puede ordenar y bendecir a �grandes ministerios�. A lo que yo me refiero aqu� es al enfoque y �nfasis, ya que Dios puede aumentar el tama�o de cualquier cosa aun cuando la est� podando.

Podar tambi�n significa que las �zorras peque�as� que todav�a �echan a perder las vi�as� (Cantares 2:15) en nuestra vida personal no ser�n toleradas por el Se�or en el presente as� como lo hizo en el pasado. Es decir, que la verdad que el Se�or nos da en el presente es una palabra purificadora que revela los h�bitos in�tiles y los pecados secretos que a�n impiden que nuestros p�mpanos produzcan fruto.

Hace poco me fue dado un ejemplo gr�fico sobre la necesidad de podar una vid. Un hermano en la fe me cont� acerca de un experimento que su clase hizo cuando estudiaba viticultura en una universidad de California. Su clase plant� una vid e hizo todo lo necesario para proveer las mejores condiciones de crecimiento posibles para ella. Al ir creciendo la vid, construyeron unos bastidores largos para que pudiesen acomodarse los p�mpanos a medida que iban creciendo (p�mpanos que nunca fueron podados).

En el transcurso de varios a�os, la vid creci� un trecho de aproximadamente 30 metros de un extremo al otro. Su belleza sublime era el ep�tome de excelencia. Su tama�o y su follaje eran tan exquisitos e imponentes que en la universidad todos la conoc�an y la admiraban y era algo que muchos de los visitantes de esta regi�n ten�an que venir a ver.

Pero la vid ten�a una falta. Puesto que nunca hab�a sido podada, la vid no hab�a producido todav�a su primer fruto. �Toda su vida y energ�a se hab�an vertido en producir un crecimiento espectacular! Aunque en su exterior parec�a una vid muy deseable, en su �interior� era est�ril e infructuosa.

Dios s�lo desea una cosa para la vid que �l ha plantado. Como el labrador, �l ï¿½espera el precioso fruto de la tierra, aguardando con paciencia�� (Santiago 5:7; Isa�as 4:2; Deuteronomio 26:2). Ese fruto es la vida que existe en una compa��a (grupo) de hijos quienes aparecer�n con la imagen y la naturaleza de la vida que �l plant� (Hebreos 2:10-11). Cuando ese fruto sea manifestado, el adversario, que alega que Dios no puede hacerlo, se callar�.

Permaneced en m�
Jes�s continu� su par�bola diciendo: �Permaneced en m�, y yo en vosotros. Como el p�mpano no puede llevar fruto por s� mismo, si no permanece en la vid, as� tampoco vosotros, si no permanec�is en m�.

�Yo soy la vid, vosotros los p�mpanos; el que permanece en m�, y yo en �l, �ste lleva mucho fruto; porque separados de m� nada pod�is hacer� (Juan 15:4-5).

Permanecer en Cristo significa identificarnos de continuo con la vida de Cristo en nosotros, es decir, estar de acuerdo con ella todo el tiempo. El finado Andrew Murray nos ha brindado con una definici�n concisa sobre este tema en su libro �Permaneced en Cristo�, en el cual nos dice: ï¿½En lo que a m� toca, �permanecer� no es sino la aceptaci�n de mi estado, el consentir ser mantenido en �l, el ceder la fe a la robusta Vid para que siga sosteniendo al p�mpano d�bil� (p�gina 33).

Reparemos en la simplicidad de esta aseveraci�n. Lo �nico que necesitamos para permanecer en Cristo, es aceptar ser aquello que ya somos en �l. Es decir, que apreciamos tanto nuestra aceptaci�n, lugar y llamado en Cristo que no estamos dispuestos a comprometer todo esto por cualquier otra cosa que el mundo nos pueda ofrecer. Esto significa que en una dada circunstancia no vamos a reaccionar seg�n nuestra antigua naturaleza, sino que nos enfrentaremos a tal situaci�n con la perspectiva de una mente renovada.

