¿Te Ha Ofendido Dios?

Las Escrituras nos dicen “que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados. Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos” (Romanos 8:28-29).

Estos versículos nos muestran un principio muy importante y sirven de base a grandes mensajes. ¿Pero creemos realmente en esta verdad? Por lo general consideramos que algo es bueno en base a lo que estamos viviendo en un determinado momento. Sin embargo, estos versículos afirman que todas las cosas ayudan a bien a todos aquellos que aman al Señor y que están llamados a manifestarse como sus hijos.

Este texto no insinúa que Dios es el “autor” de todo lo que nos ocurre, sino que más bien permite que pasemos por toda clase de circunstancias en nuestra vida con el propósito de transformarnos a la imagen de su hijo. Dicho de otro modo, Dios no nos ocasiona primero un mal para después dar un giro y mostrarnos lo bueno que Él es y lo mucho que nos ama. Dios permite que pasemos adversidades para así moldear y afinar las cualidades de Cristo que Él quiere que poseamos y que van de acuerdo con la naturaleza que Él está formando en nosotros.

Todas nuestras circunstancias están en las manos de Dios. Si no fuese así, entonces el enemigo, quien nos ve como ovejas para el matadero (ver Romanos 8:36), eliminaría a cualquiera que osara venerar, de la manera que fuera, el nombre del Señor. El diablo, al igual que un animal atado, no puede llevar a cabo más de lo que Dios le permita hacer. La historia de Job es un ejemplo muy claro de esta verdad.

Refiriéndose al enemigo de nuestra alma, Dios ha dicho: “He aquí que yo hice al herrero que sopla las ascuas en el fuego, y que saca la herramienta para su obra; y yo he creado al destruidor para destruir“. Pero a pesar de cualquier acto agresor de parte del enemigo, el Señor también ha prometido lo siguiente: “Ninguna arma forjada contra ti prosperará y condenarás toda lengua que se levante contra ti en juicio. Esta es la herencia de los siervos de Jehová, y su salvación de mí vendrá, dijo Jehová” (Isaías 54:16-17).

Antes de continuar, se tratará de manera breve la diferencia entre la fe y la confianza según éstas se relacionan con Dios. La fe se apoya en la palabra de Dios, mientras que la confianza se apoya en la integridad de la naturaleza de Dios. La fe puede creer lo que no se ve, pero no puede creer lo que desconoce.

Nuestra fe se aviva cuando escuchamos la palabra de Dios (ver Romanos 10:17). De no ser así, nuestra fe tendría que creer en sí misma y no en lo que hemos escuchado de Dios. Tener fe por tener fe, sin importar cuál sea la palabra de Dios, y en ocasiones aún en contra de ésta, es un error que existe en muchas de las enseñanzas de hoy en día sobre los principios de la fe.

La confianza, en cambio, va más alla de lo que se ve, y descansa en la integridad de la naturaleza misma de Dios. Su seguridad se basa en la veracidad de Dios mismo, “en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación” (Santiago 1:17). La confianza no necesita palabra de estímulo y reposa absolutamente en la credibilidad de aquel en quien se confía. Se hablará de esto más adelante.

Profecía mesiánica

Aproximadamente seis siglos antes del nacimiento de Jesús, Isaías profetizó en términos generales sobre la amplitud del ministerio de éste como Mesías. Aunque la profecía se refería primordialmente a Jesús, es significativa también para aquellos que han de surgir con la imagen y semejanza de Él.

El Espíritu de Jehová el Señor está sobre mí, porque me ungió Jehová; me ha enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos, a vendar a los quebrantados de corazón, a publicar libertad a los cautivos, y a los presos apertura de la cárcel; a proclamar el año de la buena voluntad de Jehová, y el día de venganza del Dios nuestro; a consolar a todos los enlutados“. (Isaías 61:1-2)

Cuando Jesús regresó de la tentación en el desierto y comenzó a predicar, “vino a Nazareth, donde se había criado; y en el día de reposo entró en la sinagoga, conforme a su costumbre, y se levantó a leer” (Lucas 4:16). Una vez que se le dio una copia del libro de Isaías, encontró el texto al que acabamos de aludir y lo leyó en voz alta.

Cuando lo hubo leído, hizo lo siguiente: “…enrollando el libro, lo dio al ministro, y se sentó; y los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en él.

Y comenzó a decirles: Hoy se ha cumplido esta escritura delante de vosotros.

Y todos daban buen testimonio de él, y estaban maravillados de las palabras de gracia que salían de su boca, y decían: ¿No es éste el hijo de José?“. (Lucas 4:20-22)

Todos en la sinagoga se dieron cuenta de lo que Jesús había dado a entender: Él era aquel de quien el profeta había hablado. Aunque con cierta extrañeza admitieron lo que Él dijo, sus palabras provocaron gran conmoción entre ellos y empezaron a discutir sobre su origen familiar, insinuando cínicamente que era imposible que él fuese el Mesías de la profecía.

De hecho, la aseveración de Jesús los enfureció de tal manera, que “al oír estas cosas, todos en la sinagoga se llenaron de ira; y levantándose le echaron fuera de la ciudad, y le llevaron hasta la cumbre del monte sobre el cual estaba edificada la ciudad de ellos, para despeñarle. Mas él pasó por en medio de ellos y se fue” (Lucas 4:28-30).

Cuando Jesús leyó el texto en Isaías, se detuvo justo a la mitad del versículo, donde dice: “…a proclamar el año de la buena voluntad de Jehová“.. Jesús omitió la parte de la profecía que dice: “…y el día de venganza del Dios nuestro; a consolar a todos los enlutados“, porque todavía no era tiempo de que se cumpliese esa escritura.

El “año de la buena voluntad de Jehová” que según Jesús ya había llegado, abarca desde el principio de su ministerio hasta el presente. Es el “año de gracia” que Él introdujo, en el cual todos los que vienen a Él pueden hallar reposo y perdón por sus pecados. Es el “año” en que la Fiesta de la Pascua, la Fiesta de Pentecostés y la Fiesta de los Tabernáculos han de celebrarse espiritualmente (ver Éxodo 23:14-17 y Deuteronomio 16:16). ¡Gracias a Dios porque se trata de todo un “año” de su buena voluntad y sólo un “día” de venganza!

