Su Misericordia Es Para Siempre

Por fin había llegado el día de consagrar el maravilloso templo construido para el Señor por el rey Salomón. La exaltación del pueblo de Israel era palpable.

“En el cuarto año, en el mes de Zif, se echaron los cimientos de la casa de Jehová. Y en el undécimo año, en el mes de Bul, que es el mes octavo, fue acabada la casa con todas sus dependencias, y con todo lo necesario. La edificó, pues, en siete años” (1 Reyes 6: 37-38).

“Acabada toda la obra que hizo Salomón para la casa de Jehová, metió Salomón las cosas que David su padre había dedicado; y puso la plata, y el oro, y todos los utensilios, en los tesoros de la casa de Dios”.

“Entonces Salomón reunió en Jerusalén a los ancianos de Israel y a todos los príncipes de las tribus, los jefes de las familias de los hijos de Israel, para que trajesen el arca del pacto de Jehová de la ciudad de David, que es Sion”.

“Y se congregaron con el rey todos los varones de Israel, para la fiesta solemne del mes séptimo” (2 Crónicas 5:1-3).

El séptimo mes del año Israelita es de gran importancia y va muy a tono con la realidad actual. Es el mes en que se observan la fiesta de las trompetas, el día de la expiación y la fiesta de los tabernáculos. El séptimo mes señala también la salida del año (Éxodo 23:16).

Nosotros, igualmente, hemos llegado al final del año, es decir, del año agradable del Señor, el cual comenzó cuando Jesús vino como el Hijo del Hombre. Esta verdad fue establecida en Lucas 4:21 cuando Jesús leyó la escritura que se encuentra en Isaías 61:1-2: “Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros”. Si comparamos este texto con el de Isaías, vale la pena mencionar que Él sólo leyó “el año agradable del Señor”; a la mitad de la oración se detuvo, de manera que no leyó: “�y el día de venganza del Dios nuestro; a consolar a todos los enlutados”.

La razón por la cual Jesús no leyó esa parte del texto, es que el día de venganza no se cumple sino hasta después del período en que nos hallamos actualmente en el plan de restitución de Dios. Aunque no sabemos con seguridad cuando terminará el año agradable del Señor –el período por el cual todos aquellos que vienen a Dios a través de Jesús son reconocidos por Él– es obvio que ya nos hemos adentrado bastante en el “séptimo mes”. Por tanto, el mayor acontecimiento que está por venir es el cumplimiento de aquello que se representa en la fiesta de los tabernáculos, es decir, la unión total de Dios con el hombre.

Dios, en su sabiduría, dispuso que el templo de Salomón fuese dedicado durante la fiesta de los tabernáculos con el fin de establecer un modelo del lapso de tiempo que Él tardaría en tomar posesión de su verdadero templo. Aunque el templo tenía un año de haberse construido (o al menos once meses) su dedicación se había pospuesto para la fiesta de los tabernáculos del año siguiente. Es posible que Salomón no haya entendido el propósito de ese retraso, pero, si reflexionamos sobre ello desde nuestra perspectiva, nos daremos cuenta de que aquí hay muchas verdades qué aprender por quienes reconocen la importancia del séptimo mes.

Las ceremonias de dedicación y las celebraciones del tabernáculo duraban del día octavo al día veintidós. Esto se encuentra registrado en 2 Crónicas 7:8-10: “Entonces hizo Salomón fiesta siete días, y con él todo Israel� Al octavo día hicieron solemne asamblea, porque habían hecho la dedicación del altar en siete días, y habían celebrado la fiesta solemne por siete días.

“Y a los veintitrés días del mes séptimo envió al pueblo a sus hogares, alegres y gozosos de corazón por los beneficios que JEHOVÁ había hecho a David y a Salomón, y a su pueblo Israel”.

�Nunca antes había Israel celebrado fiestas con tanto júbilo! El rey David había conquistado a las naciones circunvecinas y las había subordinado. La nación de Israel gozaba de un período de gran prosperidad y de una paz relativa. Tal fue así que, según dicen las Escrituras, “� todos los vasos de beber del rey Salomón eran de oro, y asimismo toda la vajilla de la casa del bosque del Líbano era de oro fino; nada de plata, porque en tiempo de Salomón no era apreciada” (1 Reyes 10:21).

La bendición de Dios se veía en todas partes. La vajilla del tabernáculo fue incluso traída de Gabaón para restituirla al arca del testimonio; por fin el Señor habría de tener una casa que podía llamar �la suya propia! (2 Crónicas 1:3-4). Todos esos años de esclavitud en Egipto y de andar perdidos por el desierto no eran ya sino vagos recuerdos de un pasado lejano.

(No sé con seguridad qué sucedería con los muebles del tabernáculo, pues la única pieza que yo sé que verdaderamente fue colocada en el nuevo templo, fue el arca del testimonio. Todas las otras réplicas en el templo eran considerablemente más grandes que los muebles que habían estado en el tabernáculo.)

Los sacrificios

Es increíble la generosidad desinteresada del pueblo de Israel durante la dedicación del templo. Cuando la vajilla del tabernáculo y el arca fueron traídas al templo, Salomón sacrificó “�ovejas y bueyes, que por ser tantos no se pudieron contar ni numerar” (2 Crónicas 5:6). Cuando terminaron la dedicación y el Señor hubo tomado posesión del templo, se ofrecieron veintidós mil bueyes y ciento veinte mil ovejas más como sacrificio de paz (2 Crónicas 7:5; 1 Reyes 8: 63). Con el fin de acomodar tan gran número de sacrificios, “Salomón consagró la parte central del atrio que estaba delante de la casa de Jehová” (2 Crónicas 7:7).