Dicho de otra manera, nosotros consentimos ser mantenidos en el Esp�ritu por medio de ï¿½ï¿½aqu�l que es poderoso para guardaros sin ca�da, y presentaros sin mancha delante de su gloria con gran alegr�a� (Judas 24). Permanecer es tener fe de �que sois guardados por el poder de Dios� para alcanzar la salvaci�n� (I Pedro 1:5).

La raz�n por la cual permanecer en Cristo es tan importante, es que solamente unidos a �l podemos manifestar su vida. Si ese v�nculo se rompe, se termina nuestra habilidad para producir fruto, de la misma manera que sucede a un p�mpano que ha sido cortado de la vid. Por consiguiente, empezamos a marchitarnos espiritualmente.

Uno de los errores m�s grandes que existe entre los cristianos es creer que podemos vivir una vida llena de fruto como creyentes �sin� mantener una uni�n vital con el Se�or. Pero debemos tener en mente que ning�n p�mpano puede producir fruto si no est� conectado a la vid. Es posible que le salgan hojas por un tiempo y que tenga la apariencia de un p�mpano; puede incluso oler como un p�mpano y tener brotes por un tiempo. No obstante, si �ste ha sido cortado de la vid, dejar� de producir fruto.

Lo mismo sucede con nosotros. Si no permanecemos en Cristo, no podemos producir fruto. Podremos aparentar ser cristianos, actuar e incluso hablar como cristianos. Sin embargo, si no tenemos una relaci�n �ntima y de todos los d�as con el Se�or, la vida de Cristo no puede ser manifestada en nosotros. Si permanecemos separados de �l, la �nica vida que puede expresarse es la nuestra.

Aunque, en realidad, nosotros no tenemos vida propia. Como el p�mpano que, para poder vivir, depende totalmente de la vid a la cual est� unido, la vida que nosotros vivimos tiene su origen ya sea en el primer Ad�n o en el postrer Ad�n. Cada d�a y cada momento extraemos nuestra vida ya sea de un Ad�n o del otro.

Los dos Adanes
Dios solamente reconoce los dos hombres que �l cre�: ï¿½Fue hecho el primer hombre Ad�n alma viviente; el postrer Ad�n, esp�ritu vivificante� (I Corintios 15:45). Desde su perspectiva �l identifica a toda la humanidad con el uno o con el otro. Estamos ya sea en Ad�n o ya sea en Cristo. El hombre �en quien estamos� y del cual sacamos vida, se revela en nuestras acciones. Como dice la Escritura, �Aun el muchacho es conocido por sus hechos, Si su conducta fuere limpia y recta� (Proverbios 20:11).

Antes de haber nacido de nuevo s�lo podiamos identificarnos con el primer Ad�n. �l era nuestro padre y nosotros viv�amos en su naturaleza, haciendo las obras del �hombre viejo�. Mas, despu�s de haber sido regenerados y de haber nacido de nuevo en el postrer Ad�n, es decir, en Cristo, nosotros podemos escoger qu� vida hemos de vivir, ya sea la antigua o la nueva.

Al formar parte de una nueva creaci�n en Cristo, nuestras selecciones se basan en la palabra con la cual estemos de acuerdo. Si estamos de acuerdo con la palabra de la carne, que nos dice que debemos continuar viviendo en pecado, as� lo haremos. Pero si estamos de acuerdo con Dios en que ï¿½el pecado no se ense�orear� de nosotros�, nos ï¿½consideraremos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jes�s, Se�or nuestro� (Romanos 6:14, 11).

El �Ad�n� con el cual nos identifiquemos y las selecciones que hagamos determinar�n la calidad de vida que hemos de vivir, as� como el fruto que hemos de producir. Si sembramos para nuestra carne (el primer Ad�n), ï¿½de la carne segaremos (cosecharemos) corrupci�n�; si sembramos para el Esp�ritu (el postrer Ad�n), ï¿½del Esp�ritu segaremos (cosecharemos) vida eterna� (G�latas 6:8).