Isaías profetizó que la misión de Jesús consistiría principalmente en estos cuatro aspectos: predicar las buenas nuevas del evangelio, sanar a los enfermos, proclamar libertad a los cautivos y liberar a los presos. Esa misión de libertad y de reconciliación sigue obrando hasta hoy en todos los que somos embajadores en nombre de Cristo: “….como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios” (2 Corintios 5:20).

El ministerio de Jesús

No hay suficiente espacio en este estudio para documentar por completo todas las obras que Jesús llevó a cabo en la tierra. Sin embargo, el pasaje donde Jesús sana al siervo del centurión y el pasaje que le sigue en el capítulo siete de Lucas, nos brindan los antecedentes necesarios para cumplir con los objetivos de este artículo.

El centurión romano le envió un mensaje a Jesús diciéndole que su siervo estaba enfermo. Puesto que él sabía lo que era tener autoridad (y porque se sentía indigno de que el Señor entrara en su casa) pidió a Jesús que tan sólo diera la palabra y lo sanara.

Al oír esto, Jesús se maravilló de él, y volviéndose, dijo a la gente que le seguía: Os digo que ni aun en Israel he hallado tanta fe.

Y al regresar a casa los que habían sido enviados, hallaron sano al siervo que había estado enfermo“. (Lucas 7:9-10)

La fe del centurión es uno de los dos pasajes de las Escrituras donde se menciona que Jesús se maravilló ante algo. El otro pasaje se encuentra en el capítulo seis de Marcos, donde sus propios compatriotas se escandalizaron de Él porque lo conocían muy bien. Por tanto, “no pudo hacer allí ningún milagro, salvo que sanó a unos pocos enfermos, poniendo sobre ellos las manos. Y estaba asombrado de la incredulidad de ellos. Y recorría las aldeas de alrededor, enseñando” (versículos 5-6).

Quizás haya algo que aprender aquí: si enseñar es lo único que Jesús puede hacer entre nosotros, ¿será por nuestra familiaridad con Él, y por nuestra misma incredulidad?

El día después de haber sanado al siervo del centurión, Jesús y sus discípulos iban camino a una ciudad llamada Naín. Cerca de la puerta, se encontraron con un grupo de personas que salían de la ciudad. Era un grupo de plañideras que daban sus últimas condolencias a una viuda muy apreciada, por la muerte de su único hijo. Al encontrarse los dos grupos, y habiéndose Jesús enterado de lo que había ocurrido, “se compadeció de ella, y le dijo: No llores.

“Y acercándose, tocó el féretro; y los que lo llevaban se detuvieron. Y dijo: Joven, a ti te digo, levántate. Entonces se incorporó el que había muerto, y comenzó a hablar. Y lo dio a su madre”. (Lucas 7:14-15)

Hay un aspecto importante qué subrayar sobre este milagro. No es de sorprenderse que los hombres que llevaban el féretro hubiesen permanecido inmóviles cuando Jesús lo tocó.. Imaginemos por un momento la escena: se trataba de un conocido maestro y sus discípulos; cuando el maestro tocó el féretro se contaminó a sí mismo por siete días de acuerdo a la ley de Moisés (ver Números 19:16-22). Los que llevaban el féretro ya estaban formalmente inmundos, pero, que algún otro tocara deliberadamente un féretro ¡era un caso sin precedentes! Y que además de eso llamara al joven de entre los muertos, lo cual obviamente mostraba que tocar el féretro no lo había contaminado, era algo que no podían concebir. Y para sorpresa de ellos, ¡el joven se levantó de los muertos!

La noticia de este glorioso milagro se esparció con rapidez por la región, “y todos tuvieron miedo, y glorificaban a Dios diciendo: Un gran profeta se ha levantado de entre nosotros; y: Dios ha visitado a su pueblo.

Y se extendió la fama de él por toda Judea, y por toda la región de alrededor“. (Lucas 7:16-17)

La pregunta de Juan

Juan el bautista llevaba tiempo de estar en prisión. Algunos de sus discípulos más leales le mantenían informado sobre el ambiente político de la región y le traían las últimas noticias del día. No tardaron mucho en informarle de la milagrosa resurreción del hijo de la viuda. Al recibir noticias de ese milagro, se conmovió tanto que envió a dos de sus discípulos a que le hicieran esta pregunta a Jesús: “Eres tú el que había de venir, o esperaremos a otro?” (Lucas 7:19).

Muchos creen que Juan hizo esa pregunta porque estando en la prisión había empezado a dudar. El autor de este artículo no cree que esa haya sido la razón. La pregunta llevaba implícita una petición de parte de Juan, la cual sólo Jesús podía entender.

Cuando, pues, los hombres vinieron a él, dijeron: Juan el Bautista nos ha enviado a ti para preguntarte: ¿Eres tú el que había de venir o esperamos a otro?

En esa misma hora sanó a muchos de enfermedades y plagas, y de espíritus malos, y a muchos ciegos les dió la vista.” (versículos 20-21)

Cuando los discípulos de Juan llegaron a donde estaba Jesús, le hallaron entregado totalmente a servir a todos aquellos que le rodeaban y a responder a sus necesidades. Predicaba el evangelio, sanaba a los enfermos, liberaba a los endemoniados y les devolvía la vista a algunos ciegos. Era toda una demostración asombrosa de su misión profética.

Jesús no respondió a la pregunta de Juan de inmediato, sino que continuó con su ministerio un rato más. Mientras que esperaban su respuesta, los discípulos de Juan deben de haberse conmovido en espíritu al observar cómo lo milagroso tomaba lugar a todo su alrededor.

Finalmente Jesús les respondió con estas palabras: “Id, haced saber a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio; y bienaventurado es aquel que no halle tropiezo en mí” (versículos 22-23).