Es difícil imaginar la tarea colosal de sacrificar tantos animales, así como la cantidad de sangre que se derrama en las matanzas. Seguramente se oirían los bramidos y balidos dolorosos de bueyes y ovejas, y a los sacerdotes se les vería trabajar arduamente; se vería la sangre correr, el polvo levantarse por doquier, y en el aire habría un olor amargo de los animales recién sacrificados.

�Cuál era el propósito de todo esto?

El propósito era mostrar la manera desinteresada y la entrega sin límites con las cuales hemos de prepararnos para que el Señor pueda tomar posesión de la casa que Él está edificando, la cual no ha de ser fabricada con manos humanas ni con martillos y hachas materiales (1 Reyes 6:7). Este edificio eterno ha de ser construido de piedras vivas, labradas por la propia mano del Maestro.

Si consideramos lo que el pueblo de Israel sacrificó voluntariamente durante la dedicación del templo y lo comparamos con lo ofrecido por los cristianos de hoy en día, nos avergonzaríamos de nuestra falta de generosidad. Por supuesto que deseamos la presencia y el poder de Dios; queremos ver su gloria, pero no estamos dispuestos a hacer ningún sacrificio para recibir tales beneficios. Hemos heredado un evangelio que es fácil de aceptar y que supuestamente nos ha de proveer de todo sin que hagamos el menor esfuerzo para obtenerlo. Se nos ha dicho que seremos arrebatados a la presencia del Señor sin verter ni una lágrima y aun sin despeinarnos.

Quiera Dios perdone nuestra ignorancia y nuestro acatamiento interesado y débil de la palabra de Cristo, y para ello nos apegamos a las costumbres contemporáneas.

El arca del testimonio

“Y los sacerdotes metieron el arca del pacto de Jehová en su lugar, en el santuario de la casa, en el lugar santísimo, bajo las alas de los querubines; pues los querubines extendían las alas sobre el lugar del arca, y los querubines cubrían por encima así el arca como sus barras”.

“E hicieron salir las barras, de modo que se viesen las cabezas de las barras del arca delante del lugar santísimo, mas no se veían desde fuera; y allí están hasta hoy. En el arca no había más que las dos tablas que Moisés había puesto en Horeb, con las cuales Jehová había hecho pacto con los hijos de Israel, cuando salieron de Egipto”. (2 Crónicas 5:7-10)

Las barras situadas a cada lado del arca eran las “agarraderas” que usaban los sacerdotes para transportarla durante sus andanzas por el desierto. Nunca antes se habían separado las barras del arca. Habían permanecido en su lugar de manera que el arca estuviese siempre lista para el siguiente traslado. Pero ahora que el templo había sido terminado, el arca había llegado a su destino final y se le podían retirar las barras.

Cuando el arca estuvo en el tabernáculo del desierto contenía tres artículos: “Una urna de oro que contenía el maná, la vara de Aarón que reverdeció, y las tablas del pacto” (Hebreos 9:4). Pero ahora que había sido introducida en el templo, contenía sólo las dos tablas del pacto.

El arca del pacto representaba la presencia del Señor en el pueblo de Israel y constituye un símbolo de la presencia de Jesús en nosotros. Las Escrituras mencionan que no había nada en el arca sino las dos tablas del pacto, lo cual indica que la palabra del Señor tiene que tomar forma dentro de nosotros.

Con el fin de estar preparados al final de esta era para recibir la plenitud del Señor, es necesario que su palabra esté escrita en nuestro corazón y en nuestro espíritu. Ya no podemos depender de recibir su palabra a través de un medio externo como lo es la palabra escrita, la palabra predicada o cualquier otra palabra que recibamos por medio de consejos espirituales.

Esto no quiere decir que en la dispensación actual tenemos que descartar los ministerios de los cuales se nos habla en Efesios 4:11. Gracias a Dios que los tenemos. Sin embargo, debemos estar conscientes de que el año agradable del Señor se acerca a su fin. Es necesario que adquiramos la madurez espiritual que nos ayudará a NO DEPENDER de tales ministerios para conducirnos espiritualmente. Toda palabra que recibamos por cualquier medio será para confirmar lo que el Señor nos haya dicho directamente. La palabra misma nos ha de preparar para que seamos su morada perfecta.

Esto es lo que Jeremías quiso decir al profetizar: “Pero este es el pacto que haré con la casa [espiritual] de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo. Y no enseñará más ninguno a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce a Jehová; porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande, dice Jehová; porque perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado” (Jeremías 31:33-34).

Sacerdotes, cantores y alabadores

Tan pronto como las ofrendas de dedicación fueron preparadas y el arca colocada en el templo, los sacerdotes salieron del santuario. Los levitas cantores, así como ciento veinte sacerdotes con trompetas, tomaron su lugar en el atrio del templo y comenzaron a cantar y a alabar al Señor.

“Cuando sonaban, pues, las trompetas, y cantaban todos a una, para alabar y dar gracias a Jehová, y a medida que alzaban la voz con trompetas y címbalos y otros instrumentos de música, y alababan a Jehová, diciendo: Porque él es bueno, porque su misericordia es para siempre; entonces la casa se llenó de una nube, la casa de Jehová. Y no podían los sacerdotes estar allí para ministrar, por causa de la nube; porque la gloria de Jehová había llenado la casa de Dios” (2 Crónicas 5:13-14).

Hay que tener en cuenta la unidad espiritual que se manifestó ese día. Las voces de los cantores, así como los sonidos musicales, armonizaron de tal manera que sólo se oían una voz y un sonido. Cantaron y tocaron en unidad este canto sencillo: “Porque él es bueno, porque su misericordia es para siempre”. Cuando ese coro alegre y armonioso llegó a oídos del Señor, �les llenó el templo con la nube de gloria!