Si estamos de acuerdo con Dios en que somos una nueva creaci�n en Cristo, participaremos de su vida y viviremos conforme a ella. Nos haremos ï¿½miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos� (Efesios 5:30). La vida de Cristo ser� nuestra vida y nuestra vida vendr� a ser una revelaci�n de su vida. Esa vida testificar� que hemos sido cortados de un �rbol moribundo e injertados en una Vid viviente.

Por consiguiente, no cederemos nuestros �miembros al pecado como instrumentos de iniquidad, sino presentaos vosotros [nosotros] mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y vuestros [nuestros] miembros a Dios como instrumentos de justicia� (Romanos 6:13).

Si hemos nacido de nuevo, pero continuamos sacando vida del �viejo hombre de pecado�, somos como p�mpanos injertados que se rehusan a sacar vida de su nueva fuente. Cuando eso sucede, es s�lo cuesti�n de tiempo para que el p�mpano empiece a marchitarse y a morir. Al llegar a tal estado, tiene que ser cortado.

Identificaci�n mutua
�Yo soy la vid, vosotros los p�mpanos��, continu� diciendo Jes�s, ��el que permanece en m�, y yo en �l, �ste lleva mucho fruto; porque separados de m� nada pod�is hacer� (Juan 15:5).

Este vers�culo nos revela qu� tan unido estaba Jes�s a los suyos. No s�lo nos pide que nos identifiquemos con �l, sino que tambi�n �l se identifica con nosotros. Esta relaci�n mutua nos demuestra que la calidad de vida de la Vid (la vida de resurrecci�n) tambi�n se ha de dar en los p�mpanos.

Si logramos entender esta noci�n que Jes�s trataba de comunicarnos, llegamos a la conclusi�n de que el Esp�ritu que lo gui� a vivir una vida fruct�fera como lo es la Vid, producir� esa misma vida llena de fruto en los p�mpanos que est�n unidos a �l. �sta es una profunda verdad, al mismo tiempo que sencilla: todo p�mpano que est� unido a �l, ser� fruct�fero.

La vid no puede dar fruto sin los p�mpanos, y los p�mpanos no pueden producir fruto sin la vid, es decir, dependen el uno del otro. De manera que si la Vid ha de dar fruto, �ste debe producirse en sus p�mpanos.

Si decimos tener una relaci�n con Jes�s, pero no producimos fruto, es como si lo acus�semos directamente, tanto a �l como al Padre, de que la vida de Cristo se limit� a una generaci�n y que no es capaz de producir fruto �en la actualidad�. Decir eso implicar�a que la �nica vida y el �nico ministerio que podemos tener ahora son los que producimos por nuestra propia cuenta.

Pero como ya hemos visto, el resultado de una relaci�n en la cual permanecemos en Cristo es que producimos fruto. Sin embargo, producir fruto no significa producir otros cristianos, porque �qu� vid produce otras vides? o �qu� p�mpano produce otros p�mpanos? Mas, como ya se expres� antes, producir fruto es la esencia de la vida del Se�or expresada a trav�s de nosotros.

Si los convertidos fuesen el fruto de nuestra relaci�n, ser�a un fruto a nuestra manera y el m�rito ser�a nuestro. Ahora, �sto no quiere decir que no tengamos inter�s en ver personas venir a Cristo ya que nos debe dar gozo cada vez que vemos que alguien da su primer paso en Cristo. Sin embargo, debemos recordar que los convertidos son el resultado de �el ministerio de Cristo a trav�s de nosotros� y no �el fruto de nuestra relaci�n con Cristo�.

El que no permanece en Cristo
Despu�s de explicar cu�l era el resultado de permanecer en �l, Jes�s expres� cu�les ser�an las consecuencias de no hacerlo: ï¿½El que en m� no permanece, ser� echado fuera como p�mpano, y se secar�; y los recogen, y los echan en el fuego, y arden� (Juan 15: 6).

Notemos la sobriedad en la secuencia de este vers�culo, el cual Jes�s dividi� en cinco pasos descendientes. Empezamos a descender cuando no mantenemos nuestro lugar en �l, y cuando dejamos de estar de acuerdo con su palabra. Como dijo Andrew Murphy, nosotros no le permitimos que nos mantenga en el lugar que tenemos en �l.