Cuando los discípulos de Juan partieron, Jesús elogió a Juan y a su ministerio profético, diciendo a los que ahí estaban que él era de quien Malaquías había profetizado cuando dijo: “He aquí envío mi mensajero delante de tu faz, el cual preparará tu camino delante de ti” (versículo 27). Y en el versículo siguiente le rindió lo que quizá sea el mayor tributo que cualquier hombre haya recibido jamás.

“Os digo que entre los nacidos de mujeres, no hay mayor profeta que Juan el Bautista; pero el más pequeño en el reino de Dios es mayor que él”. (versículo 28)

Muchos de los que escucharon a Jesús expresar tales palabras se emocionaron y “justificaron a Dios, bautizándose con el bautismo de Juan” (versículo 29). Sin embargo, los fariseos y los intérpretes de la ley ahí presentes rechazaron esas afirmaciones porque insinuaban que Juan era mayor que Moisés.Y la mera insinuación de que cualquiera de sus seguidores fuese incluso mejor que Juan era simplemente más de lo que podían tolerar.

El dilema de Juan

Juan esperó ansiosamente el regreso de sus discípulos deseando saber lo que Jesús les habría respondido. Cuando por fin regresaron para comunicarle lo que el Señor había dicho y darle noticias de los milagros de Jesús y de lo que estaba aconteciendo a través de su ministerio, Juan se alegró enormemente. Efectivamente, los rumores que se escuchaban en la calle eran ciertos.

Pero entonces, los discípulos de Juan dijeron algo que lo estremeció hasta lo más profundo de su ser: “Por cierto —han de haber agregado titubeando—, Jesús nos pidió que te dijéramos esto: Bienaventurado es aquel que no halle tropiezo en mí. Nosotros no lo entendimos muy bien, pero pensamos que tal vez tú sí lo comprenderías”.

En ese momento Juan se transportó a los recuerdos más remotos de su infancia. Desde que tenía memoria, había tenido muy dentro de su ser una clara percepción de su destino aquí en la tierra y de su misión divina. Siempre había sabido, como por intuición, que no habría de seguir los pasos de su padre y entrar al sacerdocio; de alguna manera él sabía que tenía el llamado especial de preparar el camino para el ministerio de Jesús, su primo segundo por el lado materno (ver Lucas 1:36). En ocasiones, al encontrarse juntos durante sus años de formación, Jesús y él habían de hecho conversado sobre la noción que ellos tenían de sus respectivos destinos, los cuales de algún modo se entrecruzaban.

Juan recordó haber testificado abiertamente que él era tan sólo “la voz de uno que clama en el desierto” y no el esperado Mesías (Juan 1:23). Recordó también haber declarado que el ministerio de Jesús crecería mientras que el suyo menguaría (Juan 3:30). Y aquella escena en el Jordán, el día en que indeciso bautizó a Jesús, permanecía vívidamente grabada en su mente. Ahí comprendió él entonces que Jesús era en realidad el Mesías anunciado por los profetas (ver Juan 1:29-34).

Y ahora veía que se estaba consumiendo en esa prisión, sin poder participar de la tan esperada visitación de Dios a su pueblo. Pero eso no debería representar mayor problema para Jesús; después de todo, ¿no estaba dentro de su misión profética abrir las puertas de las cárceles y liberar a los cautivos? ¿O es que la creciente demanda del ministerio de su primo había hecho que este se olvidase de que Juan estaba en la cárcel?

En su mente y en su corazón Juan debe de haber gritado: “¡Jesús! ¡Mira! Yo no necesito milagros de sanidad ni de liberación, lo que necesito es que ¡se abran las puertas de esta cárcel! Tú y yo podríamos predicar y regocijarnos juntos porque el reino de los cielos está por llegar y la atadura de esclavitud al pecado está siendo quitada.

Al meditar sobre las palabras con que Jesús había despedido a sus discípulos, y a medida que pasaba el tiempo, Juan se fue dando cuenta poco a poco de que Jesús no abriría las puertas de la prisión milagrosamente para liberarlo. Era difícil para él entender esta realidad, pues, a fin de cuentas, Jesus siempre parecía ver las cosas desde una perspectiva más alta, es decir, de una manera que no cualquiera podía fácilmente comprender.

Dios ofende

Algunas veces nos ofende el que Dios no conteste nuestra oración de la manera en que nosotros pensamos que lo va a hacer. Por ejemplo, cuando oramos por la salvación de nuestros seres queridos y vemos que año tras año continúan por su propio camino sin venir a Dios, ¿acaso no nos preguntamos por qué es que el Señor no ha hecho nada? ¿Y acaso no hemos orado con fervor pidiendo sanidad sólo para ver que nuestra condición empeora sin explicacion alguna de parte de los cielos?

¿Y cuántas veces no nos ha sucedido, que a pesar de haber caminado en obediencia a Dios y conforme a su voluntad, nos hemos encontrado con una calamidad tras otra dudando si acaso habrá algún beneficio en servirle? ¿Acaso no les hemos hablado alguna vez a otros sobre la fidelidad de Dios, para que luego, Él, al parecer, nos abandone cuando más le necesitamos? ¿Acaso no nos ha sucedido que estando seguros de cuál es la voluntad de Dios en una decisión en particular, descubrimos después que esa no era en realidad la decisión correcta y nos preguntamos cómo es que Él no nos lo advirtió?

¿No hemos recibido alguna vez una palabra que estamos seguros de que Dios nos la ha dado, pero que al no verla cumplida nos preguntamos por qué nos la dio? ¿Y cuando el Señor nos hace sentir culpables de algo respecto a lo cual otros no tienen remordimiento alguno, acaso no nos preguntamos “por qué yo”? ¿Y qué nunca ha pasado por nuestra mente el pensamiento de que si fuésemos nosotros los que dirigiésemos el reino de Dios lo haríamos definitivamente de otra manera?

Tales situaciones hacen que uno se ofenda de la manera en que Dios dispone su reino. El enemigo procura utilizar toda oración sin contestar, toda esperanza defraudada y todo aparente descuido para hacernos dudar de la integridad de Dios y poner a prueba nuestra confianza en su habilidad de controlar las acciones del hombre.