Aquí hay que considerar varios principios. Primero, que al Señor le agrada más la alabanza que el sacrificio. El salmista lo describió de esta manera: “Alabaré yo el nombre de Dios con cántico, lo exaltaré con alabanza. Y agradará a Jehová más que sacrificio de buey, o becerro que tiene cuernos y pezuñas” (Salmos 69:30-31). Todos los sacrificios ofrecidos durante la dedicación del templo no fueron suficientes como para mover al Señor a llenar la casa con su gloria. Pero tan pronto como el Señor escuchó la alabanza armoniosa, su gloria llenó el templo.

El sacrificio nos puede preparar para recibir la presencia del Señor, pero no va a persuadir al Señor a que nos la brinde. Dios habita en las alabanzas de su pueblo (Salmos 22:3) no porque sea egocéntrico y necesite ser alabado constantemente, sino porque nuestra alabanza crea un ambiente que va muy a tono con su naturaleza. Cuando tal ambiente existe, el Señor lo llena de sí mismo.

Obsérvese que cuando la nube de gloria llenó el templo los sacerdotes no pudieron entrar a ministrar; esto es un preludio al principio de que la orden antigua siempre ha de ceder a la nueva. Jesús dijo: “La ley y los profetas eran hasta Juan; desde entonces el reino de Dios es anunciado, y todos se esfuerzan por entrar en él” (Lucas 16:16). Mientras que la mayor parte del pueblo de Israel seguía aferrándose a la orden de sacrificio impuesta por la ley con el fin de agradar a Dios, Juan el Bautista y Jesús introducían un medio totalmente nuevo de adoración y salvación.

Una situación similar se llevará a cabo cuando el Señor llene el templo verdadero con su gloria al final de esta era. Muchos se aferrarán al ministerio quíntuplo de apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros sin darse cuenta de que una nueva orden ha sido introducida. De hecho, desconfiarán de la nueva orden y la considerarán como una forma de herejía debido a la libertad gloriosa que trae con ella.

Algunos creyentes, para quienes es difícil respetar la orden actual, alegan que ya hemos entrado a la nueva orden. Sin embargo, las Escrituras nos dicen cuándo es que la orden actual habrá dejado de ser útil y cuándo ha de sustituirse por la nueva. Esta será introducida cuando al menos una parte de la iglesia haya llegado “�a la unidad de fe y del conocimiento del hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Efesios 4:13).

Los que sostienen la creencia de que ya estamos en la nueva orden de Dios, por lo regular, no pueden estar en unidad de fe con nadie �más que con ellos mismos! Como se nos advierte en el texto, el elemento clave que atrajo la gloria del Señor fue el hecho de que todos estaban reunidos en armonía. Es el mismo ingrediente que permitió que se manifestase la gloria y el poder del Espíritu Santo en el día de Pentecostés (Hechos 2:1-3).

La oración de Salomón

“Entonces dijo Salomón: Jehová ha dicho que él habitaría en la oscuridad. Yo, pues, he edificado una casa de morada para ti, y una habitación en que mores para siempre”.

“Y volviendo el rey su rostro, bendijo a toda la congregación de Israel; y toda la congregación de Israel estaba en pie”. (2 Crónicas 6:1-3)

La oración dedicatoria de Salomón contiene grandes enseñanzas y sirve de consuelo a nuestro espíritu. Ésta será el punto central de nuestro estudio y se tratará solamente de una manera general, ya que aquí no se dispone de espacio suficiente como para extraer todos los principios que puedan derivar de ella.

Salomón reconocía que donde el Señor moraba era oscuro como una nube negra. Aunque ya antes el Señor se le había aparecido en sueños y había ofrecido darle lo que él pidiese (1 Reyes 3: 5), él comprendía que en realidad sabía muy poco acerca del Dios al cual servía.

Dios, que es luz, se oculta a sí mismo en la oscuridad. Y nosotros, que somos oscuridad, nos encubrimos de la luz de Cristo. �Qué cosa son los misterios de la santidad!

�Por qué se oculta el Señor en la oscuridad? Porque quiere que le busquemos. Las Escrituras nos dicen: “Gloria de Dios es encubrir un asunto; pero honra del rey es escudriñarlo” (Proverbios 25:2). Para poder verdaderamente encontrar al Señor debemos buscarlo en fe, lo cual nos llevará del ámbito natural al espiritual. Una vez que nuestra mente se incline más hacia lo espiritual, nuestra visión y nuestro entendimiento de Él serán más claros y por tanto andaremos en más luz.

Después de bendecir a la congregación de Israel y quizás con gratitud por la generosidad de las ofrendas, Salomón concentró su oración en el Señor. Meditando sobre el pasado, recordó cómo David, su padre, había sido llamado y ungido para gobernar a Israel y cómo había el Señor dispuesto que Jerusalén sería el lugar donde él pondría su nombre.

El corazón de David

Salomón recordó que David había tenido en su corazón el deseo de edificar un templo para el Señor. Sin embargo, él mencionó lo siguiente: “Mas Jehová dijo a David mi padre: Respecto a haber tenido en tu corazón deseo de edificar casa a mi nombre, bien has hecho en haber tenido esto en tu corazón. Pero tú no edificarás la casa, sino tu hijo que saldrá de tus lomos, él edificará casa a mi nombre” (2 Crónicas 6:8-9).

Esa aseveración contiene una verdad profunda. Tomemos en cuenta que Dios alabó lo que David tuvo en su corazón aunque esto no fuese parte del plan de Dios. David había deseado con todo su corazón edificar una casa para el Señor, pero fue Salomón a quien Dios escogió para esa labor.

La moraleja aquí es la siguiente: Si nuestro corazón se vuelve hacia el Señor y deseamos andar por su camino y servirlo de todo corazón, mas tropezamos y caemos en el empeño o de alguna manera fracasamos en nuestro deseo, �Dios recompensará la sinceridad en el deseo de nuestro corazón!