Si dejamos de estar de acuerdo con �l, ï¿½ï¿½los afanes de este siglo, y el enga�o de las riquezas, y las codicias de otras cosas, … y ahogan la palabra, y se hace infructuosa� (Marcos 4:19).

Mi prop�sito no es determinar en qu� momento un p�mpano es quitado de la vid. Baste decir que aqu� estamos tratando con las palabras de Jes�s, y lo que �l dijo es digno de ser considerado en oraci�n. Podemos decir con toda seguridad, que un p�mpano s�lo ser� cortado cuando de continuo rehusa el cuidado amoroso y diligente del sembrador.

Notemos aqu�, que la rama infructuosa es desechada ï¿½como un p�mpano�, no como una vara seca. Esto se debe a que, habiendo sido injertado en la Vid, es responsabilidad de todo p�mpano dar fruto, lo haga o no. Recordemos que un p�mpano ser� infructuoso s�lo cuando se rehuse a prender en la Vid. Si se une a la Vid a la cual ha sido injertado, entonces dar� fruto.

Cuando un p�mpano ha sido desechado se marchita y con ello pone de manifiesto el hecho de que no puede vivir separado de la vid. El libro de Joel nos da el significado espiritual del marchitarse, al decirnos: ï¿½ï¿½los �rboles del campo se secaron, por lo cual [traducci�n al ingl�s dice: �porque�] se extingui� el gozo de los hijos de los hombres� (Joel 1:12).

Hablando en lenguaje espiritual, nos empezamos a marchitar cuando perdemos el gozo de estar unidos a Cristo. Las Escrituras dicen: ï¿½ï¿½el gozo de Jehov� es vuestra (nuestra) fuerza� (Nehem�as 8:10), y en su ï¿½ï¿½presencia hay plenitud de gozo� (Salmos 16:11).

Parece incre�ble pensar que podemos perder el gozo del Se�or, pero s� ocurre cuando perdemos de vista nuestro lugar y de nuestra libertad en Cristo y empezamos a sustituirla con formulismos religiosos. Cuando esto sucede, la palabra que recibimos del Se�or se vuelve toda una faena, y su prop�sito un trabajo penoso. Por consiguiente, empezamos a rechazar la mano cultivadora de nuestro labrador celestial.

Una vez que perdemos el gozo, somos susceptibles a ser reclutados por los hombres. Es decir, estamos abiertos a las doctrinas de los hombres y a las teor�as o causas que ellos defienden. Aunque hablen con ï¿½palabras infladas y vanas� y prometan libertad, ï¿½son ellos mismos esclavos de corrupci�n�. Sus doctrinas nos llevan, invariablemente, a una mayor esclavitud, a una falsa seguridad y a pr�cticas de devoci�n a un culto (II Pedro 2:18-19).

Hasta la fecha no he conocido a nadie que teniendo una uni�n verdadera y gozosa con el Se�or, se haya prendado de las doctrinas del hombre. La vitalidad de esa uni�n de amor opaca cualquier otra teor�a. El fluir de �la vida de la Vid� dentro de �l lo mantiene blando y d�cil en las manos del Maestro.

Una vez que los p�mpanos marchitos han sido recogidos por los hombres, son echados al fuego. El fuego prueba ï¿½la obra de cada uno� y determina su calidad. Si la obra sobrevive el fuego y permanece, ï¿½recibir� recompensa�. Mas, ï¿½si la obra de alguno se quemare, �l sufrir� p�rdida� (I Corintios 3:13-15).

Las Escrituras y la historia proveen muchos ejemplos en que diversos �fuegos� no pudieron da�ar a los �p�mpanos� que estaban vitalmente unidos a la �Vid�. Lo �nico que el fuego hizo fue librarlos de sus ataduras.

Los p�mpanos marchitos que fueron recogidos por los hombres, seg�n dice la par�bola, fueron echados en el fuego. Aunque, el quemar los p�mpanos no haya sido la intenci�n deliberada, la afrenta de no dar fruto hizo que los p�mpanos fuesen consumidos por la llama discernidora.