El reto al que tenemos que enfrentarnos, en circunstancias como las antes mencionadas, es el de confiar en Dios aunque no recibamos respuesta a nuestras oraciones, y de seguir confiando en Él aun cuando suframos todo tipo de adversidades o recibamos decepciones las cuales no nos podemos explicar. Cuando la vida nos lleve por un rumbo inesperado o por una situación dudosa, ¿nos vamos a quejar de que Dios nos ha abandonado, o confiaremos en Él pase lo que pase? Y cuando el Señor nos haga pasar por épocas en que la oscuridad es tan profunda que ni siquiera podemos ver por dónde vamos, ¿exigiremos una explicación que satisfaga nuestra mente natural, o tomaremos su mano para que nos guíe aunque no estemos seguros de que todavía está ahí?

Por cierto —agregó Jesús — díganle a Juan: Bienaventurado es aquel que no halle tropiezo en mí“.

La fe y la confianza

El Señor nos hace pasar por situaciones inexplicables para que vayamos más allá de la fe y desarrollemos la confianza. Por medio de la fe obtenemos principalmente algo para nosotros mismos, como es la salvación, la sanidad, provisiones materiales y espirituales; por medio de la confianza, honramos a aquel en quien tenemos fe y nos sometemos a la integridad de su naturaleza.

Este principio se puede ilustrar en cierto modo con la relación matrimonial. Cuando una pareja se acaba de comprometer en matrimonio, tiene fe en que su amor mutuo les traerá beneficios tanto a uno como al otro: compañía, seguridad, satisfacción, familia… Los recién casados confian en que su amor permanecerá íntegro y fiel en cualquier circunstancia.

Sin embargo, hay otra dimensión en el matrimonio que va más allá de la etapa inicial, con todo lo hermosa que ésta pueda ser. Es el nivel de la confianza. La confianza es el resultado de una relación que ha sido probada y que va a donde la fe desearía poder llegar. Esta confianza se ancla en la devota lealtad de los esposos, aun cuando estos sientan que su tierna compañía, seguridad, satisfacción y familia han desaparecido por un tiempo. La confianza no se tambalea por causa de circunstancias temporales, sino que va más allá de ellas para hundirse en la seguridad que provee la integridad de aquel a quien se ha entregado.

Cuando nos acercamos al Señor por primera vez, nuestro motivo principal es la ganancia personal. Cuando Él nos indica cuál es nuestra necesidad espiritual y nosotros sopesamos las consecuencias de pasar la eternidad ya sea en el cielo o en el infierno, la opción a tomar es obvia. Sin embargo, esa elección no se basa en lo que nosotros podamos ofrecerle a Dios, sino en lo que Él nos pueda ofrecer a nosotros. Mientras la ganancia personal sea lo que nos motive, vamos a estar esperanzados a que Él nos sirva.

Ese enfoque debe cambiar para que podamos servirle por lo que Él es y no por los beneficios que podamos obtener de Él. Dios ha probado su fidelidad hacia nosotros una y otra vez, pero todavía falta que nosotros probemos nuestra fidelidad hacia Él. Una de las maneras en que Dios prueba nuestra fidelidad es no respondiendo a nuestras oraciones ni brindándonos los beneficios que esperamos cuando estos interfieren con su propósito eterno de producir en nosotros la naturaleza de Cristo.

Mientras que el Señor obra en nosotros para llevarnos a ese punto donde en vez de buscar que Él nos sirva le sirvamos nosotros a Él, Satanás va a hacer todo lo posible para que nos ofendamos de la forma en que Dios ordena su reino. Pero si aceptamos la insinuación del enemigo de que Dios no nos revela todo lo que deberíamos saber, es porque creemos que nosotros somos los que deberían estar a cargo del reino y no Dios. Tal actitud, aunque subconsciente, es la que nos hace sentir ofendidos.

Bienaventurado es aquel que no halle tropiezo en mí“. (Nota del editor: En la versión de La Biblia de las Américas, este mismo versículo dice así: “Y bienaventurado es el que no se escandaliza de mí“.)

Corregir o rechazar

La palabra “escandaliza” que Jesús utiliza en su respuesta a los discípulos de Juan viene del vocablo griego “skandalizo“. (Nota del editor: Este término se traduce como “offend” en la versión inglesa de la Biblia que el autor de este estudio utiliza de referencia y que en español equivale a “ofender”.) Escandalizar significa poner una piedra de tropiezo en el camino la cual nos haga caer. Ofender —o sea ser piedra de tropiezo— puede significar lo siguiente: a) inducir al pecado; b) hacer que una persona sospeche de aquel en quien debería confiar o a quien debería obedecer, para luego abandonarlo. Sentirse ofendido —o hallar tropiezo en alguien— es ver en esa persona algo con lo cual no estamos de acuerdo y que, por consiguiente, nos lleve a rechazar su autoridad. La “ofensa” o el “tropiezo” son como una trampa mediante la cual uno es inducido al error o al pecado.

Con esta definición en mente, podemos ver que cada vez que dejamos que otras personas (o Dios mismo) nos ofendan hemos mordido el anzuelo del enemigo y vamos derechito a ser atrapados. Es increíble la rapidez con que uno puede morder el “anzuelo” de la ofensa; inmediatamente hacemos a un lado la verdad, la confianza y la credulidad y las reemplazamos con la sospecha, la conjetura y el escepticismo. El recelo y la desconfianza toman el lugar que antes ocupaba la fe. Si la ofensa no se corrige con prontitud, contaminará nuestra manera de pensar e influirá en nuestra reacción hacia el ofensor.

La “treta del anzuelo” que Satanás utiliza se remonta al día en que éste preguntó a Eva si ella y Adán podían comer de todos los árboles del huerto. Con esta pregunta, Satanás insinuaba que Dios estaba reteniendo de ellos algo que por derecho les correspondía, ya que supuestamente habían sido hechos a imagen y semejanza de Dios. Esa pregunta tan sutil del tentador plantó la sospecha en Eva, quien, al sentirse ofendida, mordió el anzuelo y ya sabemos el resto de la historia.