�No nos desalentemos, hermanos! No importa si caemos en nuestro caminar con el Señor. �Levantémonos de nuevo! No importa si fracasamos en el cumplimiento del deseo más profundo de nuestro corazón. Levantémonos, sacudámonos el polvo y busquemos nuevamente la guianza del Señor. Él considera lo que está en nuestro corazón sin importar si tenemos éxito o no según las normas establecidas por el hombre.

Triunfo y fracaso son dos palabras que tenemos que erradicar de nuestro vocabulario. Ante los ojos del Señor no importa el triunfo o el fracaso que tengamos en cualquier empresa; lo único de trascendencia para él es nuestra obediencia a su palabra. Y, si consideramos que todo fracaso es el resultado de nuestras propias obras, así también vamos a atribuir todo éxito a la labor de nuestras manos sin dar mérito a Dios. El Señor es el que dispone las cosas. Él permite que tengamos ya sea triunfo o fracaso en cualquier situación sin importar qué tan bien la hayamos planeado; y todo lo hace para nuestro bien.

Si hubiésemos estado en Jerusalén el día en que Jesús fue crucificado, tal vez hubiésemos pensado que tanto Él como su misión habían sido todo un fracaso. Sus discípulos se habían dispersado y su reino no se había manifestado; el legado que nos dejaba no era muy claro y se le ejecutaba como a un criminal ordinario. No obstante, todo iba completamente de acuerdo al plan de Dios. Su amor y su obediencia permanecían inalterados, su misión en la tierra había sido cumplida y también era levantado en gloria. A pesar de ser éste el acontecimiento de más éxito de la humanidad, si consideramos su misión desde nuestro punto de vista natural, nos parecería que fue un triste fracaso.

Permanecer firmes en Cristo

Salomón continuó su oración con alabanzas y gratitud hacia el Señor por haber guardado el pacto que había hecho con su padre David con respecto a la edificación del templo.

“Se puso luego Salomón delante del altar de Jehová, en presencia de toda la congregación de Israel, y extendió sus manos. Porque Salomón había hecho un estrado de bronce de cinco codos de largo, de cinco codos de ancho y de altura de tres codos, y lo había puesto en medio del atrio; y se puso sobre él, se arrodilló delante de toda la congregación de Israel, y extendió sus manos al cielo, y dijo: Jehová Dios de Israel, no hay Dios semejante a ti en el cielo ni en la tierra, que guardas el pacto y la misericordia con tus siervos que caminan delante de ti de todo su corazón” (2 Crónicas 6:12-14).

Para entender en su totalidad la oración de Salomón es necesario que podamos interpretar la simbología revelada en sus versos. La medida del estrado (que equivale a la “fuente” del tabernáculo en el desierto) era idéntica a la del altar de bronce del tabernáculo. El altar de bronce y sus correspondientes ofrendas por el pecado profetizaban el sacrificio conciliatorio de Cristo. El venir Salomón ante el altar y arrodillarse en la plataforma nos daba un ejemplo de cómo hemos de presentarnos ante el altar de Cristo y solicitar el pacto que se hizo a través de la sangre que Él derramó.

Lo que Salomón pedía en su oración se basaba en el pacto que Dios había hecho con sus antepasados. De la misma manera, cada respuesta que recibimos del Señor se basa en el pacto que él hizo con nosotros a través de Cristo. A medida que esta época se acerca a su fin, tenemos que mantenernos firmes en nuestro pacto y apelar a Dios como nunca antes lo hemos hecho; y porque sabemos que el amor que tiene por nosotros es tan grande podemos hacerlo sin ningún temor.

Salomón acudía al Señor usando el nombre de Jehová –que es el que aparece en el pacto– para reconocer que Él es el único Dios que mantiene su palabra en todo pacto y que está por encima de cualquier otro dios. Esto significa que su Dios, y el nuestro, �es sin igual! Todos aquellos que vienen a Él lo pueden encontrar sin necesidad de buscarlo entre la infinidad de semidioses inventados por el hombre. Este Dios de pacto tiene su propia alianza y está fuera del alcance de todo competidor.

Esta verdad tan maravillosa debe servirnos como fuente de inspiración y de consuelo cada vez que acudamos al Señor con nuestras peticiones. Él nunca está tan ocupado como para no atendernos: “�no se ha acortado la mano de Jehová para salvar, ni se ha agravado su oído para oír” (Isaías 59:1). Apelemos a Él confiadamente �y con frecuencia!

Plegarias de Salomón

Una vez que Salomón hubo expresado su confianza en la fidelidad de Dios de guardar su pacto, prosiguió con peticiones más específicas. Primero le recordó al Señor las promesas que Él había hecho a David, de que sus descendientes siempre ocuparían el trono de Israel en tanto que honrasen al Dios de sus padres. También le pidió al Señor que fuese fiel a su palabra y la confirmase.

Cuando Salomón se dio cuenta de la trascendencia de su petición, preguntó: “Mas, �es verdad que Dios habitará con el hombre en la tierra? He aquí, los cielos y los cielos de los cielos no te pueden contener; �cuánto menos esta casa que he edificado?” (2 Crónicas 6:18).

Quizás no haya nada más humillante para el hombre que cuando éste se da cuenta de que Dios, que es el creador de todas las cosas, está dispuesto a morar entre los hombres. Aunque podamos edificar el templo más espléndido y magnífico, Dios siempre será más grande que cualquiera de nuestros mezquinos esfuerzos por contenerlo. No obstante, él está dispuesto a oír nuestras pobres peticiones y a responder al llamado de un corazón humilde.