Esto nos revela otro principio eterno: Al final, Dios preservar� s�lo aquello que est� �ntimamente unido a �l. Puesto que su vida es la �nica vida que es eterna, es necesario que esa vida se encuentre en toda cosa (o persona) que es preservada por la eternidad.

El objeto de nuestra permanencia en �l
Jes�s continu� la par�bola diciendo: ï¿½Si permanec�is en m�, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que quer�is, y os ser� hecho� (Juan 15: 7).

Aunque no se nos ofreciese ning�n otro incentivo o ganancia para inducirnos a permanecer en Cristo y para hacernos aceptar su palabra, estas palabras de Jes�s deber�an ser suficientes para motivarnos. Simplemente, considere el significado de lo que �l dijo: ï¿½ï¿½pedid todo lo que quer�is, y os ser� hecho�.

La sencillez de la palabra que Jes�s nos dio para obtener respuesta a nuestras oraciones es profunda: �permanezcamos unidos a �l�. �l no dijo que aprendi�semos determinados �principios de fe� y que nos preparemos mentalmente, convencidos de la ret�rica que dice: �t� dilo y recl�malo�, o �dilo y t�malo�. Tampoco dijo que Dios est� obligado a cumplir su palabra si nosotros simplemente aprendemos los principios indicados, y luego �creemos y recibiremos�.

No. El Se�or dijo que nuestras oraciones ser�n contestadas cuando nosotros estamos en la relaci�n correcta con �l.

El motivo de �sto es que medida que su palabra prevalece en nosotros, es decir, cuando aceptamos su palabra y respondemos a ella, su voluntad se convierte en nuestra voluntad. Cuando permanecemos de acorde con su voluntad y confiando en lo que �l tiene preparado para nosotros, nunca pediremos �mal�, sino que siempre lo haremos en perfecta conformidad con su voluntad (Santiago 4:3). Cuando oramos de acuerdo a su voluntad, todo lo que pedimos a �l, ser� hecho.

Porque ï¿½…�sta es la confianza que tenemos en �l, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, �l nos oye.

Y si sabemos que �l nos oye en cualquiera cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho� (I Juan 5:14-15).

Dios quiere colaborar con nosotros, as� como lo hizo con Jes�s. Sin embargo, para que esa alianza sea eficaz, debemos entender cu�l es su plan eterno y c�mo se relaciona �ste con nosotros en la actualidad. Hasta que eso no suceda, gran parte de lo que Dios haga se cumplir� �a pesar de nosotros� y no �por causa de nosotros�.

Para colaborar con el Se�or, necesitamos tener un conocimiento consciente de su presencia y un entendimiento claro de su prop�sito. Solamente entonces sabremos cu�l es su deseo en una situaci�n dada y c�mo hemos de responder.

La raz�n por la cual el ministerio y la oraci�n de Jes�s tuvieron tal eficacia, es que �l nunca dese� nada que no hubiese tenido su origen en la voluntad de su Padre. Tampoco tom� la iniciativa para hacer algo, sino que a pesar de lo que �l sent�a y pensaba, siempre se mantuvo unido y entregado a su Padre.

Aun durante su m�s oscura y dolorosa experiencia, su �nica oraci�n fue: ï¿½Padre, si quieres, pasa de m� esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya� (Lucas 22:42). Gracias a Dios que �l dijo: �pero no se haga…�.

Al continuar Jes�s con su par�bola, nos dio en resumen, el prop�sito de su morar en Cristo, diciendo: ï¿½En esto es glorificado mi Padre, en que llev�is mucho fruto, y se�is as� mis disc�pulos� (Juan 15: 8).

Toda esta disertaci�n sobre permanecer en Cristo y producir fruto nos fue dada con el fin de mostrarnos c�mo hay que glorificar al Padre. En el sentido primitivo de la palabra, �se glorifica� a aqu�l que es aclamado, alabado u honrado por lo que �l es y por sus obras. En un sentido m�s alto, �glorificaci�n� es sin�nimo de �inmortalidad� y de �incorruptibilidad�.