Un ejemplo muy claro de cómo hemos de reaccionar ante el anzuelo de la ofensa, lo encontramos en la respuesta que Jesús le dio a Pedro cuando este le insinuó que era un error ir a Jerusalén a padecer mucho, para luego morir y resucitar al tercer día. Volviéndose hacia él, Jesús le dijo: “¡Aléjate de mí Satanás! Me eres ofensa, porque no te interesan las cosas de Dios , sino las de los hombres” (Mateo 16:23).

La respuesta de Jesús nos lleva a considerar varias cuestiones. En primer lugar, solamente nos sentiremos ofendidos cuando veamos la vida a través de nuestros ojos naturales y no desde la perspectiva de Dios. En segundo lugar, si algo o alguien nos ofende, necesitamos remediarlo cuanto antes para que no eche raíz y nos atrape.

Esto revela un principio que debería quedar profundamente grabado en nuestro corazón: si no corregimos una ofensa, rechazaremos al ofensor. Este principio se aplica tanto a la ofensa que viene de Dios como a la que viene de nuestros semejantes. Si la ofensa proviene de Dios, debemos permitirle que nos muestre las razones desde su punto de vista o terminaremos acusándolo de injusticia y justificándonos a nosotros mismos. Si la ofensa proviene de nuestro prójimo, debemos hacer un esfuerzo por resolver el problema o de los contrario nos distanciaremos de esa persona y la rechazaremos. Si en cualquiera de los casos no resolvemos el problema, las consecuencias pueden ser fatales.

Ejemplos de ofensas

En las Escrituras encontramos muchos ejemplos de personajes que malentendieron los caminos del Señor y se ofendieron por causa de ellos. Uno de estos ejemplos es el de Jonás, quien recibió palabra del Señor de ir a Nínive y predicar en contra de la maldad desenfrenada que ahí reinaba. En vez de obedecer el cometido de Dios, Jonás huyó en dirección opuesta y, como consecuencia de esto, se encontró en la “universidad del vientre de la ballena”.. Una vez habiéndose “graduado”, llevó a cabo el mandato del Señor y se dirigió a Nínive.

Al oír el mensaje de Jonás, los pobladores de la ciudad se arrepintieron, cubriéndose con cilicio y cenizas.”Y vio Dios lo que hicieron, que se arrepintieron de su mal camino; y se arrepintió del mal que había dicho que les haría y no lo hizo.

Pero Jonás se apesadumbró en extremo, y se enojó. Y oró a Jehová y dijo: Ahora, oh Jehová, ¿no es esto lo que yo decía estando aún en mi tierra? Por eso me apresuré a huir a Tarsis; porque sabía yo que tú eres Dios clemente y piadoso, tardo en enojarte, y de grande misericordia, y que te arrepientes del mal.

Ahora pues, oh Jehová, te ruego que me quites la vida; porque mejor me es la muerte que la vida“. (Jonás 3:10-4:3)

El Señor utilizó entonces una calabacera y un gusano para revelarle a Jonás la condición de su corazón y lo absurdo que era que se sintiese ofendido. Esto nos enseña que el obedecer la palabra de Dios no siempre trae los resultados que nosotros esperamos. ¿Acaso tendrá el Señor que mostrarnos más a fondo lo pequeño que somos junto a su gran misericordia?

El evangelio de Marcos nos brinda otro ejemplo en la parábola de la semilla y el sembrador. Al explicar el significado de la parábola a sus discípulos, Jesús dijo que la semilla que había caído entre pedregales era como las personas que reciben la palabra de verdad con gozo pero que “tropiezan” cuando encuentran tribulación por causa de la palabra (4:17). “Tropiezan”, en este versículo, quiere decir que se ofenden.

Este ejemplo hace alusión a aquellas personas que desean tener revelación y conocimiento de la palabra, pero que se ofenden cuando se requiere que caminen en lo que proclaman haber aceptado. Esto nos confirma que lo que en teoría puede ser verdad no necesariamente lo es en la práctica. Es el “lodo suelto” del cual habló el profeta Ezequiel (ver Ezequiel 13 y 22).

Ya hemos visto que Jesús no pudo obrar muchos milagros entre sus propios compatriotas debido a la incredulidad de estos y a que conocían muy bien a su familia. De hecho, Mateo señala que se “escandalizaban [o se ofendían] de él” (13:57).

Algunas personas se ofenden cuando el Señor les da una palabra directa por medio de alguien a quien conocen muy bien. Preferirían que un “experto” de fuera les trajera la palabra, porque, al no conocer a esta persona, la suponen mucho más “espiritual” que la de la localidad propia cuyas faltas ya conocen. Desafortunadamente para ellos, Dios coloca a los ministros de su iglesia según Él lo juzgue apropiado, sin importar de dónde vienen o si tenemos problemas con ellos.

Bienaventurado es aquel que no halle tropiezo en mí“.

Ofensas y falsas doctrinas

Tal vez la razón principal y más apremiante para remediar una ofensa tan pronto como ésta ocurra la encontremos en el capítulo 24 de Mateo. Este capítulo contiene la respuesta de Jesús a las preguntas que sus discípulos le hicieron acerca del fin del siglo y de su segunda venida. Primero les dice: “Mirad que nadie os engañe” (versículo 4), y luego nombra varias situaciones que anunciarán lo que será “principio de dolores” (versículo 8).

Más adelante, al hablar de la persecución que vendría al fin de esta era, Jesús dijo algo que parecía estar fuera de contexto: “Muchos tropezarán entonces, y se entregarán unos a otros, y unos a otros se aborrecerán. Y muchos falsos profetas se levantarán, y engañarán a muchos; y por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará. Mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo” (versículos 10-13).

Este versículo encierra una verdad profunda que debe quedar impresa en el corazón de todo creyente. Los falsos profetas (maestros) surgen de las ofensas y sus falsas doctrinas engañan a muchos. Sus enseñanzas contribuyen a sembrar iniquidad (la ausencia de ley) haciendo que se enfríe en muchos el amor por Cristo.