Salomón pidió al Señor que mantuviese sus ojos abiertos sobre la casa que él le había edificado y que no sólo oyese las oraciones de sus siervos sino que también respondiese: “Asimismo que oigas el ruego de tu siervo, y de tu pueblo Israel, cuando en este lugar hicieren oración, que tú oirás desde los cielos, desde el lugar de tu morada; que oigas y perdones” (versículo 21).

Salomón había edificado un templo glorioso para el Señor pero sabía que su morada estaba todavía en los cielos �Y desde allí quería que Él le respondiese! Aunque la nube de gloria había llenado el templo Dios no entró a habitar en él, pues nada de lo que el hombre edifique lo puede contener aun cuando haya sido hecho de acuerdo a las medidas estipuladas por el Señor. Tales estipulaciones son simplemente modelos de lo que Él quiere que haya en su casa viva y verdadera, es decir, en la iglesia.

Una casa representa a las personas que habitan en ella. Durante los años que he viajado como ministro he visitado muchos hogares y descubierto que este principio es infalible. Dios no va a morar en ninguna casa que no lo represente a Él con exactitud.

Él no podía de hecho venir a habitar en el templo, pero sí podía colocar allí su gloria temporalmente. Esa es la razón por la cual debemos ser transformados para ser “�semejantes al cuerpo de la gloria suya” (Filipenses 3: 21) antes de que Él pueda venir a habitar en nosotros totalmente. �Y eso es precisamente lo que la fiesta de los tabernáculos significa!

Salomón le pidió a Dios que otorgase perdón a todos aquellos que se lo pidiesen. Dios se enternece y responde a nuestra oración cuando ve que estamos firmes en nuestro pacto con Él y que en arrepentimiento le pedimos perdón. A Él le complace mostrar su misericordia a todos aquellos que se le acercan con un corazón contrito y humillado.

Esto nos es corroborado en el verso siguiente: “Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar” (Isaías 55:7).

Peticiones específicas

En lo que resta de la oración, Salomón le pide al Señor en detalle lo que quiere que haga cuando sus siervos se vuelvan hacia Él. Enumeró varias situaciones: aquellas en las que sólo existe la probabilidad de que sucedan, y aquellas que de seguro van suceder. De cualquier manera, él implora a su Dios de pacto que derrame su misericordia al corazón arrepentido que le busca.

�Cómo podía ser que el rey esperase recibir tal favor de parte del Señor? Porque “�él es bueno; y su misericordia es para siempre” (2 Crónicas 7: 3).

“Si alguno pecare contra su prójimo, y se le exigiere juramento, y viniere a jurar ante tu altar en esta casa,” dice la oración de Salomón, “tú oirás desde los cielos, y actuarás, y juzgarás a tus siervos, dando la paga al impío, haciendo recaer su proceder sobre su cabeza, y justificando al justo al darle conforme a su justicia” (2 Crónicas 6:22).

Salomón empieza sus peticiones específicas a un nivel individual, concentrándose en las relaciones entre unas personas y otras. Imploró por la justicia en favor del inocente cuando es acusado de un crimen que no cometió, para que después de haber sido expuestos todos los aspectos del delito, el culpable pague de acuerdo a sus hechos. Aunque este versículo no nos explica el porqué de esta petición, el resto de su oración lo revela. Él quería que el transgresor reconociese su culpa con la esperanza de que se arrepintiese y volviese al Señor.

Es cosa seria pensar que Salomón, un hombre a quien Dios había dado tanta sabiduría y compasión, haya podido en unos cuantos años permitir que su corazón se entregase a dioses paganos y a la adoración de demonios. Que su última depravación sirva de lección a todos aquellos que actualmente gozan de la presencia del Señor y de su comunión con Él, para que no sean engañados y lleguen a la conclusión de que: “�todo era vanidad y aflicción de espíritu, y sin provecho debajo del sol” (Eclesiastés 2:11).

Más adelante, Salomón ya no intercede por individuos, sino por la nación: “Si tu pueblo Israel fuere derrotado delante del enemigo por haber prevaricado contra ti, y se convirtiere, y confesase tu nombre, y rogare delante de ti en esta casa, tú oirás desde los cielos, y perdonarás el pecado de tu pueblo Israel, y les harás volver a la tierra que diste a ellos y a sus padres” (2 Crónicas 24 y 25).

Salomón reconoce que todo pecado cometido por el pueblo de Dios ofende directamente a Dios. Aunque la obra del pecado vaya dirigida a individuos en particular, la verdadera ofensa es contra Dios.

Por esto la conducta pecaminosa contradice el objetivo primordial de cualquier pacto que el Señor haga con su pueblo. El pacto provee el medio por el cual el pecador puede ser liberado de la carga del pecado heredado, y, a través de la gracia de justicia atribuida por el pacto, puede participar de la santidad de Dios. Sin embargo, cuando individuos o naciones que están bajo la cubierta del pacto se entregan a una conducta pecaminosa, la obra de ese pecado quebranta la provisión de gracia otorgada por el autor del pacto. Por consiguiente, el pecador es responsable por su conducta ante aquel quien le concedió gozar de esa naturaleza sin pecado.

Salomón dio consejos concretos al pueblo de Israel sobre lo que había de hacer si se encontrase derrotado ante sus enemigos por causa de sus pecados. Israel tenía que dejar el mal camino, confesar el nombre del Señor y suplicar delante de Él. En la lengua original se da por entendida la necesidad de una confesión pública ante el Señor con alabanzas por haberles mostrado sus deficiencias y defectos. Habiendo cumplido tal, apelarían a Él por su misericordia bondadosa.