En el contexto de esta par�bola, Dios es glorificado cuando producimos la clase de fruto que da fe de sus habilidades en �podar vides�. Desde el principio, Satan�s a echado a perder el fruto de la vid alegando que Dios no puede producir en el hombre lo que se propuso manifestar cuando lo cre�, es decir, formarlo a su imagen y darle se�or�o sobre la obra de sus manos (G�nesis 1:28).

En un sentido pr�ctico, glorificamos al Padre cuando el hacer su voluntad es nuestro deleite, y nuestra voluntad permanece sometida a la de �l, no obstante cu�les sean nuestras circunstancias. Cuando mantenemos esa uni�n constante con Dios, tomamos su naturaleza y nuestra redenci�n es consumada. Esto le da honra al Padre, porque, como Jes�s dijo de s� mismo, terminamos la obra que �l nos dio a hacer (Juan 17:4) y ï¿½llevamos fruto� (Lucas 8:14).

Cuando su obra redentora se cumple en nosotros y se produce el fruto que �l tan cuidadosamente cultiv�, entonces es que �l nos glorifica. ï¿½ï¿½en un momento, en un abrir y cerrar de ojos� seremos transformados� de gloria en gloria� como por el Esp�ritu del Se�or� (I Corintios 15:51-52; 2 Corintios 3:18).

��el cual transformar� el cuerpo de la humillaci�n nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede tambi�n sujetar a s� mismo todas las cosas� (Filipenses 3:21).

El dejar de ser corruptibles y vestirnos de incorrupci�n, es la prueba definitiva de nuestro discipulado y el mayor honor con el cual podemos glorificar a Dios. Es el fruto m�s selecto que la tierra puede producir, y la justificaci�n suprema de la autenticidad e inmutabilidad de su palabra. Da fin a la pol�mica de todos los tiempos y para siempre ha de sellar la boca del acusador.

Cuando se produzca ese cambio, el prop�sito de permanecer en �l se habr� cumplido y la vida de la vid ser� manifestada en toda su plenitud. Las primicias de la tierra que el labrador ha esperado por tanto tiempo habr�n alcanzado su madurez. Con seguridad, el resto de la cosecha se dar� a su debido tiempo. Ya se acerca esa hora.

Puntos a considerar
Recordemos que Jes�s y sus disc�pulos iban de camino a Getseman� cuando les dio esta par�bola. Y aun en el momento en que se las ense�aba, estaba totalmente consciente de que antes de que pasara esa noche todos sus disc�pulos lo abandonar�an y �lo dejar�an ï¿½pisar solo el lagar� ! (Isa�as 63:3).

�Acaso, podemos imaginarnos la confusi�n en el coraz�n de los disc�pulos al huir de la escena en que Jes�s era arrestado esa noche sombr�a? En la intensidad de su angustia y en el temor por sus vidas, las palabras del Maestro les debieron haber resonado en su o�dos con convicci�n: ï¿½Permaneced en m�; permaneced en m�; permaneced en m�.

�Acaso nos sorprende que Pedro, despu�s de haber negado al Se�or tres veces, �llor� amargamente� (Lucas 22: 62) cuando oy� al gallo anunciar el nuevo d�a? La angustia de haber traicionado a su Se�or, despu�s de tan glorioso discurso, debi� haber sido m�s de lo que �l pod�a soportar.

Otro principio importante acerca de la vid y de sus p�mpanos es que, mientras el p�mpano est� unido a la vid, no necesita tocar la tierra. De buena gana la vid lo mantiene elevado en las suaves brisas celestiales y lo sostiene por medio de su fuente de vida.

El uso de este principio debe sernos claro: Como p�mpanos que somos, no necesitamos participar del reino (naturaleza) terrenal y carnal, siempre y cuando nos mantengamos unidos a Cristo. Jes�s fue plantado en la tierra y hecho pecado por nosotros para que nunca necesit�semos tomar parte de ese pecado. Habiendo participado de su vida, podemos confiadamente decir juntos con �l: ï¿½… yo soy �el que vivo, y estuve muerto; mas he aqu� que vivo por los siglos de los siglos�� (Apocalipsis 1:18).