La ausencia de ley [iniquidad] que la falsa doctrina fomenta es primordialmente un desacato y un “rechazo de la ley (o voluntad) de Dios y la sustitución de ésta por la voluntad propia” según el Vine’s Expository Dictionary of Biblical Words (Diccionario Explicativo de Palabras Bíblicas de Vine). Una escritura que utiliza términos semejantes y que nos confirma esta verdad es 1 Juan 3:4, la cual dice: “Todo aquel que comete pecado es culpable de desobediencia a la ley, el pecado es desobedecer la ley“.

Esto revela una realidad que al principio tal vez sea difícil de entender: toda doctrina falsa se ha formulado para alojar alguna ofensa. Aunque tal invención sea subconsciente, viene a ser no obstante la base de todo error doctrinal.

¿Cómo se explica esto? Si no lidiamos con la ofensa, tendremos que idear una supuesta revelación que nos permita conservarla o de lo contrario tendremos que enfrentarnos a tal ofensa y lidiar con ella. Si no lo hacemos así, entonces tenemos que encontrar la manera de justificarnos a nosotros mismos y de disculpar nuestra condición. La única alternativa que nos queda es admitir nuestra culpa o responsabilidad ante el Señor.

Este principio se remonta a los tiempos del Paraíso Terrenal. Cuando el tentador le sugirió a Eva que Dios les estaba ocultando algo al no permitirles comer de todos los árboles del huerto. Eva tomó esto como una ofensa de parte de Dios y decidió aceptar la doctrina de Satanás que dice: “no moriréis”. Lo hizo sabiendo perfectamente bien que las palabras de este eran totalmente contrarias a lo que Dios les había dicho. Al aceptar esta mentira de Satanás, Eva no sólo le dio acogida en su corazón a las sospechas que ahora tenía de Dios, sino que se sintió justificada por ello. Por tanto, fue capaz de ofrecer del fruto a Adán sin la menor vacilación y sin que le remordiese la conciencia.

Desde entonces, Satanás ha utilizado ese mismo ardid con éxito en toda la humanidad. Por ejemplo, desde el principio de nuestros tiempos, Dios dijo que el alma que pecare moriría. Después, a través de Jesucristo, abrió el camino que libertaría al hombre del pecado y le ayudaría a permanecer libre de él. Habiendo hecho todo lo posible por proveer de “todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad” (2 Pedro 1:3), Dios concedió al hombre la libertad de escoger a quién habría de servir. El hombre podría escoger entre servir a Dios, a Satanás o a sí mismo, pero al final él sería el único responsable de su elección.

Satanás ha promovido un sinnúmero de doctrinas que dan cabida al pecado del hombre. Sus disparatadas doctrinas nos hacen creer que “Dios es tan bueno y amoroso que es capaz de pasar por alto nuestro pecado” y que “al final Él va a salvar a toda la creación”. Valiéndose de esas mentiras, insinúa que la gracia de Dios cubre y solapa el pecado porque “Él sabe que estamos hechos de polvo y somos demasiado débiles para vivir sin pecar”.. Todo esto va en contra de la palabra que se nos da en Tito 2:12, según la cual la gracia de Dios nos enseña que, “renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente“.

Aunque toda palabra que Dios da al hombre es para su liberación, ésta constituye una afrenta a su antigua naturaleza. De modo que, cada vez que el Señor nos da una palabra, nos enfrentamos a un dilema: ¿Permitiremos que la palabra obre eficazmente en nosotros, o nos apegaremos a una doctrina que no requiera un cambio en nosotros y que disculpe nuestra naturaleza la cual sólo busca el placer? Si no somos sinceros con el Señor y le atribuimos justicia sin importar cuál sea la palabra que Él nos dé ni cuán incómoda nos resulte, nos va a ofender esa palabra y poco a poco se irá endureciendo nuestro corazón hacia Él.

Este principio se puede aplicar también a nuestras relaciones personales. Debemos tratar de resolver cualquier ofensa que recibamos de otra persona o de lo contrario siempre buscaremos pretextos para distanciarnos de ella. Si no se resuelve el agravio, la relación terminará en enemistad. La definición de enemistad de acuerdo al Diccionario Hispánico Universal es la siguiente: “Aversión u odio mutuo entre dos o más personas“.

Con esto en mente, hemos de concluir que la pureza de la verdad que poseamos irá en proporción directa a las ofensas que alberguemos en nuestro corazón. Si lo que deseamos es tener una verdad llena de pureza, tenemos que resolver toda ofensa que creamos haber recibido de Dios o de otras personas.

Bienaventurado es aquel que no halle tropiezo en mí“.

Haciendo a un lado el anzuelo

En las Escrituras hallaremos la clave que nos hará menos vulnerables al anzuelo del enemigo y a nuestra tendencia a sentirnos ofendidos. En el Salmo 119, versículo 165, dice: “Mucha paz tienen los que aman tu ley, y no hay para ellos tropiezo“.

Jesús personificó esta verdad cuando después de la última cena, les dijo a sus discípulos: “Ya no hablaré mucho con vosotros; porque viene el príncipe de este mundo. Él no tiene poder sobre mí; sino que yo hago lo que el Padre me ha mandado, para que el mundo conozca que amo al Padre. Levantáos, vamos de aquí” (Juan 14:30-31).

La razón por la cual Jesús no cayó en la trampa del enemigo es que Él siempre obedeció las órdenes de su Padre aun a costa personal. El amor que Él tenía por su Padre lo mantuvo plenamente concentrado en su misión celestial. Gracias a esta firme visión, el enemigo no pudo encontrar ningún punto débil en Jesús que lo hiciese tragar el anzuelo; es decir, que el enemigo no tuvo poder sobre Él.

En 1 Juan 2:10, este principio se aplica a las relaciones personales. Según Juan, nuestro amor por Dios va en proporción directa a nuestra obediencia a su palabra. También dijo que nuestro amor por el Señor se manifestaría en la clase de relación que llevásemos con nuestros hermanos. A continuación nos da la razón del porqué es tan importante que andemos en amor: “Todo aquel que ama a su hermano vive en la luz, y no hay nada en él que lo haga tropezar“.