Para Salomón era muy importante que Israel mantuviese una relación firme con el Señor y así gozase de la buena tierra que le había dado. Esta verdad se puede aplicar a nuestras vidas hoy en día. El pecado le da ventaja al enemigo para que nos atormente. Si no resolvemos el problema del pecado, éste nos puede hacer esclavos de su voluntad en cualquier momento. Por consiguiente, no podremos recibir nuestra provisión en Cristo, es decir, el cumplimiento de lo que esa tierra prometida representa. Dios trata con nosotros de la misma manera que con Israel; un clamor divino y un verdadero arrepentimiento son el único medio por el cual podremos ser restituidos en nuestra “tierra”.

Si los cielos se cerraren

Salomón continúa orando por la nación de Israel de esta manera: “Si los cielos se cerraren y no hubiere lluvias, por haber pecado contra ti, si oraren a ti hacia este lugar, y confesaren tu nombre, y se convirtieren de sus pecados, cuando los afligieres, tú los oirás en los cielos, y perdonarás el pecado de tus siervos y de tu pueblo Israel, y les enseñarás el buen camino para que anden en él, y darás lluvia sobre tu tierra, que diste por heredad a tu pueblo” (2 Crónicas 6:26-27).

Este pasaje sugiere que la sequía puede ser consecuencia del pecado. Israel tenía que arrepentirse y suplicar al Señor por su misericordia tan pronto reconociese al pecado como causa de sus aflicciones. Sin embargo, esta vez le pidió a Dios que no corrigiese la situación hasta no enseñarles el buen camino por el cual debían andar”.

En ocasiones, el Señor usa el sufrimiento para enseñarnos a ser más obedientes así como lo hace un maestro para que se le preste atención. Isaías habló sobre este principio de la manera siguiente: “Bien que os dará el Señor pan de congoja y agua de angustia, con todo, tus maestros nunca más te serán quitados, sino que tus ojos verán a tus maestros. Entonces tus oídos oirán a tus espaldas palabra que diga: Este es el camino, andad por él; y no echéis a la mano derecha, ni tampoco torzáis a la mano izquierda” (Isaías 30:20-21).

�O, cuán grandes son la bondad y la misericordia de nuestro Dios! En ocasiones retiene la “lluvia celestial” para que la sequía espiritual produzca en nosotros una profunda sed de buscarlo. Gracias a Dios que por su amor hacia nosotros permite que pasemos adversidades e infortunios con el fin de enseñarnos a permanecer rendidos a Él.

�Cuántas veces no le hemos pedido al Señor que nos libre de una situación sin pensar que esa es justamente la situación que La ha escogido para despertar en nosotros la necesidad de buscarlo? �Acaso nunca nos hemos opuesto, en nuestras oraciones, al designio de Dios de escoger los instrumentos que nos han de llevar a nuestra perfección? Que el Señor nos conceda gracia para entender mejor la manera en que La ha de formar a sus hijos.

En su siguiente petición Salomón mantiene la misma postura: “Si hubiere hambre en la tierra, o si hubiere pestilencia, si hubiere tizoncillo o añublo, langosta o pulgón; o si los sitiaren sus enemigos en la tierra en donde moren; cualquiera plaga o enfermedad que sea; toda oración y todo ruego que hiciere cualquier hombre, o todo tu pueblo Israel, cualquiera que conociere su llaga y su dolor en su corazón, si extendiere sus manos hacia esta casa”,

“Tú oirás desde los cielos, desde el lugar de tu morada, y perdonarás, y darás a cada uno conforme a sus caminos, habiendo conocido su corazón; porque sólo tú conoces el corazón de los hijos de los hombres; para que te teman y anden en tus caminos, todos los días que vivieren sobre la faz de la tierra que tú diste a nuestros padres” (versículos 28-31).

El factor clave en esta petición era que todo aquel que implorase al Señor en tiempos difíciles debía conocer su llaga y su dolor. Esto significa que tenía que ser sincero consigo mismo sobre sus propias deficiencias y sobre la condición de su corazón. Salomón sabía que el Señor conocía el corazón de su pueblo aunque éste no estuviese dispuesto a reconocer su propia condición y prefiriese culpar a otros por sus problemas. Nuevamente, este principio nos atañe. Cuando nos enfrentamos a situaciones desfavorables o a problemas en nuestro roce con otras personas, tenemos la tendencia a echar la culpa a otros y a señalar sus faltas en vez de examinar nuestro propio corazón y reconocer que el problema está más bien dentro de nosotros. Tal es la naturaleza básica del hombre. Sin embargo, en Proverbios 21:2 leemos lo siguiente: “Todo camino del hombre es recto en su propia opinión; pero Jehová pesa los corazones”.

Nos engañamos a nosotros mismos si pensamos que podemos culpar a los demás por nuestra condición. Tenemos que entender el principio fundamental que Salomón trataba de comunicarnos cuando pedía al Señor que respondiese a las oraciones de su pueblo cada vez que éste “�conociese su llaga y su dolor”. Gracias a la misericordia y al amor de Dios nos encontramos muchas veces en situaciones que revelan la condición de nuestro corazón. No culpemos a otros por nuestras calamidades; más bien agradezcamos al Señor que nos ama lo suficiente como para mostrarnos nuestras faltas.

“Porque él es bueno, porque su misericordia es para siempre”.

Misericordia para el extranjero

Salomón mencionó también al extranjero “�que no fuere de tu pueblo Israel, que hubiere venido de lejanas tierras a causa de tu gran nombre�”, pidiendo al Señor que oyese su oración, “�para que todos los pueblos de la tierra conozcan tu nombre, y te teman así como tu pueblo Israel, y sepan que tu nombre es invocado sobre esta casa que yo he edificado” (2 Crónicas 6: 32-33).

Salomón habla en lenguaje figurado sobre el impenitente; es decir, aquel que no es todavía partícipe del pacto de Dios, pero que implora por su misericordia y por su gracia para poder participar de ese pacto. El deseo de Salomón era que todos conociesen la bondad y la grandeza del Dios de Israel.