El contraste en el uso de este principio debe ser igualmente claro: Cada vez que como p�mpanos participamos del reino terrenal, hemos abandonado nuestra morada en la Vid y ya no permitimos ser retenidos por ella. Pero la falta no se debe a que haya una imperfecci�n en el poder y en la habilidad del Se�or para mantenernos libres del pecado, sino a que nosotros hemos participado nuevamente de nuestra naturaleza traidora. No podemos culpar a nadie; la responsabilidad por nuestras acciones es totalmente nuestra.

Permanecer en Cristo es ciertamente un tema sobre el amor; el amor que se expresa por medio de nuestra obediencia y lealtad a la palabra que hemos recibido. Jes�s ret� a sus disc�pulos a continuar practicando la misma clase de amor que �l les hab�a demostrado, es decir, un amor sin condiciones, sin reservas y sin precedente (Juan 15:9-10).

Un amor de esta magnitud refleja una clase de vida que se alimenta con el gozo de sostener una uni�n �ntegra y llena de vida con el Se�or. Es una medida de amor, lo suficientemente firme, como para permitirnos ver m�s all� del tiempo presente y abrigar el futuro.

El pecado es siempre un rompimiento de esa uni�n de amor. Cada vez que desobedecemos estamos declarando que, en ese momento, hay algo que veneramos m�s que nuestro amor por Aqu�l que nos am� primero.

Conclusi�n
A pesar de que faltaban s�lo unas cuantas horas para la crucifixi�n, Jes�s habl� con sus disc�pulos sobre el gozo que �l ten�a: ï¿½Estas cosas os he hablado, para que mi gozo est� en vosotros, y vuestro gozo sea cumplido� (Juan 15: 11).

Al hablar de este gozo Jes�s no intentaba dar a sus palabras un sentido de humor l�gubre, sino que, como dice en Hebreos 12:2, sufri� la cruz y menospreci� el oprobio ï¿½ï¿½por el gozo puesto delante de �l�.

Y �cu�l era el gozo que estaba puesto delante de Jes�s?

Aunque �l se regocijaba de saber que otros ser�an regenerados a trav�s de su muerte y que se dispondr�an a seguirlo, el gozo principal del Se�or era el de cumplir la voluntad del Padre.

Tanto las Escrituras, como la experiencia, nos ense�an que no hay mayor gozo para un padre que el saber que sus hijos andan en la verdad, (Proverbios 27:11; III Juan 4). A la luz de esta realidad, el gozo que Jes�s sent�a al permanecer fiel a su Padre, y el gozo que el Padre sent�a al ver la obediencia de su hijo eran mutuos.

Con esa gran victoria delante de �l, Jes�s podr�a de buena voluntad sufrir la agon�a de la cruz sabiendo que �sta ser�a la entrada por la cual necesitaba pasar para alcanzar la plenitud de ese deleite mutuo.

Jes�s termin� la par�bola sobre nuestro permanecer en �l con un mandato: ï¿½No me elegisteis vosotros a m�, sino que yo os eleg� a vosotros, y os he puesto para que vay�is y llev�is fruto, y vuestro fruto permanezca; para que todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, �l os lo d� (vers�culo 16).

Esta no fue simplemente una palabra dada a los disc�pulos, sino un mandato a todos aquellos que se han entregado verdaderamente a Jesucristo. Se nos ha ordenado que demos fruto.

Para dar fruto no necesitamos esforzarnos a nosotros mismos. Simplemente necesitamos permanecer fieles a la vida de resurrecci�n que ya est� dentro de nosotros. Esa vida gloriosa es la �savia� de la Vid; la capacidad para producir el fruto que el labrador celestial busca ya ha sido demostrada.

A medida que participamos de esa vida y permanecemos en �l, no s�lo produciremos un fruto que refleja del Padre, sino que ese fruto ser� para siempre.

Estudio escrito por
Eli Miller

Traducción: Sara Weedman
Revisión del texto: Sara Weedman

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

one × 1 =