La expresión “hacerlo tropezar” es la misma que en algunos versículos se traduce como “ofender” y en otros como “escandalizar”. Si vivimos en obediencia a la palabra del Señor, no habrá nada en nosotros que nos haga tragar el anzuelo del enemigo. Por consiguiente, pasaremos por alto las flaquezas de nuestros hermanos y mantendremos toda la atención en nuestra misión celestial tal como lo hizo Jesús.

En 1 Pedro 2:6-8, vemos un aspecto diferente de esta verdad. Pedro combinó varias citas de los Salmos y de Isaías para mostrarnos cómo Jesús había sido la piedra del ángulo que los edificadores rechazaron al no creer en Él. Pedro dijo que para los que creen, el Señor es precioso, pero para aquellos que “tropiezan en la palabra, siendo desobedientes“, él es “piedra de tropiezo y roca que hace caer“. Esto muestra claramente que la incredulidad es lo que nos hará vulnerables a tragar el “anzuelo” de la ofensa. Si amamos la palabra de Dios y somos obedientes a ella, no habrá nada que nos haga tragar el anzuelo.

Confiando en Dios

Podríamos hablar largo y tendido sobre las bendiciones que recibimos al confiar en Dios. Pero, para que podamos confiar en Él verdaderamente, debemos estar plenamente convencidos de que todo lo que Él hace es en última instancia para nuestro bien.

Más adelante se hablará de algunos personajes de la Escritura que confiaron en Dios aun en situaciones en las que podrían haberse sentido gravemente ofendidos. Por ahora se citarán, a manera de introducción, una serie de versículos que se relacionan con este tema:

El temor del hombre pondrá lazo; mas el que confía en Jehová, será exaltado“. (Proverbios 29:25)

Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado“. (Isaías 26:3)

¡Cuán grande es tu bondad, que has guardado para los que te temen, que has mostrado a los que esperan en ti, delante de los hijos de los hombres!“. (Salmos 31:19)

Job era un hombre “perfecto y sin falla, temeroso de Dios y apartado del mal” (Job 1:1). Gozaba de buena reputación en su comunidad, tenía una familia grande y era considerado el “varón más grande de todos los orientales” (versículo 3). Era también un padre abnegado que oraba continuamente por sus hijos y ofrecía sacrificios por ellos en caso de que hubieran pecado.

Por otro lado, Satanás alegaba que Job servía a Dios sólo por las bendiciones que recibía de él. Le dijo a Dios que si extendía su mano sobre él y tocaba todo lo que tenía, Job lo maldeciría en su misma cara. El Señor permitió, entonces, que Satanás pusiera a prueba a Job; le dijo que podía tocar todos sus bienes, pero que se guardase de poner mano sobre él.

En cuestión de un día, el mundo de Job se vino abajo y perdió todo lo que le era tan querido. Sus hijos y sus siervos murieron, su ganado fue destruido y sus casas quedaron en ruinas.

¿Se enfadó Job con Dios por permitir que le sucediesen todas estas desgracias? No; claro que no. Más bien se postró en tierra adorándole, y dijo: “Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allá. Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito.

En todo esto no pecó Job ni atribuyó a Dios error alguno“. (versículos 21-22)

Más adelante, cuando el Señor le preguntó a Satanás qué pensaba de Job, el tentador respondió que si le tocara físicamente (en carne y hueso) él lo maldeciría en su misma cara. Nuevamente, el Señor permitió que Satanás pusiera a prueba a Job, pero que guardase su vida.

Job se veía tan agobiado físicamente durante esta aflicción que su esposa vino y le dijo: “¡Maldice a Dios y muérete!“. Sin embargo, el le dijo: “Tú hablas como hablan las mujeres necias. ¿Es que aceptaremos el bien de parte de Dios, y no aceptaremos la adversidad? En todo esto, Job no pecó con sus labios” (Job 2:10).

A pesar de que tan severa prueba le expuso a Job flaquezas que él no sabía que tenía, su actitud hacia Dios durante esta terrible experiencia fue la siguiente: “…aunque él me matare, en él esperare…” (Job 13:15). Es posible que él no haya entendido por qué estaba siendo probado de esa manera, sin embargo no permitió que lo que parecía ser una adversidad injusta le robara la confianza que él tenía en el Dios a quien servía.

A continuación, se darán brevemente algunos detalles sobre la prueba tan tremenda por la cual Sadrac, Mesac y Abed-nego pasaron al enfrentarse a la ira de Nabucodonosor. Puesto que ello hubiera violado la integridad de su entrega al Dios verdadero, se negaron a inclinarse ante la estatua que el rey había levantado. Habiéndoseles dado una última oportunidad de retractarse antes de ser arrojados al horno del fuego ardiente, los tres cautivos hebreos respondieron al rey de esta manera: “No es necesario que te respondamos sobre este asunto“.

He aquí nuestro Dios a quien servimos puede librarnos del horno de fuego ardiendo; y de tu mano, oh rey, nos librará. Y si no, sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses, ni tampoco adoraremos la estatua que has levantado“. (Daniel 3:16:18)

En efecto, Dios los libró del fuego ardiente y los hizo salir del horno sin lesión alguna en sus cuerpos: “...ni aun el cabello de sus cabezas se había quemado; sus ropas estaban intactas, y ni siquiera olor de fuego tenían.

Entonces Nabucodonosor dijo: Bendito sea el Dios de ellos, de Sadrac, Mesac y Abed-nego, que envió su ángel y libró a sus siervos que confiaron en él, y que no cumplieron el edicto del rey, y entregaron sus cuerpos antes que servir y adorar a otro dios que su Dios“. (Daniel 3:27:-28).

¿Por qué los libró Dios del fuego? Porque vieron más allá de la incertidumbre del momento y depositaron su confianza en la integridad de la naturaleza de Dios. Estaban seguros de que Él los libraría. Y, aun si Dios no los hubiese librado, ellos no estaban dispuestos a tomar eso como una ofensa y así tragar el anzuelo del enemigo.