�Gracias a Dios que escucha el llanto en el corazón de los hombres, sin importar su nacionalidad, su color o su credo religioso! Él es paciente y sufrido, “�no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 Pedro 3:9).

En Números 9:10-11, descubrimos el corazón compasivo de Dios cuando nos muestra su gran deseo de que todos los hombres alcancen una verdadera unión con Él. En respuesta a la pregunta que le hicieron unos hombres al no poder celebrar la pascua en el primer mes porque estaban inmundos, el Señor dijo: “Cualquiera de vosotros o de vuestros descendientes, que estuviere inmundo por causa de muerto o estuviere de viaje lejos, celebrará la pascua a Jehová”.

“En el mes segundo, a los catorce días del mes, entre las dos tardes, la celebrarán; con panes sin levadura y hierbas amargas la comerán”.

Las Escrituras nos dicen que Jesús es nuestra “pascua” (I Corintios 5:7). De allí que este acuerdo del segundo mes nos revele, en sentido figurado, que no hay nadie que esté tan corrompido o tan alejado de Dios que no pueda participar de su salvación si él la desea y decide buscarla.

Esto no quiere decir que el Señor no discierne a quién le va a dar su gracia o que se acomoda a nuestra idea equivocada de que la gracia estará siempre a nuestro alcance. Porque “�el que estuviere limpio, y no estuviere de viaje, si dejare de celebrar la pascua, la tal persona será cortada de entre su pueblo; por cuanto no ofreció a su tiempo la ofrenda de Jehová, el tal hombre llevará su pecado” (Números 9:13).

(En una ocasión, durante el período de su reforma, Ezequías hizo uso de este acuerdo debido a la gran corrupción que existía entre los sacerdotes y el pueblo. Agradó tanto al Señor el deseo de Ezequías de obrar bien, que sanó al pueblo. Esto a su vez causó gran regocijo en Jerusalén como no se había visto desde los días de Salomón (2 Crónicas 30:1-27)).

El Señor amparará nuestra causa

En el siguiente pasaje Salomón consideró la posibilidad de que el Señor enviase a Israel a pelear contra sus enemigos. Le pidió que si los israelitas solicitaban con ruegos su bendición para la batalla, que escuchase su llanto y “amparase su causa”. Quizás porque reflexionaba sobre el pasado de la nación de Israel (ver Josué 7), Salomón expuso varias situaciones en las cuales pedía al Señor que si Israel imploraba por su misericordia le respondiese benévolamente.

“Si pecaren contra ti (pues no hay hombre que no peque), y te enojares contra ellos, y los entregares delante de sus enemigos, para que los que los tomaren los lleven cautivos a tierra de enemigos, lejos o cerca”.

“Y ellos volvieren en sí en la tierra donde fueren llevados cautivos; si se convirtieren, y oraren a ti en la tierra de su cautividad, y dijeren: Pecamos, hemos hecho inicuamente, impíamente hemos hecho”.

“Si se convirtieren a ti de todo su corazón y de toda su alma en la tierra de su cautividad, donde los hubieren llevado cautivos, y oraren hacia la tierra que tú diste a sus padres, hacia la ciudad que tú elegiste, y hacia la casa que he edificado a tu nombre”.

“Tú oirás desde los cielos, desde el lugar de tu morada, su oración y su ruego, y ampararás su causa, y perdonarás a tu pueblo que pecó contra ti” (2 Crónicas 6:36-39).

�Qué quiso decir Salomón con la expresión “ampararás su causa”? Tal vez utilizó la combinación de estos vocablos para decir: “Señor, este es tu pueblo con el cual hiciste pacto; cuando se encuentre en aprietos, haz lo posible por amparar los derechos y privilegios que le corresponden gracias al pacto. Y cuando te pida tu ayuda y liberación, escúchalo prontamente, porque su causa es también tu causa. Asimismo, si pecare contra ti e implorase tu misericordia, perdónalo, para que tu causa sea amparada en él”.

Qué consuelo debió haber sido para los israelitas oír esa oración, pues les hizo saber que estaban en armonía con su Dios. Uno pensaría que Israel, como nación, caminaría siempre con Dios. Desdichadamente, no mucho tiempo después los israelitas se olvidaron de Él y sirvieron a dioses ajenos los cuales no pudieron librarles de sus enemigos. Fueron entonces hechos cautivos y llevados a tierras extrañas en donde permanecieron hasta que nuevamente se acordaron del Dios verdadero y le suplicaron que tuviese misericordia de ellos y los liberase.

La oración de Salomón debe brindarnos esperanza también a nosotros e inspirarnos a confiar en Dios. Si le permitimos al Señor que obre en nuestras vidas para que recibamos las enseñanzas, disciplina y corrección que Él juzgue necesarias, también nosotros podremos confiar en que Él mantendrá nuestra causa.

�En qué se basa tal confianza? En que “�él es bueno, porque su misericordia es para siempre”. No hay mayor gozo para el Señor que ver a su pueblo caminar en libertad verdadera y en prosperidad espiritual. Cuando veamos nuestra necesidad de deshacernos un poco del “exceso de equipaje”, Él no tardará en responder a nuestra petición de ayuda y liberación.

Petición final

En caso de que se le hubiese pasado mencionar algún punto esencial, Salomón terminó su oración dedicatoria con una petición general e invitó al Señor a tomar posesión del templo. La nube de gloria ya lo había llenado antes, pero ahora era necesario que el Señor tomase, Él mismo, posesión total del templo.