José pasó más de diez años en prisión por un crímen que no había cometido. No existe ningún testimonio en las Escrituras el cual indique que José murmuró en contra de Dios o que dudó de Él en su corazón durante esa experiencia tan terrible. No fue hasta que sus hermanos se presentaron ante él para comprar trigo que al fin recordó los sueños que Dios le había dado en su juventud. Al darse cuenta de lo que el Señor estaba haciendo, se llenó de emoción y se compadeció por sus hermanos de tal manera que se apartó de ellos para llorar.

Cuando José por fin les reveló a sus hermanos su identidad, los consoló diciendo: “Ahora pues, no os entristezcáis, ni os pese de haberme vendido acá; porque para preservación de vida me envió Dios delante de vosotros… Y Dios me envió delante de vosotros, para preservaros posteridad sobre la tierra, y para daros vida por medio de gran liberación. Así, pues, no me enviásteis acá vosotros, sino Dios…” (Génesis 45: 5,7-8).

José no habría podido tener esa visión tan clara de cómo Dios había planeado su vida si les hubiera dado lugar en su corazón a la amargura y a la ofensa. De pronto vio cómo todos aquellos días sombríos en la prisión tenían su razón de ser y cómo todas sus duras experiencias habían estado bajo el control de Dios. Se alegró de no haber tragado el anzuelo del enemigo, es decir, de no haber tomado sus aflicciones como una ofensa de Dios. (Para ver un estudio más a fondo sobre los ejemplos vistos aquí, consúltese el ejemplar titulado “But if Not” en la revista INSIGHT de Enero-Febrero de 1996.)

Bienaventurado es aquel que no halle tropiezo en mí“.

Conclusión

Sofonías profetizó sobre algunas de las condiciones que reinarían a finales del siglo y sobre el tiempo en que sería establecido el reino celestial. Anunció varias promesas que les habrían de infundir ánimo a todos aquellos para quienes ha sido difícil esperar que se cumpla la palabra libertadora del Señor.

Sofonías explicó que cuando el reino de Dios sea establecido a finales de esta era, el Señor devolverá “a los pueblos pureza de labios, para que todos invoquen el nombre de JEHOVÁ, para que le sirvan de común consentimiento” (Sofonías 3:9). También predijo el tiempo en que el Señor quitará de entre su pueblo a los soberbios los cuales se burlaron de los santos verdaderos y los difamaron. Y cuando Dios haga todo esto dejará “en medio de ti un pueblo humilde y pobre, y confiarán en el nombre de Jehová” (versículo 12).

Y de ese remanente de creyentes que confían en el nombre de Jehová, Sofonías afirmó lo siguiente: “no hará injusticia ni hablará mentiras, ni lengua engañosa se hallará en su boca; porque ellos apacentarán sus rebaños y se recostarán y nadie los atemorizará” (versículos 12-13).

¡Cuán maravilloso será ese día para todos aquellos que aprendieron a confiar en el Señor aun en circunstancias tan adversas! Se dirán el uno al otro: “¡Canta, oh hija de Sion! ¡Da voces, oh Israel! ¡Gózate y regocíjate de todo corazón, oh hija de Jerusalén! JEHOVÁ ha apartado tus juicios, ha echado fuera tus enemigos. El Rey de Israel, EL SEÑOR, está en tu medio; no verás desastre nunca más” (versículos 14-15).

En aquel día tan glorioso, toda oración sin contestar de pronto será contestada; todo momento de ofuscación y angustia nos parecerá insignificante; toda penuria y calamidad que no nos podamos explicar por fin tendrá sentido.

¿Qué nos habrá hecho cambiar de perspectiva y dado tal profundidad de entendimiento? Las palabras del profeta contienen la respuesta: “El SEÑOR tu Dios en medio de ti, el Poderoso, salvará; se gozará sobre ti con alegría, te tranquilizará con su amor, se regocijará sobre ti con cánticos” (versículo 17).

Hablando en el nombre del Señor, el profeta añadió: “He aquí, en aquel tiempo yo apremiaré a todos tus opresores; y salvaré a la que cojea, y recogeré a la descarriada; y os pondré por alabanza y por renombre en toda la tierra.

En aquel tiempo yo os traeré, en aquel tiempo os reuniré yo; pues os pondré para renombre y para alabanza entre todos los pueblos de la tierra, cuando levante vuestro cautiverio delante de vuestros ojos, dice Jehová“. (versículos 19-20)

¡Cuán gloriosas son esas promesas! Y pensar que se acerca el día en que por fin podremos ver que nuestras aflicciones valieron la pena.

Cada vez que nos ofendemos por la forma en que Dios dispone su reino, damos a entender que nosotros podemos hacer las cosas mejor que Él. Pues si tan sólo pudiésemos hacer lo que para nosotros es correcto, todo sería diferente y sin lugar a dudas mucho mejor —al menos para nosotros—.

Con respecto a esa manera de pensar el Señor dice lo siguiente: “Será como la retama en el desierto, y no verá cuando viene el bien, sino que morará en los sequedales en el desierto, en tierra despoblada y deshabitada” (Jeremías 17:5-6).

En contraste a tan severa reprimenda, el Señor habla de la bienaventuranza que tendrán aquellos que aprendan a confiarle su vida y su destino.

Bendito el varón que confia en Jehová, y cuya confianza es Jehová. Porque será como el árbol plantado junto a las aguas, que junto a la corriente echará sus raíces, y no verá cuando viene el calor, sino que su hoja estará verde; y en el año de sequía no se fatigará, ni dejará de dar fruto“. (Jeremías 17:7-8)

Nuestra esperanza debe ser el Señor mismo y no lo que Él pueda hacer por nosotros. Pero para poder confiar en Él cuando no entendamos la razón de nuestras aflicciones, debemos poner toda nuestra fe en la integridad de su naturaleza y en que verdaderamente Él hace todas las cosas para nuestro bien y para su gloria.

Bienaventurado es aquel que no halle tropiezo en mí”.

Estudio escrito por
Eli Miller

Traducción: Leslie Cedeño
Revisión del texto: Sara Weedman.Excepto en los casos que así se indica, todas las citas bíblicas proceden
de la Versión Reina-Valera, revisión de 1960.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

thirteen − three =