“Ahora, pues, oh Dios mío, te ruego que estén abiertos tus ojos y atentos tus oídos a la oración en este lugar. Oh Jehová Dios, levántate ahora para habitar en tu reposo, tú y el arca de tu poder; oh Jehová Dios, sean vestidos de salvación tus sacerdotes, y tus santos se regocijen en tu bondad” (2 Crónicas 6: 40-41).

Como se mencionó antes, la dedicación del templo de Salomón es de gran importancia porque nos anuncia la dedicación del verdadero templo de Dios, es decir, de la iglesia. Todos aquellos que se han entregado a servir al Señor en sus vidas han visto y palpado una parte de la gloria de Dios; sin embargo, hay otra medida de gloria divina que está por venir pronto la cual eclipsará totalmente la gloria que hayamos visto hasta ahora.

�Cuál es esa gloria que está por venir? Es la nueva orden de sacerdotes de Melquisedec, la cual será vestida de salvación, es decir, de inmortalidad. Esta orden prevalecerá donde la orden antigua no pudo, �y sus sacerdotes serán ministros ante el Señor para siempre! Nunca más se “ceñirán de cilicio”, sino que se “ceñirán de salvación”.

Muchos hermanos en Cristo creen que “ser salvos” es lo único que Dios desea para ellos, sin saber que eso es sólo el principio de la provisión total. Hay mucha más salvación “�que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero” (1 Pedro 1:5).

Cuando el Señor tome posesión completa de su casa entonces seremos vestidos de salvación. Salomón invitó expresamente al Señor a entrar en el templo –que es su lugar de descanso– a pesar de que su gloria ya lo había llenado. Esto nos demuestra que el hecho de haber visto y palpado una parte de la gloria de Dios no necesariamente significa que Él haya entrado en la casa.

El apóstol Pablo, quien ya había visto la gloria de Dios, escribió a la iglesia en Corinto lo siguiente: “Porque asimismo los que estamos en este tabernáculo gemimos con angustia; porque no quisiéramos ser desnudados, sino revestidos, para que lo mortal sea absorbida por la vida. Mas el que nos hizo para esto mismo es Dios, quien nos ha dado las arras del espíritu” (2 Corintios 5: 4-5).

�Sabemos a qué se refiere Pablo en estos versículos? Él nos dice que el propósito de Dios para el hombre es �que se vista de inmortalidad! Ya nos ha dado el Espíritu Santo, pero éste sólo representa “�las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para la alabanza de su gloria” (Efesios 1:14).

Las palabras con las cuales Salomón termina su gran oración son las mismas que deberíamos usar en la nuestra: “Jehová Dios, no rechaces a tu ungido; acuérdate de tus misericordias para con David tu siervo” (2 Crónicas 6: 42).

Descendió fuego de los cielos

“Cuando Salomón acabó de orar, descendió fuego de los cielos, y consumió el holocausto y las víctimas; y la gloria de Jehová llenó la casa” (2 Crónicas 7:1).

Es difícil imaginar lo que hubiera sido presenciar ese fuego que descendía del cielo y que consumía todas las ofrendas del día. Quizás podríamos concebir que la nube llenase el templo, pero que apareciese un fuego y devorase ese número incalculable de ovejas y bueyes que habían de sacrificarse �no cabe en nuestra mente! Por eso no nos sorprende que los sacerdotes no pudiesen permanecer en la casa de Dios para ministrar, pues la gloria de Jehová la había llenado.

“Cuando vieron todos los hijos de Israel descender el fuego y la gloria de Jehová sobre la casa, se postraron sobre sus rostros en el pavimento y adoraron, y alabaron a Jehová, diciendo: Porque él es bueno, y su misericordia es para siempre” (2 Crónicas 7:3).

En la historia bíblica, desde Abel y Caín hasta la iniciación de la iglesia en el aposento alto, el fuego que desciende del cielo siempre ha sido el sello de aprobación de Dios. �Por qué, entonces, no podemos nosotros suponer que el fuego sobrenatural del Señor pueda llenar su casa ahora? De hecho, �deberíamos estar viendo continuamente el fuego divino descender en nuestras vidas!

Como en el Israel de la antigüedad, todos aquellos que vean el fuego de Dios al final de esta época se inclinarán ante Él con un espíritu contrito y humillado, le adorarán con reverencia y le alabarán con el corazón. Sus cantos serán los mismos cantos que le suplicaron que llenase de gloria el templo de Salomón: “Porque él es bueno; porque su misericordia es para siempre”.

Se conmovió Dios tanto con la oración del rey, que “�apareció Jehová a Salomón de noche, y le dijo: Yo he oído tu oración, y he elegido para mí este lugar por casa de sacrificio”.

“Si yo cerrare los cielos para que no haya lluvia, y si mandare a la langosta que consuma la tierra, o si enviare pestilencia a mi pueblo”.

“Si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra”.

“Ahora estarán abiertos mis ojos y atentos mis oídos a la oración en este lugar; porque ahora he elegido y santificado esta casa, para que esté en ella mi nombre para siempre; y mis ojos y mi corazón estarán ahí para siempre” (2 Crónicas 7:12-16).

�Qué maravilla de promesa y qué gran estímulo es esta palabra para que busquemos al Señor con diligencia! Aunque tal vez nunca recibamos una visita tan espectacular como la de Salomón la cual nos confirmaría que el Señor oye nuestra oración particular, su naturaleza inalterable es suficiente para garantizarnos que Él lo hará.

Tengamos fe en el Señor y acerquémonos a Él de todo corazón. La espera que con sinceridad le pidamos tomar posesión total de la casa que está edificando en nosotros. Invitémoslo a que venga a morar en ella.

�Por qué querría Él oír de nuestros labios esa petición de transformar nuestras vidas?

Porque “�él es bueno, porque su misericordia es para siempre”.-

Estudio escrito por Eli Miller

Traducción: Sara Weedman Revisión del texto: Sara Weedman

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